René López
(1881 - 1909)

René Fernández López renunció a su apellido paterno, a la fortuna emanada por herencia y voluntariamente a su salud. Pero no renunció a la poesía, aunque en vida no publicó libros, y tampoco tuvo fuerzas para ceder al alcohol y a su deseo de deambular por los mundos ignotos de la morfina. René López, a secas, es su nombre. 

Como hijo de un acaudalado industrial fabricante de tabacos, tuvo una niñez acorde a esa posición. Hizo sus primeros estudios en el Colegio San Rafael y el bachillerato (1890-1895) en el Instituto de Segunda Enseñanza de La Habana y en las Escuelas Pías de Guanabacoa. Al estallar la guerra el 24 de febrero de 1895 se trasladó con su familia a España. En Barcelona ingresó en el Colegio Villar para seguir estudios de comercio, pues su padre pretendía entregarle la dirección del negocio cuando lo estimara prudente. En ese colegio trabó amistad con quien sería, pocos años más tarde, un renovador de la poesía cubana, junto con José Manuel Poveda y Agustín Acosta: el guantanamero Regino Eladio Boti, quien se maravillaba al oírlo tocar el piano, instrumento que estudio con fervor. Allí, se inició en la poesía. 

En 1900 regresó a Cuba y junto a Luis Rodríguez Embil, Enrique José Varona y José Manuel Carbonell, entre otros, fue redactor, y colaborador con muchos poemas, del semanario ilustrado «Cuba Libre», dirigido por Rosario Sigarroa, de importancia en aquellos años, sobre todo porque en sus páginas aparecieron poemas y fragmentos de obras de las principales figuras del modernismo en América Latina. La publicación se vio favorecida con otras figuras del patio como Dulce María Borrero, Bonifacio Byrne, Miguel de Carrión y Mercedes Matamoros. 

En 1902 la muerte de su madre, a la que estaba fuertemente ligado debido al distanciamiento con el padre, significó un duro golpe para el poeta. Afectado de los nervios, se dio a la bebida. Fue recluido en un sanatorio de Nueva York para curar su afición, y a su regreso, aparentemente curado, la ausencia materna del hogar, donde no encontraba ningún asidero, lo condujo a un errante vagar del que trataron de ayudarlo sus más cercanos amigos, como los escritores dominicanos, tan ligados a Cuba, Pedro y Max Henríquez Ureña, el multifacético Arturo R. de Carricarte, devenido en albacea de su obra -pensó publicar la inédita, pero como López nació con mala estrella, la papelería que de él poseía Carricarte, junto con la de otros autores,  fue presa de las llamas-, el poeta Manuel Serafín Pichardo y el narrador y periodista Jesús Castellanos.  

Compartía su vida entre las redacciones de los periódicos y revistas y las tertulias de café.  Publicó en «El Fígaro», «Azul y Rojo», revista que premió su madrigal “Alma y materia”, Letras y Cuba y América. Su pariente cercano, Regino López, muy vinculado al teatro, lo introdujo en el mundo del espectáculo y logró escribir algunos sainetes para el teatro Alhambra, de los cuales se conserva solamente el titulado La mueca, publicado en 1903 en la revista Cuba Pedagógica. 

Poco antes de fallecer, el 12 de mayo de 1909, intoxicado por la morfina, preparaba un libro de versos que pensó titular, significativamente, Moribundas. Se había visto precisado a regresar a su casa paterna, cuando ya su organismo no resistía más.  No fue hasta 1986 que Jorge Yglesias recopiló, anotó y prologó su obra, bajo el título Barcos que pasan, aparecida bajo el sello editorial Letras Cubanas.

En el primer párrafo del prólogo se ofrecía un trazo de su enigmática figura: “Éste es el hombre: un rostro pálido, de suavidad femenina, al que un oscuro sombrero da corona, la nariz afilada, los ojos azules llenos de asombro y de ausencia, como en cierto retrato de Keats, aunque con un matiz de desdén que la boca de labios delgados repite angustiosa. Nada más, a no ser los fragmentos dispersos de una leyenda, las huellas de un naufragio, un nombre que fue escrito en el agua”. 

Difícil fue la vida del poeta René López. Incomprendido, atenaceado por la fuerza de un padre, que no comprendió su mundo, el de la poesía y la música, arropado por una madre que más rápido de lo que él esperaba se fue al lugar de todos, querido por unos pocos amigos. Su obra, escasa, sin libros publicados en vida, selló un destino necesitado de luz, porque la gruta oscura de su interior era demasiado fuerte.

Iniciado como poeta en España, en Málaga, en 1899, escribió su soneto “Cuadro andaluz”, dedicado al poeta hispano Salvador Rueda. Hombre de vida inestable, dicen que siempre vestido de negro, silencioso, retraído, desgajado de todo, insaciable lector de los “poetas malditos” franceses, como Mallarmé, del que tradujo varias composiciones, del inglés Byron y de Heredia, el francés, que dejó en él “una huella más profunda [...] con sus sonetos finamente labrados en los que cada palabra ha sido una y otra vez ponderada hasta hallarle su sitio perfecto”, al decir de Yglesias. En su más conocido y antologado poema, “Barcos que pasan”, publicado en «El Fígaro» en 1904 y dedicado a Bonifacio Byrne, se advierte la influencia del lord inglés. Poesía hija de la propia circunstancia de vida del autor, transcurren sus estrofas en medio de combinaciones a veces arbitrarias, en uniones contradictorias donde conviven lo intuitivo, lo sensorial y, sobre todo, las tristezas en sus más variados matices. Poemas que al ser repasados en su conjunto carecen de un equilibrio preciso, pues son hijos de su propia inseguridad como ser humano despojado de afecto -si acaso disfrutó el de sus amigos-,  y necesitado de una evasión que tuvo en la morfina su mejor aliado. Así, la golondrina se convirtió en la alegoría principal de su poesía, como señal de huida  al infinito, al fin del reino celestial. En “Invitación al viaje” leemos un soneto transido de inseguridades.

Sentimental, elegante, fácil, pone pedazos de alma en sendas rimas, como acostumbran los artífices poner diamantes brasileños en estuches de raso y terciopelo. René López se me ocurre tierno a lo Becquer, delicado a lo Selgas, melancólico a lo Pastor y pesimista a lo Espronceda. Gusta de lo nuevo…y, sin embargo, no se olvida de lo antiguo. Por lo tanto, pertenece a los pocos escritores jóvenes que, en este renacimiento de las letras cubanas, sabe vivir estrechamente unido a los grandes de hogaño, no echan en saco roto a los gigantes de antaño, y aún se deleita con la doliente copla de Jorge Manrique, la égloga apasionadísima de Garcilaso, la apacible lira de Fray Luis de León, el terceto filosófico de Rioja, la tonante oda de Herrera, el soneto sin rival de Jáuregui, el retruécano punzador de Quevedo, el romance morisco de Góngora, la valiente octava de Pablo de Céspedes, y el sangriento epigrama de Moratín. René suele presentársenos colorista y rimador por excelencia.