Monseñor Pepe

A Fidel A. de Santocildes


Dejando mis quehaceres, ya tarde, cuando declinaba el Sol, entré sudoroso en el tranvía del Príncipe, con el paraguas debajo del brazo, los bolsillos atestados de periódicos y el libro, con el corta-papel dentro, en una mano.

Cuando alcancé un asiento, después del tambaleo que produce el vaivén del carro, la señora de al lado estrechó la anchura de su falda de holán almidonado, y el caballero de la derecha echó hacia atrás, como defendiéndose de un ultraje, el bolsillo de su americana, repleto de bombones para los chicos. Yo me arrellané, doblando una pierna sobre otra, acomodando el paraguas a manera de muleta, y abrí el libro.

Antes de comenzar a leer la página marcada con el corta-papel, me entretuve en mirar cómo el viento, que entraba en ráfagas por la plataforma del cochero, arrancaba chispas continuadas y fragmento de ceniza al cigarrillo de papel de trigo del capitán de enfrente.

Y comencé la lectura, con las intermitencias de los tumbos, que me desviaban las líneas, y aprovechando cada parada del ómnibus para leer de corrido un párrafo.

Poco a poco fui quedándome solo en el militar, el cochero, el conductor y mi libro; y los caballos, aligerados de peso, corrían desusadamente. Mirando por mi ventanilla, pude ver un cielo rojizo, y las negras siluetas de las palmas y los álamos de la Quinta de los Molinos y del solitario Paseo de Carlos III. La estatua de ese rey se erguía allá abajo, junto a Belascoaín, en la actitud elegantísima en que lo talló el gran Canova, como queriendo perpetuar la efigie ya desaparecida de la onza de oro…

Hasta que el tranvía dobló la curva del paradero, se detuvo entre crujidos, y yo me eché a andar paseo arriba, mientras  venía el carricoche que lleva el pasaje del Urbano al Campamento, a lo más alto de la cuesta, cerca del Castillo vigilante.

Paseo arriba caminaba yo, aprovechando la agonía de la luz, el paraguas debajo del brazo y el libro abierto ante los ojos; y caminaba despacio, y a veces tropezaba con un guijarro, o me detenía para fijarme en una frase nueva o en una idea brillante de mi autor favorecido del momento, cuando…

Sentado en una guardacantón vi a un joven sacerdote, pálido, imberbe por naturaleza, no por la navaja; delgado, de ojos vivos. Le pasé por delante, y cuando no sé por qué curiosidad, dejé la lectura y me volví a mirarlo, advertí que me miraba a su vez con fijeza. De pronto se levantó, corriendo hacia mí y pronunciando mi nombre.

—¡Pepe! —le dije, emocionado y sorprendido—. ¿Eres tú? ¿Con ese traje, con ese aire?

—Sí, amigo mio, —me contestó—. ¡Nada sabías de mí en tanto tiempo! Verdad en que alguna culpa, a más de todas las mías de pecador— (esto lo dijo con verdadera unción, me toca por tu ignorancia. ¡Hace tanto tiempo que dejé de escribirte!... Cuando tu última desgracia, mis oraciones no faltaron en el coro de las preces de los tuyos; y sin embargo, no te escribí. Perdóname. ¡Por qué no lo hice? ¿No es verdad, Dios mio, que es pecado mortal el abandono del que necesita consuelo y paz?

Yo lo abracé enternecido, y luego, cogidos del brazo, seguimos andando muy despacio, mirándonos de hito en hito; mientras el viento, que se enredaba murmurador en las ramas, azota la sotana del cleriguillo y me empuja hacia atrás el sombrero de paja.

***

Monseñor Pepe me contó la historia toda entera. Pormenorizada hasta en la cosa más nimia. Parecíame estar oyendo leer la vida de un santo.

Su tío —que había sido para él un verdadero padre—, que lo recogió en la cuna, le inculcó los más sanos principios e inclinó su alma a las más puras contemplaciones, alejándolo de todo aquello que no fuera la santa obediencia a Dios y la más ciega subordinación al honor inmaculado, —ya muy avanzado de edad, atraído por la gracia fatal de una hermosísima niña, huérfana y pobre, la hizo su esposa; disculpándose con Pepe de tal boda, enlace de un lirio marchito y de una rosa temprana, con la coraza de su buena intención: Irene era sola en el mundo, y como era tan bella, ¿cuántos peligros no cercarían su pureza?

Y el futuro curilla —aquella alma de Dios— compartió desde entonces con Irene el mismo techo, comió en la misma mesa, dividió con ella las horas plácidas de la siesta en dulce y tranquila conversación; él, admirando su busto gallardo; sus mejillas róseas, sus ojos negros, de un mirar muy profundo… que lo hacían rezar; ella animándolo con sus sonrisas, divirtiéndose en hacerle bajar los ojos, en contradecirle sus disquisiciones teológicas, en inflamarle el alma.

Y un día llegaron las vacaciones del Seminario y Pepe llegó a la casa a un tiempo contentísimo y medroso.

Su buen tío celebró con un banquete de familia, el premio del último curso; pero ese mismo día, cuando servían los postres, y cuando el vinillo blanco había enrojecido aun  más las mejillas de Irene, Irene dejó caer la servilleta. El tío cabeceaba.

Pepe se ruborizó; pero haciendo un esfuerzo sobrehumano, recogió la servilleta del suelo, y al inclinarse, rozó con la cara las rosas encendidas de la cara de Irene…

Aquello iba mal, muy mal; y en el alma de Pepe surgió, imponiéndosele como un déspota, el sentimiento del deber. ¡Su tío, su padre; el que lo había recogido en la cuna, inculcado los más sanos principios e inclinado su alma a las más puras contemplaciones, y a ser esclavo del honor, seguiría hallándolo digno de él!

—Al otro día volví al Seminario —terminó diciendo—. Fingí mayor vocación de la que realmente sentía entonces, porque hoy Dios ha infundido en mi alma el  más ardiente amor por su excelsitud, y no volví a salir del colegio sino con la tonsura… Mi tío, —añadió con los ojos arrasados en lágrimas— ha muerto de pesar, Irene era una rosa temprana; él, un lirio marchito….

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Yo no quise, condolido, hacerle apurar el epílogo.

El carricoche lo perdí varios turnos consecutivos; y cuando hube abrazado fuertemente a mi viejo amigo el joven sacerdote, comencé a subir, casi a obscuras, el sendero pedregoso que conduce a los pabellones del Campamento, donde se asientan ahora mis reales, y se acuartela el batallón cariñoso de mi familia.

Todavía, al trasponer la encrucijada, vi la ancha y amarilla estela que forma el Paseo de Carlos III ondular y perderse en la ciudad, que alegraban los ya encendidos faroles del alumbrado.

Monseñor Pepe, recogiéndose el manteo, caminaba muy de prisa a alcanzar un ómnibus, corriendo, corriendo, como si lo persiguiera Irene.