Enrique González y Martínez
(1871 - 1952)

Educador, académico, diplomático y poeta mexicano. “Su vida –dice Federico de Onís- se señala por su digna seriedad y delicado recato, y su poesía, modesta y seria también, es uno de los más claros ejemplos de perfección que ofrece la lírica contemporánea”.

 

González Martínez estudio y practicó la Medicina; enseñó en colegios e institutos de su patria, y la sirvió en puestos diversos, inclusive el de embajador en Chile, la Argentina, Portugal y España. Escribió un gran número de prólogos y ensayos –dispersos aún en revistas, libros y periódicos-, dos volúmenes de memorias y diecinueve de poesías. Por su extensa labor, que cesó en vísperas de morir, cuando ya iba a cumplir ochenta y un años, llegó a ser el eje mismo de la vida espiritual de México, que lo coronó de poeta nacional.

 

Hombre sincero, íntegro, contemplativo y estudioso, González Martínez fue ascendiendo en su carrera poética, buscando siempre la serenidad personal, y defendiendo siempre un alto ideal de paz y de armonía social: en Preludios (1903) y Lirismos (1907) recogió los poemas de la juventud, románticos unos, y delicados y sensuales, y otros de grato sabor castizo y campesino, como los de sus coterráneos Gutiérrez Nájera y Manuel José Othón; se dio luego a compenetrarse con Poe y con los franceses y belgas modernos –Heredia, Régnier, Fort, Verlaine, Samain, Jammes, Verhaeren, Maeterlick y otros a quienes tradujo con admirable fidelildad-, y se hizo simbolista; y repudiando en soneto memorable los aspectos preciosistas y “engañosos del modernismo –que Silva había ridiculizado ya en “Sinfonía color de fresa” (1894) y que Lugones y Darío habían abandonado-, adoptó al búho como símbolo supremo de sabiduría y logró crear una poesía original, armoniosa e inconfundible, libre de pesimismo y de afectación, naturalista y tersa, aunque a veces abstracta y a menudo monótona y opaca. Es natural: escribió demasiados versos; se aisló mucho; se asombró ante la Naturaleza que divinizó casi aun en sus aspectos más humildes; se puso al acecho de “furtivas señales” de redención humana sólo por la ciencia, el trabajo y la cooperación, y sin fe alguna en Dios, anduvo siempre por “senderos ocultos” sólo de él conocidos, predicándose sin cesar a sí mismos, en diálogo con un “otro” pasajero e intrascendente. Así pasó de “Preludios” a su “Babel de ensueño”, grávido de sagrados silencios en que el alma se inquieta y enmudece, sin darles a otras en expectativa el mensaje de su última verdad, ni precisar los contornos de su intima visión. Habló mucho y dijo poco en sus versos pulcros, sabios y “silentes”.

 

Sus obras poéticas son: Silenter (1909); Los senderos ocultos (1911); El libro de la fuerza, de la bondad y del ensueño (1917); Parábolas y otros poemas (1918); El romero alucinado (1925); Las señales furtivas (1925); Ausencia y canto (1937); El diluvio de fuego (1938), Bajo el signo mortal(1942), Babel (1949). Sus obras en prosa son: El hombre del búhoLa apacible locuraCuadernos americanos.

Ensayos - Artículos - Crónicas

El hombre del búho

La apacible locura

Cuadernos americanos.