La prosa post-modernista
(1916 - 1930)

El mundo calamitosamente forjado por la Revolución Mexicana y Primera Guerra Mundial parecía empeñado en contradecir los principios básicos y los ideales del siglo XIX que el Modernismo había hecho suyos y desarrollado y matizado a su modo en toda Hispanoamérica. Se justificó entonces teóricamente y pronto vino a la vida una literatura nueva fuertemente antiindividualista, de contenido y orientación social, en la que se vislumbra la posibilidad de nuevas formas de fe. Al producirse aquel conflicto mundial, el Modernismo, perdido en contacto vivificador con el mundo real, había perdido su impulso creativo, y era ya más bien una supervivencia sostenida por abstracciones en estado de revisión inminente; pero la violenta reacción de la posguerra contra el individualismo y el puro esteticismo significó además la desaparición del ambiente al que el movimiento modernista debía sus mejores y más típicas resonancias. Como consecuencia necesaria de cambios tan decisivos, el Modernismo, por lo menos como sistema vigente, de actualidad, no existe ya hacia 1920.

El Modernismo había incorporado a la literatura hispanoamericana un acervo artístico innegable. Si bien los ideales modernistas se diluyen en el siglo XX, se conserva su doble lección estética de la cual no podrán desprenderse jamás los autores posteriores, es decir, el perfeccionamiento artístico y el leal servicio a una forma de arte. El Modernismo flexibiliza la sintaxis, transforma la prosa con nuevos matices y recursos de expresión, donde la musicalidad, el ritmo, la belleza formal es tan importante como el contenido y el prosaísmo de la narrativa se poetiza. En fin, fija la responsabilidad artística del escritor, a quien le exige originalidad y una especie de decoro profesional que lo aleje de la vulgaridad y la despreocupación de crear. Todos estos rasgos son notorios en la prosa posmodernista, pero el legado más importante, que sienta las bases para la universidad de la literatura hispanoamericana, es una lección de ética: ser consistentes, constantes, irrefrenables ante los ideales y no dejarse apabullar por la sociedad materializada, mediocre y hostil. Ese sentimiento de lucha (pasiva en los modernistas) abre las puertas a una literatura comprometida y planificada, utilizada como vehículo de protesta activa contra lo establecido.

La narrativa hispanoanoamericana del siglo XX presenta ya definido y constituido el rasgo fundamental que la caracteriza hasta los días de hoy: la confluencia del realismo y de lo artístico, o, por mejor decir, de lo criollo popular y de lo culto universal. El siglo XX es la época de culminación y de mayor riqueza de la novela y el cuento hispanoamericanos; aparecen grandes figuras de narradores y obras de valor representativo y permanente. En Hispanoamérica, durante el siglo XX es cuando la narrativa adquiere su forma perfecta como una creación más propia de su literatura, con sus rasgos característicos. Al principio del siglo, con el llamado Pos-Modernismo, lo que se tiene es sobre todo un período de transición en el que los aportes del Modernismo son asimilados por completo, luego, más adelante, es cuando se llega a lograr el tipo de narrativa contemporánea, que es lo que interesa.

La prosa post-modernista continúa las dos variantes anteriores