La condesa de Jibacoa y Luis Felipe de Orléans

I

El general D. Juan Procopio d Bassecourt, conde de Santa Clara, en el año de 1796 sucedió en el Gobierno de la Isla de Cuba a D. Luis de las Casas.

Ya por esta época, la gran prosperidad y riqueza de Cubas proporcionada por los frutos naturales y por las pingües s explotaciones de las negradas africanas, colmaba de millones de onzas de oro todos los arcones cerrados de nuestros antepasados de coleta y calzón corto. Eran ellos hidalgos de pura prosapia y títulos novísimos, cedidos por gracia de su Majestad algunos, comprados rumbosamente1o otros, como se adquiere una joya. En aquellos tiempos los blasones se aquilataban en mucho, así como hoy se aquilata la hacienda de cada cual. Pasando los años y los lustros, el ¿cómo te llamas? ha sido relevado por el ¿cuánto tienes? prosaico y cruel.

Dos años iba a cumplir de su mando en Cuba el Capitán General, conde de Santa Clara, quien hizo construir la batería que lleva su nombre, en defensa de piratas filibusteros, cuando un gran acontecimiento vino a agitar la nobleza antillana, en el mes de marzo de 1798; la llegada a la Habana del joven príncipe Luis Felipe, duque de Orleans, junto con sus hermanos menores, el duque de Montpensier y el conde de Beaujolois.

Los tres hijos de Felipe Igualdad, los tres sobrinos de Luis XVI, viajaban desterrados, fugitivos y escasos de pecunia, pero ricos de juventud y de esperanzas, a pesar de las imágenes horribles que anublaban sus sueños juveniles; un tajo que silbaba rápido, cabezas reales que caían y sans-culottes, hidrófobos que gritaban. ¡sangre de nobles!

Luis Felipe de Orleans y sus hermanos despertaron grandísima simpatía y compasiva curiosidad en la capital de esta gran colonia española. Las familias principales se disputaban la honra de dar albergue a los principitos franceses. Los salones se abrieron lujosos y espléndidos, brillantes y engalanados, para brindar a los excelsos huéspedes más excelsas fiestas, en las que la sociedad habanera demostraba su cultura y su buen tono a los que habían nacido entre las exquisiteces de aquella reina de Versalles y de Trianon y Luis Felipe de Orleans y sus hermanos trajeron cartas para la inolvidable, opulenta dama Doña Ascensión de la Barrera y Espinosa de Contreras, condesa de Jibacoa, en cuya casa se alojaron, y donde fueron recibidos y tratados a verdadero cuerpo de rey.

Así pasaron cuatro meses los príncipes franceses en Cuba, halagados en nuestros hogares, obsequiados con las más brillantes fiestas de nuestros anales; ya en la ciudad, ya llevados a la finca de los Jibacoa en Guanajay, donde pudieron gozar Sus Altezas de la majestad jamás derrocada de nuestros campos.

Pero... aunque eran más retardados los correos de la Península, al cabo llegaban con los reales decretos y las reales órdenes que, si bien concedían privilegios, cunas de inmensas fortunas, no dejaban de traer absolutos y despóticos mandatos, de necesaria y pronta obediencia.

Un paquete trajo la orden de que fueran expulsados de la Habana Luis Felipe de Orleans y sus dos hermanos; y en el mismo buque, con motivo de las quejas del Gobierno de Francia, Su Majestad Católica reñía al conde de Santa Clara por el regio recibimiento hecho en la Habana a los Orleans, y lo deponía en el mando de Cuba, al frente del que había estado veinte y nueve meses.

 

II

Cuando llegó la hora de la partida de los príncipes, que se embarcaron para los Estados Unidos, la condesa de Jibacoa y sus hijos lloraron, verdaderamente sentidos, la forzada ausencia de sus reales huéspedes. Ellos partían conmovidos a seguir la triste odisea, deportadoss fugitivos y pobres...

La generosa condesa de Jibacoa ordenó a su mayordomo que colocara en cada equipaje de los Orleans, una talega de mil onzas de oro.

Y en la popa del paquete velero los tres sobrinos de Luis XVI veían, llorando de agradecimiento, perderse las costas de la hospitalaria y más fermosa isla que jamás ojos vieron.

***

No haremos historia contemporánea. A Napoleón, Luis XVII y Carlos X, sucedió en el trono de Francia, el año 30, aquel joven príncipe de incipiente bozo, que hospedamos aquí y aquí festejamos tanto: Luis Felipe de Orleans.

Pocos meses llevaba de reinado Luis Felipe, cuando un bello día del año 31, si mal no hemos anotado la fecha, recibió la noble condesa de Jibacoa una carta sellada, regiamente blasonada, en que el Mayordomo de Palacio del Rey de Francia le escribía en nombre de S. M. muy atenta, aunque fríamente, preguntándole a cuánto ascendía en oro francés, el oro español que la condesa hiciera colocar en los equipajes de los tres príncipes, y a más el monto de los intereses de la suma durante los años transcurridos, para devolvérsela.

La generosa y a un mismo tiempo altiva señora llamó a su mayordomo privado, e hizo que éste le escribiera al mismo Luis Felipe, diciéndole que la condesa de Jibacoa no recordaba haber prestado ni a él, ni a sus hermanos, cantidad alguna, y que sí hacía memoria de haber regalado a tres jóvenes escasos de recursos y fugitivos, una suma con que pudieran afrontar a su suerte.

El rey de Francia Luis Felipe de Orleans contestó de su puño y letra a la condesa con frases cariñosísimas de recuerdos y grandes agradecimientos, y le envió un grueso diamante en rica sortija, y nueve miniaturas de su retrato, encerradas en primorosos estuches, y cada cual orlado de brillantes de gran valor; un retrato para la Condesa y los ocho restantes para cada una de las hijas los condes de Jibacoa.

Una de esas miniaturas, borrosa por el tiempo, pero en la cual se advierte la mano de un gran artista, la hemos visto en poder de nuestro amigo el actual conde de Cailongo.

Es una reliquia de familia, un recuerdo de la opulencia, y de la generosidad de la condesa de Jibacoa. ¡Ah! Pero el tiempo todo lo destruye. El recuerdo de esta historieta auténtica ha durado más que los brillantes en los marcos de las miniaturas…