Beatriz

La fiesta era brillantísima, como todas las que ofrecían a sus amigos los marqueses de G… Se celebraba en honor del conde de la A… y su bella hija. La sala era un remedo del día; en el centro del cielo raso una magnífica lámpara de cincuenta luces, hacia de sol; en cada espejo, en cada dorado, se reflejaba los rayos luminosos; flores de mil colores, plumas, diamantes, encajes, crujido de sedas, blondas; cien bellezas que pasan, los severos trajes negros de los caballeros, en los que semeja la pechera blanca, el acerado peto del guerrero antiguo; una visión que deslumbra en cada hermosa que baila, cada caballero que danza es un enlutado que se ríe de sus penas. ¡La fiesta era brillantísima!

A lo mejor del baile, cuando ya había comenzado el primer vals, se oyó al ujier anunciar un nombre:

—¡El conde de la A…!

Este anuncio produjo una revolución; cesaron los diálogos; todas las miradas se fijaron en la puerta principal; las elegantes parejas casi cesaron en su rápido valsar, y, allá, en la penumbra de un balcón se miraban relucir dos ojos, como dos ascuas, ojos de galán que acecha, ojos que hace reverberar un corazón que se agita con violencia: ojos de enfermo del alma.

Aquel que miraba: ¡Es ella! —dijo con trémula voz a un amigo que se hallaba a su lado—. ¡Es ella! y al pronunciar por segunda vez esta frase estrechó con tal fuerza el brazo de su compañero que éste tuvo que decir:

—Luis… me matas. ¡Y que no seas tan vehemente con ella!

—¡Pues lo he de ser! —replicó Luis— ¡lo he de ser esta noche!

Cuando ella entró en la sala del brazo de su padre el conde de A… convirtióse la revolución en paz octaviana; no se respiraba. ¡Tanta hermosura, tanta originalidad, tal sello misterioso, tanta elegancia, tanta nobleza, sorprendía los ánimos, esclavizaba a los concurrentes!

Luis atravesó la sala, del bazo de su amigo, decidió a encontrarse de frente con ella, la hija del venerable anciano el conde de A…

Aquellos ojos triunfadores, chocaron con aquellos otros de fuego que antes brillaron en el balcón. Fue un choque terrible, el de aquellas dos miradas. Ambos la mantuvieron; la de ella tenía fulgores de diamante herido por el sol; la de él era húmeda, como que contenía lágrimas.

Una ligera inclinación de cabeza de ella, un saludo ceremonioso de él. Y el amigo sintiendo en su brazo derecho, la corriente eléctrica que le comunicaba el brazo de Luis.

***

—Beatriz, me has hecho aborrecer a Dios. Al Dios que adoré sin comprenderlo desde niño, porque me lo ordenaba mi madre, que era tan buena como tú, Beatriz, pero incapaz de querer al que no la adoraba.

—Luis —dijo ella con apagada voz— no blasfemes. He venido al baile, he de concurrir a la ópera, he ser la primera en participar de todos los placeres del mundo: lo he jurado, como tú juraste amar a Dios cuando tu madre te lo pedía en la hora terrible de la separación eterna.

—Yo he quebrantado mi juramento; tú tienes la culpa. ¡Yo no creo en Dios!

—¡Impío y traidor!

—Hombre de razón. Creer en Dios es para mí poseerte. ¡Que seas mía! ¡Mía en cuerpo y alma! ¿No es para mí el cielo el azul de tus ojos? ¡Nada palpita en derredor mío, si no siento palpitar tu corazón, el arrullo de mis locas frases de ardiente enamorado! ¡Yo soy ateo!

—Yo creo en Dios. Y he de adorarlo, aunque me veas casada con él…

—¡Lo he de matar!

—Aunque tenga que mentirle el cariño apasionado de la desposada de hoy. Es el hijo del amigo que salvó a mi padre de la deshonra, de la miseria más espantosa… Él le tendió la mano, le prestó fuerzas. ¡Le salvó! ¡Lo ha hecho un anciano venerable!

—¡Beatriz!... ¡Beatriz!...

—Luis mío —y he de llamarte así por última vez— yo te amo… no, no, yo te he amado, y juro no amarte más. El conde es mi padre. Yo amaré al esposo que me destina Dios.

—¡Maldi…!

Y entonces en amigo de Luis, atento al diálogo, usando fe fuerzas increíbles, lo tomó por el brazo y lo condujo al balcón desde el cual brillaron aquellos ojos de enamorado que acecha, de enfermo del alma.

***

Se habló de un telegrama. Los corrillos dejaron de ser alegres. Se disolvían los grupos. Un secreto triste se divulgaba. La fiesta terminó en dos minutos. Los dueños de la casa no hicieron los honores de la despedida. El conde de la A… ¡pobre anciano! Lloraba amargamente la muerte del hijo de su amigo, de su futuro y adorable yerno, que cayó sin vida en un duelo a espada, por una cuestión que sobrevino en el Bosque…

Beatriz también lloraba, del brazo de su padre, y le decía:

—¡Dios reina sobre nosotros, padre mío!

***

Querido Antonio: ¿He de decirte que creo en la felicidad completa sobre la tierra? En este momento una cabecita rubia se posa sobre mis rodillas. ¡Chiquilla! Me la voy a comer a besos! Se llama Beatriz, como su madre, y no la he de casar ni con Dante, porque soy muy egoísta.

Te remito esas “Páginas íntimas”, libro que acabo de escribir por orden de mi muer, que me gobierna…, pero constitucionalmente.

¡Que no dejes de venir el diez! En la estación te esperamos Beatriz y yo, y la niña, con el vestidito azul que mucho te ha agradecido tu ahijadita.

Te abraz,

Luis

***

Esta carta la recibió Antonio, el íntimo amigo de Luis, el que lo llevaba del brazo la noche del baile de los marqueses de G…

Antonio abrió las “Páginas íntimas”, leyó la dedicatorio de Luis, y como era ya muy tarde, dejó la lectura para el otro día. Sin embargo, no puedo resistir el deseo de leer el final del libro, que decía así:

“El mundo es una enciclopedia; un tomo en cuyo dorso se lee el nombre del auto: Dios”.