Tres poemitas

El cazador

Él era un pobre hidalgo, sin más patrimonio que una ejecutoria de nobleza rancia; y en vano fue todo lo que hizo por convencer al padre de su amada —un tirano— para ablandar su corazón. El conde encerró a su hija, la de los ojos obscuros, cuyo mirar era tan lánguido como un crepúsculo, y le puso centinelas de vista, que iban siendo, a medida que se relevaban en la guardia, otros tantos rivales del hidalgo maltrecho y enamorado. ¡Tal poder ejercían aquellos ojos obscuros, sobre el que los contemplaba!

El hidalgo se consideró vencido en la contienda, porque los golpes de su ballesta eran impotentes contra los fuertes muros del castillo almenado y decidió acallar su corazón (como si esto fuera posible), romper con los recuerdos (como si alguien pudiera vivir sin ellos) y echarse a rodar por los bosques sombríos, al hombro la enarcada ballesta, en busca de caza para hallar el alimento del cuerpo, y en busca de un rayo de luna o de un alborear majestuoso, a quien entregar su corazón lacerado.

Un día, sintiendo hambre, atisbó el rastro de un cervatillo, siguió las huellas marcadas en el húmedo sendero, distinguió hierbas estropeadas y al fin, muy lejos, cuando la fatiga de la carrera lo postraba, divisó jadeante, asustada, de pie sobre un montecillo, una gacela. Armó la ballesta, descargó la punta acerada con tino, y corrió al montecillo donde expiraba la perseguida.

Ésta lo miró tristemente, de una manera tan lánguida como un crepúsculo.

—¡Así tiene los ojos! Prorrumpió llorando el pobre hidalgo, que creía vivir sin corazón y sin recuerdos, como si esto fuera posible.

 

Peso del oro

Como Rodolfo había apurado hasta las heces todos los placeres, en lo moral era un dispéptico, enfermo del hartazgo de amarguras devoradas una a una, día a día.

Su intensa fortuna puede decirse que lo abrumaba. La dicha de poseerlo todo le producía el hastío del bienestar, enfermedad de  lord. Como no creía en resistencias, acostumbrado a vencer por la fortaleza de su carácter o por el poder del oro, odiaba a todas las mujeres, menos a una muy débil, de ojos azules, de semblante tan dulce como el de una Madona, y que, al andar, se mecía blandamente, como en el tallo la tuberosa. ¿Y sabéis por qué no la odiaba Rodolfo, al igual que las otras? Porque ella suplicaba que la dejase en paz; y añadía que, de no acceder Rodolfo, sería incapaz de huir del abismo que la atraía.

Rodolfo el apóstata se regeneró por el amor más puro, más ideal y se casó con ella —la única mujer en quien creía, porque no se le había resistido.

Después de la boda, que se efectuó antes de la salida del sol, los novios se embarcaron, junto con su amor y sus inmensas riquezas, de América a Europa.

Una noche, la niña sensitiva, sueña en voz alta, y Rodolfo la sorprende diciendo: “¡Ya soy rica!... Pero no hay dicha completa! Arturo, Arturo, —repetía la sonámbula— mi amor es tuyo!”

Rodolfo abandonó la litera, registró minuciosamente ridículos y maletines; en las letras de cambio envolvió las onzas de oro y los doblones de a cuatro; lió el oro y las letras, que formaron un considerable y pesado bulto, y fuese con él a cuestas, hacia la despierta popa del paquete inglés.

Atóse a los pies el áureo peso, saltó la barandilla y se arrojó al océano, cuya amargura era la única que no había devorado todavía…

 

Dos viajes

Entre Adolfo y Vicente existía una estrecha amistad, nacida desde la niñez, afianzada luego en el colegio y aprobada en los lances juveniles, cuando hubo pasado la adolescencia.

Ambos poseían bienes y fortunas considerables; pero mientras Vicente preparaba un gran ramo de violetas para obsequiar a su madre en sus natales, el mismo día Adolfo se dirigía, camino del cementerio, a depositar sobre un mármol muy pálido, una corona de siemprevivas: el tributo del huérfano.

Adolfo y Vicente, ansiando otros horizontes, dejaron La Habana para dirigirse a Europa, pasando por los Estados Unidos. Por cierto que, al despedirse la madre de Vicente, le decía: “¡Cuídate! ¡Ven pronto!” y le daba un beso, con los ojos arrasados en lágrimas; y el tutor de Adolfo, después de estrecharle la mano fríamente, le recomendaba que no fuera pródigo…

Llegaron a New York los dos amigos, y al cabo de algunos días ya estaban impacientes por proseguir el viaje a París.

Se terminaron los preparativos del viaje; las boletas del pasaje fueron pagadas y visitadas las cámaras del inmenso buque de Cunard en el que habían de embarcarse al otro día.

Vicente recibió una carta de su madre, en la que éste le decía: “Ven, Vicente, hijo mío; tu ausencia me mata. No vaya a Europa ¡tardarías tanto! y luego… ya tendrás tiempo, porque mis años me van pesando demasiado. Ven, ven, y toma este beso que te envío”.

Adolfo trató de convencer a Vicente: Escríbele a tu madre; dile que ya has tomado el pasaje; que ya era un hombre; que sería ridículo volver sin haber visto París…

—¡Me vuelvo a La Habana mañana! —contestó con convicción Vicente. —Me llama mi madre, mi madre del alma!

Adolfo no insistió. Se marcharía solo a París ¡qué le iba a hacer!

Y aquella noche, a la salid del teatro, Adolfo fue herido por un airecillo cortante y frío, como un puñal. Y cuando clareaba el día despertó a su amigo Vicente, que lo contemplaba moribundo.

—¡Adolfo, Adolfo!, mi amigo,  mi hermano: ¿qué tienes?

Y Adolfo, el huérfano, en las ansias de la pulmonía fulminante, le contestó, señalándole al cielo:

—Tampoco… voy… a París. Me… llama… mi… madre… mi… santa Madre!