Aventura de las hormigas

Relever les sociétés animales c’est relever du méme coup la société humaine qui les surpasse de si loin et les domine de sa haut. Nous croyons servir plus efficacement la cause de la civilization en montrant que l’humanité est le dernier terme d’un progrés, antérieur, et que son point de départ est un somnmet qu’en l’isolant dars le monde, et en la faisant regne sur une nature vide d’inteligence et de sentiment.

A. ESPINAS: Des sociétés animales.

Le nain, qui jugeait quelques fois un peu trop vite, décida d’bord qu’il n’y avait personne sur la terre; sa première raison était qu’il n’y avait vu personne. Micromégas lui fit sentir poliment que c’était raisonner assez mal…

VOLTAIRE: Micromégas. Histoire Philosophique.


I

El 10 de octubre de 18…

Celebraba la Sociedad Real de Mirmepolis, sesión extraordinaria. Todo anunciaba que aquel acto había de revestir solemnidad desusada y el aire grave y reflexivo de los individuos, que se veían agrupados ya desde temprano en los pasillos y galerías de la gran sala, claramente daba a entender que se hallaban todos poseídos de esa expectante y temerosa inquietud que se apodera del espíritu en vísperas de la resolución de cuestiones trascendentales.

En efecto, después del descubrimiento del macroscopio, hecho como se sabe, por una hormiga leonada, el 3 de enero de aquel año la Sociedad había comisionado al mismo descubridor del instrumento para que hiciese, con su auxilio, en el macrocosmo, todos aquellos estudios y observaciones que fueran del caso, y tras una dilatada ausencia, en que había verificado las más curiosas y pacientes exploraciones en el mundo de lo infinitamente grande, venía el sabio explorador a dar ante la Sociedad cuenta de sus descubrimientos.

Aquel día y aquella sesión habían sido designados para ello, como pudo leerse desde una semana antes en las circulares que repartió profusamente la Sociedad Real a todos sus miembros, y aun en las gacetillas de los periódicos de la localidad que habían husmeado por sus diligentes repórters el importante asunto de que había de tratarse. Se ve, pues, que tenía causa muy fundada aquella agitación; ociosa al parecer entre gente de suyo laboriosa, no aficionada a perder el tiempo.

Bien es verdad que en los momentos que siguieron al insólito descubrimiento, se manifestaron, sin embozo, sarcásticas dudas, suscitáronse agrias controversias entre los partidiarios y detractores del instrumento en cuestión, y que, acorralados los últimos en los últimos atrincheramientos de la envidia, hubieron de contentarse al cabo con decir todo género de males del autor. Bien es verdad que los más recalcitrantes motejaron de diabólica la invención, y que alguno llegó a aventurar que, con aquel instrumento, se veía cuanto se quisiera como hubiera voluntad de verlo, y que tanto daba acercar el tubo de las visiones (así lo llamaban) a un objeto cualquiera, como cerrar los ojos ilusos para ver y mirar linaje de quimeras.

Pero todo esto no fue parte bastante a que los individuos que formaban el núcleo de sabios pur sang de aquella corporación abjurasen de su espíritu investigador y filosófico, y, en medio del clamor contrario, general, se comisionó —ya queda dicho— al descubridor del macroscopio para que lo gastase, si era necesario observando y observando aquella región de la naturaleza hasta entonces para las hormigas desconocida.

Dicho se está que la Sociedad corrió con los gastos todos de la expedición, a la cual se agregó a última hora un secretario general, hijo del presidente de la Sociedad, y dotado de un decoroso sueldo. Las investigaciones estaban hechas: júzguese de la ansiedad con que era esperado su conocimiento. Mas, a fuer de honrados historiadores debemos decirlo; por mucho que estuviesen preparados los ánimos al oír la estupenda y maravillosa de todas las historias, o el más absurdo de los cuentos, no podían sospechar ni a cien leguas los más meridionales la naturaleza de los recientes descubrimientos ni la trascendencia de las consideraciones a que estos descubrimientos habían de llevarlos. El macroscopio había sido descubierto por una casualidad verdaderamente providencial. Durante el acarreo de unas laminillas de talco que las hormigas conducían a su cueva por una estrecha galería, ajustáronse y trabáronse en ella aquéllas, de tal modo, en tan feliz ajuste, en tal feliz disposición de concavidades y convexidades, a distancia tan conveniente, que formaban y eran, así dispuestas en aquel tubo, un instrumento óptico de singular virtud y poder. Con él se hacía visible lo invisible, lo para ellos inmensamente grande: una máquina a la inversa del microscopio.

Cual sea ese arreglo de lentes, es cosa que no ha trascendido hasta nosotros ni querrán, seguramente, revelarnos los descubridores; ni hay para qué pretenderlo: patente tendrá el inventor, y registrado estará su instrumento en la Pattent Office de su país. Nosotros, y no es pequeño esfuerzo por parte de un historiado, nos contentamos con escribir la verdad. Averiguado sí, que se oyó desde fuera del hormiguero una gran voz que dentro mandaba suspender los trabajos de acarreo; y fue que la hormiga que la última laminilla había visto de repente, mirando por ella, todo un mundo de objetos extraños, hasta entonces invisibles los ojos fórmicos.

El descubrimiento estaba hecho, no menos realmente por ser casual como se descubrió que las patas ranas de ensartadas en una varilla de metal sufrían en ciertos momentos convulsiones, como acaba de descubrir ahora un químico famoso el más dulce de todos los dulces sólo por haberse chupado el dedo. Hay que contar por algo en los negocios humanos la casualidad, dígase lo que se quiera; esto sin tener en cuenta la muy providencial que puso al mundo americano en manos de Colón.

Hablar de la febril curiosidad con que aplicaron las hormigas todas noticiosas del suceso, todos sus ojos la lente ocular; habla de su asombro ante la visión de un mundo ignoto: una montaña, un árbol secular, un hombre que por suerte transitaba por allí, cosa a que renunciamos, porque queremos que lo considere de por sí el lector, y colabore con nosotros, sin quererlo, en esta obra.

Alguno, movido de esa incrédula y malsana curiosidad que se levanta siempre en torno de las verdaderas novedades, querrá saber cómo puede haber objetos que, por su magnitud, se sustraigan a un aparato visual cualquiera; y creerá, quizás, ponernos en un aprieto exigiéndonos la explicación del fenómeno, Buen chasco se lleva. Pues ni más ni menos que sucede con lo infinitamente pequeño, acontece con lo infinitamente grande: los rayos luminosos, que de un cuerpo de gran magnitud se desprenden, caen por fuera del campo visual, que viene a representar todo él un punctum coecum.

A éstas y a otras cosas más nos tiene acostumbrados nuestra madrastra amantísima y leal, la Naturaleza, que ora nos hace aparecer con distinto grueso una misma recta según se la mire en posición horizontal o vertical; ora sustrae a nuestra vista uno de dos discos pintados en el mismo plano si nos colocamos para mirarlos a cierta distancia de ellos; ora consiente que cierto físico famoso haga aparecer decapitados a los cortesanos de cierto rey, que conservaban su cabeza sobre los hombres como tú, lector, y como yo mismo; ora nos representa ceñidos por un enorme aro que nos rodea y limita por todas partes el campo visual; ora nos hace lo continuo cóncavo, representándonos metidos debajo de una enorme tapadera en forma de cúpula, y ora nos tiñe de azul lo que es de suyo incoloro; si no es ya que, por divertir sus ocios, nos sorprende muertos de sed en pleno Sahara, y nos regala en falaz espejismo la ilusión del más tranquilo y cristalino lago.

¿Y el daltonismo? ¡Vamos! ¿Por qué no habrían de padecer desde ab initio las hormigas de algo así que las hiciese aptas para percibir sólo ciertos cuerpos al modo que los atacados de aquella enfermedad no pueden ver o no perciben los colores? O lo hemos soñado o hemos leído realmente que ahora comienza a usarse una materia singular, y aun diríamos maravillosa, que hace para el hombre visible lo invisible. Fuera de que no faltan filósofos que sustenten la doctrina de que el mundo ese, que en jerga de Kant se llama no yo, no es no yo ni cosa que lo valga; y si alguno, creyente acérrimo en el testimonio de los sentidos, nos disputa aún el terreno, busque y lea el hermoso libro de Jolly Ilusiones de los sentidos, y fíese luego, si quiere, de sus propios ojos.

Deje, pues, en paz la crítica nuestro instrumento y quede sentada como inconcusa la verdad que apuntamos a propósito del restricto poder visual de las hormigas. En cuanto a las lentes del instrumento, sábese también que eran perfectamente acromáticas.

Desvelado tuvo al pueblo fórmico el proyecto; muy natural por cierto que concibieran hacer exploraciones completas en el macrocosmo, y, cómo, al cabo, los realizaron, es cosa que verá el que leyere.

Penetramos en la sala de las sesiones. Allí, ante todo, se ofrecía a la vista, bajo un dosel carmesí, que con sus blandos pliegues cobijaba a la Presidencia, un retrato de cuerpo entero (doble porque estaba hecho a la vez de frente y de espaldas, para que fuese más completo) del entonces Rey de las Hormigas, cabezudo sujeto que jamás en los días de su vida se ocupó de Historia Natural ni sobrenatural; y, llenando la sala, como una masa compacta, o cubriendo las paredes, cuyos tapices ocultaban, las hormigas, en número infinito, por miríadas, infinitamente varias en tamaños, formas y colores.

Todas las clases, las condiciones todas, todos los sexos estaban dignamente representados en aquel lugar; sin que se echasen de menos ejemplares de todas las castas y representantes dignísimos de todas las academias y centros de cultura fórmicos: la prensa, el foto, el clero mismo, circunspecto, taciturno, lleno de prudentes reservas y antes como inspector y fiscal del acto que como uno de tantos banales concurrentes, pero allí presente, al cabo, cumpliendo un deber casi patriótico. Te haré, lector, como pueda, la sumaria descripción de mis hormigas.

Estas que ves aquí por el lado de Oriente, las primeras, son las que vinieron al mundo bajo el poderoso conjuro del holandés Snamerdan, autor de la Biblia Naturae, sive historia insectorum, que marchitó sus laureles de naturalista dejándose arrastrar por el misticismo de la señorita Bourignon. Aquellas otras, tan numerosas como varias, que tienes allí, a tu derecha mano, son las que obedecen la voz del injustamente criticado por Voltaire, Renato Reaumur, autor de la Siderotacosia y autor también ilustre del termómetro que lleva su nombre, en ochenta grados dividido, y a quien apellidó en su tiempo la Fama El Plinio del siglo XVIII.

Esotras las más apartadas, que ocupan los confines de la gruta, al Occidente, entraron en los campos de la Entomología apadrinadas del francés Latreille que colaboró en el Reyno Animal de Cuvier, vistió hábitos religiosos y fue autor de eruditísimos trabajos de Historia Natural.

Entre estas últimas verás aquellas hormigas que tienen el pedículo del abdomen noduloso o guarnecido por una diminuta escama. El vientre de las hembras y el de las obreras de esta especie, emite un ácido corrosivo, y está armado de finísimo y cruel aguijón; ¡guárdate de ellas! Mira, y echarás de ver que las antenas de éstas filiformes o se manifiestan un poco hinchadas en la extremidad, acodadas en su parte media y compuestas de doce o trece menudos artejillos, de los cuales el segundo es cónico, y todos ellos de la misma medida. Tienen éstas la lengua deprimida como la concavidad una cuchara, el labio superior muy pequeño, los palpos desiguales, filiformes y compuestos de cinco artejos los anteriores.

Mas debo decirte, lector benévolo, que el primero de estos caracteres corresponde a dos familias muy distintas: una, la que tiene el pedículo con escama; otra, la que lo tiene noduloso; la primera antenas afiladas, no armada de aguijón, aunque sí tenga una bolsita venenosa y largo el abdomen y compuesto de cinco anillos en las hembras y obreras.

De este otro lado verás las que componen la segunda familia, y has de conocerlas por sus antenas moniliformes, que es como decir en forma de sarta de apretadas cuentas, abdomen corto armado de aguijón y compuesto no más que de cuatro anillos, en las del sexo femenino y en las neutras.

A esta parte de acá mira los machos, cuyas antenas, por extremo largas, harán que los notes y distingas, si no es ya que te fijas en su vientre, dotado de un anillo más que el de los otros individuos de especie. No se descubre en el extremo de su abdomen en venenoso dardo, que no es propio de los fuertes y los nobles varones el uso traicionero de esta emponzoñada vira.

Mira allí la Hércules o cortamadera, con el abdomen y muslos en la obrera, y bayos en la hembra; la etiópica, de cuerpo y de velludo abdomen; la fuliginosa, de cabeza gruesa y truncada posteriormente; la morena, que tiene los ojos, cabeza y abdomen negruzcos; la amarilla, con su cuerpo pubescente, negros ojos, escama cuadrada, pequeña y entera; la leonada que apenas merece este nombre porque sus antenas, cabeza, espalda, y borde de la escama, así como el abdomen son negros; la roja, de color pálido, luciendo su corselete armado de dos puntas que sobresalen del primer anillo; la hormiga de los céspedes; la Negrocenicienta, cuya cabeza se eleva en forma de carena, presentando muy visibles sus tres pequeños ojos lisos; la minadora, la rojiza, de abdomen pequeño, globuloso, de fiero aguijón y de velludos tarsos; la sanguina, de ojos y abdomen negros y ahumadas alas; la bibijagua (alta cephalotes), digna y superior representante de las hormigas cubanas; el macho con el tórax armado de cuatro espinas y el peciolo abdominal con un nudo en cada uno de los dos artejos, más chicos que la hembra, que, en cambio, tiene una sola espinita en la cabeza y en la cual se ven tres ocelos en la región frontal. Acompañábalos el obrero que casi se confunde con la hembra, aunque es más largo, todos de color rojizo pardo muy oscuro, y entretenidos —por no mentir sus aficiones a la rapiña— en desmenuzar con las mandíbulas el dosel de la Presidencia.

En suma, podían contarse allí todas las hormigas de Latreille, de Hubert, de Royer, de Gundlach, de Poey y de Luciano. Las que saquean el arroz en los graneros de la remota Sérica, y asisten impasibles al espectáculo de la soporosa vida del decrépito pueblo que gime bajo el poder del Tártaro, y cuyas fabulosas maravillas dio a conocer al mundo Marco Polo. Las que roen ávidas el insípido millo con que sustentan su cuerpo los degenerados hijos de los Aryas, en cien castas divididos; o pretenden, en vano, inquietar al faquir en sus perpetuas meditaciones. Las que labran sus viviendas en donde enciende aún su hoguera el parsi, y en aquel privilegiado lugar que dio al mundo los primeros higos y las primeras granadas que adularon al paladar humano, y la más preciosa de las esencias que supo destilar el hombre, robando a la flor su aroma suavísimo. Las que beben el ácido Kumis y ven correr sin asombro las aguas del Oxus en cuyo valle tuvo quizá su origen (si origen tuvo) nuestra especie. Las que saborean el fruto del preciado arbusto sabeo, y mezclan con la tierra de que hacen sus nidos, el incienso y los perfumes que enervan aquel pueblo que sembró en el mundo una nueva civilización no supo recoger su fruto. Las que labran sus galerías en el cuerpo mismo del apergaminado Faraón o albergan sus larvas en las entrañas de piedra de la temerosa Esfinge. Las que discurren por los risueños oteros de la Eubea. Las que chupan golosas miel del Himeto, en aquélla un tiempo divina región que dio su alma en su arte al mundo, y la cual huella hoy impasible el pesimista y sensual turco que asienta tal vez el pie, para encender su pipa, sobre la tumba de Leónidas. Las que muerden el rubio grano (certantem Puerpurae) en las caldeadas laderas del monte en cuya infernal sima se agita aún airado Polifemo, o destrozan por muchos y diversos puntos el deslustrado manto de San Pedro. Las que respiran los sanos efluvios de las campiñas que riegan y fertilizan el domado Hudson o el inmenso Mississippi de frondosas márgenes, Jordanes en cuyas aguas lustrales viene a purificarse, después de siglos de esclavitud, la servil Europa. Las que devoran bajo la ardiente zona el túmido grano del maíz o la melosa piña. Las que recogen el escaso sustento en las nivosas soberbias cumbres de los Andes, o apagan su sed en las oceánicas corrientes del gigante Amazonas, que torna en dulces y potables las salobres aguas del Atlántico. Las que sorben el jugo de la caña cuya miel acendra el sol en los polutos campos de la postrada Cuba, y otras cien especies más, cuyos nombres, caracteres y costumbres me son conocidos; pero que adrede suprimo y callo en este punto.


II

Estaban todas inquietas, excitadas, dándose unas a otras golpecitos con las antenas; hembras y machos volaban con encima de la vulgar, neutra multitud, que los contemplaba envidiosa. Un poeta francés que ha escrito Historial Natural en idilios de inimitable lirismo hubiera hecho la observación de que, entre las hormigas, como entre los hombres, solo pueden volar con alas del cuerpo o con las del espíritu los que son capaces de sentir y comprender el amor. ¡Lástima grande que a unas y a otros les duren tan breve espacio de tiempo estas alas! Quizá esa pasión las haya dado a los más apasionados entre esos insectos, como ha irizado las alas de la mariposa, como tiñe de metálicos reflejos la áspera envoltura chitinosa del coleóptero o como ha llenado de armonías la laringe de ciertos pájaros.

Era llegado el momento de abrir la sesión: el naturalista —que por singular deferencia ocupaba en esos momentos la poltrona presidencial— había hecho colocar sobre la mesilla que tenía delante un macroscopio nuevo, flamante, salido de las fábricas del Nachet de su país: al lado del instrumento figuraban cuidadosa y artísticamente conservados y dispuestos fragmentos de pelos y de uñas escamitas epidérmicas, hilos y pedacitos de telas, dibujos minuciosos del hombre tomados por medio de la cámara lúcida y por un procedimiento sencillísimo que reducía a un cien mil avos el tamaño del animal: aparecía éste, en unos, vestido de gala, desnudo en otros: aquí blanco, allí negro, acullá amarillo, bien representado siempre con todos sus atributos intrínsecos. Las miradas todas se dirigían de aquel lado con curiosa y febril insistencia. El Secretario, muezín de nuevo cuño que se usa en estas corporaciones, había anunciado ya la orden del día… Permítasenos que hagamos ahora y de una vez para siempre esta aclaración: Entiéndase que traducimos, y no sin esfuerzo, del lenguaje antenal de las hormigas al lenguaje fonético humano; sería enojosa para nuestros lectores esta historia, si hubiéramos de decir a cada paso: El orador frotó con las de sus vecinos las antenas, imprimiéndoles tales o cuales vibraciones, equivalente, en nuestro idioma a tales palabras o a tal discurso; decimos, pues, la hormiga dijo, y no se torcerá el sentido a nuestras palabras. No será por cierto esta la vez primera, ni será la última, en que refiramos los fenómenos y funciones de otra vida animal a los de la nuestra traduciendo los extraños por los propios; que, si pudiéramos, ya habríamos convertido todo el reino animal en reino humano. Perdone el discreto lector la digresión.

En medio de aquella silenciosa multitud dejóse al fin oír la voz de nuestra principal hormiga; y fue de esta manera:

—Ya conocéis, señoras, la divisa del sabio en nuestra especie Nihil mirari. Un sabio de buena casta no se sorprende ni maravilla así, así. Eso se queda para los poetas y para las mujeres, especies animales humanas que os daré a conocer en breve; pues bien: declaro que yo (¡vosotras sabéis cuánta es mi distinción!), yo misma me vi sobrecogida de asombro ante el espectáculo de ese mundo no sospechado apenas de nuestros sabios y que me ha sido dado contemplar en su infinita variedad de formas. He de confesarlo, señoras: el macrocosmo llegó por un momento a sorprenderme, a desconcertarme casi; porque toda esa región para nosotras hasta ahora vacía y hueca, está habitada; está poblada por animales, por seres vivos como nosotras mismas.

—¡Poblado, habitado por seres vivos! —dijeron al unísono todos los concurrentes en son de burlona admiración.

—¡Habitado, señoras, por animales que tal vez, aunque en grado inferior, compartan con nosotras la inteligencia, la voluntad y la vida! Imposible parece (y he aquí justificado mi asombro de un instante); pero es lo cierto que existen animales superiores a nosotras en tamaño: animales que viven en sociedades semejantes a las nuestras y a las de nuestras parientas las abejas. Esto rompe con toda tradición, como veis: esto nos despoja de un privilegio hasta ahora no contestado, esto nos rebaja.

—Miente, miente o se engaña como un pulgón —gritaron las hormigas rufas, destilando veneno por el abdomen.

—Suplico que no se me interrumpa —dijo el orador, después de haber hablado en voz baja con los más inmediatos.

El Presidente agitó la campanilla; y aunque mohínas, callaron las alborotadoras.

El orador prosiguió:

—Cuando las obreras que me acompañaban en el viaje hubieron dispuesto convenientemente el instrumento de mi invención (de nuestra invención, dijeron muchas a sotto voce); cuando pude ver ya distintamente un objeto, cerciorarme de que existía algo más allá de nosotras, algo superior a nuestro hormiguero, estuve a punto de destrozar las lentes y de volverme con los míos a disfrutar en paz de una vida hasta ahora tranquila y sosegada; pero pudo en mí más que toda otra pasión, mi amor a la ciencia… Comencé, pues, a observar ese mundo. Pasaron ante mi vista mil seres monstruosos, de forma casi imposible, que se alejaban, sin que pudiese detenerlos para describirlos o para hacer de ellos un dibujo correcto; pero he aquí que al cabo consigo aquietar a uno de ellos que parecía dispuesto a dejarse observar a mi sabor; y, si he de decirlo todo de una vez, que me observaba a mí mismo como luego supe: es un animal que se nos parece en mucho: pertenece a una especie llamada humana, sus individuos se titulan hombres, porque se creen hechos de tierra: unos andan completamente desnudos y otros tejen, como algunas de nuestras ninfas, una especie de tela con que envuelven su cuerpo: este se encuentra en unos cubierto de pelos cortos, que se hacen largos, tupidos y lanudos en el cráneo y en la cara: no todos tienen el mismo color… No riáis; no hablo de un sueño: este ser existe y es un animal, no os quepa duda de ello. Tanto es así, que sin que yo lo echase de ver, socavó la tierra en derredor y arrancando una enorme cordón de ella en la cual se comprendía mi observatorio, nos llevó a todas a su vivienda, en donde nos instaló cómodamente.

No os admiréis, no: ese ser es 288 veces más largo que nosotras y tiene muy bien 570 000 veces nuestro peso, calculando nuestra longitud media en tres líneas y nuestro peso en un decigramo, con lo casi exagero.

Quisiera daros una descripción minuciosa de este animal; pero be de declararos que vacilo al asignarle su lugar entre los demás que pueblan el mundo. Cosa es esta que ha preocupado y preocupa seriamente a sus naturalistas. No saben dónde colocarse. ¿Qué mucho, pues, que yo vacile al clasificar este animal monodelfio, del orden de los bimanos, género homo única especie, homo sapiens?… ¿Qué mucho que yo vacile cuando ellos dicen que el hombre está fuera de la animalidad, y allá sostienen todavía agrias controversias sobre este punto? Tentado estaría, señoras, de colocarlo a la cabeza del importante orden a que pertenecemos: somos, como artrópodos, según uno de nuestros naturalistas más eminentes, animales de respiración florea, de cuerpo dividido en cabeza, tórax y abdomen: tenemos en la cabeza un par de antenas: el tronco compuesto de tres anillos con tres pares de patas; alguna vez con un par de alas; con un abdomen, formado de diez anillos.

Pues así el animal que os describo: su cuerpo está dividido bien en tres partes distintas: la primera es la cabeza; la segunda el tronco a que está anexo superiormente un par de patas que le sirven para tomar los alimentos, y la tercera es la que puede considerar desde una ceñidura que comienza más bajo de la región toxicara y que comprende el abdomen y la armazón pelviana: a esta última se unen otras dos patas más gruesas, órganos más bien de locomoción de prehensión, y sobre las cuales se mantiene verticalmente este animal al año, poco más o menos de su vida: antes de esta época suele andar en cuatro pies. Tiene este animal una singularidad anatómica que le es común con otros que en su lengua llaman vertebrados: está todo su cuerpo dispuesto sobre una armazón ósea constituida por piezas de varia forma y desigual tamaño, las cuales contribuyen a darle el aspecto que ofrece: por fuera blando; y por dentro duro; y está probado que sin esa armazón de huesos, este animal sería esférico, u ofrecería por lo menos forma semejante a la de los moluscos.

Esta observación profunda, como se echa a ver, no me pertenece: se debe a Sappey, gran anatómico que por otra parte, no cree en el sentido muscular de Bell y Gerdy, quizás a causa de su «excelente vista de miope». Nosotras tenemos una envoltura más o menos dura, chitinosa; por eso no andamos ya convertidas en una esferita muy mona…

El hombre, como he dicho, se mantiene erguido sobre las plantas de los pies, lo que no será para nosotras una novedad: ellos creen que este carácter los coloca naturalmente por encima de los demás animales.

—¡Y qué! ¿Nosotros no volamos? —dijo una hembra que se sentía ya crecer las alas.

—La cabeza de este animal —continuó el naturalista— comprende el cráneo y la cara.

—Y la nuestra, ¿qué comprende sino eso mismo? —interrumpió un quídam.

—La cabeza del hombre es redondeada.

—La de todas nosotras es punto menos, aunque algunos la creen gruesa en la parte anterior; delgada en el extremo opuesto triangular, y terminada en dos grandes dientes llamados mandíbulas.

—En la cara —continuó el orador—, en la cara del hombre están situados de arriba abajo los ojos, la nariz y la boca.

—Por debajo de la mandíbula de que hablaba —continuó el intruso sin desconcertarse— está nuestra boca propiamente dicha. Los ojos, decíais: ¿cuántos ojos tiene el hombre?

—Tiene dos, pues ya no nacen viables de una casta que reconoció San Agustín con un solo ojo en la frente.

—Nosotras tenemos hasta cinco: un par de ellos reticulados, retinianos, que valen por mil, a los lados de la cabeza, y tres más cerca del vértice de ésta, muy pequeños; ¿qué ventaja nos lleva?

El orador, enfadado, prorrumpió:

—Señor Presidente: no es muy reglamentario lo que aquí sucede; y se tolera. ¿Quién ha concedido a mi insoportable y digna amiga para interrumpirme sólo, el uso de la antena?

—Propongo, señoras —dijo el Presidente—, que se escuche hasta el fin a nuestro respetable compañero y que entonces se le arguya como se quiere conforme al reglamento.

—Lo haré cuando quiera y como quiera; esta ocasión no se presenta todos los días y no he de perderla por mera fórmula —contestó agriamente el aludido.

Hubo que ceder: cosas peores suceden en las Academias de los hombres; y díscolos hay, y petulantes, insoportables y enfadosos a quienes es necesario oír en toda sazón. ¿Qué menos habían de hacer las hormigas?

El orador continuaba:

—Por debajo de los ojos y en la línea media, presenta la cara del hombre, un apéndice que la desfigura, ciertamente, y que sirve como de guardapolvo a una cavidad irregular aunque espaciosa, órgano o asiento de un sentido importante. En la convicción de que los sentidos de este animal se corresponden con los nuestros, hice una serie de experiencias y me condujeron a este resultado; ese sentido equivale a nuestro olfato, es una especie de centinela avanzado y explorador del gusto; por él saborean los hombres aquellas sustancias, que, siendo demasiado tenues, no podrían llevar a la boca y bien que por aquella cavidad no introduzca este animal sus alimentos, no es por eso menos cierto que ejerce funciones en un todo análogas a las de los órganos del gusto. Estas dos dependencias de un mismo sentido se comunican ampliamente por detrás, y sus sensaciones son correlativas: he dado a este apéndice el nombre de nariz; y no entro en pormenores anatómicos. Diré sólo, que, respirando este animal el aire atmosférico, la nariz y las fosas nasales (todas vosotras sabéis latín y encontraréis pronto los derivados) respirando el aire atmosférico, repito, representa este apéndice con las nasales el papel de un filtro y de un calefactor para ese gas: al atravesar esas cavidades se calienta el aire, y deja entre los numerosos que tapizan su entrada y entre las anfractuosidades interiores y mil corpúsculos extraños, nocivos los más a la salud de este animal creo que me pertenece exclusivamente esta última observación para más adelante algunas consideraciones sobre este punto.

Pero, señoras, ¿no es bueno que el hombre nos haya negado el olfato?

¡Negar el olfato a un himenóptero! ¡Negar el olfato a un insecto! Ya se ve: el órgano de esa sensación no está situado en nuestro cuerpo como en el suyo: no nos vieron las narices y concluyeron de aquí que no las teníamos, ni podíamos percibir los olores… ¿Quién da noticias a la Necróforas de que existe en el campo el cuerpo muerto del batracio o del tálpico en que han de cebarse? ¿Quién guía la abeja a la flor y le muestra el cáliz que atesora la miel que liba? Hay más: Este sentido nos guía hasta la hembra de nuestras especies; y, cosa singular, la exquisita sensibilidad de nuestro olfato llega a provocar en algunos artrópodos ilusiones comparables a las que sufren esos vertebrados que el hombre llama seres superiores.

—Y ya que nos lo conceden actualmente, ¿dónde localiza el hombre este sentido? —preguntó sin formalidad de ningún género la perenne interruptora del naturalista.

—¿En dónde? ¡Es lo que no saben! Unos colocaron su asiento en los palpos, otros en la cavidad bucal, algunos en las regiones vestibulares de nuestro aparato traqueal; y, los más cuerdos, creen que tiene su asiento en nuestras antenas.

—Cuerdo sería —observó un sabio egoísta— que nos reservásemos la verdad sobre este punto: es de suponer que nuestra hermana no habrá hecho a los hombres revelaciones imprudentes.

—Ninguna; ¡como no sea la que me han arrancado a viva fuerza! Aquí el orador contó las largas y crueles torturas que han sufrido las hormigas en manos de los naturalistas hombres.

Hubo un movimiento general de indignación; no podían sufrir calma que una hormiga libre fuese torturada por cosa tan baladí es saber el sitio en que tiene el órgano de un sentido.

Tranquilizáronse al fin los ánimos y se oyó de nuevo el Linneo que, mientras duró el tumulto, estuvo observando con la mayor atención un corte de nuestra uña; y había llegado a la conclusión de es idéntica en estructura al cuerno del buey.

—Sí, distinguidísima compañera —decía en voz baja a su vecina inmediata—; sí: la uña rosada y transparente que recorta y pule la remilgada damisela es en un todo semejante al casco que defiende el pie del solípedo.

Y dirigiéndose en alta voz a la muchedumbre:

—He de hablaros ahora de la boca y del gusto. Conformado el hombre por nuestro tipo, su boca representa la nuestra; eso sí; sus dientes de él están colocados en fila dentro de esa cavidad y los nuestros lo están a la entrada de ella, en nuestra cabeza; con su aparato molar divide el hombre, rasga y tritura sus alimentos; con nuestras mandíbulas hacemos nosotras otro tanto. ¿Quién, entre nosotras, desconoce la estructura y disposición de las piezas de nuestra boca? Termina nuestra cabeza en dos grandes dientes, por debajo de los cuales se abre la cavidad bucal: esos dientes son pequeños; en los machos, terminan en punta y están guarnecidos de pelos: las mandíbulas de nuestras hembras son escamosas, cóncavas, corvas, dentadas, movibles. Además de estas dos piezas que guarnecen la boca exteriormente, se nota un labio superior poco saliente, dos mandíbulas inferiores que se mueven de derecha izquierda y el labio inferior que se oculta por debajo de éstas… pero los hombres, señores —dijo el naturalista elevando la voz y haciéndola más sonora—, los hombres nos han negado la lengua, nos han dejado vacía la boca: absque lingua —concluyó, soltando el obligado latín de los sabios— no se contentan con que seamos sordas; nos hacen mudas, nos mutilan y nos privan del órgano del gusto.

Esta vez no fue indignación, sino de burla el sentimiento que se apoderó de los oyentes. Algunos (sin respeto a la Presidencia y sin tener en cuenta la solemnidad del acto) llegaron a sacar fuera de la boca tres líneas de lengua: un precioso pezón carnoso, golosísimo.

Sólo una, una entre todas no rió: fue Mirmepyros (que éste era el nombre de la hormiga interruptora), Mirmepyros, que en medio de ruidosa hilaridad general vociferaba en una exposición de elocuencia ciceroniana:

—¡Y se pretendía aquí por el paciente observador del hombre imponerme silencio! ¡Y había yo de tolerar tamaños desafueros! ¡Sin lengua nosotras! Los deslenguados son ellos. Sin lengua un himenóptero cuyo régimen casi exclusivo y preferente lo constituyen el polen y las delicadas secreciones florales. Venga, venga Fabricio el Mutilador, y vea nuestra armadura bucal totalmente transformada. No encontrará en ella las aceradas y horribles pinzas de los insectos masticadores armados de poderosas mandíbulas, puesto que en nuestro orden ha de limitarse a la función más suave y blanda de lamer las paredes anterales o el lóbulo del pistilo para recoger allí el polen que la dehiscencia del estambre ha puesto en libertad, pero véanos recoger con la lengua los jugos que el nectario deja fluir entre las anfractuosidades de los carpelos y de los pétalos!

Su voz había pasado casi inadvertida; y fue lástima que se perdiese así sin eco un trozo de cierto corte oratorio, no purgado a la verdad de todo efectismo, pero que podía pasar cuando menos por un hermoso arranque específico, no digo patriótico.

Una hormiga discreta que lo oyó, decía para sus adentros:

—¡Si hablará ésta de las abejas!

Ése fue todo el aplauso que obtuvo Mirmepyros.

Sosegados ya, continuó el descubridor del macroscopio de esta manera:

—A ambos lados de la cabeza, en línea que limita la base del cráneo y en la unión de los dos tercios anteriores con el tercio posterior, de esta línea, por delante de la apófisis mastoidea, por detrás de la articulación temporomaxilar y en los límites posteriores de la cara, está situado el pabellón de la oreja: éste representa una especie de concha adherida por su base a las partes blandas de la cara y del cráneo, y cuya extremidad más ancha mira hacia arriba: este grueso repliegue irregular da entrada a un conducto labrado en los huesos del cráneo y que se denomina conducto auditivo: por este órgano que es muy complicado y cuya situación y caracteres podría precisar mejor que yo Apuleyo, percibe el hombre una sensación denominada sonido, provocada por la intervención de un nervio especial llamado nervio auditivo, que funciona cuando lo ponen en movimiento las vibraciones de los cuerpos exteriores: funciona también solo, como saben los que padecen de ilusiones del oído: como funcionan solos, per se los otros sentidos en caso idéntico: parece éste un sentido que no llega a su completo desarrollo sino en los vertebrados superiores, en los cuales se compone de tres partes bien distintas, que son la oreja, oído externo, la caja del tímpano u oído medio, y el oído interno: trabajo ha de costarme haceros entender este órgano y esta función del oído; pero no desespero de conseguir puesto que, como sabéis, entre los hombres se ha visto más de una vez a los ciegos fallando de colores.

—¿Quiere eso decir —interrumpió una hormiga que se dedicaba entre las suyas al estudio de la Estequiología—, quiere eso decir que su señoría no cree que tengamos nosotras ese sentido?

—Esa cuestión tiene sus más y sus menos, señora mía. Verdad es que la sensibilidad auditiva parece tan delicada entre nosotros todos, los insectos, como entre los crustáceos; pero desde que trata de localizarla, de encontrarle su asiento y su órgano, no sabemos, a la verdad, a qué atenernos.

—Pero, ¿no oímos?

—Sí, que oímos.

—Entonces, ¿a qué ese prurito de localizar y de especializar que domina a su señoría?

—La ciencia tiene sus exigencias, tanto es así, que uno de nuestros fisiólogos ha localizado ese sentido en las antenas: en ellas encontró ese sabio un número no pequeño de othocystos, que es como si dijéramos vejiguillas auditivas.

—¡Es curioso ese afán de sistematizar! Y, ¿qué diría mi digna preopinante, si yo le hiciese ver que el hombre oye sin oídos?

—A verlo, a verlo —dijeron muchas a la vez.

—Pues muy sencillo. Figuraos que he visto con mis cinco a un sordo, precipitar el paso y esquivar el cuerpo en los momentos de que en que se aproximaba por la espalda un coche al paso: oyó no hay duda; pero ¿por dónde?…

—¿Como no fuese por pies? —dijo un chusco.

—Pues sí, señoras; por los pies: la trepidación impresa por el vehículo al suelo comunicó hasta el sordo, y tuvo conciencia de ella por este medio; tengo también averiguado que los hombres oyen algo por la boca; nosotras oímos por todo el cuerpo, y punto concluido.

—Eso no es científico —dijeron en coro muchos de los concurrentes.

—Insectos hay —dijo el Presidente terciando en la cuestión—, insectos hay que tienen un aparato auditivo completo. En los acridios (la langosta entre ellos) se nota hacia la región posterior del tórax una especie de anillo vibrante, en la cual se ajusta una membrana delgada y tensa, detrás de la cual hay un oído completo sin que le falte su nervio acústico, su cadenilla de piezas vibrantes, tímpano y todo. El aparato auditivo de las Locustas tiene una verdadera caja timpánica.

Además, bien pudiera ser que tuviéramos nosotras ese sentido sin saber en qué lugar; como han tenido hasta ahora los hombres: alma sin saber dónde reside y se asienta; como han tenido un sexto sentido nómade o ubicuo: el sentido muscular, sin órgano especial ni cosa que lo valga.

—No estamos nosotras obligadas a saber más que los hombres —dijo Mirmepyros, que comenzaba a impacientarse.

Felix qui potuit rerum! —concluyó el Presidente, con cierto cansancio como quien dice amén.

—¡Sí; dichosos los que conozcan la causa de todas las cosas! —repitieron varios en romance vulgar.

Se oyó un campanillazo y reinó el silencio.

—Tiene la palabra nuestro respetable colega para continuar su discurso —dijo al naturalista.

Este, después de haber repasado unas notas escritas en griego que en su cuaderno de memorias, continuó:

—No creo exagerar, señoras, si digo que este sentido, el del tacto los encierra y contiene en sí a todos; que con ser el último en orden a la jerarquía de los sentidos, es el primero entre todo porque los otros son sólo diferenciaciones suyas: especialidades de como si dijéramos. Está esparcido en toda la superficie del cuerpo hombre, y dispuesto a funcionar siempre. Por él aprecia este animal, no sólo el contacto dé los cuerpos que chocan con el suyo, en cuyo caso es en cierto modo pasivo, sino que también le sirve para apreciar las cualidades de forma, de peso, de temperatura: en este caso es activo y explorador: dicho se está que, si bien se encuentra rudimentario en todo el cuerpo, reside más vivo en las manos y en los dedos de éstas; en el extremo y cara palmar de los dedos, sobre todo: es, como sabéis, un sentido más intelectual de lo que parece y el cual poseemos también nosotras en grado superior al hombre: éste tiene en la lengua el órgano más exquisito de ese sentido. Los hombres, no menos llevados que nosotras del afán de las distinciones y especializaciones, han pretendido dividir el tacto en varios sentidos: un sentido de contacto, un sentido de presión, un sentido de temperatura, un sentido de tracción.

—Eso es como si nosotras dividiésemos nuestro gusto en sentido de lo dulce, otro de lo agrio, y otro de lo insípido —dijo Mirmepyros.

—Eso sería confundir el sentido con la naturaleza de la sensación —objetó Panmirmes, joven estudioso que aún no tenía el grado de doctor en las cuatro facultades.

—Algunos hombres discretos —se apresuró a añadir el naturalista— han rechazado semejantes distinciones, y se atienen a un solo y mismo tacto; pero, lo singular de esto, señoras; lo que os maravillará a todas, es que un naturalista humano, de Blainville, declaró que los articulados no tenían tacto, o que, por lo menos, era en casi nulo este sentido; ¿qué os parece?

La pregunta fue acogida con la mayor indiferencia, aun por parte de nuestra díscola desconocida.

—Os leeré —decía el infatigable expositor de esta singular anatomía comparada—, os leeré el resumen de mis conocimientos sobre el tacto y sus órganos entre nosotras. A través de la capa, a veces córnea, que cubre nuestro cuerpo, salen del interior unos pelos más o menos duros, que tienen su origen y raíz en los tejidos subyacentes. A la base de estos apéndices llegan los nervios cutáneos. Se adivina fácilmente el papel que representan estos pelos. Libres en lo exterior, capaces de sentir la conmoción más leve, recogen con extremó delicadeza y trasmiten a nuestros ganglios nerviosos todas las impresiones táctiles. Estos pelos son análogos a los de los mamíferos. Las regiones que sirven de asiento a estos órganos concurren eficazmente a aumentar la delicadeza de este sentido; de aquí el nombre de «palpo» con que los distinguimos nosotras; y bien sabéis que al nivel de estos palpos maxilares, mandibulares o labiales, la capa cornea es más delgada y así se aumenta el área sensitiva.

Mirmepyros tomó sin ceremonia la palabra:

—¿Y cree su señoria decirnos nada nuevo? —preguntó con sorna.

—Sí que lo creo; ¿lo sabía acaso su señoría antes de oírmelo? ¿Lo había aprendido en alguna de nuestras escuelas?

—Sí, señora: el más vulgar de nuestros profesores de Entomología sabe que todo eso que nos ha repetido su señoría se aplica también a los crustáceos; como es verdad con respecto a los dípteros, ortópteros y coleópteros, etcétera, etcétera. Si no creyera yo ofender a su señoría, me atrevería a decir, con el respeto debido, que su viaje al macrocosmo le ha contagiado vicios y resabios puramente humanos.

El orador, que recibió a quema ropa aquel disparo, barbotó colérico, quizá por vez primera en su vida, un insulto sangriento entre las hormigas, y que se usa sólo en las grandes ocasiones.

—¡Impertinente!

—¡Pedante!

—¡Intruso!

Palabras amargas y llenas de hiel, dignas más de la boca del hombre que del labio de una hormiga discreta, y sugeridas por el amor propio herido, que es, entre los sabios y gentes de letras, la pasión más feroz, y cuyas agrias manifestaciones llenaron más de tristeza que de asombro a las laboriosas hijas de Latreille.

Ambos contendientes, en el paroxismo de la cólera, se arrojaron los objetos todos proyectiles de que pudieran echar mano, a la cabeza. De una a otra parte volaban por el aire granos de arroz y partículas de silícea arena, y se fueron el uno para el otro como si fueran mortales enemigos, centelleantes los ojos, rígidos y vibrantes los palpos y antenas; y no es lo peor, sino que, agrupados los adeptos y simpatizadores de ambos académicos en torno de ellos, sujetando aquí a uno por la mandíbula, amordazando al otro, y revolviéndose por todas partes, contribuían a aumentar la confusión y el tumulto. Caminábase por encima de rotos palpos y destrozadas antenas; respirábase con dificultad en medio de una espesa atmósfera de ácido fórmico: doquiera se veían alas transparentes y aguzadas mandíbulas; aquí se oía el grito de una, la imprecación o el lamento de otra, y por sobre todos esos ruidos la campanilla de la Presidencia, que en vano llamaba a todos al orden y a la paz.

Logrando al cabo Mirmepyros desasirse de las manos de los mediadores, sin que, fuesen en su espanto poderosos a contenerle, perdido ya todo fórmico discurso, ebrio de furor, cogió entre las coléricas manos el macroscopio (¡quién lo diría!) el cual representaba un arma formidable, y levantándolo en alto por encima de la cabeza, iba a descargarlo sobre el indefenso naturalista, que no tenía allí a mano almohada de coche que pudiera servirle de escudo, cuando, he aquí que a deshora se oye un temeroso rumor, un rum-rum sordo y prolongado, como subterráneo trueno, que las paró y puso a todas en suspenso; era un enjambre de abejas que llegaba al lugar de la reunión, con un mensaje de su república para el Presidente de la Sociedad Real de Mirmepolis.

Todo un enjambre de estas anthóphilas se había precipitado en el hormiguero: llevaban su hembra a la cabeza, y la seguían como la sombra al cuerpo: no bajaba de cuarenta mil su número, que parecía, a la verdad, excesivo Mirmepyros, ya sereno, y que fue el primero en reponerse de la pasada cólera: las demás hormigas habían hecho como quien dice, de tripas corazón; y, rumiando todavía su disgusto, acudían presurosas a dar la bienvenida a las abejas. Sitúase el mayor número de éstas en una gran anfractuosidad natural del techo; y la que parecía hacer cabeza entregó al Presidente, previas las ceremonias de costumbre, una comunicación escrita en cifra, y extendida en letra fina y menuda sobre cien pétalos de rosa dispuestos en sarta en una tenue aunque resistente fibra de palmera: reinaba un silencio absoluto.

El Presidente que pretendía, aunque en vano, dominar un sentimiento de emoción, natural en este caso, después de pasear una mirada inquisitiva por toda la sala, como si quisiese asegurarse la aquiescencia de todos los concurrentes dijo:

—Señores, mucho nos favorece y honra la visita que recibimos, y grande es seguramente el interés que ha de inspirarnos la lectura de la importante comunicación que tengo a la vista; ya sabremos apresurarnos contestarla; pero creo que importa ante todo hacer a nuestras golosas, aunque sobrias parientes, una recepción digna de ellas y de nosotras. (Aquí tosió y limpió el cristal de los espejuelos). Una recepción cordial, que no puede tener lugar sino en el refectorio de esta ilustre sociedad, en donde pueden y deben hallar nuestras dignas huéspedes refrigerio y descanso después del largo viaje que acaban de terminar: nosotras por otra parte, estamos un si es no es debilitadas por un largo esfuerzo mental, y es cosa sabida que no funciona bien el cerebro sin el gobierno y provisión del estómago propongo, pues, que pasemos todas a tomar un lunch. ¿Aceptado? —preguntó después con meliflua inflexión de voz.

—¡Aceptado! Dijeron todas, y comenzó el desfile que embarazaba cada en las galerías la compacta muchedumbre.

Hiciéronse, al cabo, lugar todas en el refectorio, que era una vasta pieza amueblada y decorada con sencillez al estilo fórmico, y que respiraba limpieza y confort admirables.

¡Home, sweet home! —dijo una hormiga inglesa contemplándolo.

Y tenía razón: aquel departamento, a la verdad, prometía a los convidados toda suerte de comodidades y satisfacciones: cuánto la próvida mano de una buena ama de casa holandesa es capaz de ofrecer su amada familia.

Verdad es que no se hacía notar allí cosa superflua; il est vrai qu’on n’y voyait ni or, ni argent, ni marbres, ni colonnes, ni statues, ni tableaux, pero aquella gruta había sido socavada ad hoc en la roca, labrándola en forma de anchuroso y largo túnel con admirable perfección: grupos mil de variadas y pintadas estalactitas cubrían y decoraban el techo y caían por las paredes como un lienzo de finísimo y multicolor encaje: de entre éstas, algunas descendían hasta encontrarse con las estalagmitas que se proyectaban en el aire como tendiendo su vértice sus hermanas de altura; y al unirse semejaban esbeltas y caprichosas columnas, por cuyos troncos enredaban sus flexibles vástagos la madreselva y el aguinaldo de nevadas flores: pendían del techo lianas de graciosas curvas, estas delicadas y débiles hijas del Trópico, que a la dulzura y suavidad femeninas unen el sordo vigor de la serpiente, y que ahogan en silencio al cedro secular en lo más repuesto de la selva virgen: veíanse allí limoneros enanos, cubiertos de sidéreos y balsámicos azahares que caían en torno y hacían al piso una alfombra húmeda, blanda y perfumada: el romerillo de doradas, menudas y olorosas flores; y, en los sitios húmedos los helechos, de afiligranadas hojas de esmeralda viva: una larga familia de microscópicas criptógamas que por todas partes se extendía, suavizaba los ángulos de las rocas y colmaba las grietas y hendiduras que se escaparon la presurosa mano del artífice, cayendo en todos estos lugares con el aspecto y muelle suavidad de un manto de terciopelo.

En lugar prominente, y dejando aprisionar sus tenues raíces en el revuelto seno de un caracol, crecía la doradilla, no muere nunca; símbolo de la humana esperanza, y a cuyos secos tallos basta aún después de años de muerte aparento una inmersión de pocos instantes en agua para tornarse de nuevo verdes y recobrar los atributos de la vida… Aquí y allá corrían delicados arroyuelos, tenues como hilos que serpenteaban por el suelo, entre los azahares, e iban caer en sendas conchas de nacaradas almejas, rebosadas ya de licor: provisión de miel de cana, hurtada gota a gota por la hormiga al hombre avaro: en lugar apartado y bajo la vigilante custodia de entendidos pastores pacían libres manadas numerosísimas (sed non mugientes) de rollizos pulgones; o se agrupaban en las ramillas de las plantas los Aphides, inexhaustos odres, que el arte refinado de estos himenópteros pone a discreta contribución; y que crían y protegen con no menor solicitud que Batilo su rebaño de blancas y sonadas ovejuelas.

—¡Bonito refectorio! Bien se ve que lo entendéis vosotras también —dijo una abeja.

—Pat… Cualquier cosa; lo que consiento nuestra escasa fortuna, contestó el sabio que hacía los honores de la casa. Pero ¿qué hacéis vosotras, continuó dirigiéndose al enjambre que estaba recogido, y como cortado, en un ángulo de la galería, qué hacéis que no coméis? ¡Vaya, sin cumplidos!, aquí no está vedado ningún manjar ni hay fruto prohibido; saciaos: mis hermanas las hormigas esperan sólo por vosotras, pues tienen hambre.

Desgranáronse una por una al instante las abejas, y comenzaron a los azahares y campanillas: oyose un blando, aunque sordo batir de alas, y ese zumbido como de satisfacción que da la abeja cuando introduce su cuerpo en el repleto nectario de la flor: toda ella es boca: chupa la miel la lengua, y recogen, ávidas, las patas el desgranado rutilante polen… Las hormigas gozaban; es siempre grato brindar hospitalidad los amigos: más bello dar que recibir.

Solo Mirmepyros murmuraba:

—¡Golosas, se lo llevan todo!

Pero Minnepyros se engañaba: pocos momentos después hubiera podido ver un enorme panal ovalado, pendiente de una rama del limonero, y que las abejas habían labrado en breve tiempo.

—Es una muestra de nuestras habilidades, y un regalo que os dejamos —dijeron al Presidente, que les dio las gracias.

Discurrían unas y otras con perfecta intimidad por todas partes: las abejas curioseaban:

—¡Hola, hola! —dijo una—. Yo estaba dispuesta a perdonaros las flores, la miel y los pulgones, que pueden pasar como gollerías, y no son provisiones de buena ley; pero aquí veo nada menos que una pila de centeno y un rimero de granos de trigo; no faltan sus mosquitas, ni gusanillos tampoco; ¿en qué quedarnos, almacenáis o no?…

—Bien sabéis que pasamos durmiendo el mal tiempo; durante el verano, el trabajo nos basta para el sustento del día, vivimos au jour le jour, querida parienta.

—Se dice, sin embargo, que lo hacéis…

—No almacenamos, hermana: ése es un depósito sagrado: lo conservamos sin tocarlo en memoria del poeta que habló de nosotras, como un homenaje a su genio: si no lo tuviésemos, ¿qué hubiera podido pedirnos la cigarra? No nos irritamos porque nos haya llamado el hombre codiciosas; y sabemos por otra parte dar al poeta aquella discreta libertad que la relativa verdad de la belleza pide y consiente. Harto tiene ya La Fontaine con la insulsa crítica que de él hizo por este desliz Figuier. ¡Si supierais! La hormiga aquella que se recata y oculta a la espalda las llaves del granero, nos hace morir de gozo y de risa.

—Esas llaves os las dio y puso en las manos un autor español.

—Sí; como quiera que sea, nos caen en gracia: no hay hormiguero por humilde que sea, que no tenga entre sus cuadros la hormiga de la fábula representada en la cómica actitud que conocéis: los he introducido después de mi vuelta del Macrocosmo.

—¡Tolerantes sois!

—¡No, discretas!

—No lo habéis sido tanto con aquel que negó la existencia de las hormigas blancas. ¿Sabéis que por el mundo de los hombres es cosa fea el color negro?

—A ése sí que no le perdonamos la sandez; pudo, al escribir, buscar un diccionario y leer: Hormiga; fuera de esto en que no las hubiere entre nosotras de ese color estaba todo el toque de su dístico; ¿tendríais la bondad de no hablarme más de esto?

—Me es indiferente.

En estos diálogos y sabrosas pláticas iban pasando el tiempo.

El Presidente hizo entender a los huéspedes que podían, si gustaban, pasar ya al salón de la Sociedad. Así lo hicieron.

—¡Ah! —dijo antes de dejar el refectorio una abeja a una hormiga bibijagua rezagada. En ese panal tenéis miel de varias clases: estas celdillas del centro están hechas con miel de las campanillas blanca que llaman gimirú los camagüeyanos: es más rica que la miel hiblea, más delicada que la del monte Himeto, mejor, más pura, sana y olorosa que la de la Alcarria…

—¿A quién se lo contáis? —contestó la bibijagua lamiéndose los labios.

—Ahora, camarada, tendréis la bondad de darme un trago de agua; no la he visto aquí por más que he buscado.

—Con mil amores. Y la bibijagua condujo a la abeja hasta la margen de un rumoroso y cristalino arroyo escondido en una gruta inmediata al refectorio; y ambas bebieron en buena paz y compaña. Con esto apresuraron el paso, porque se vieron solas, y entraron las últimas en el salón de sesiones de la Sociedad.

Cuando Attas y su compañera penetraron en el salón, decía así el naturalista:

—No quisiera recordar, señoras, el accidente que estuvo punto de costarme hace poco la vida: éstos son gajes del oficio del sabio; Galileo, Miguel Servet, Giordano Bruno y tantas otras víctimas, entre los hombres, de la envidia de sus coetáneos pudieran consolarme, pero…

Todos creyeron de mal gusto la alusión; y Mirmepyros abría ya la boca para dispararle una de sus saetas, cuando fue detenido por la palabra del naturalista que proseguía diciendo:

—Pero lo que no me perdonaré nunca es el rapto de cólera de que me dejé arrebatar en aquel trance, pasión vituperable en toda hormiga; y que no tiene ni tendrá nunca disculpa ni explicación en el filósofo cuyo espíritu se cierne de ordinario en las regiones de la ataraxia o de la impasibilidad estoica; mas, no se alcanza a tres tirones la perfección suprema, y, como dice muy cuerdamente una sentencia humana: “a lo hecho, pecho”. Ardía ya en deseos de hablaros del sentido de la vista en el hombre, y aquí solicito toda vuestra atención, querido Mirmepanthos, pues confío en que habréis de pasaros con armas y bagajes mi campo cuando sepáis que el ojo del hombre, milagro del Creador, como ellos mismos lo llaman, está maravillosamente adaptado a su fin, a la visión perfecta.

Mirmepanthos saludó cortésmente.

—Hemos hecho notar ya, o debernos haber hecho que se comprendiese así, como, yendo del tacto al gusto, del gusto al olfato, del olfato a la vista, los excitantes de las sensaciones especiales se atenuaban, y se hacían cada vez más aptos para impresionar cada sentido: comienzan estos excitantes por el contacto grosero, continúan por la partícula sápida atenuándose en el efluvio odorífero; conviértense luego en onda sonora, y el excitante del sentido de la vista, la vibración etérea, llega al grado extremo de la atenuación y de la impalpabilidad. Creo haber dicho ya que todos los sentidos tenían algo de táctiles. El ojo, cualquiera sea el tipo de su estructura es un aparato transparente y refringente, propio para concentrar los rayos luminosos en las expansiones del nervio óptico.

—¿Y es el mismo ese aparato para todos los animales? —preguntó Mirmepanthos.

—¡Oh, ni con mucho! En cada uno está adaptado al fin que se propuso Theomirmes.

—¿Sí? Pues entonces convendréis en que nosotras fuimos defraudadas por el Creador, cuando nos dio un ojo incompleto hasta ahora. A no ser por vuestro descubrimiento, nada sabríamos todavía del macrocosmos. Si opináis lo contrario, tendréis que confesar que se nos dieron los ojos para no verlo todo.

—Eh, ¿cómo es eso?

—¡Siendo! Cogido os tengo en contradicción: si el ojo se nos dio para ver, y con él no vemos o vemos mal, no cumple su objeto. Lo que hay en ello, señor naturalista, es que cada sentido hace como de su sensación: las sensaciones no vienen hechas de fuera: se hacen dentro si queréis Es bueno el instrumento, suena bien: es malo, no suena, o suena mal.

—Pero el ojo se ha hecho para ver.

—No, señor. El ojo ve porque ve; sabed que también pudiera oír; o si no figuraos que una soldadura uniese el extremo periférico del nervio óptico con el extremo central del nervio auditivo, y viceversa, y el ojo oiría el relámpago como una detonación, y el oído vería el trueno como una serie de impresiones luminosas.

—¡Imposible!

—¡Pues no, señor! Experimentos semejantes se han hecho en el mundo de los hombres; ya veis que no me he descuidado, y que en estos últimos quince días he procurado aprender algo de lo que pasa en el macrocosmos.

—Sería necesario verlo!

¡U oírlo!

—¡Sois incorregible!

—¡Soy lógico! Ya os probaré también que el ojo humano no cumple su objeto y que ese instrumento maravilloso, obra necesaria de un constructor que procura, según vuestra doctrina acomodar los medios a los fines, está plagado de defectos. Pensad que el primer rudimento del ojo es una simple mancha de pigmento negro que descansa sobre elementos nerviosos: en eses manchas se encuentra el primer esbozo de los conos cristaliformes: en otros casos la construcción del aparato óptico se complica; y ge encuentra sobre la mancha pigmentaria un cuerpo transparente y refringente. En ciertas especies los haces nerviosos penetran manifiestamente en la cápsula. La ausencia o presencia de ojos depende del medio en que vive del animal: en Cuba se han encontrado peces ciegos, habitadores de cavernas; los ojos de los moluscos presentan todos los grados posibles de desarrollo; ya son simples manchas pigmentarias situadas en el ganglio esofágico (hablo de los cefalópodos), ya son órganos complexos comparables a los ojos de los vertebrados. En resumen, el ojo completo se compone ante todo de bastoncillos ópticos, es decir, de pequeños órganos especiales que tamizan, como quien dice, las ondas laminosas…

—¿Y el ojo de los artrópodos?

—Por muy singular que parezcan primera vista, los ojos compuestos a que hacéis alusión no difieren esencialmente de los de los otros grupos zoológicos Entre los insectos (esto nos toca de cerca) el ojo compuesto alcanza su máximo de desarrollo: está constituido por la agregación de gran número de ojos simples; millares veces, que irradian alrededor de un abultamiento nervioso; comprimidos, apretados los unos contra los otros lo que les da la apariencia exagonal; he aquí lo que se llama ojo de facetas.

—¿Pero me negaréis?…

—Yo no niego nada, sino que os digo que si a vuestro entender el ojo humano, vuestro milagro del Creador, es el más perfecto de todos los aparatos visuales, vuestro autor de la creación que debió tener esto en cuenta, pudo haber dado ese mismo ojo todos los animale.

El naturalista se quitó bruscamente los espejuelos para mirar frente a frente, llena la mirada de muda, aunque enérgica protesta, a aquel implacable demoledor de sus creencias.

—Os escucharé hasta el fin —dijo— señalad si sois osado tanto, las imperfecciones del ojo humano. ¡Señaladlas!

—No acabaría en dos horas si hubiera de señalarlas todas. Comenzad por saber que el hombre, al tiempo de su nacimiento, no ve los objetos que le rodean: comienza más tarde distinguir algo y no sabe apreciar las distancias: todos los niños quieren coger la luna, y extienden una y otra vez manos para asirla. Sabed que los griegos en el sentir de sabios pensadores, no podían ver el color azul, y que pudieran hacer al Criador cargos justos por haber sustraído a su mirada el cielo cuando toma ese color. Fijaos conmigo en los anexos del ojo humano: delos seis músculos que dan movimiento este globo cuatro rectos y dos oblicuos, sobran dos: un recto y un oblicuo; y como en virtud de su articulación diartro-orbicular pudiera el Ojo alcanzar con solo ellos su maximum de movilidad, resulta que, como está constituido, hace un gasto de fuerza superior al necesario. Aquí vuestro gran Artífice despilfarró las energías de su hechura. La inserción de esos músculos, por Otra parte, hace que haya mayor consumo de fuerzas en los movimientos verticales que en los horizontales. ¿Y la aberración esférica, que no consiente a esa maravilla de sentido definir la imagen de un cuerpo luminoso? ¿Y la aberración cromática? Decidme, ¿por qué ha de ver alrededor de la verdadera imagen esa otra falsa imagen de un arco iris? ¿Y las sombras que las arteriolas y venillas del ojo proyectan sobre su fondo retiniano, falseando la visión? ¿Y las manchas de los humores ojo que hacen el mismo efecto sobre la retina? ¿Y la desigual sensibilidad de la retina, en virtud de la cual tiene más de un punto muerto, no impresionable, o que recibe mal los estímulos de la luz? ¿Y otros mil y mil engaños de la perspectiva? ¡Qué maravilla, vuestro ojo! Todo el microcosmos se sustraía a su acción, y aún se sustrae en buena parte todavía a pesar del microscopio. Casi todo el mundo sideral le era desconocido, y apenas puede vislumbrarlo hoy con el auxilio del telescopio. El oído desempeña mejor sus funciones, es más comprensivo que el ojo en las suyas. ¿Queréis más, señor Naturalista?

—Aguardad un momento y no cantéis victoria —repuso éste—. ¿De qué modo sabéis todas estas cosas y habéis rectificado tantos errores? Por medio de ese mismo sentido cuya crítica acabáis de hacer. Ved, pues, que si el ojo ha podido ver los efectos invisibles de luz ha visto todo lo visible; y que si tiene conciencia de sus naturales deficiencias, éstas no existen.

—¡Paradójico estáis! Es sólo quiere decir que la voluntad, la ciencia y la industria del hombre han creado órganos nuevos, que mejoran o perfeccionan los órganos incompletos de que fue dotado.

—Eso quiere decir lo que cada cual quiera sustentar: no me habéis derrotado y aun espero venceros.

—Continuad, si os place, y no perdáis aquellas esperanzas —contestó Mirmepanthos sonriendo benévolamente—. Sentiría solo que nuestras hermanas las abejas, aquí presentes todavía, se aburriesen oyéndoos.

—¿Aburrirnos nosotras? —dijeron bostezando las abeja; ¡aburrirnos! Tendremos el mayor placer en escuchar estas maravillas, que no entendemos. Decid al señor naturalista que no quede por eso Y se dijeron unas a otras: Aguantaremos hasta que podamos.

El orador continuaba:

—Tiene el hombre los mismos cinco sentidos que nosotras, y aunque servidos por órganos a las veces disímiles, no son por eso menos idénticos en el fondo; como si el Gran Theomirmes se hubiera complacido en reproducir el tipo de la superior organización fórmica en los demás seres que pueblan el mundo. Vedlo, si no.

—Antes creería yo, dijo como saliendo de un sueño Mirmepanthos, que los estímulos naturales, luz, efluvios odoríferos, ondas sonoras, cuerpos sápidos, etc., han engendrado en la materia animal esos órganos que llamáis sentido, ni más ni menos que la gota de agua labra y horada la piedra: suprimid los estímulos, aunque no suprimáis al animal, y esos órganos se atrofiarán y desaparecerán a la postre. Esos estímulos han labrado con mayor perfección en ciertas especies de animales órganos que han de ser por ellos especialmente impresionados: en otras especies se encuentran apenas esbozados. Es poco filosófica vuestra conclusión, desearía saber qué pensáis de la mía.

—Pienso —dijo el Naturalista— que siempre os distinguís por lo extraño de vuestras opiniones, en éste como en todo orden de ideas. En cuanto a mí, sé atenerme, para no descarriarme, a lo que está aceptado entre nosotras por un sabio, secular y discreto dogmatismo. El exceso de análisis ha de perderos, distinguido colega; no os envidio.

Por lo que se ve, aquel pugilato entro los dos académicos había de ser eterno.

—Será como queráis —dijo Mirmepanthos, volviendo su habitual abstracción.

Y pensaba interiormente:

No es posible considerar al animal sin el medio, hay entre uno y Otro una compenetración tan íntima que pudieran creerse una sola y misma cosa en esencia: la instabilidad de los mismos elementos anatómicos de que está formado el animal, así lo explica también: el aire, la luz, los alimentos que en último análisis son eso mismo, sustituyen en el organismo animal y reponen las sustancias se consumen en gran combustión de la vida… ¡Vida! ¿Pero dónde comenzó vida? ¿Comenzó acaso? ¿No ha existido siempre? Acaso comenzó también la el espíritu de una hormiga honrada ha de aceptar la existencia de ambas cosas como un hecho necesario, indiscutible, como el noumen del universo.

Repetimos que Mirmepanthos hablaba para sí, era su manía; su vida copiosísima en conceptos era una vida subjetiva que ni apetecía ni necesitaba para concurso otra.

—Vedlo si no, decía yo hace un instante —continuaba el Naturalista—, ved si no, cómo reproduce el hombre la organización de la hormiga: al segmento superior del cuerpo de ese mamífero corresponde un par de patas que se unen al tronco por una serie de piezas que corresponden otras análogas de nuestro dermo-esqueleto: Su omóplato de él y nuestra caderilla superior son la misma cosa: divídense nuestras patas en tres partes; en tres partes divídense las suyas; y lo que ellos llaman mano o pie, según se considere la extremidad de los miembros superiores o inferiores, corresponde punto por punto a nuestra mano: cinco piezas cónicas desiguales en longitud tenemos en ellas; cinco dedos tiene este animal. Aquí tenéis los grabados que representan las extremidades del hombre; suplico al señor Presidente que los haga circular entre los concurrentes. Ved —continuaba el Naturalista— su omóplato y clavícula; ved aquí nuestra cadera, esa pieza movible en que se inserta el primer artículo de nuestro miembro superior: este corresponde al brazo del hombre: nuestro segundo artículo es su antebrazo de ellos; del pie os he hablado; insisto, quizá me hago enfadoso; pero ¿es p no perfecta la similitud, lo merece p no este punto interesantísimo para la ciencia?…

Un murmullo de aprobación llenó la sala toda: los más incrédulos hicieron, contemplando los grabados, señales de asentimiento. El Naturalista triunfaba.

—En cuanto a las patas inferiores o pelvianas del hombre están vaciadas en el mismo molde que las superiores: arriba omóplato, abajo pelvis: arriba húmero, abajo fémur: arriba radio y cúbito, abajo tibia y peroné; arriba mano, abajo pie; arriba dedos, abajo artejos…

—Arriba el cielo y abajo la tierra —concluyó Mirmepyros.

—Arriba, señor Mirmepyros, arriba está lo que está arriba; y no digo más. Así, agrupad aquí de este lado las masas musculares, imprimid a los huesos esta torsión, modificad idealmente estos apéndices y veréis cómo el uno se transforma en el otro, y viceversa.

—Lo que quiere decir que tanto podía tener el hombre cuatro manos como cuatro pies, gritaron de un ángulo del salón.

—¿Qué tuvo primero el hombre —agregó riendo Mirmepyros, cuatro manos o cuatro patas, lo habéis averiguado?

Se oyó un recio campanillazo. El Presidente creyó deber intervenir, la discusión se bastardeaba ya.

—Pido la palabra, dijo muy oportunamente Mirmepanthos; pido la palabra para hacer a las conclusiones de mi querido compañero el Naturalista, algunos reparos, que no creo desprovistos de cierto interés. En éste como en todo orden de conclusiones filosóficas domina un concepto capital las ideas todas de mi digno colega: supone siempre por fuera del mundo y distintos del mundo una voluntad, un plan; y a la verdad ni esa voluntad ni ese plan existen: tenemos a la vista una serie de cuerpos que llamamos minerales: esos cuerpos tienen caracteres físicos idénticos: ¿qué hay de particular en todo esto? Fijaos en el proceso de nuestras ideas, no tienen esos caracteres físicos semejantes, porque sean minerales, sino que son para nosotros minerales porque tienen esos caracteres y condiciones… Creamos, fingimos después de observar muchos de estos cuerpos una idea general y tipo de mineral, dentro de la cual incluimos las ideas particulares de esta especie; y por una singular ilusión dela mente de la hormiga parece que el tipo ha precedido al objeto, la idea general a la particular…

—Eso es oscuro; permitid que os lo diga, respetable colega —dijo el Naturalista.

—Esos son disparates —concluyó Mirmepyros.

—Dejadme concluir y tendréis tiempo entonces de manifestar vuestro desacuerdo, dijo con la mayor flema Mirmepanthos; escuchadme hasta el fin. La identidad de caracteres morfológicos y biológicos nos hizo agrupar en un reino los seres vivos; pero no nos contentamos con esto: caímos en el mismo error: hicimos el tipo animal, al cual queremos ajustar cada animal de por sí. Y bien, si la idea tipo, la general, se deriva de las ideas particulares y concretas, una de dos, aquélla es falsa, o todas las concretas entran virtualmente en ella. Decir, pues, que un mineral cumple con las condiciones de tal, es no decir nada; decir que un animal está conformado por un tipo, es como decir que un animal es animal, y con todo esto no dan un paso adelante nuestros conocimientos; con todo esto se embaraza la mente y perdemos la pista de la verdad.

—¿Y la constancia de ciertos atributos y caracteres que parecen ajustarse a un fin propuesto?

—Esa constancia está en vuestro ganglio cerebral, impresionado de idéntico modo por idéntica propiedad de los objetos que contempláis, señor Naturalista: nace de la multitud y no baja hasta ella.

—¿Y la unidad de plan, la unidad suprema del Plan de Theomirmes? —dijo el Naturalista, en tono casi patético.

—¡Qué unidad de plan, ni qué calabazas, señor mio! La unidad de plan la habéis hecho vos mismo en vuestra pulpa nerviosa pensante, y por un procedimiento psíquico idéntico al que os sirvió para formar las ideas generales.

—¿Y qué hay de cierto entonces, decid qué voluntad, que inteligencia, ha creado este mundo? Decid.

—La vuestra. Entráis por lo menos a la mitad en su creación, señor Naturalista; todas esas entelechias son como hongos que nacen y medran en los cerebros hueros de los hombres; y, aunque queráis disimularlo, de ellos las habéis aprendido: en tierra de hormigas no se oyó nunca semejante cosa. En cuanto a la comparación que hacéis del hombre con la hormiga, nada tengo que deciros: es hasta bonita, si queréis: eso probará en último extremo, que si a primera vista colocasteis al hombre entre los animales, un examen mas menudo de ese ser, comprueba y justifica vuestro concepto. En este sentido todo cuanto queráis; pero en orden a lo suprasensible, en cuanto a causas finales, y unidades de plan, dejad eso a los hombres: son éstos, por lo que yo barrunto, animales dados a las disputas y grandes oscurecedores de verdades triviales.

—Será como queráis; mas no podréis negarme que vuestra filosofía es endiabladamente oscura, querido Mirmepanthos.

—Así como es, me pone a cubierto de sorpresas y de emboscadas. El filósofo aquel, del nosce te ipsum, debió decir primero, «desconfía de ti».

No pudo el Naturalista contestar. Zumbido sordo como de cien mil gruesos bordones heridos por delirantes manos, se oyó en aquel punto y oscureció las voces todas de las hormigas que hablaban en la intimidad de silla a silla, olvidadas ya de las abejas.

Estas, que habían asistido impasibles sin entender palabra, a pesar de cuanto dijeran en contrario, a la discusión anterior, se impacientaban, y dispuestas a volverse a su República revoloteaban por los alrededores de la puerta de la calle. No costó poco esfuerzo sosegarlas.

—Venid acá —decíales el Presidente— y dadme tiempo de atenderos como es debido.

Ante esta penosa emergencia las hormigas todas guardaban una quietud y silencio perfectos.

Las abejas volvieron dócilmente a su sitio. En viéndolas sosegadas comenzó así el Secretario de la Sociedad Real:

—La primera hoja de la comunicación de nuestras muy amadas parientas contiene sólo palabras de felicitación, saludos, expresiones de cordialidad que devolvemos centuplicadas a la República hermana. En esta otra, folio 2.º, se contiene esta pregunta seca: ¿Es cierto que habéis descubierto un mundo superior al nuestro?

—Contestad que sí, Sr. Secretario —dijo el Presidente—. Superior en tamaño, se entiende.

—En el folio 3.º: ¿Existe en ese mundo un animal glotón, goloso y cruel, que se entretiene en devorar a los animales más chicos que él?

El Presidente consultó en voz baja al Naturalista.

—Contestad que sí, Sr. Secretario —repuso momentos después. A la sazón tomó una abeja la palabra y dijo:

—Deseosa de ampliar ese cuestionario os diré, Sr. Presidente, que existe desde el principio del mundo entre nosotras la tradición de que vivimos y trabajamos para un monstruo invisible que sorbe la miel de nuestros panales y chupa el jugo de nuestros cuerpos: esa tradición refiere al comienzo de los tiempos esta maldición, obra del gran Apistheo, que, sin ser latino, maldijo en esta forma, por cierto desliz moral al par de primeras abejas que hubo en el Paraíso.

Sic vos non vobis mellificatis, apes.

Esta maldición suspendida sobre nuestra cabeza, amarga para nosotras nuestra miel; y el temor sólo de que vivamos y trabajemos para adular el paladar de un monstruo, nos hace insoportable la vida. Algo han aventurado sobre ese monstruo que nos esclaviza nuestros sabios, pero todo se reduce a meras conjeturas: sacadnos de dudas y os deberemos la redención de nuestra especie que os bendecirá con lágrimas en los ojos.

—Miren ustedes —clamaba a esta sazón Mirmepyros—; ¡y qué cavilosas son nuestras amigas: quisieran sacar la sardina del brasero con mano ajena! ¿No tienen un dardo y un aparato de destilar veneno? Pues que piquen y emponzoñen al tirano.

—Ay, hermanas —dijo con cierta servil intimidad el Naturalista—. Nuestras tradiciones rezan también que un monstruos análogo al vuestro, se recrea comiéndonos y se harta con nuestras larvas. En una comarca del mundo, humano en la cual se habla la lengua de Oc, preparan une crème aux fourmis que no se confecciona por cierto con abejas.

—A esto un químico agregó:

—¿No nos han estrujado cuanto han querido para obtener de nuestros cuerpos el ácido que usamos para emponzoñar las heridas que hacemos?

—Pues ahí es nada —chilló una hormiga boticaria—, mezclan alcohol a ese jugo de nuestro esquilmada persona y componen la famosa agua de magnanimidad de Hoffman con el ruin objeto de reparar el vigor que pierden en el desenfreno de sus goces sexuales. Por fortuna nuestra, la Química fabrica hoy ácido fórmico sin hormigas.

—¡Ah, pero buena diferencia va de vuestro ácido fórmico a la miel que nosotras fabricamos y que nos roba el monstruo! —dijo una abeja.

—Poco a poco, amiga —apuntó Mirmepyros—, que nosotras también hacemos miel.

—¡Melaza!, diréis; y eso, algunas, especies americanas, repuso la abeja, casi tan enrojecida de cólera como el Sultán Mahmoud.

—Bien, muy bien —dijo con reconcentrada ira la fogosa hormiga—; concibo que estéis más resentidas que nosotras contra el hombre; alguno entre ellos os llamó Mesalinas, y recalcó la palabra. ¡Mesalinas!

Este insulto hirió de lleno el femenil corazón de la abeja, que rompió a llorar.

—Bien sabéis dijo a la hormiga cuán injusto fue ese cargo, y cuán indigno del grande ingenio que nos lo hizo. ¡Mesalinas nosotras! Dijera más bien desconsoladas Artemisas, refiriéndose a nuestras hembras. ¡Ah! ¿Acaso ignoráis vosotras que las cortinas de nuestro tálamo nupcial, sirven siempre de sudario y de mortaja a nuestros desdichados esposos?… Pero todo esto no quiere decir sino que a vosotras os interesa tanto como a nosotras mismas el exterminio de ese monstruo, dijo la abeja que llevaba la palabra. A ese objeto contiene la comunicación esta pregunta: ¿Se conoce un veneno capaz de acabar con el hombre, en el supuesto de que sea mortal?

—No habrá que buscarle fuera de su mundo —dijo Mirmephobos con satisfecho rencor—; no: el alcohol de que son muy golosos; la mujer que solicitan fuera de toda sazón; el juego a que son más aficionados que nosotras al dulce, los enervan, degradan y agotan: acabarán pronto y poblaremos nosotras el mundo, haremos nuestras cuevas y criaremos manadas de estúpidos pulgones en sus cráneos pelados y vacíos.

Mirmephobos hablaba como una hormiga cosaco que era.

—¿No se os ocurría otra cosa?

—No, señor Presidente —contestaron las abejas y se dispusieron no nada contentas a abandonar el hormiguero.

Acompañolas hasta la puerta una comisión de que formaba parte el mismo Presidente.

—Nada, hermanas —decía al darles las antenas—; vosotras sois carta viva. Contad a las demás lo que habéis visto y oído, que os vaya bien.

Y entró en la Academia. La verdad era que la acritud de Mirmepyros para con las abejas tenía desazonado al Presidente, hormiga pacífica y sosegada de suyo.

—Mucho que recibamos su visita, y aunque las atendamos con esa cortés solicitud propia de insectos que se respetan, decía Mirmepyros a la hormiga innominada que tenía a su derecha; pero es lo cierto que en el fondo de todo esto se descubre una mira interesada, personal y egoísta; y es más cierto sobre todo, que sí invocan para asistir a nuestra Academia su pretenso parentesco con nosotras, éste no es tan claro y evidente que justifique esa libertad.

—¡Cómo! —dijo asombrada la vecina—, ¿no son las abejas himenópteros como nosotras? ¿Nos cegaría tanto el orgullo en estos instantes que renegásemos de nuestra sangre?

—Nada de eso, señora miá; y si usted hubiese profundizado un tantico los estudios naturales, se tendría sabido que si autores sistemáticos nos han colocado a nosotros en la clase de los insectos de cuatro alas desnudas, con las abejas, con las avispas y otros; diferimos esencialmente de todos por la composición de nuestras familias, puesto que tenemos en ellas machos y hembras alados, y obreras sin alas, al paso que las abejas todas vuelan; y, basta con esto: si gusta su señoría de completar estas nociones, lea nuestra historia escrita por Huber y traducida con comentarios y notas a nuestra lengua por un modesto sabio anónimo de nuestra orden. Fuera de esto, vecina, yo no he venido aquí a dar lecciones, y le volvió la espalda.

La interpelada calló prudentemente, conociendo la irascibilidad de Mirmepyros.

La despedida casi brusca de las abejas había desconcertado un tanto a las hormigas: ya lo echó de ver el Presidente al ocupar nuevamente su puesto ¡pero qué hacer! Aquello no tenía remedio; harto habían hecho con ocuparse aquel día de una comunicación cuya lectura pudo aplazarse para la sesión próxima.

—Señoras —dijo al cabo de algunos instantes el Presidente—, fuerza es terminar el asunto que estaba la orden del día; lamento el incidente que nos ha desviado del curso natural de nuestros trabajos. ¿Tendría el señor naturalista la bondad de recoger el hilo de su discurso?

El naturalista se incorporó cortésmente.

En esto Mirmepyros dijo en voz vibrante de modo que fue oída en toda la sala:

—Tenga el Sr. Presidente la bondad de consultar su reloj.

Efectivamente; había transcurrido con ventaja el tiempo que el Reglamento concedía o las sesiones: esto dejó desolado al Presidente triste al naturalista y no poco disgustados a gran número de concurrentes que asistían con creciente interés a la sesión; pero el Reglamento es el Reglamento; fuera de que la Sociedad había de constituirse en sesión de gobierno para tratar de asuntos urgentes,

Así lo comprendió el numeroso público, que comenzó a desfilar silenciosamente, un si es no es mohíno, como en estos casos acontece entre los hombres. En la calle ya, comenzaron las conversaciones. ¿Cuándo tendría lugar la sesión; cumpliría el naturalista la palabra empeñada? ¿Sería cierto cuánto hasta entonces había dicho acerca de la existencia del hombre? ¿Tendría guardadas todavía algunas novedades para la otra vez?

Estas cuestiones se proponían naturalmente entre las hormigas que se retiraban. ¿Quién daba al asunto desmedido interés? ¿Quién lo miraba con indiferencia? ¿Quién se atenía a las pruebas presentadas?

—¿En qué cambia eso nuestra existencia? —preguntaba una hormiga escéptica—. ¿No hemos vivido hasta ahora sin tener noticias de esa gran bestia ni del mundo que habita?

—En eso se engaña usted —replicaba la compañera—; sí, señora; nuestra existencia intelectual se aumenta con una importante noción; y nuestra vida en sus relaciones con el mundo cambia y ha de modificase indudablemente.

—Amanecerá Dios y veremos —contestaba la otra, impertérrita.

Entre el elemento soñador de la tribu sí que encontró eco y resonancia íntima el suceso. ¡Un mundo nuevo! Alguno entre ellos, lo había soñado; otro recordaba, no se sabe qué vaga alusión de autor célebre, poeta sin duda, al hecho manifiesto. Revelaciones maravillosas, intuiciones del genio. La vida como una cadena no interrumpida desde los insectos análogos a la hormiga hasta el hombre.

—¡Y, quién sabe —agregaba uno—; quién sabe si sobre el hombre existan todavía y le superen otros seres de extraña organización!

—Qué hermoso es todo esto. He de hacerme fabricar un macroscopio —concluía un entusiasta; no quiero que me cuenten; veré y contaré.

¡Qué de sueños, qué de hermosos proyectos! Los bedeles en tanto procedían a la clausura de las puertas de la Sociedad, y el naturalista acompañado de un grupo de íntimos llegaba a su casa, en donde su esposa le esperaba toda trémula en el umbral y le acariciaban sus larvas como podían.

—¿Estás cansado, hijo? —preguntaba la señora.

Mirmepyros seguido, que no acompañado, de su hermano Mirmephobos llegaba a su morada, y se encerraba trémulo de cólera en su gabinete a huronear entre sus libros, buscaba una cosa: la confirmación de una duda, de una certeza casi: aquel descubrimiento estaba ya hecho, no era una novedad; ya lo diría él así en plena Sociedad Real al pretenso descubridor del Macrocosmo ¡qué fruición humillarlo allí ante aquel concurso que le escuchaba embobado!

—Será pronto —decía interiormente—; no puedo consentir que se retarde la próxima sesión; ya sabrá ese absurdo zurcidor de consejas si soy hormiga a quien se contradice impunemente.

Dejémosle, dejémosle apacentarse en su rencorosa pasión, y demos tiempo al tiempo; prometemos sí, dar al paciente lector cuenta fiel de cuanto llegue en lo sucesivo sobre este asunto a nuestra noticia.

En cuanto a los Académicos, bien que no pueda decirse de ellos que acogieron con indiferencia el descubrimiento, no mostraron ante él aquel entusiasmo que hubiera sido de desear. Verdad es que los individuos reunidos como ellos en corporaciones semioficiales, familiarizados como están por su carácter y hábitos con la posesión de la verdad, ni se sorprenden ante ésta si se les presenta en el traje de Friné ante el tribunal, ni dejan nunca de andar remisos en la aceptación de aquellas nociones que llamaríamos laicas, si pudiéramos. Cierto es por otra parte que se habían apresurado a honrar al Naturalista con el uso de la verde ramita bordada en la solapa: de este modo aquel descubrimiento tenía como quien dice carácter oficial; llevaba el sello de la casa.

Mas ¿qué opinión formó del Macrocosmo el Clero, que como sabemos, asistió a aquella sesión, cuál? ¡Se ignora!

Lo cierto es que los representantes de la Ortodoxia desaparecieron sin que nadie echase de ver cuándo ni cómo: alguno señaló a los concurrentes un pequeño lago de negro y picante fórmico en el lugar que antes ocupaban; y no faltó quien asegurase que les había oído proferir una terrible maldición, amenaza sombría de inmensas y horribles catástrofes.

¡Solo el porvenir podía justificar o desvanecer estos conceptos!


III

Mucho se habló, y mucho se escribió también en aquellos días, sobre el interesante asunto de que se da no cabal noticia en la primera parte de este cuento. La Sociedad Real, es verdad, vio con disgusto a la Prensa, no oficial ni científica, ocuparse del Macrocosmo; eso le pertenecía o ella, porque por algo es Academia una Academia.

Cierto que la sesión fue pública; cierto que el asunto no era de naturaleza puramente profesional ni de ontología médica siquiera, pongo por caso; pero bien pudo la prensa haberse abstenido; callar, y dejar que ellos, y sólo ellos, los señores académicos, inspirados en su propio carácter, lo discutiesen; que después tiempo había de dar al mundo cabal noticia de todo; pero fue fuerza resignarse.

El mal, por otra parte, estaba hecho; y no había contribuido poco a producirlo el mismo naturalista, que no supo guardar aquella prudente reserva que de él se esperaba, pues no hubo en toda la comarca hormiga profana ni pulgón doméstico que no oyese de sus antenas de él en el abandono de la conversación, cosas que hubieran sido más para calladas; verdades científicas importantes, las cuales desnaturaliza y bastardea en todas partes y ocasiones el vulgo no oficial, indocto siempre. Así es que comenzaba a ser mirado con cierta prevención el explorador del macrocosmo. Pero, ¿quién va a llevar la cuenta de todo esto?

Entre nosotros, hombres y todo, suceden cosas parecidas: necesario es encubrir piadosamente tales flaquezas inherentes a la constitución animal. Vistos de lejos los hombres, uniformados en el traje, limpios, correctos, corteses y afables en sociedad, tomaríalos cualquiera por hermanos (no por Caín y Abel; se entiende); vistos de cerca la en intimidad de la vida individual, en traje de casa, surgen todos los antagonismos de carácter que separan a un hombre de otro, asoma entre ellos la envidia su lívida faz y descubre el odio su deforme desmelenada cabeza; por debajo del guante se echa de ver en ocasiones la garra: Hodie que manent vestigia feroe; ni es de ayer tampoco aquello de homo homini lupus.

Pero, véase cuan sabia es la ley moral que rige al mundo; a pesar de eso no nos comemos, en sustancia al menos; y a pesar también de las rencillas y desavenencias que surgieron en el seno de la Sociedad Real de Mirmepolis, celebraba ésta su segunda sesión relativa al Macrocosmo, el domingo 23 de octubre del mismo año, día de San Pedro Pascual y San Juan Capistrano, Confesor.

No pretenda el curioso lector de este cuento ver reproducido en esta sesión el espectáculo de la primera: las cosas habían cambiado un tanto en los últimos no cabales quince días, no hubiera podido leer en el semblante de los asistentes aquella gozosa expectación de lo desconocido que comunica no sabemos qué beatitud al espíritu, que aguarda una revelación interesante y vaga: flojos sus resortes, las fuerzas todas de la mente se exteriorizan como en una revista y hacen muestra de sí propias; mas, cuando se ha probado la emoción del conocimiento concreto, cuando éstese ha apoderado ya del espíritu, hay en el alma de la hormiga una reconcentración de actividades: el trabajo es interno, y a la soltura y libertad de la expectación mental sucede el embarazo y la fatiga de la reflexión consciente: cada hormiga traía a cuestas su concepto, todas tenían esta vez «su palabra que decir, su obra que fenecer», y en las más se notaba cierto grave recogimiento, muy del caso.

No habían de ser tampoco meros espectadores, sino actores también en aquella función científica. Individuos muy conocidos en la orden habían tomado por su cuenta ciertos estudios que con el macrocosmos se relacionaban. Éste lo había estudiado bajo el punto de vista cósmico, aquél lo consideraba geológicamente; unos se aplicaron al estudio del hombre, y se lo dividieron por sistemas, por aparatos, órganos y tejidos; y un número considerable de hormigas jóvenes, las más distinguidas, habían hecho sobre el hombre estudios curiosísimos de histología.

No faltaban tampoco cultivadores de la psicología que habían estudiado aquel curioso ser, bajo el punto de vista anímico, moral; de suerte que el Naturalista no iba a estar solo aquella vez en su labor, y aún era de temer que sus ideas encontrasen seria oposición en los concurrentes: hay que tener presente que el número de macroscopios había crecido hasta lo infinito: los había de todas suertes hasta de bolsillo, y entre estos, muchos de una potencia de reducción incalculable; hormiga hubo que consiguió obtener una imagen perfecta de los Andes, por un procedimiento macrofotográfico, cuyo secreto no se había aún divulgado: estos últimos estudios hacían furor.

La concurrencia, pues, si menos numerosa, era más selecta: académico había entre aquellos, que no pisaba hacía diez años la Sociedad Real, que concurrió aquella vez al acto, no sin asombro de sus colegas; y aquí se me impone la necesidad de darte a conocer, siquiera sea de pasada, algunos de ellos, lector benévolo, para que puedas juzgar por ti mismo del alcance de aquel acto.

Allí tienes a Mirmepyros, tu antiguo conocido; vivo, inquieto, penetrante, saludable: la Ciencia se había hecho para él, para que él la aprendiese; y monopolizase en cierto modo el privilegio de saberla primero y mejor que los demás: se sentía siempre, y en todo caso, aludido, y respondía en una cuestión científica como si se tratase de algo personal. Echaba todo el peso de su cuerpecillo en la balanza de las discusiones. En la Sociedad habían acabado por reconocerle todos los talentos de que él se sentía dotado, y se le abría campo; temían por lo bajo a su aguijón. Pertenecía desde los comienzos de su carrera a la Sociedad Real, a la cual se impuso. No bien recibió las borlas de Doctor en Medicina determinó de hacerse recibir en aquella Academia: ésta idea le desveló largos días, y dábale espuela para activar su recepción. Un médico no es hormiga completa como no pertenezca a una de estas siempre ilustres corporaciones. Por lo demás, decíase él, no quiero que al morir yo, si me alcanza algún día la muerte, escriba algún solapado envidioso este desolador epitafio:

CI GÎT MIRMON,
QUI NE FUT RIEN
PAS MÊME ACADEMICIEN

¡No; eso si que no! De él no podría decirse semejante cosa.

Fuera de esto, ¿qué es una hormiga sin títulos oficiales, y semioficiales? ¿Conoce usted la fruición inefable, el gustazo que se da una hormiga pensadora cuando en los días de lluvia, y por matar el tiempo, se entretiene en registrar el mohoso cañuto de hoja de lata, en que encierra sus títulos, y los comprobantes todos de su valor intelectual?

A ver, ¡veamos todo lo que soy!

Individuo de aquí.

Miembro de allí.

Socio fundador de allá.

Corresponsal de acullá.

¡Qué delicia! Y qué de sorpresas reserva a los elegidos esta pesquisa del cañuto. De buenas a primeras, entre los amarillentos y arrugados pergaminos aparece uno con que no se contaba.

—Fulana (las hormigas machos suelen llamar así a las hormigas hembras) ven acá —dice con aire de reprimido gozo el del cañuto a su mujer— ven a ver, y mira qué es esto: Aquí tienes; lee. Yo era socio de la Academia del Microsopho. ¡No lo recordaba! Y tú que no me habías hablado de esto!

Y marido y mujer se miran a la cara, y se sienten crecer, y se hinchan dulcemente en suave cosquilleo, con ese orgasmo del amor propio halagado, con ese goce suavísimo del propio mérito reconocido y confirmado.

¿Qué sería de una hormiga de ciencia sin estos testimonios fehacientes de su propio valor? ¡Nada! En ocasiones ni ella misma lo conocería, se ignoraría a sí propia! Al paso que de aquel modo, cuando importa hacer ver al mundo lo que se es, título canta; nadie se resiste a la evidencia. Se le trunca a usted el mejor día su personalidad, no sabe usted lo que es, vacila un instante como quien se queda en el aire; y echa a correr, cojo el tubo y saca sus documentos, y ve por vista de ojos, sin que quepa duda al espíritu suspenso y temeroso, cuál es su valor real y efectivo de usted; y se da el alma por este medio la conciencia de que existe, de que piensa, de que vale. ¿Qué sería del sabio sin esta especie de conciencia externa, objetiva, tangible, visible, legible?

Por lo demás, no era Myrmepiros avaro de su saber, ni egoísta, ni malo, sino un tantico envidioso; deshilachaba, como quien dice, su personalidad, y gustaba de mostrarla a todos, contento, radioso, al contemplarla en la externo con el único valor de que era ella capaz: el objetivo; su espíritu vivía de triunfo en triunfo, y se dividía naturalmente en dos individualidades; una queso hacía adorar por la otra; hubiera podido sorprendérsele ciñéndose a sí propio el laurel que las hormigas reservan al talento. Jamás le torturó el ideal, ni dudó de sí mismo ni de nada.

No hubiera necesitado nunca aprender a sentir con el poeta;

L'orgueil tranquille et resigné

Qui suit le tourment de connaître.

Era una hormiga ilustre que vivía contenta consigo misma y que no disonaba en el concierto de inteligencias de la Sociedad Real. Esta otra que se mantiene algo retraída y afecta, y tiene, sin afectarlo, un aire grave y reconcentrado, es Oligomyrmes, sujeto ya entrado en años, que no frecuenta la Academia. Nació para sabio y augur, y está persuadido de ello: no ha leído nunca un libro entero: ya en las primeras páginas se persuade que el libre no dice otra cosa que lo que él sabe; lo deja y se sonríe.

—¡Pobre gente! —se dice.

No se ha equivocado jamás. Taciturno, lento en sus ademanes, casi solemne, cuando habla lo hace por medio de aforismos de una profundidad enigmática y abrumadora: es casi sibilítico. A la inversa de Mirmepyros, no sólo no se prodiga, sino que se hace de rogar para dejarse oír: siente un desdén soberano por todo lo que es fórmico: se adora a sí mismo también, pero su adoración es conceptuosa, no festiva, no risueña, y da el ejemplo del respeto que debe tenérsele por el que se tributa a sí mismo: es sagrado a sus propios ojos: su conciencia al encontrarse con su personalidad de él, se sobrecoge: es un fetiche que se adora a sí mismo con un sentimiento que no tiene nada de humillante: no cultiva la ciencia ¿para qué?… la ciencia lo busca como a su fomes.

Si las hormigas enterrasen a sus muertos, y ésta muriera, necesitaría para sacórfago aquel tonel de Heidelbeg que pedía para su cuerpo el poeta, y aún no cabría en él: es una personalidad fórmica monumental que tiene sus ribetes de esfinge: se ha familiarizado ya con la inmortalidad y usa por anticipado alguno de los rasgos de la estatua, en cuya forma pasara ala admiración póstuma. Este individuo no es obra todo él de su propio esfuerzo: en su formación colaboraron las hormigas imbéciles de su tiempo: él no hizo otra cosa que meterse en el molde que le prepararon: si no temiese decir mal, sin razón, de unos insectos tan respetables, aventuraría la idea de que tienen como nosotros sangre de idólatras en las venas: en ellos, como en el Macrocosmos, hay quien se arroje al suelo para ser aplastado por la pata brutal y ciega del Elefante. ¡Ay! La imbecilidad no es patrimonio exclusivo del hombre.

Mirmephobos, académico también, era una hormiga de distinción: lleno de sordas ambiciones, estudió con encarnizamiento para vender cara su ciencia: acopiaba nociones como aguzaría un corso la daga que prepara para la venganza: estaba siempre alerta, como atleta apercibido al combate; y su personalidad, egoísta y dura, se recogía y reconcentraba en sí misma instintivamente, porque se tuviese con ella menos contacto, y porque no perdiese nada de sí: era rígido, su mirada fría, decía sí o no, secamente; y hablaba a su tiempo, cuando era llamado a ello, y cuando su frase, a tanto la palabra, representaba un valor cotizado: aún así no se prodigó nunca; como un mercader que al vender caro un género burdo, lamenta aún su pérdida, y engaña como puede en la medida.

Mirmepanthos, tenía algo de virgen, era candoroso en su ignorancia y en su saber; un vaso puro a través de cuyas paredes siempre transparentes, se veía todo: cultivaba el estudio sin otro objeto que el estudio mi sino; esa fruición sana que comunica al espíritu el afán de conocer y de sentir, ese era su gozo mayor y su embriaguez: nada más acá y nada más allá de eso, fuera de su vehemente inclinación a la pesquisa de la verdad, fuera de su aptitud vivísima a conmoverse antelo bello, era un ser casi pasivo; instrumento delicado que vibraba a la menor pulsación: había llegado a persuadirse de que la verdad no es un hecho objetivo, sino personal, íntimo, subjetivo: una función psíquica a que se elevan solo ciertas organizaciones entre las hormigas selectas: no sistematizó nunca, no hubiera podido llegar a ser entre los himenópteros ni Bernardin de St. Pierre, ni Büchner; era hormiga; una hormiga laica por sus tres segmentos, y sentía horror invencible por toda doctrina, por toda escuela filosófica exclusiva; la misma Sociedad Real en donde era aceptado (no diré querido) le inspiraba por su carácter semioficial, vagos escrúpulos.

Fuera de esto, todas las hormigas que dentro de ella con él se rozaban sabían que Mirmepanthos no llevaba a cuestas la librea común. Yo estaba solo entre las hijas de Huber. Cultivadores secretos y desinteresados tenía allí en gran número la adusta Diosa de la Verdad; y era para ellos la ciencia el fin de la vida; no el medio de perseguir un sueño, no la moneda con que se compra la satisfacción de apetitos bastardos y groseros.

Y cosa singular, ni una vez, ni una sola entró en conflicto aquella delicada organización fórmica con las otras hormigas groseras: éstas comprendían también instintivamente que el campo en que segaban Mirmepanthos y los suyos, no era aquel en que ellas recogían sus mies. Un poeta que pudiera ser Heine, decía a los hombres de su tiempo: «Mientras me cerní en la altura estuve solo, y no me comprendió ninguno; hoy he bajado a la tierra, he metido los pies en el lodo; allí nos hemos encontrado y nos hemos reconocido». Mirmepanthos no había descendido aún de la región serena del pensamiento y del ensueño, esto hacía que se le mirase como neutral; no se le temía, es verdad; y algunas hormigas recalcitrantes, acostumbradas a respetar solo al que inspira temor, le despreciaban secretamente.

Y aquí se me ocurre que pudiera ser peligroso revelar a hombres las flaquezas que he descubierto entre esos laboriosos insectos; para no haya cuidado: la dignidad y natural elevación de nuestra alma nos pondrá siempre a cubierto de ruindades de este jaez.

En cuanto al Presidente de la Sociedad era una hormiga inofensiva: de esas que han vivido siempre en aquella región por donde confinan lo vulgar y lo que es elevado; espíritus, que meten la hoz en el campo científico con tanto desembarazo como pudieran hacerlo en un prado de bledo; que tienen la serenidad de la estupidez sincera: que no han sido nunca atormentados por una vacilación ni por una duda, que no han probado nunca el tormento del saber filosófico; gente que sabe por catecismo, que integra su personalidad en un prontuario, y que conquistan al cabo el reconocimiento tácito de un saber indiscutible, no contestado nunca ni contestable: como si entre esos himenópteros sucediese lo que sucede entre los hombres, que así como se contagia el entusiasmo se contagia también la estupidez, y circulan en las masas como buena moneda los juicios más absurdos… ¡Ay! Es que, en el fondo, se rinde por las hormigas, como por el hombre, culto inconsciente a todo lo que es nulo, por eso mismo que no trastorna; los elementos do ninguna personalidad, y quizá también porque después de todo hay en ese sentimiento para la generalidad una especie de autoadoracion,

En épocas remotas, remotísimas, debieron ser las hormigas de una estupidez inmensa; y guardan aún, como sedimento de su personalidad primitiva ese consensus instintivo que las lleva a divinizar lo absurdo. Si Erasmo ensalzó la Locura y algún otro hizo el elogio de la Razón, a ti, oh suma Imbecilidad, te falta aún tu Homero.

¡Oh!, tú, mullida y soporosa almohada en que todo hombre hunde con fruición la cabeza fatigada por el pensamiento o por el temor del pensamiento: tríada de todo dolor, beleño de acerbas inquietudes, remedio de la duda, madre de la fe, conservadora de la vida; desde tu oscuro y modesto trono ejerces imperio absoluto y saludable sobre el mundo. ¡Bendita seas!

Allí en aquel diminuto país, allí entre las hormigas era también reverenciada. ¿Quién sino ella se encargaba en Mirmepolys de mantener el numeroso grupo de población contenta, laboriosa, sana y crédula, sobre la cual había de ingerirse, como si dijéramos, el elemento inquieto, turbulento casi, de las hormigas que pensaban? ¿Qué freno hubieran tenido éstas sin aquellos? Allá, como acá, la trama de la vida está tejida con los hilos que salen de la rueca de los imbéciles. Está probado que en este canevas puede bordarse lo que se quiera,

No hablaré del Secretario de la ilustre corporación: los individuos que ejercen entre las hormigas estas funciones, como los que desempeñan en sociedades humanas funciones análogas, se apartan esencialmente del tipo común: seres fonógrafos, dotados de una paciencia y minuciosidad heroicas, se sustraen a toda crítica, y han inspirado siempre al autor de estos apuntes el asombro y el respeto más sinceros. El secretario de la Sociedad Real de Mirmepolis pertenecía a una familia en que eran hereditarias estas funciones; y él con el título de Secretario Perpetuo de la Sociedad Real, las desempeñaba a conciencia.

Mientras este digno funcionario daba lectura al acta de la sesión anterior que fue aprobada, cela va sane dire, yo, lector, por ahorrarte enojo, y dándotelos quizá mayores, me he dejado llevar del placer de echar contigo este aparte. Perdona y deja que recoja el hilo de mi cuento.

—La tengo y uso de ella con tanto mayor placer —dijo el descubridor del macroscopio— cuanto que por alguno de mis colegas se había puesto en duda que continuase la exposición que del hombre (homo sapiens) vengo haciendo: la tengo para confundir a los incrédulos y no me faltará tampoco ocasión en el curso de mi trabajo para hacer entender a mi digno colega Mirmepanthos que si existen en lo externo de este raro animal correspondencias singulares con los segmentos y apéndices de nuestro cuerpo, no son menores esas semejanzas en la estructura, disposición y funciones de los sistemas de que depende su vida.

El primero, el capital entre nosotras, el sistema nervioso, tiene su correspondiente en el hombre. El nuestro ofrece un desarrollo notable y una conformación variadísima (hablo de los insectos en general): el sistema nervioso del hombre es idéntico al nuestro.

El ganglio mayor corresponde a nuestro cerebro; a lo que algunos llaman nuestro ganglio supraesofágico. Parece ser el ganglio en el hombre un centro psíquico, como en nosotras, y en uno y en otras de ese ganglio arrancan los nervios de los sentidos.

En nuestro cerebro, como todas sabemos, pueden distinguirse, además de los lóbulos cerebrales primitivos, ganglios ópticos laterales, —de donde parten los nervios que van a nuestros ojos—, y lóbulos anteriores o superiores que innervan las antenas: sabéis que a esto se agregan otros relieves y abultamientos nerviosos que plegados de una manera especial constituyen lo que nuestros anatómicos llaman cuerpos pedunculados, centro especial de nuestras ideas y voliciones: las fibras nerviosas ocupan en nuestros sistemas el centro, al paso que las células se extienden en la superficie, constituyendo una verdadera capa cortical en la cual hay circunvoluciones que se insinúan en la materia nerviosa central ¿verdad?

¿Hay alguno entre los concurrentes que niegue estos puntos? ¿Eh? Pues al describir el sistema nervioso que nos dio la naturaleza describo el del hombre: un mismo elemento: la célula nerviosa; la misma disposición anatómica en ambos, sin que falte en el hombre el cerebelo que corresponde al ganglio infra esofágico de los insectos y que parece presidir en ese animal como entre nosotras a la coordinación de los movimientos. Los nervios que parten de la columna o cuerda dorsal del hombre son sensitivos o de movimiento, como los nervios laterales que parten de nuestros ganglios encierran también fibras de ambas especies: tiene el hombre, como nosotras un sistema nervioso visceral en el cual puede distinguirse también un nervio vago y un simpático propiamente dicho.

—En resumen: células y fibras, ganglios y cordones nerviosos; eso es, en nosotras, ese sistema, y eso es también, con ligeras modificaciones de estructura y de forma ese sistema en el hombre. ¿Hay aquí, Sr. Myrmepanthos, una simple coincidencia morfológica, o se descubre sin esfuerzo un plan supremo que confía en el hombre como en nosotras, las funciones capitales de la vida a ese sistema? ¿Qué decís a esto?

Mirmepanthos:

—Con la venia del Sr. Presidente haré observar a mi distinguido colega, que no me sorprenden las semejanzas y correlaciones que señala, como no me sorprende que los minerales cristalicen: que éstos son hechos de observación y no trascendentales; quien dice célula nerviosa dice sensación; muchas células nerviosas, minadas de ellas, diversamente agrupadas, funcionando, constituyen una memoria, una inteligencia y una voluntad, un ser consciente, si os place; es un hecho de observación, repito, del cual no podríais sacar otra conclusión sino ésta: materias idénticas en esencia se ofrecen a la observación con idénticas propiedades; salvo los casos de dimorfismo, allotropia, etc., en la esfera de la mineralogía y química. ¿Tendríais la bondad de decirme si un grano de esa arena que acarreamos de ordinario para pavimentar nuestros edificios, siente, recuerda, quiere? Lo singular sería que siendo distinto de nosotras sintiese como nosotras.

—Eso es para desesperar a cualquiera, Sr. Mirmepanthos, dijo el naturalista con enojo. ¡He de morir con la pena de no haberos convencido!

—Me convenceréis el día en que me hagáis entender cómo la idea de un sistema nervioso precedió al primer sistema nervioso. Cuando fabriquéis vos un instrumento con un objeto cualquiera, entrará en ello, sin duda vuestra voluntad; pero no nos mezclemos en los asuntos de la Naturaleza: el mejor día la dotáis de un taller, y aun haréis que imprima y anticipe a sus obras el catálogo de ellas. Ni más ni menos que el hierro es dúctil, tiene la célula nerviosa la propiedad de sentir: lo hemos visto vos y yo. No me preguntéis por qué es así; ni vos, ni yo lo sabremos nunca. Seguid adelante, os escuchamos.

—¿Y dónde habéis aprendido todo eso —preguntó Mirmepyros?

—En el laboratorio del hombre que me llevó consigo. Era éste un histólogo feroz, que lo mismo daba un corte en un cerebro humano endurecido, que en un pedazo de parafina o de médula de saúco. Confieso que no sin cierta vengativa complacencia le veía disecar los miembros y destrozar las vísceras de sus propios hermanos: recordaba las torturas a que nos han sometido sus naturalistas: éste de que hablo se dedicaba a rastrear el pensamiento y el alma entre las células nerviosas: era profundo pensador y puede ser que a estas horas haya logrado su objeto.

—Pues todo eso es doctrina corriente entre nosotras, señor Naturalista.

—En ese caso sabréis también que el sistema nervioso del hombre se ramifica desde sus dos grandes centros por todos los tejidos con los cuales se compenetra, y que no sólo es capaz de ser impresionado en los órganos de los sentidos por los estímulos exteriores, sino que es también impresionado dentro del cuerpo mismo por cada uno de los elementos de ese cuerpo; por cuyo medio el animal se siente, como quien dice, a sí mismo: la suma de impresiones que de este modo recibe el sensorio general constituye la conciencia de la personalidad del ser humano: algunos llaman a esto sentido muscular.

—Yo lo llamaría sentido de la personalidad —dijo Mirmepanthos.

—Y yo diría —acabó Mirmepyros— que no es para mí una novedad lo que nos dice el Sr. Naturalista.

Este levantó los ojos al cielo e hizo una mueca de resignación antes de proseguir; y lo hizo así.

—Por el sistema nervioso tiene el hombre conciencia del mundo y de sí propio; por él tiene una memoria, un entendimiento y una voluntad, por él…

—Perdonad que os interrumpa —exclamó Mirmepanthos— pero como entiendo las cosas, en mi organización de hormiga, yo no tengo una conciencia, sino que soy una conciencia: soy también una memoria, un entendimiento y todo eso que queréis. Yo tengo un pulgón. Yo tengo un grano de cebada. Bonito que comprendiendo el yo todo lo que me caracteriza, entrase en la averiguación de si tengo o no tal facultad; precisamente una de esas facultades que me integran (hablo como artrópodo que soy). Peregrino problema. Si ¡yo soy yo! ¡Y en esto se ocupan los hombres!

—¡Cómo que si se ocupan! Eso es una ciencia profundísima entre ellos —contestó el Naturalista.

—Pues decidles, si podéis, que se han metido en un dédalo del cual no los saca el gran Theomirmes con su gran poder. ¡Cuánto más fácil no sería para ellos confesar que su sistema nervioso crea todo lo que constituye la personalidad!, desde la sensación a la reflexión: que una función de ese sistema es la conciencia y que no hay nada fuera de esto.

Así habló Mirmepanthos extendiendo a nosotros que, como se sabe, tenemos memoria, entendimiento, voluntad, alma, etc., el concepto que tenía de su propia organización mental: no se olvide que hablaba una hormiga. Cuánto más profundamente lo comprendemos nosotros véase si no: tenemos un alma, única, capaz de memoria, de entendimiento y voluntad: tenemos sentidos que llevan la impresiones a esa alma, íntegra, sin esos sentidos, y sin esas impresiones: ella sabe de por sí y perfectamente, sin nervios ni sentidos, lo que es sentir y lo que es ver y oler y gustar y tocar: si van las impresiones ¡bueno!, las recibe; si no van, mejor, se queda tan íntegra como antes. Y todo esto sucede, como se sabe, desde que nacimos. Aquí estoy yo —dice el alma del infante—, ya veremos cómo se conduce conmigo ese pérfido mundo. Y que no hay que dudarlo: así es la cosa. Y tanto que los filósofos criticistas proponen para explicar los fenómenos de conciencia otras explicaciones no menos discretas; como calcadas que están sobre el viejo concepto del alma. Pueden limitar y limitan perfectamente el origen de la conciencia, neta, clara, precisa, y luego le van añadiendo aquí una idea, allá otra, por aquí una sensación, una pasión por allá: cosas que se ven; quita usted todas esas cosas extrañas y la conciencia se queda tan fresca como el alma; ni falta que hacen.

—Lo vergonzoso sería entender las cosas como la hormiga. ¿A dónde iban a parar las facultades del alma, los noúmenos y los relojitos? ¿A un museo de antigüedades, no? ¡Pues buenos estaríamos! ¿Son solicitados los graves por la Tierra, cae un cuerpo?, pues el cuerpo no cae porque caiga, sino porque se le introduce por los poros una cosa que se llama gravedad que es una fuerza y cosa distinta en esencia del cuerpo mismo y aparte del cuerpo; ¿se contrae una fibra muscular? Pues ya se supone que otra fuerza la hace contraer; y milagro que no se consigue aislar ese agente; siente, piensa un animal, pues el animal no piensa; que quien tiene esta propiedad es otra cosa distinta del animal, que está en el animal, que no es el animal porque es distinto del animal, y que sí es el animal porque lo integra. Ya llegará el día en que esta facultad se pese, se mida, se aísle como un alcaloide y con ella se formen ciertas sales: un citrato de espíritu; un valerianato de alma que venderán los droguistas por gramos.

—¡Oh filósofos del dualismo, recibid mis plácemes más sinceros, y, sobre todo, persistid en vuestra creencia! Ya tenéis al animal hombre dividido en cuerpo y espíritu; el primero se pudre, desdichadamente, si no se le momifica; el segundo es cosa aparte; y basta para hacerle reaparecer, vestido de frac, una mesita trípode y un imbécil bípedo. ¡Gloria a vosotros!

—¿Qué prueba si no cuanto venís diciendo a propósito del sistema nervioso en el hombre? —continuaba Mirmepanthos—. El nuestro dentro de sus proporciones microscópicas, como que todo él con sus ganglios podría caber dentro de una célula gigante del sistema nervioso humano. Nuestro sistema nervioso engendra la personalidad de cada una de nosotras, no a proporción de su volumen absoluto, sino en virtud de su esencia: sensaciones, voliciones, actos variadísimos, en los cuales el hombre ha creído descubrir sentimientos y pasiones (in formica non modo mens, sed ratio, memoria); nuestra vida en sociedades, que se fundan en el gran principio de la distribución del trabajo. Todo aquello que nos caracteriza como seres, como animales, con nuestro para ellos maravilloso instinto: todo eso es obra de unas cuantas células y de algunas fibras de esa sustancia que establecen a través de la distancia inmensa que del hombre nos separa, un parentesco íntimo entre nosotras y él. Los mismos sentidos, las mismas necesidades nutritivas, la misma hambre, la misma sed, las mismas funciones de generación, el mismo amor a la prole y por sobre todo esto nos iguala y hermana la muerte, que nos es común. La idea de tamaño, que representa papel tan importante en todo orden de nociones humanas desaparece aquí y se anula como un factor estéril en el concepto de la vida. ¿Qué sustancia es esta tan mal estudiada hasta ahora y cuyas propiedades se manifiestan idénticas a través de las infinitas variedades de magnitud y forma en la serie animal? Recomendaría a nuestras jóvenes hormigas que dedicasen a su estudio la inteligencia que poseen.

—¡Inteligencia! —dijo el Naturalista—; bien sabéis que el hombre no nos concede sino instinto.

—Fuera de que los hombres no están de acuerdo sobre el significado de esta palabra, si es cierto que por instinto se entiende aquella suma de impulsiones (no reflexivas, claro está) que nos llevan a obrar de una manera particular a nuestra especie, no está el hombre menos sometido (por fortuna suya) a estas impulsiones que nosotras mismas.

¿Acaso está el hombre fuera de la Naturaleza? ¿No hay una modalidad anímica humana, distinta de la simiana, y fatal para el hombre como para otra cualquier especie animal? Si son idénticos en su organización los hombres, idénticos y fatales son los actos capitales de su vida. Fuera de esto: si sobre el gran parentesco y confraternidad que todos tienen por su identidad de naturaleza, la ley de la herencia trasmite a la prole las facultades y aptitudes de los progenitores, a tal punto que lo que fue en un hombre reflexivo y consciente llega a ser en otro no consciente, fatal e instintivo también, sucederá después de muchas generaciones que el grupo de instintos del hombre será cada vez mayor, con lo cual ganará indudablemente: así encontrará hecho casi todo el trabajo de la vida, como lo encontramos va nosotras en una buena parte: la ley es la misma para todos, señor Naturalista.

—Lo que hay es que nosotras hemos completado ya el ciclo de nuestra evolución anímica y el hombre está en sus comienzos. Esperemos que las delicadas facultades mentales que se van esbozando en algunos cerebros humanos se establezcan y se fijen de un modo más general en la especie y ésta adquiera así mayor distinción y más igualdad para la mayor suma posible de individuos. Pudiera probar sin esfuerzo que estos cambios se operan ya en la especie humana. Riamos, pues, de buen humor cuando nos hablen en tono despectivo de nuestro instinto. ¡Ay, cuántos siglos no necesitamos para que se fijasen en nosotras las cualidades que íbamos adquiriendo! ¡Todavía existen en el seno de esta sociedad individualidades, caracteres, distintos del común de las hormigas y llamados a desaparecer o a perpetuarse! ¿Lo pensáis así, Sr. Mirmepyros? ¿Tienen nuestras especies todas los mismos hábitos tienen todos los individuos de una especie el mismo carácter, las mismas aptitudes? Pues, este es el retrato del hombre.

Mirmepyros, violento ya, pugnaba por reprimirse y tenía en la punta de la lengua la contestación que a Mirmepanthos preparaba.

—No sé —dijo al fin— con qué propósito me increpa Su Señoría; mas debo manifestarle, que no fue nunca la filosofía en que él se ocupa, manjar de mi gusto: no soy inclinado a los desviaros que su Señoría cultiva con tanto ahínco. Hay axiomas, postulados, teoremas, lemas y escolios que aprender. Existen en todas las ciencias que aquí se cultivan, nociones de buena ley que encaminan, disciplinan y adornan el espíritu de una hormiga inteligente y culta que debe saber a ciencia cierta lo que sabe. Se lee lo bueno y se aprende de memoria, no se desvaría poco me importa que el hombre sienta como nosotras y que deba su sensibilidad al sistema nervioso y que la conciencia sea o no una función de éste. En más tengo saber la lista de todos los reyes que se han sucedido en la monarquía fórmica desde Arcomirmes I al que hoy nos rige. El hecho, el hecho concreto, y no otra cosa me interesa. En cuanto al Naturalista que ha provocado aquí esta discusión, espero que concluya para darle el merecido correctivo.

—Poco me restaría que decir si no hubiera de llenar un deber científico continuando —dijo sin darse por ofendido el descubridor del macrocosmo—; yo expongo los hechos por mí confirmados; a la Sociedad toca sacar de ellos las conclusiones que quiera. Y son muy dueños aquí todos de ponerme los reparos que crean oportunos. Continuaré: Si son evidentes las correspondencias que hay entre nuestro sistema nervioso y el del hombre, no son menores las que existen entre los otros que punto por punto nos integran. Respira el hombre como nosotras el aire atmosférico. El oxígeno de este representa el principal papel en el acto respiratorio y tiene como nosotras un vasto aparato traqueal por donde entra el aire a ponerse en contacto mediato con su sangre en una serie de vesículas que desarrolladas no miden menos de 200 metros cuadrados; esto en lo que ellos llaman pulmones; que el hombre también respira por toda la piel externa, y aún por la interna: la función es la misma, y semejantes los aparatos que la desempeñan; en todo lo cual, pese a mi colega el Sr. Mirmepanthos, se descubre sin esfuerzo la unidad de plan.

—La sangre del hombre es roja con varios matices en este color; la nuestra con no tenerlo tan vivo, encierra como la de ese mamífero elementos figurados, glóbulos, animados de movimientos amiboideos. Tiene el hombre como nosotras un corazón, y en él, como tiene el nuestro, diversas cámaras; circula su sangre como la nuestra.

Su canal digestivo se divide como el de la hormiga en tres partes: posee el hombre como nosotras un estómago, digiere; y absorbe una red quilífera el producto de su digestión como absorbe nuestro ventrículo quilífico el producto de la nuestra: su nutrición es en el fondo la misma de que depende nuestra vida: este animal es omnívoro, como omnívoras somos nosotras; y está averiguado que ha sido en casi todos los pueblos hoy civilizados, antropófago, como sigue siéndolo todavía en ciertas regiones apartadas del globo. Un anexo de nuestro aparato digestivo, los tubos de Malpighi, aparato urinario nuestro, tiene su equivalente en el riñón del hombre ¡Ay, lástima que una inteligencia superior como nuestra hermana Mirmépanthos, presa de una obcecación tan absurda, no reconozca conmigo la existencia del plan ideal del Supremo artífice del hombre y de la hormiga! ¡Aquí vería cómo encargó al riñón en una y otra especie esas funciones!

—¿Y querríais —dijo con benevolencia el aludido—, quemáis al encontrar riñones en el hombre y riñones o cosa parecida en nosotras que los del hombre desempeñasen la función del estómago, por ejemplo?

—Yo no querría nada; sino que lamento vuestra obcecación —contestó el Naturalista algo corrido.

—Yo soy quien quiere advertiros —dijo a esta sazón Mirmepyros— que no estoy dispuesto a oír hasta el fin, sin protestar, vuestras consejas. Si la Sociedad Real se complacen escucharas y acepta como bueno vuestro pretenso descubrimiento del hombre, yo os probaré que el hecho es antiguo y os arrancaré aquí mismo la máscara a la faz de todo el pueblo fórmico!

Y echaba fuego por los ojos la brava hormiguita.

El Macrófago irritado ante aquel brutal exabrupto se incorporó en su sillón, y dispuesto a respetar siempre las prácticas reglamentarias; pidió la palabra.

—La tengo yo —contestó Mirmepyros— y no he de cedérosla. ¡Harto habéis hablado ya! ¡Señoras —continuó, dirigiéndose con fuerte vibración antenal a la Asamblea estupefacta—, señoras!: ¡puedo probar aquí con textos irrefutables que el flamante descubrimiento de nuestro compañero es tan antiguo como el mundo, puedo probar que ha querido sorprender nuestra buena fe, que nos ha burlado groseramente!

Un murmullo de desaprobación acogió estas últimas palabras, demasiado crudas aún para hombres.

—Sí —continuaba Mirmepyros en la embriaguez de su odio triunfante—; sí, el pueblo de las hormigas tenía, de largos siglos atrás, noticias de la existencia del hombre: es más, las hormigas y los hombres vivieron en épocas remotas en íntimo contacto; fueron una sola y misma cosa.

—¡Imposible! —gritó el Naturalista, con aire de profunda convicción—. ¿Imposible? Pues vedlo, si no: despoblada la isla de Egina por una peste que suscito Juno contra los hombres que la habitaban, Júpiter tuvo a bien repoblar aquella región con hormigas, convertidas por él en hombres para consolar al desolado Eaco. Ved como el bueno de Telamón anuncia a su padre el prodigio.

Speque fideque, pater, dixit, majora videbis.

Egredere.

Salió Eaco y se encontró de manos a boca con el pueblo recién nacido, a cuyos individuos llamó en memoria de su origen Myrmidones: pueblo económico; parcum genus est patiensque laborum, y todo lo demás que dice el Poeta.

—¿Y decís que las hormigas se convirtieron en hombres?

—Y que inmediatamente fueron enviadas bajo su nueva forma en auxilio de Egeo, y que pelearon heroicamente.

—Pero esa metamorfosis es imposible, Mirmepyros. ¿En dónde se han visto hormigas convertidas en hombres?

—Allí mismo en donde un hombre se convierte en lobo, una mujer en laurel y otra en ternera; en donde otra muchacha toma la forma de una osa y alguna la de un cisne; en donde el jefe supremo de los dioses se convierte en toro: ¿Queréis más?

—Mitología, fábula, mentira, dijo el Macrógrafo.

—¿Mitología? ¡Pues allí tenéis a Nabucodonosor convertido en buey! No os escapareis por la tangente, señor Naturalista; contestad a este dilema. O sabíais todo esto, en cuyo caso está patente vuestra superchería; o lo desconocíais, y queda probada vuestra ignorancia: Quod erat demostrandum.

El Naturalista volvió los ojos a la asamblea como tomándola por testigo de aquella gran injusticia; pero Mirmepyros sin darle tiempo a reponerse ni a salir de su asombro continuaba:

—También es cosa sabida que hormigas de una especie gigantesca desempeñaron papel importante con hombres, diablos y grifos en un poema harto oscuro de un poeta alemán; y en cuanto a la novedad de vuestra fábula toda ella es mala copia del viaje de Guliverio a Lilipucia y tiene más de una reminiscencia de las Aventuras de Micromegas.

Myrmepyros no cabía en sí de gozo, y paseaba sus miradas triunfantes por todos los ángulos del salón.

El Naturalista, pálido, demudado, había intentado, aunque en vano, poner reparos a aquella agresión.

—Acabaréis por volverme loco —prorrumpió al fin, y dirigiéndose a la multitud—: Juro por cuanto hay sagrado para una hormiga, que no tenía conocimiento de ninguno de esos hechos a que se refiere mi contrario; mi enemigo el Sr. Myrmepyros. Sólo un espíritu infernal pudiera haber sugerido a mi contrario esas ideas. El hombre y el macrocosmos han sido descubiertos y estudiados por mí. Sin duda de ello este concurso, que lo diga, y me retiraré, sine ira et sine odio, a la vida privada.

Y dichas estas palabras, le asomaron las lágrimas a los ojos.

Hubo un momento de grave silencio entre las hormigas, que fluctuaban en aquella difícil coyuntura:

—¡No, jamás! —exclamó una voz profundamente simpática al Macrógrafo—; le creemos y hemos creído siempre bajo su palabra; yo, por otra parte, puedo dar fe de su descubrimiento.

Era Myrmepanthos. Aquella voz determinó una corriente de simpatía hacia el acongojado sabio: mil antenas vibraron al unísono.

—¡Viva el Naturalista! —dijeron, y Myrmepyros sintió penetrar como gotas de plomo derretido aquellas voces en sus oídos de hormiga.

Triunfaba, como se ve, la inocencia, y Injusticia se abría paso en aquella microscópica multitud. Excepción hecha de Myrmepyros y de Oligomyrmes, todas comprendían allí que el Maerógrafo no podía haber tenido noticias del macrocosmos antes del descubrimiento, todavía reciente, del macroscopio. Además, ¿no estaban allí ellas, que sabían de sobra que el hombre no podía ser visto sino con auxilio de aquel instrumento?

Si Myrmepyros había averiguado todo lo que dijo, su averiguación fue posterior al descubrimiento del hombre; y aún dando de barato que la mitología fórmica hablase de ello, esto no invalidaba los trabajos que el Naturalista había llevado a cabo, y de que había dado a la sociedad tan bella muestra.

Las hormigas desmintieron, pues, en aquella ocasión, esta desoladora afirmación que de los hombres hizo un poeta, no pesimista por cierto.

—La chusma adora cuanto inventa el odio.

Y el Naturalista pudo consolarse repitiendo estos versos que felizmente no ignoraba:

¿A qué mártir, apóstol o profeta,

A qué artista, guerrero o trovador,

No le ha arrancado la mordaz saeta

De la calumnia un grito de dolor?

(«¡El hombre nuevo!»)

En tierra de hombres se hubiera expurgado un poquito más el asunto, y el triunfo del Naturalista no hubiera sido tan completo ni tan fácil. Porque, bien miradas las cosas, esto de tolerar que uno se eleve así de repente sobre el nivel común, es cosa para hacer rabiar al más santo: se le disputa palmo a palmo el terreno, pónensele, al que quiere surgir, trabas; se le aísla, se le secuestra, si es preciso, y se le mira en todas ocasiones con no disimulada antipatía. Circulan por sus canales ordinarios las corrientes del saber o de la fe en las sociedades humanas.

Siéntese el hombre feliz; posee una noción y una creencia, y puede abandonarse tranquilo y sosegado al goce de la vida: todo manjar le es sano, mullido todo lecho: el hábito le sujeta con blandos e invisibles lazos a las prácticas consuetudinarias de la profesión o del rango social: el instinto sucede y suple con ventaja a la reflexión, siempre fatigosa: embótase la sensibilidad, duerme sin estímulo el ingenio perezoso, y deslizase como en lago tranquilo impelida por ocultos y sordos remos, la nave de la vida: lleva el hombre el contento en el corazón, vivit beatam vitara. Sonríe, Y, cuando entre dulces y largos bostezos modula a media voz el himno de la felicidad, ved aquí que surge de repente otro hombre que trae una divisa nueva, que enseña otra verdad, que defiende y sustenta otras creencias, y que perturba o destruye para siempre la inefable beatitud de aquella vida. ¡Mil veces execrado el perturbador!

Revuélvese feroz el viejo creyente contra el sectario de la nueva fe: levantan todos contra él la voz y el grito; enciéndense en ira los corazones, ármanse los antes perezosos brazos, y queda lapidado el impío. ¡Ay del hombre nuevo! Apóstol, filósofo o poeta, una es su suerte.

Nosotros los hombres sabemos, por otra parte, que en esto de los descubrimientos de mundos, es necesario andarse con pies de plomo. Que los más de los que se descubren estaban descubiertos, y que sus pretensos descubridores merecerían todos que se les tratase como trataron los españoles al iluso de Colon. ¡Y eso que no sabían entonces la historia del descubrimiento genuino de Vin land!

Pero no se crea que el Macrógrafo había podido soportar sin quebranto emociones tan profundas. Se demudaba a ojos vistas, temblábanle las antenas, se congestionaba, y era inminente, ajuicio de todos, una apoplejía. Ya Myrmepyros, ebrio aún de odio, se disponía a escupir el cadáver, cuando, levantándose de entre la multitud un físico famoso, gran sangrador, que allí estaba, muy conocido por su filoformia, le cortó al mal parado sabio un artículo de la antena izquierda, y le dio a beber un cordial.

—Bien puede morirse —decía sin temor de ser oído, Myrmepyros—, ganancia hará con ello.

Pero no: no estaba escrito, ni pudiera serlo en todas sus partes este cuento. El sabio sobrevivió a aquel terrible accidente.


IV

Algunos amigos discretos a, quienes referí, antes de escribirlos, estos verídicos aunque inverosímiles sucesos (Le vrai, peut quelques fois, n’être pas vraisemblable) me aconsejaron, al llegar a este punto, que pasase en silencio y callase este grave accidente del explorador del Macrocosmo; porque —decían ellos— no se concibe que después de un trastorno tan grave en los centros nerviosos quedasen éstos íntegros, y en aptitud el naturalista de continuar atinada y cuerdamente su exposición: que si lo declaraba así, sería cosa de inspirar sospechas muy verdaderas sobre la verosimilitud de los hechos que faltan por referir, y que no merecerían gran crédito ni estima las apreciaciones que de esos hechos hiciese un ingenio flojo ya de suyo, y pasado y huero después de la gran conmoción sufrida en aquel conflicto patológico.

Pero a esto decía yo: No, señores: Congestión cerebral no hubo; amagos sí, de ella; ni quedó hemiplégico el naturalista, ni tartamudo: aquel aflujo sanguíneo cerebral pudo ser muy bien un fenómeno fisiológico antes que patológico; pues está probado que no hay línea precisa de demarcación entre la salud y la enfermedad; y es cosa sabida que el cerebro no piensa sin un riego suficiente de ese rojo humor. Antes bien, sostendría yo que aquella ola sanguínea, puramente emotiva desobstruyó y destupió muchos pequeños vasos, cuyo calibre estaba disminuido, y con eso pudo circular y siguió circulando la sangre por entretelas nerviosas no usadas, y funcionaron celdillas cerebrales hasta entonces dormidas y perezosas; como debe de suceder en aquellos casos de amnesia curados de la noche a la mañana; o curados súbitamente, por la influencia de emociones profundas que imprimen nueva actividad a la circulación cerebral por la influencia del sistema nervioso sobre los vasos, de donde se originan cambios imprevistos en la conciencia, revelaciones de facultades hasta entonces latentes en el substratum de la personalidad: verdaderos cambios anímicos; y encontrándose en estos casos y por modo súbito el hombre en presencia de una faz desconocida de su yo exclama, como aquel que lo dijo:

Anche o sono pittore.

Por todo lo cual y por otras cosas que me callo sostengo yo, bien cerciorado de ello, que el talento del Naturalista se despejó y aguzó después de aquel accidente. Y si no, ahí está Pasteur que no me dejará mentir, el cual famosísimo químico sufrió años atrás, como todo el mundo sabe, de una congestión cerebral o cosa así, y salió de ella dotado de mayores y más perspicuas facultades intelectuales que antes.

Y, últimamente, que, dando de barato que éste sea un defecto de mi concepción, y de esta obrecilla, no hay obra humana que no los tenga; y no ha de ser la mia excepción a regla tan general y consoladora: que si defectos, de mí desconocidos, ha de tener por mala ventura mia y a mi pesar, este juguete, esta falta de aquí quiero cometerla a sabiendas; y váyase lo uno por lo otro. Y más últimamente todavía: que sería defraudar los sagrados intereses de los críticos de oficio, pedestres y estériles de suyo, esto do hacer —a ser cosa posible— una obra literaria sin defectos: que ingenios muy notables han errado sin quererlo en las suyas, y que, entre otros, Cervantes condolido quizá de los comentadores y críticos que habían de salirle a su obra, les dejó para hacerles colaborar (sin grande esfuerzo a la verdad) en su Quijote, más de un asidero por donde pudieran decir: —Tate, aquí pecó el maestro; aliquando bonus

Y así se ve ilustrada y taraceada hoy aquella sin par producción con notas tan profundas y eruditas como ésta: «No fueron tres, sino dos los días que tardó Sancho en su viaje, según la cuenta de D. Vicente de los Ríos en su curioso Plan del Quijote»; que estos desocupados satanases de comentadores y de críticos le han contado al libro, buscándole —donde no la tiene— la médula, las vocales y consonantes y hasta los ques en particular; por ser cosa de todos sabida que en obras de imaginación y de ingenio como aquella inmortal a que aludo, importa sobre todo contar las cosas con toda puntualidad cronológica y con exactitud científica sin que les falte ni sobre un ápice, porque si no, desdicen de la belleza artística…

Salga, pues, mi cuento como Dios y yo lo hemos hecho, y léalo el que lo leyere —si hay quien lo lea—, con toda la malevolencia que quiera y déjeme seguir adelante; más no, por amor de Dios, sin que yo me permita el inocente desahogo de comunicarme breves instantes siquiera con aquel que también dio vida a Cipión y a Berganza.

Te atisba, y hace por ti perenne centinela en las porterías de las Academias de la lengua, y alguna vez también en el salón de sesiones, la Crítica vulgar amojamada y atribiliaria vestida correctamente; caladas las antiparras, la pluma de ave en ristre en la derecha mano y so la izquierda sobre una mesa un amarillento pergamino, en el cual va anotando con nimia exactitud y estricta formalidad por orden alfabético los títulos gramaticales y literarios que le dan derecho al dominio de tu espíritu; aprisionado y todo entero allí, para ella, en un atrevido neologismo, en un rotundo período o en un concepto científico en ti ávidamente rebuscados.

Tal vez pudiera verse a un maniaco hurgando en una varilla el osario para rastrear y sorprender entre los despojos del carnero el alma de los muertos. ¡No, no encontrareis allí entre las frías letras el espíritu del Poeta: ni ese es de los vuestros; en vano pretendéis aprisionarlo entre las flojas mallas del vacío y grave psitacismo que sirvo de objeto a vuestro estudio y de fin único a vuestra siempre estéril vida! Los vuestros, vuestros hombres, lo saben todo a ciencia cierta; prontuarios vivos de todo saber, no dicen que Mahoma tuvo ídolos, ni cuando escriben pierden la cuenta de los días en que está ausente un personaje, ni olvidan que han perdido su asno, ni pudieran confundir con otro mortal al marido de Tulia ni otras cosas ques preterio; y si no se agregan una emoción al caudal de afectos de la vida humana; si no depuran y exaltan la sensibilidad del alma, mejorándola por la contemplación del ideal; si no dilatan la esfera del arte; si no dejan tras sí aprisionado en el mármol, en el granito, en el lienzo o en el libro su propio espíritu que burle la ley del tiempo y que se reencarne perennemente por la emoción estética en el espíritu del hombre de todas las épocas, en cambio, saben las cosas como deben saberse y no le hacen cargar a Sansón con otras puertas, distintas de las que arrancó su fornido brazo; en cambio son doctores, y llevan las celdillas cerebrales atascadas de hechos, fechas y números; de doctrina, en suma y de erudición indigesta bastantes á apagar para siempre en sus almas, si la tuvieran, la chispa de toda genialidad artística y de toda vida.

Mas ya que hablé de ti, dulcísimo amigo de toda mi vida, Cervantes peregrino, y con tan poca reverencia invoqué, por causa tan baladí, tu memoria, para mí sagrada en la acepción que el amor reverente sabe dar a esta profanada voz; consiente que esconda, como lo hice tantas veces, mi cabeza fatigada en tu seno abierto siempre a toda emoción.

En las páginas de tu libro, para mí tan caro, confúndense las gozosas lágrimas, que de niño yo, hizo brotar de mis ojos tu donaire no igualado, con las gotas de acerbo llanto que en mi ya larga vida de hombre hizo cuajar en mis pupilas la dolorosa decepción de tu vida que en tu obra toda se transparenta, o mi propia flaqueza por ti reconocida y contigo también llorada.

¡Ay! Dicen unos, que escribiste tu libro para combatir el gusto y desterrar el uso de los disparatados libros de caballería; tú también, acaso, lo digas. ¡No lo creo! Otros aseguran —y estos creen ser los más atinados— que quisiste combatir los caballerosos excesos del carácter de los viejos hidalgos castellanos. ¡No me persuadirán de ello! Hay en tu obra demasiada pasión para eso; con menos bastaba; y aquellos asuntos no hubieran podido inspirarla tan excelente. Los poetas y los sonadores como tú escriben cuando sufren: sus obras responden —aun en la forma que diste a la tuya— a los desgarramientos íntimos del alma; cuando sangra el corazón contemplando la maldad ajena o la flaqueza propia contrapuestas al ideal de suprema perfección que acaricia; cuando al extender los brazos amorosos para enlazar entre ellos esa luminosa forma, estrechamos contra nuestro seno, que se hiela de amargura y de espanto, el descarnado y feo esqueleto, solo entonces visible, de la realidad bastarda: cuando nos sentimos condenados a luchar perpetuamente con la fatalidad inexorable que nos desafía y que nos burla: cuando el alma se inmola ante su ideal, lastimado, mutilado quizás; pero no vencido, pero no destruido; lleno de humanas generosas energías aún en aquel instante en que se exhala el dolor en lágrimas, en que brota del corazón y del labio la imprecación amarga o esa histérica carcajada en que hay a la vez risa y llanto; risa para cohibir el dolor que mataría; pero no alegría en el alma.

Tu libro no es una creación meramente literaria: cualquiera que sea la trama en que está, con tanto realce, labrada tu obra, tú empapaste con sangre de tus venas aquella urdimbre: tus personajes principales son de carne y hueso, y tienen alma como la mia: aquel loco generoso siempre descalabrado, ese eres tú, soñador, que en caricatura te nos muestras, pugnando siempre, con más vigor quizás después de cada derrota, por alcanzar el ideal soñado; y Sancho, el mundo vulgar en que viviste: el mundo que recoge y cuenta con avidez los doblones de la maleta de Cardenio, cuando tú sin bajar la vista al suelo persigues y buscas entre las sombras del bosque al hombre para hablar con él de tu amor y del suyo: aquel Quijote que cae al cabo derribado por el Caballero de la Blanca Luna, y que desde el polvo sabe decir al vencedor:

—Aprieta, caballero, la lanza…

Ese eres tú también.

Acariciaba tu alma las aspiraciones del hombre de refinada sensibilidad y la fortuna te vedaba hasta los goces vulgares: ardía en tu mente la llama creadora del genio, aspirabas al aplauso, al amor quizá de tus coetáneos, soñabas con la inmortalidad que al hombre conceden alguna vez las producciones literarias, y ensayaste uno y otro género, siempre en vano; eclipsado siempre por rivales más cultos o más flexibles que sabían interpretar o adular mejor que tú el gusto literario de aquel momento histórico, no que sintieran mejor y más bellamente que tú: tu ingenio burlado en sus aspiraciones se revolvió contra tu propio corazón; clamó virilmente contra la gran injusticia que te hacía el destino, y con aquel clamor salió de tus entrañas vivo y palpitante, con la vida y la palpitación del poeta triunfante, tu libro; ¡tu alma entera, con las alas manchadas aún de sangre, pero redimida del olvido y de la muerte!

Shakespeare, el Dante, Goethe, Leopardi ¿qué son sino eso? ¿Porqué no tú también?

Perdóname, lector paciente, esta digresión no más ociosa ni más cansada que las que otros escritores se consienten, y continúa leyendo; que ya en el siguiente párrafo has de encontrarte de nuevo con los insectos de que venía hablando.

Pugnando, pues, el sabio naturalista contra su Haca organización de hormiga, no bien repuesto de aquel gravísimo accidente esgrimió con pasmo y admiración de todos, la antes muda antena; y aunque arrastrándola un poco, habló de nuevo. Y aquí te ruego lector que te pares a considerar conmigo los milagros que obra la voluntad, aun en cuerpos débiles; aun en cuerpos muertos, si ha de creerse aquello de:

La vita no, ma la virtu sostenta

aquel cadávere indómito e feroce.

En nuestro caso no era, es verdad, el valor, sino el tesón científico el resorte de aquella indomable voluntad. Mirmepyros lo vio ocupar nuevamente su sitial; y fue tanto su asombro, que le faltó, al principio, la acción, para oponerse a la resurrección aquella, y luego la voz para quejarse y protestar: que a tanto es poderoso lo imprevisto.

Si todos, en aquellos instantes, no hubieran estado como en suspenso, fijos en el sabio resucitado, hubieran podido observar que el Bedel Mayor de la Sociedad Real, después de recibir órdenes del Presidente, trasmitía a Mirmepyros la de abandonar en el acto el salón de sesiones. Aquel digno sujeto deseoso de prevenir conflictos entre el Naturalista y Mirmepyros había creído necesario tomar aquella medida, un tanto autoritaria, si se quiere; muy disculpable si se tiene en cuenta que Academias científicas humanas han cerrado por menos que eso sus puertas a más de un hombre distinguido, extranjero o autóctono.

La hormiga oyó sin pestañear la orden que le fue intimada con la mayor reserva, y salió de la Sociedad con tardo paso y siniestro ademan, envolviendo al Naturalista y al Presidente en aquella atravesada mirada que todos sabemos. No es cosa averiguada si a este tal le cosieron más tarde los ojos con alambre.

El orador que experimentaba una gran sed, muy del caso, pues había perdido gran cantidad de sangre, pidió de beber. Tres bedeles condujeron hasta su poltrona, en un fragmento de corteza de álamo, hasta media docena de rollizos pulgones que colocaron al alcance del Naturalista, el cual pensando en la próvida solicitud de Theomyrmes, decía interiormente con cierta beatitud y en mal latín:

—Proebet aquam sitietibus formicis.

Mientras, haciendo a los pulgones cosquillas con la antena, empezaron aquellos a segregar un jugo agridulce del cual bebió hasta saciarse. Hecho esto, prosiguió su disertación como aquí se verá.

—Creo, señoras, que con lo expuesto acerca de los caracteres generales del sediciente Rey del Macrocosmos, basta para daros idea comprensiva de este animal: me propongo por otra parte completar en una obra posterior mis estudios antropológicos, y ahora solo he de hablaros de aquello que juzgo de interés capital.

Este ser que se ha creído fuera de la animalidad, nace sin embargo, como la mayor parte de los animales, de un huevo; de un huevecillo no mayor que lo es primitivamente el nuestro. Y, a propósito: los hombres han tomado hasta hace muy poco tiempo por huevos nuestras larvas. Si el huevo del hombre se diferencia de los demás mamíferos es sólo en las dimensiones. Aconteció no hace mucho a uno de mis colegas, naturalista entre los hombres, que habiendo olvidado poner la señal correspondiente a un embrión humano, no supo luego distinguirlo entre otros; pues puede confundirse con el de un pájaro o con el de un reptil.

A fines de la cuarta semana de la vida, la diferencia entre el hombre y el perro es inapreciable; la divergencia comienza a principios del segundo mes. Mas no creáis que el hombre pone sus huevos como nosotras y que los incuba y nutre fuera de su cuerpo, no; conserva en su interior el huevecillo del cual se origina el embrión, y éste no nace sino cuando está ya perfectamente organizado; bien que todavía, después de nacido, sufra cambios importantísimos.

En estos cambios no paran los hombres la atención: a mis ojos su criatura sigue siendo feto después de nacida, con la diferencia de que el feto ha cambiado de matriz. Convendría que los hombres se fijasen en esto para bien de su especie. Pero veo aquí una particularidad notable del embrión humano. Este va presentando en las fases sucesivas de su desarrollo intrauterino caracteres peculiares (creo haberlo dicho ya, pero lo repito) de otras especies animales; así es hasta la cuarta o quinta semana, y muy embarazado se vería mi querido colega Mirmepanthos si quisiese negar que el plan supremo fue uno mismo para…

—¿Para el Rey de la Creación que se complace en vestirse en el claustro materno la vieja librea de sus estados inferiores en la escala zoológica? —concluyó Mirmepanthos—. ¿No es este vuestro pensamiento?

—Pudiera entender que me creéis darwinista, Mirmepanthos; y no es así —dijo el Naturalista.

—Pues lo parece; más como quiera que sea, ved cómo el embrión del hombre conservará en períodos ulteriores de su desarrollo el sello de ese parentesco patente en innumerables caracteres anatómicos y fisiológicos: ese embrión, y permitid que siga llamándole así, reúne y confunde hasta cierta época, en uno solo los dos únicos sexos en que está de ordinario dividida la especie humana.

—Aclarad eso de los sexos, Sr. Myrmepanhtos —dijo a esta sazón el Presidente.

—Nuestra especie cuenta con tres clases de individuos —contestó Myrmepanhtos; los machos y las hembras que cumplen con las funciones de la generación y los neutros u obreros que atienden al trabajo y policía de nuestra sociedad: la especie humana cuenta solo con individuos machos y hembras.

—¿Y quién trabaja entonces? —preguntó cierta hembra de la familia de las sanguinas.

—¿Quién trabaja? Trabajan los machos de la especie; las hembras, en los países tropicales civilizados pasan el tiempo engalanándose; en los climas templados suelen ayudar al macho quedándose en la cueva donde le preparan el alimento; y en algunos pueblos inculto trabajan las hembras; y los machos solo se ocupan de la guerra, cuando hay que pelear. Debo declarar, sin embargo, que hay en la especie humana actual y que parece haber existido siempre en ella cierta tendencia a dividirse como la nuestra en tres sexos.

Llámanse sus machos hombres; y mujeres las hembras; pero, hembras y machos suelen hacerse neutros por medio de una operación quirúrgica, si no es que anulan su sexo enclaustrándose y condenándose a perpetua esterilidad. La analogía no es perfecta, pero existe: un crítico complaciente diría que están como las hormigas, divididos en tres sexos los humanos.

—No lo admitiría yo —dijo un macho orgulloso, temeroso quizá de entrar algún día en la capilla Sixtina de su país.

—Y menos lo admitiríais, si supieseis que algún filósofo humano afirma que primitivamente los dos sexos se encontraban en un solo cuerpo; que es decir que no había sexos. Aún se dan ejemplos aislados de esta singular disposición sexual; pero es necesario tomar las cosas como son más generalmente. Como quiera que sea, debo hacer constar aquí que son durante la primera infancia del hombre tan semejantes en su forma y aún en su esqueleto los dos sexos que sus diferencias son inapreciables: los rasgos característicos del niño son más bien femeninos.

—¿Es a vuestros ojos primera en tiempo la mujer? —preguntó un Académico.

—Eso es lo más probable: ved si no qué sexo es el predominante en toda la escala zoológica. Si es hembra ante todo. Hembras abortadas son nuestros obreros; hembras imperfectas son los obreros de las abejas hembras son todos aquellos seres fecundos en sí y por sí mismos, y la voz parthenogénesis con que este fenómeno se designa, recuerda la virgen, la mujer, lo femenino; y no falta entre los hombres quien haya hablado de concepción sine concubito: mientras más lo medito, más me convenzo de ello.

Las hormigas hembras se bañaban con esto en un baño de rosas. Eva se hubiera regocijado como ellas.

Mientras semejantes propósitos mantenían vivo en las capas superiores de la Sociedad Real el interés que el estudio del Macrocosmos despertaba, surgían también de individuo a individuo y aún de grupo a grupo cuestiones incidentales no desprovistas de interés a las veces. Por supuesto que las hormigas no alcanzan, ni con mucho, a este respecto, la desembarazada distinción de que hacemos gala nosotros, cuando, sin pararnos en pequeñeces, ni vanos respetos y miramientos pueriles, interrumpimos con el rumor de nuestros comentarios y observaciones al orador en casos análogos, y hacemos de él mientras pugna en vano por vencer la turbación que experimenta, una verdadera vivisección poniendo con caritativo objeto de relieve sus defectos y deficiencias; acotando satíricamente y no siempre en voz baja al oído del vecino los conceptos del discurso que escuchamos, a retazos, para felicitar un momento después con sincera efusión a aquel mismo a quien hemos escalpado delicadamente.

No han refinado tanto las hormigas la moral y cortesía entre ellas en uso; y se mantienen casi siempre dentro de los límites del comedimiento rústico y vulgar. Así se explica que oyendo esto de la prelación de las hembras, un hormigón ya provecto, célibe, dijese en baja voz a otro macho y empedernido solterón de cabeza gris (grayheaded) que tenía a su izquierda:

—Buen chasco nos hemos llevado nosotros, camarada, que entendíamos ser los primeros en tiempo y en derecho: las hembras nos quitan el cetro de las manos.

Y el otro contestó:

—No me maravilla esta pretensión, amigo mio: hace ya tiempo que nuestros poetas tienden a divinizar el sexo débil; ¿no habéis oído hablar de lo Eterno femenino como de la simpatía suprema, del inefable encanto que sostiene al mundo?

—Jamás, amigo mío. Pero ¿qué os pone así tan meditabundo?

—¿A mí? Ah, sí: mi resolución formal de casarme esta primavera; decidíos y celebraremos juntos nuestras bodas.

—Nuestros funerales diréis, mejor.

—Bien: nuestros funerales. De un modo u otro ¿qué es la vida sino la muerte? Vivamos un instante. Lo demás, ¿qué importa?

—Eso a vos. En cuanto a mí, repito con el otro: Timeo danaos

Y mirando con cierta recelosa mirada al amigo consejero, se escurrió, y fue a tomar asiento a gran distancia de él, palpándose el cuerpo como para certificarse de que aún vivía.

La sesión seguía su curso.

—Y ahora que caigo en ello —decía una matrona—, los machos mueren no bien nos fecundan; nosotras subsistimos y somos la única garantía de la conservación de la especie. Se dan casos de fecundación sin elemento masculino en las abejas. ¿No pudiéramos, señoras y hermanas echar a un lado y desechar esos imbéciles maridos nuestros de un instante?

—No puede ser, señoras, no puede ser, les dijo el Presidente, bondadoso y cortés como siempre: eso es imposible, para vosotras, al menos.

—¿Y porqué no, ¡veamos!, si se nos antoja?

—Por que habéis de saber, que si la parthenogénesis produce indiferentemente machos y hembras entre los Coccidios, Pulgones y Cynipidos, no así entre los himenópteros que viven en colonias, pues estos últimos producen por parthogénesis solo machos, ¿lo oís? ¡Machos! Pudiera sucederos esto, y ya veis que empeoráis la situación.

El Presidente les hizo al terminar un saludo no exento de burla. Las hembras rebeldes se miraron en silencio y juraron no aceptar galanteos en toda una primavera.

Bien habrá visto el lector discreto algún caso semejante en las de su especie; y habrá tenido ocasión de comprobarla inquebrantable firmeza de estas femeninas resoluciones. Allá por Grecia hubo años atrás, trocados los papeles, un conflicto idéntico, que la sabiduría de un famoso legislador conjuró a tiempo. Está visto que estos choques han de ser eternos: hasta los inocentes y pintados pajaritos se dan de picotazos y se lastiman brutalmente antes de aparearse, en la época del celo, como si el amor mismo, en la vida animal, no estuviese purgado de ese fomento de odio y de pugna que todo lo inficiona aquí abajo.

—¿Y en qué época se fecundan estos animales? —preguntó el Presidente al Naturalista que callaba, sumido al parecer, como Mambres, en profundas meditaciones.

—En toda época. Nosotras, como es sabido, damos al mundo nuestras larvas en primavera y las entregamos a las obreras que las educan (educit nutrix) y las amaestran para la vida con la mayor solicitud y discreción: las larvas se cambian en pupas en sus envolturas de seda y se desarrollan y transforman, unas en obreras sin alas, otras en individuos sexuales provistos de alas, que se elevan a la atmósfera para hacerse el amo; pero la hembra del hombre cría ella misma su hijo único; aunque en ocasiones lo arroja a la vía pública por deshacerse de él.

—¿Qué decís? —clamaron indignadas muchas obreras nodrizas que allí había.

—Lo que tenido el dolor de observar yo mismo.

—¡Infames!

—¡Pobrecitos!

—¡Monstruos!

Estas palabras de maldición llenaban los ámbitos del salón de sesiones; por donde se ve que las hormigas, llegado el caso, saben sentir también. Exageraban, quizás, un poco, aquel sentimiento ¡Bien se echa de ver que no conocían las excelencias de las casas de maternidad!

Pero, ante aquella revelación de la crueldad humana, habíase conmovido hondamente el corazón de las nodrizas obreras; y una entre ellas que era poetisa por más señas, se adelantó hasta el centro del salón y entonó, acompañando el canto de acompasados movimientos, el himno de la maternidad fórmica. Decía así:

«La hormiga tiene un corazón sensible, un corazón que ama a los hijos de su tribu.

»La obrera es la nodriza; obrera es la nodriza de larvas que no nacieron de sus entrañas; pero que son los hijos de la patria.

»¡Vedlas! Esta sale de caza a buscar el sustento del día; aquella parte para la guerra y va a derramar su sangre en aras de la independencia nacional; pero ninguna es tan generosa, ninguna es tan heroica como la obrera madre, que asegura la vida de la prole de donde saldrán el guerrero, el agricultor, el sabio y el poeta ¡Miradla! Allá en lo hondo de la caverna, de pie, erguida, vigilante en torno de la ninfa, pronto a defenderla siempre y a morir por ella, acendra en su estómago los delicados jugos que dará con su amante boca a la hambrienta larva.

»Cuatro veces, cuatro veces al día vierte su labio próvido el licor vital en aquellas boquitas siempre ávidas.

»Ya la larva es hormiga: el cuerpo hasta entonces torpe deja el frio sudario: ya la larva tiene alas, comprende su destino, y tiende hacia la luz y quiere remontarse al espacio infinito: anhelan confundirse en las regiones donde es puro y transparente el aire; sus aspiraciones las arrastran hacia otra vida mejor.

»¡Pobrecillas! El día está húmedo: las alillas de los efebos están aún mal seguras. ¿Qué sería de la prole si se la dejase abandonada a su ciego instinto de libertad?

»¡Esperad, esperad unas cuantas horas, pocas horas (siempre será temprano para ello), y remontareis el vuelvo y os fecundareis en la región de las nubes y fundareis una nueva colonia que perpetúe los hábitos de laboriosidad y de virtud de vuestros mayores!

»¡Ay! Ya el sol calienta! Ya se apodera de ellas la fiebre irresistible de la vida que todo lo consume y todo lo quema en el gran incensario del amor; ya rompen la valla, ya vuelan, ya se pierden en el espacio.

»¡Hijas queridas, hijas de nuestras entrañas; volved la vista un instante y dad el último adiós a vuestras madres desoladas en el hogar vacío!

»¡Ninguna, ninguna se detiene! Ya entraron en el tumulto de la vida: el torbellino las arrebata y las dispersa!

»¡Oh madres, oh madres!».

Las hormigas todas habían escuchado con recogimiento la canción; algunas, emocionadas hasta el enternecimiento, lloraban.

No es más conmovedor a nuestros corazones un areyto de Anacaona; de la poetisa india sacrificada por el rudo conquistador.

Mirmepanthos que desconfiaba de las emociones tiernas como contrarias a la verdadera pesquisa científica, las sacó a todas de aquella contemplación poética.

—Decidnos, Sr. Naturalista, de este hecho del predominio de lo femenino ¿no han sacado los hombres alguna conseja, no les ha servido para establecer, por ejemplo, que el primer ser de su especie fue una hembra?

—¡Muy al contrario! Creen que fue un varón.

—¡Qué falta de lógica! —dijo Mirmepantos.

—Quizá confirme la embriogenia del hombre vuestro parecer, que no es por cierto el de los sabios, querido colega: el embrión humano es primero hembra; bien pudo ser que existiese en el mundo sublunar primero la mujer que el hombre y que éste naciese de aquella por parthenogénesis. Se han dado casos.

—Será este un punto que dilucidaremos más tarde, dijo el Presidente. En cuanto a mí, agregó, me inclinaría a creer que la diferenciación de los sexos es cuestión de nutrición, y de menor o mayor desarrollo de ciertos órganos del embrión. Bien sabéis que las abejas hacen de sus huevos a voluntad, sus hembras y sus machos: Natura es semper sibi consona.

Todos admiraron la profundidad de aquel concepto; y sobre todo, el aforismo que a modo de epifonema lo completaba y resumía. Hay que confesar que los viejos pensadores del buen mundo antiguo lo observaron y lo dijeron todo: y que lo observaron y lo dijeron bien, y de una vez para siempre. Cuanto se ha vivido y cuanto se ha pensado después, huelga en la vida y en la mente de la hormiga y del hombre.