Rosa de la tarde

Más de veinte años han transcurrido. En aquella época era yo tan soñador como ahora, sólo que hoy la realidad y la experiencia interrumpen bastardamente mis ensueños.

Fui presentado a ella una noche de gala en el Gran Teatro, y recuerdo que tuve que reprimir su risa loca de hermosa complacida, para tenderme su fina mano enguantada. Me incliné profundamente, y la envolví en una mirada más profunda todavía.

Reíanse ella y sus compañeras del palco de un pobre galán ridículo, y la conversación recayó en lo de siempre: en la historia siempre vieja y siempre nueva…

En el palco, en el coche reluciente, en los salones, en donde quiera, la vi triunfar por su belleza y su gracia. Elegante, de ojos claros y serenos como los cantados por Cetina, con talento perspicaz y una cultura tan refinada como exenta de pedantería, la asediaban los jóvenes de entonces; pero ella no se rendía: joven, hermosa, rica, en la plenitud de la alegría de vivir.

Un día oí decir que se casaba… con el joven ridículo de la risa loca del teatro.

Ningún record, como se dice en el lenguaje de los deportes, ha superado nunca a la velocidad de los años juveniles. Se van como en un ensueño.

Mi heroína ha visto pasar vertiginosamente su dichosa primavera de triunfos y de amores: aquel prometido de sus ansias, que en la lucha por la vida había logrado la dicha de hacerse envidiar, murió repentina, trágicamente. Y en ella murieron al par las ilusiones, la riqueza y la alegría de vivir.

Se recluyó en las paredes de su modesta casa, y fue más sereno, pero más triste, el claro mirar de sus ojos.

Ya no hubo para ella sino una muda resignación, una tranquila tristeza.

A veces, como esas miradas que se dirigen inconscientemente al sol, y que lastiman, escuchaba el ruido de cascabeles de la vida fastuosa, y se le conturbaba el corazón.

Ayer la vi, a la hora crepuscular, después de muchos años de no haberla visto, atravesar sola y sin sonrisas la calle principal. Tal vez no me conoció; tal vez no quiso reconocerme. La hermosa cabeza, aureolada por un cerco de cabellos castaños, ya invadidos por la plata de las canas. El busto firme y opulento; las líneas curvas, triunfadoras aún, el andar esbelto y suave. Era ella, perdida la juventud, pero no la belleza. Era ella, rosa fragante todavía; pero rosa de la tarde…

La miré perderse entre el oleaje de la calle, como flor marchita que pronto va a deshojarse, sin un rayo de sol moribundo que le brinde el último beso.