Los herederos

I

Todo el mundo conocía en el tiempo viejo, cuando se amarraban los perros con longaniza, a don Homobono García, todo un buen señor, siempre alegre y satisfecho, algo rechoncho, con un par de patillas grises a manera de chuletas empanadas. Don Homobono paseaba a diario por la ciudad, envuelto en su chupa blanca y cubierta la cuasi calva cabeza con finísimo jipijapa, en un quitrín que guiaba un típico calesero, con chaqueta azul oscuro blasonada, y botas de enorme embocadura.

Don Homobono era un hacendado bastante rico, amo de esclavos, no tan numerosos como sufridos, a los cuales sacaba un interés crecido. Don Homobono no les pegaba más que lo necesario para que no enfermaran gravemente; y aún, por si llegaba el caso, había instalado una enfermería, con un curandero muy experimentado y muy hábil en colocar cataplasmos de linaza y enjundia de gallina.

Pasaban los años y los lustros, y don Homobono seguía pasando como un hombre bueno que era, hablando en buen romance y hasta en latín; mas llegó un día en que el pobre hacendado cayó enfermo de un tabardillo.

—No me apena que me lloren como lo hacen, porque lo cierto es que se va del lado de ustedes uno que los quiere mucho... y que no quisiera irse todavía. Me voy al seno de Dios con la conciencia del deber cumplido; no le he hecho mal a nadie, y si es verdad que es un crimen tener esclavos, como dicen por ahí algunos imprudentes, la culpa no ha sido mía, sino del Gobierno, que es el que siempre tiene la culpa de todo lo malo que pasa. ¿Quién le mandó establecer la trata en Cuba? Por lo demás, bien saben ustedes que jamás los azoté lo bastante. Para castigarlos y nada más...

Don Homobono pidió un vaso de agua con panales, y prosiguió:

—Hijos míos, no se metan ustedes nunca en política, ni en religión. Esto me ha dado muy buen resultado en la vida. Siempre se debe estar con el que manda, y si hay competencia entre dos gobernantes, es conveniente asimismo arrimarse al que gana. No entren jamás en discusiones de cualquier género y con nadie, y cuando alguno les pregunte por quién opinan o qué piensan respecto a alguna cuestión, háganse los bobos, como siempre he hecho yo, y con una risita de ambos sexos, digo, ambigua, desaparezcan de la escena. Cuando hablen delante de la gente, hablen bien de todo el mundo, pues no se debe hablar mal de nadie, sino por detrás... Esto también me ha dado muy buen resultado en mi peregrinación por este valle de lágrimas.

Nada habíamos dicho antes de la familia de Homobono. En aquella vida patriarcal de los antiguos tiempos de la colonia, en su ancho y cómodo hogar remaban en beatífica paz, su mujer, la señora María Ana de la Fe García, dos niñas, Juana y Lola, y dos alegres muchachos, Homo, —éste era el mote familiar del primogénito— y Pepe le benjamín, mimado y consentido. Ambos estudiaban en el Seminario la historia sagrada, la lista de los reyes godos de España, su poco de geografía y gramática.

Pues bien; habíamos dejado a don Homobono enfermo de un tabardillo, el cual puso en peligro su vida, al punto de que hubo de hacer junta de médicos y muchas promesas y novenas.

 

II

Ni la ciencia ni los hombres, ni la intervención de los santos, fueron eficaces. Don Homobono se moría sin remedio, es decir, a pesar de todos los remedios entonces conocidos, lo que nos hace sospechar que muriera de apendicitis, enfermedad de que no se tenía noticias en aquellos deliciosos tiempos.

Cuando ya no quedaban esperanzas de verlo levantarse de nuevo, colgarse la chupa blanca y montarse en el quitrín, rodearon su lecho doña María Ana, Pepín, Lola, Homo y Juanita, y tres docenas de deudos de ambos sexos, como dicen los gacetilleros. Don Homobono —ya lo hemos dicho— tenía bastante dinero, y esto, al lado de aquella bondad proverbial que le reconocían hasta sus mismos esclavos, a quienes jamás pegaba más que lo necesario, fue causa de que en sus postreros momentos se enterneciera viendo cómo corrían las lágrimas por los rostros de todos sus familiares.

No era posible que don Homobono dejara de hablar, de dirigirse a los suyos y de aconsejarles, antes de lanzar el último suspiro, el único que no había lanzado de satisfacciónen su vida.

Un tanto reclinado sobre la cama acolchonada, don Homobono, apretando con sus manos ya heladas, las juveniles y afeminadas de sus hijos varones, dirigió a todos la palabra de esta manera: 

—Ahí les dejo —prosiguió el moribundo— la fortuna que logré reunir poco a poco, a fuerza de fatigas, teniendo que estar constantemente en continuo ajetreo, para que no se descuidaran los negros. Con ese dinero tengan mucho cuidado, no vayan a gastarlo, porque el que no tiene una peseta huele a muerto. y al que huele a difunto o miserable, nadie le hace caso. Defiendan su dinero; no se lo den a nadie, porque nadie se lo va a dar a ustedes el día que les falte ; y si en las contingencias de la vida pueden aprovecharse y aumentar la herencia, háganlo así de cualquier modo, con tal de que guarden las formas, que es lo principal.

La voz del enfermo se debilitaba por grados. Los sollozos producían sordo murmullo en la habitación.

Era el amanecer de un luminoso día de verano, y las velas del santo que lucía un altar, palidecían, como si hubieran pasado una mala noche.

Sonriendo beatíficamente murió don Homobono y cuando expiró, terribles ayes y amargo llanto poblaron la triste alcoba.

Mucho tiempo ha pasado desde entonces y he perdido la pista de aquella familia patriarcal; pero yo debo codearme a diario con aquellos herederos del buen señor, porque esto es un hormigueo de gentes que practican al pie de la letra los consejos que en su lecho mortuorio les daría el rico hacendado de los tiempos coloniales.