Gonzalo Zaldumbide
(1884 - 1965)

Hijo del poeta romántico Julio Zaldumbide. Nació en la ciudad de Quito. Aquí mismo cursó la enseñanza media y parte de la universitaria. Fue tempranamente requerido por el servicio diplomático de este país. Por eso vivió muchos años lejos, en naciones europeas y latinoamericanas. El consideraba tal ocupación como cosa nefasta para su vocación literaria, pues que las consabidas nimiedades oficinescas y sociales interfirieron el desarrollo de sus libros. En su ancianidad, singularmente lúcida, buscó el reposo del tranquilo medio nativo para recoger y revisar la páginas dispersas que había venido escribiendo a lo largo de su peregrinación extranjera, y así dirigió la publicación de su novela Egloga trágica, aparecida fragmentariamente en los años juveniles, y de dos volúmenes antológicos de sus ensayos y crónicas.

Su bucólico retiro le duró muy poco, pues en 1911 inició su larga carrera diplomática al ser nombrado secretario de la Misión ecuatoriana en Lima, desde donde viajó a Francia como primer secretario (1913). Su vida se desenvolvió en adelante, entre la diplomacia y las letras, pues nunca dejó de escribir, aunque no se considerara a sí mismo un escritor profesional. Ocupó diversos cargos administrativos: diplomático en Roma (1922), Francia (1923-27), Washington (1927); fue delegado permanente del Ecuador ante la Sociedad de Naciones en Ginebra, Ministro Plenipotenciario en el Perú (1937), Embajador en Colombia (1940), Brasil (1942), Londres (1950) y Chile (1951).

A Zaldumbide se lo estima tanto en nuestra América como en España. El estilo de su prosa tiene validez dentro de las amplias fronteras del idioma castellano. Y seguirá teniéndola porque no es de esas cosas desmoronadizas que no resisten a la embestida plural de los cambios. Al contrario, hay en él un equilibrio de lenguaje y de ideas que es su fuerza, su soporte duradero. Porque Zaldumbide escribió siempre, desde su iniciación hasta su senectud, con una percepción clara de lo que debe ser esencialmente la literatura.

La literatura hispanoamericana ha ido colocando en una posición visible sólo a contadas figuras, quizás las verdaderas. Ellas destacan sobre la parda mediocridad. Y justamente Gonzalo Zaldumbide se muestra en ese grupo representativo de la cultura continental. Podrán ser disparejos los criterios que se expongan en torno de sus libros, pero difícilmente se quebrantará la unanimidad del elogio sobre las condiciones de gran hablista de nuestra lengua que hay en aquel autor. La dignidad de su estilo es harto notable para que se pretenda discutirla. Ella procede del caudal ideativo como de la gracia natural del vocablo. Es decir de una inspiración de veras profunda e inteligente. Una carta conservaba Zaldumbide. Era de uno de los más ilustres ensayistas de nuestro continente, don Alfonso Reyes. Allí le decía éste que lo admiraba como a “una de las cabezas más cabales” de la América española. Y en decir eso no había ni hipérbole ni lisonja interesada y fementida.

Poseía Zaldumbide una innata virtud de esteta frente a las palabras. Por eso escogió, aun en sus lecturas tempranas, las obras en las que no se echa de menos el encanto del estilo. Llevó su afán de selección al máximo rigor, en una como aristocracia del gusto que no admitía contemporizaciones. Sentía repulsión por el desaseo de la frase y por cualquier plebeyez en los medios de persuasión. Había tanto de cosa radical en sus exigencias, que pocos autores le colmaban de veras de satisfacción. A pesar de todos los encomios de su hermosa crítica sobre Montalvo, más de una vez —en el grupo de sus íntimos confesaba cierto desdén por el estilo montalvino. Parecía mostrar desestima semejante por lo de Unamuno y lo de Azorín. Acaso la prosa de Valle-Inclán ejercía sobre él un sugestión más poderosa. Todo eso tiene su explicación. La magia dannunziana le había arrebatado desde la juventud. Se acercó a ella con deleite e interés crítico. Para disfrutarla al mismo tiempo que para analizarla. Vio que aquello coincidía con su ritmo de pensar y de decir. Con la rotación de sus ideas y de sus palabras. Asimismo se dio cuenta de que en nuestra América estaba sonando la hora del Modernismo. Se sintió reclamado. Se incorporó al discipulado arielista. Precisamente su primer trabajo de algún aliento fue una exégesis de Ariel. El continente vivía la apoteosis de Rodó y de Darío. Esto es la gloria de estilo. El triunfo de lo selecto. Los ultrajes a la materialidad y a las asperezas de lo vulgar. Buen momento para acordar su voz acompasada con la del grupo. Gonzalo Zaldumbide se hizo también modernista. Lo fue en muchos aspectos. Y habrá que considerar siempre su nombre dentro de aquel movimiento hispanoamericano. Esa es su ubicación correcta. Odió, con sentimiento rodosiano, las imperfecciones de la democracia. Creía en efecto en la aristocracia del talento. Le seducía, por otra parte, nuestra vieja tradición latina, por la que batallaban Darío, Rodó y sus seguidores. Hizo entrar en la fluencia de su habla —como lo hicieron también aquellos la gracia de ciertos giros galicados. Pero siempre respetando y exaltando y ennobleciendo el rico decir castellano.

Su parentesco más cercano en la prosa crítica hay que encontrarlo en el maestro uruguayo. Se parece a José Enrique Rodó en la perspicacia del juicio. En el equilibrio de las ideas. En la vigilada composición de la forma. Su alma consonaba sin duda con la de Rodó. Allí están los antecedentes que permitieron la jerarquía impar de su obra acerca de la producción rodoisana, estimada como una de las mejores que se han escrito con aquel tema. Fue pues Gonzalo Zaldumbide figura destacada de las promociones modernistas de este continente.

Sus trabajos principales fueron: En elogio de Henri Barbusse; La evolución de Gabrielel d’Annunzio; Cuatro grandes clásicos americanos: Rodó, Montalvo, Gaspar de Villaroel, J.B. Aguirre y la novela Egloga trágica.

Zaldumbide escribió Egloga trágica entre fines de 1910 y 1911, en la hacienda de Pimán, al norte del Ecuador, tras seis años de ausencia vividos en Francia. Fue, así, la narración poemática de sus impresiones del regreso a los campos queridos de la heredad paterna, en donde se desenvuelven conflictos de sabor romántico. Se arman estos mediante un triángulo amoroso formado por el protagonista,  Segismundo, su tío Juan José y su prima Marta. Los tres sienten encenderse en su aislada interioridad una pasión que no se atreven a confesar a nadie, ni se la confiesan entre sí, y cuya desazón, que les envuelve secretamente, halla hacia el final de la novela una solución trágica: el suicidio de Marta.

En el género del ensayo fue, en cambio, donde Zaldumbide concentró su vocación de escritor, con legítimas resonancias internacionales. Le placía expresarse en una prosa de amplitud afilosofada, de sutilezas conceptuales, de penetraciones analíticas, sobre todo en el juicio literario, y de eficaces atributos idiomáticos. También le gustaba trazar descripciones ricas de una poesía esencial y cristalina. Amaba la claridad, en el pensamiento y en la frase. Ella le era como un hábito de indispensable pureza espiritual.

Novelas
Egloga trágica

Ensayos - Artículos - Crónicas
En elogio de Henri Barbusse
De Ariel
La evolución de Gabrielel d’Annunzio
El wilsonismo
Cuatro grandes clásicos americanos: Rodó, Montalvo, Gaspar de Villaroel, J.B. Aguirre