El tintero y la tinta

Se me acaba de volcar el tintero, y he vuelto a llenarlo de tinta hasta el tope; como cuando el cerebro descansa por sueño profundo y de pronto el despertar lo llena de ideas. La tinta es siempre un pensamiento inédito, como los que aún no hemos resuelto en palabras. Yo he dejado de decir muchas cosas que se me han ocurrido, así como tantas otras cosas deja cada cual en el tintero.

En días de amargura, he comprendido por qué huyo tanto de mi desordenada mesa de escritor; la tinta me da miedo porque viste de luto... No os riáis. Sé la historia y os la voy a contar.

Un erudito, al que imitaron luego muchos otros, se pasó la sedentaria, larga vida, entre libracos y manuscritos, que estudiaba y descifraba, acaparando ciencia y sabiduría.

El sabio pudo, gracias a los libros, lucir sus facultades de orador, desde la tribuna que el pueblo rodeaba.

El sabio fue el maestro de una gran generación entera, a la que comunicó la esencia de su alma, beatificada por la razón, y su ciencia recogida en las bibliotecas.

El sabio llegó a viejo, entre la consideración y el aplauso de sus conciudadanos, entre la admiración de los que no lo eran.

Cuando el sabio comprendió que se le acercaba la hora postrera, se dispuso a escribir sus obras de filosofía, sus digresiones científicas, la historia de la humanidad y su autobiografía.

Y por último escribió su testamento. Su biblioteca, al pueblo; su poltrona, a un inválido; sus colecciones, al museo; y el tintero a nadie.

—¡Yo le he dado todo lo que tenía! —decía el tintero, llorando borrones sobre la mesa carcomida.

Cuando el novio quiso romper con ella, no se atrevió a decírselo de palabra, porque era demasiado sufrimiento contemplar su llanto y escuchar sus quejas. Ella no amaba a nadie más que a él; lo adoraba. Fiel toda la vida, lo había esperado; le había sufrido sus indiferencias y sus días brumosos.

Pero aquello era necesario, él no poseía un céntimo; y luego, la otra tenía una fortuna.
Él le escribió una carta muy... villana, con letra clara, gruesa; y firmó con una rúbrica tremenda.

Sobre la tinta cayeron lágrimas virginales.

Todo lo hubieran perdonado el tintero y la tinta; el olvido del sabio; el crimen del novio, y lo demás que no he contado y que citaré: el anónimo infame, la cuenta del casero, el cartel de desafío del espadachín, y la carta en que se anuncia la muerte de un hermano o de una hermosa.

Lo que nunca perdonaron el tintero y la tinta, la tinta sobretodo, fue esto:

Juan se fue a Europa, a París, dejando a su madre —¡oh, muy bien!— entre muebles forrados de damasco y criados de librea, que la atendían cuidadosamente —¡oh, muy bien!—, sólo que la dejó sin su presencia, sin su cariño y sin sus besos...

Juan se olvidó en París de su madre, que moría por él entre las comodidades de su casa de criolla rica.

Tantas cartas recibió Juan en medio de las orgías, firmadas por su ausente madrecita, que un día determinó escribirle.

Cuatro renglones. (¡pero si es que lo esperaba Jeannette, la florista!) y terminó escribiendo:

"Y no soy más extenso porque me falta la tinta..."