Desarrollo del Modernismo
Primera generación modernista
Transición: Modernistas precursores e innovadores
(1885 - 1896)

Para 1885, los poetas consagrados de la América hispana, desde México hasta la Argentina, les seguían los pasos: unos a los clásicos, y otros a los románticos. Se leía e imitaba a los españoles Zorrilla, duque de Rivas, Espronceda y Núñez de Arce, y se traducía e imitaba a Byron, Shelley, Keats, Tennyson, Longfellow y Poe, y sobre todos a Hugo, avasallador y deslumbrante; a de Vigny, señoril y mitológico; a Lamartine, ensoñador y melodioso, y a de Musset, melancól;ico y espiritual. El romanticismo parecía consustancial con el alma hispanoamericana, víctima siempre del complejo del retorno a todo lo europeo. Lo sentían los poetas consagrados y los que para entonces comenzaban su carrera literaria. Amaban todos éstos a Bécquer, por lo desnudo y genuino, y algunos exploraban campos nunca antes sospechados: el cubano José Martí se familiarizaba con los norteamericanos Emerson, Hawthorne y Melville, y profesaba muchas de sus ideas en versos ora tradicionales, ora libres, y en prosas brillantes en innovadoras; el peruano Manuel González Prada, ya para 1867, traducía e imitaba baladas alemanas de Goethe, Schiller, Heine, Uhland, Chamisso, Körner y Rückert, y en prosas vivas, candentes y cinceladas con esmero parnasiano, atacaba las falsas tradiciones y profesaba las doctrinas más avanzadas de los grandes pensadores rusos y franceses; y el colombiano Baldomero Sanín Cano, en prosas transparentes y armoniosas, explicaba y difundía las ideas de casi todos los europeos, inclusive las de daneses, suecos y noruegos. Los tres fueron verdaderos precursores de modernidad. Otros los siguieron: el argentino Leopoldo Díaz, el cubano Julián del Casal, el mexicano Manuel Gutiérrez Nájera y el colombiano José Asunción Silva, y el último de los románticos y el primero de los simbolistas en idioma castellano.

Conviene aclarar: En 1885, el año en que murió Víctor Hugo y se intensificaron en París las ardientes disputas entre parnasianos y simbolistas, que las minorías cultas de la América hispana seguían con tan vivo interés, los llamados precursores del Modernismo se hallaban alejados unos de otros, trabajando independientemente: González Prada estaba en Lima; Martí y Pérez Bonalde en Nueva York; Sanín Cano, en Bogotá; Casal, en La Habana; Gutiérrez Nájera, en México, y Silva, en París, asimilando esencias baudelairianas y escuchando las inspiradoras charlas de su amigo Mallarmé. Para entonces Rubén Darío peregrinaba por Centroamérica y escribía versos de encargo y de ocasión, en formas tradicionales; Díaz Mirón era romántico, y los demás modernistas eran menos que adolescentes.

Segunda generación modernista
Escuela y triunfo: Modernistas cosmopolitas y esteticistas
(1896 - 1906)

Si al principio los nuevos trabajaban independientemente sin formar escuela, pronto fueron ganando admiradores, amigos y secuaces. En las ciudades capitales se crearon círculos literarios, tertulias y capilla, y se fueron fundando revistas y periódicos que recogían las obras de los jóvenes más sobresalientes de todos los países, adquiriendo así el movimiento no sólo fuerza, sino orientación victoriosa y continental. Notables fueron: la Revista Azul y la Revista Moderna de México; la Revista Gris, de Bogotá; Cosmópolis y El Cojo Ilustrado, de Caracas; La Habana Elegante, de La Habana; Pluma y Lápiz, de Santiago de Chile; la Revista de América, de Buenos Aires; la Revista Nacional, de Montevideo, y otras más, que libraron la lucha contra los excesos del romanticismo, por una parte, y por otra, contra el academismo y el costumbrismo en boga. Fue la lucha intransigente e inevitable entre los constantes de la cultura occidental -la clásica y la anticlásica-, que se estimulan y fecundan al negarse mutuamente. Así como en Europa, en Hispanoamérica los nuevos tachaban de falsos, de prosaicos y de rutinarios a los académicos, y éstos de insanos y de decadentes a los nuevos, aunque éstos, en realidad, eran vigorosos y conscientes. Era la lucha entre las formas cerradas del clasicismo y la formas libres de su adversario. Para 1890 ya los nuevos se intitulaban a sí mismos modernistas. Tenían nombre, bandera y adalid: Rubén Darío.


El genial nicaragüense -que encarnó el Modernismo en todas sus etapas y todos sus aspectos- había salido de Centroamérica, y en Santiago de Chile había dado a luz las prosas y los versos parnasianos de Azul... (1888), evangelio de la nueva poesía. Don Juan Valera los halló muy dignos de alabanza, y muy castizos, a pesar del «galicismo mental» que revelaban. En 1893, Darío fue a Buenos Aires, Dirigió allí hasta 1898 el movimiento innovador, y publicó los versos de Prosas profanas y las prosas de Los raros, que recogían en volumen los artículos que para "La Nación" había escrito con el propósito de presentar, con vivo entusiasmo y rara penetración crítica, a Villiers de l'Isle-Adam, a Verlaine, a Moréas, a Tailhade y a otros corifeos del simbolismo francés, y también a los parnasianos Heredia y Leconte de Lisle, al norteamericano Poe, al portugués Eugenio de Castro y al cubano José Martí, sus mejores maestros en el arte nuevo de escribir.

Con la publicación de Prosas profanas (1896), de Darío, Las montañas de oro (1897), del argentino Leopoldo Lugones, Castalia bárbara (1897), del boliviano Ricardo Jaimes Freyre, y Ritos (1899), del colombiano Guillermo Valencia -libros todos definitivos-, el Modernismo hispanoamericano logró triunfos resonantes, así en la América como en España. La poesía castellana entraba con ellos de nuevo en el campo de la poesía universal.

Tercera generacion modernista
Nuevos rumbos: modernistas existencialista
(1906 - 1916)

Para 1900, el Modernismo hispanoamericano había pasado por la etapa de su iniciación, y por la del cosmopolistismo aristocrático y libresco. Habían muerto prematuramente los iniciadores Martí, Gutiérrez Nájera, Casal y Silva, y los sobrevivientes cambiaban ya de rumbo. Eran natural. Casi todos llevaban hondas contradicciones dentro de sí mismos, y se rectificaban constantemente, al contacto de los hechos históricos y nuevas experiencias e ideas. Renovarse es vivir.

A Darío, a Lugones, a Herrera y Reissig y a Jaimes Freyre se les acusaba de decadentismo, de afrancesamiento y de falta de sensibilidad social y apego a la tierra y a las tradiciones de sus mayores. La reacción tenía que venir, y vino sin tardar.

La derrota de España en la guerra del 98; la pérdida de sus últimas colonias de ultramar; la ocupación de Cuba y Puerto Rico, y el zarpaso que en 1903 sufrió Colombia en Panamá, despertaron no sólo una sincera y honda simpatía por la Madre Patria, sino un clamoroso sentimiento de solidaridad moral entre los pueblos hispanoamericanos, alarmados ante la agresiva expansión de los Estados Unidos, ¡la nación que en palabras encendidas proclamaba altos ideales de justicia y armonía ecuménicas!

En 1898 Darío fue a España, donde llegó casi a radicarse por completo. Los literatos más ilustres lo acogieron con cariño y admiración, y los jóvenes lo siguieron sin reservas, cautivados por sus egregios dones poéticos y por su mensaje de libertad artística y renovadora, que ya profesaba allí el inquieto y pujante don Miguel de Unamuno. Surgieron entonces modernistas españoles: Valle-Inclán, Juan Ramón Jiménez, Azorín, Villaespesa, Marquina, los Machados y tantos otros más que lograron el redescubrimiento del alma castellana. Darío influyó en todos ellos, y por ellos fue influido y estimulado.

Hallando a España humillada y dolorida, abandonó la torre de maril, exclamando en frase clara y precisa: «Mi esposa es de mi tierra, mi querida de París». Si antes había vivido en un París de ensueño -como Julián del Casal y otros modernistas-, ahora salía a la calle y se ponía en contacto directo con la realidad ambiente; afirmaba con orgullo sus íntimas relaciones con el mundo hispanoamericano y la fe en su pasado y su porvenir, y daba los Cantos de vida y esperanza (1905), Oda a Mitre (1906), El canto errante (1906), Canto a la Argentina (1910) y Poema de otoño y otros poemas (1910), más nobles y valiosos que sus libros anteriores.

Eran las obras de su madurez. El asombroso nicaragüense había crecido con los años, y se había rectificado. «No es el poeta de América», había dicho José Enrirque Rodó en 1896, al criticar sabiamente sus Prosas profanas. Eso no pudo decirse con justicia después de 1898. Había llegado a ser el poeta hispanoamericano más alto y armonioso de todos los tiempos, el artista supremo, el más sintético y augural. Se rectificaron también Díaz Mirón, Nervo, Lugones, Chocano y Herrera y Reissig. No así Valencia ni González Martínez, que sólo en mínima parte habían aceptado el parisismo y que no cultivaron el arte puramente decorativo y trovadoresco, que antes habían evitado Martí, Silva y Gutiérrez Nájera, tan fieles ellos a la expresión tersa, desnuda y señoril.

Es bueno insistir: Los modernistas hispanoamericanos rechazaron la literatura académica por ampulosa y falsa, y la realista, por lo prosaica, y creraron la suya con entera libertad. No formaron escuela. NO lo quisieron ni lo intentaton. «Había en el fondo de sus divergencias -dice de Onís- la coincidencia de afirmar su propia individualidad, buscando cada uno las fuentes afines, antiguas y modernas, asimilándolas, sin desvirtuar su originalidad. Por eso ninguno llegó a renunciar de veras a su casticismo esencial, ni mucho menos a afrancesarse. Tradujeron algunos, y con mucha maestría, a Gautier, Coppée, Leconte de Lisle, Heredia, Baudalaire, Verlaine, Samain, Guérin, Maeterlinck, etc., y los imitaron en ocasiones; pero, si se estudian y analizan cuidadosamente todas sus obras, bien se ve que «los hijos espirituales de Francia poco, y a veces nada, se parecen a sus padres». El cargo de afrancesados que se les hace es injusto. Francia fue para ellos sólo un medio de vinculación a los variados sucesos ideológicos y estéticos de fines del siglo XIX, que andaban en crisis de revisiónn de la vida y la cultura. Ni Gutiérrez Nájera, ni Silva, ni Darío, ni Icaza, ni Urbina, ni Nervo, ni Lugones, ni Valencia, ni Herrera y Reissig, ni Blanco Fombona, ni González Martínez, ninguno fue un descastado. Al contrario, son todos hispánicos y americanos, aunque universales.

Tampoco se puede decir que carecieron de sensibilidad social y que vivieron encerrados todos en torres de marfil, Como artistas, casi todos fueron refinados y aristocráticos, es verdad; pero, como hombres, los más de ellos entraron de lleno en la corriente histórica vital: Martí, Valencia y Tamayo tomaron parte activísima y rectora en la vida política de sus respectivos países; Darío, Díaz, Icaza, Nervo, Urbina, Jaimes Freyre y González Martínez les sirvieron a los suyos en el campo diplomático; Blanco Fombona y Tablada fueron periodistas de combate, y Lugones desató tempestades sociales y políticas con su acerada palabra independiente. Alejados de la lucha activa vivieron Casal, Silva, Gutiérrez Nájera, Herrea y Reissig y Agustini, y sin embargo, ¡qué bien interpretaron tantos aspectos del alma colectiva, y cuánto han contribuido a revelarla e informarla, como lo hicieron Martí, Darío y Lugones! Los modernistas no carecieron de sensibilidad social. Lo que hay es que ellos supieron establecer una clara distinción entre el hombre como artista y el hombre como ciudadano.