Calófilo

I

Conocí y traté íntimamente allá en mis mocedades a cierto joven singularísimo, cuya historia quiero hoy contarte, si no para tu ilustración, para entretenimiento de tu espíritu. Confieso que tengo la convicción de no poder hacerlo con acierto, porque está pálida y descolorida mi memoria; mas, no será esto parte bastante a que yo desista de mi propósito; que aquello que falte de exactitud a mi cuento, ni tú, lector, podrás echarlo de ver, porque no conociste a mi hombre; ni él mismo podrá echármelo en cara porque ha tiempo que desapareció de entre los vivos.

Tenía mi amigo por nombre el de Calófilo. No sabría decirte quiénes fueron sus padres, ni contarte una a una sus niñeces; y juzgo que tú cuerdamente harás caso omiso de tanta sandez como pudiera aquí enjarretarte a imitación y estilo de biógrafo. Baste, pues, que sepas que trabé conocimiento con él muy entrado ya en los dieciocho años. No más de ésos contaba yo, y con ello dicho se está que se comprendieron nuestras almas y que nos amamos como se usa en esa venturosa edad.

Descubriome su alma, hizo que vieran mis ojos en su parte más recóndita, y vi en ella lo que sólo mi indiscreción te haría saber. Era uno de esos seres de exquisita sensibilidad estética y moral, de sensibilidad enfermiza, como ha dicho el primero de los líricos hablando de su propia alma.

Los que creen que el genio es una neurosis vesánica hubieran podido confirmar esta opinión estudiando a Calófilo. Exagerado por extremo, todo sentimiento era una pasión en su ánimo, sufría siempre, sus ideas se desarrollaban mejor cuando padecía; necesitaba, por decirlo así, que el dolor sazonase los frutos de su alma, si no había de estar condenada a perpetua esterilidad. Con todo esto era, y por esto mismo quizás, una imaginación vivísima, y poseía en alto grado las condiciones del vidente de todo sentimiento culpable su alma, podía dilatarse en ella la mirada como en el azul de nuestro cielo; era profunda, pero sin sombras. Poeta sobre todo, soñador, ¿qué venía a ser la vida para él? Amar al hombre, amar la naturaleza, amar lo bello en todas sus manifestaciones. Creíase colocado en el mundo para disfrutar de los bienes de la creación en comunidad con las demás hambres, su individualidad no se había destacado aún del fondo de su conciencia, y vivía en la sociedad que le rodeaba como la rama en el tronco de donde toma la savia.

¿Quién se hubiera atrevido a decir a Calófilo que la ley de la fuerza impera hoy en la esfera del pensamiento y de la acción con tanto vigor y energía como en los albores de la sociedad humana? ¿Quién? Por una aberración de su espíritu, producto naturalísimo de su idiosincrasia, los sentimientos altruistas aparecieron en él antes que los egoístas, y era humanidad antes que hombre; su yo, su conciencia, no residía en él sino en los demás.

No pretendo hacer en este cuento una monografía, si no, gustoso, describiría ahora todos los rasgos de su carácter y haría una larga incursión en el campo fronterizo de la razón y la locura, en donde suelen manifestarse y brillar estos caracteres y sus análogos que esperan aún que la ciencia les asigne un lugar en uno u otro campo.

Quién sabe, por otra parte, si, al paso que vamos, no alcance tal preponderancia sobre los otros el sistema nervioso que, al cabo de cuatro o cinco generaciones, con el ejercicio casi absoluto del órgano del pensamiento y nuestros vicios, quién sabe, digo, si los hombres nacerán con un cerebro enorme y será el neurosismo el estado habitual y la salud misma. Pero volvamos a Calófilo. ¿Que era poeta dije?

Aún acaricia mi oído la música de aquellas estrofas suyas en que rebosaba el sentimiento más delicado. Solía recitármelas como quien se dirige a esos seres invisibles a los profanos y que ve únicamente el que se inspira. En uno de sus arranques de inspiración me dijo alguna vez:

—¡Oh!, dadme la lira y cantaré mi Ilíada; dadme el cincel y encarnaré mi ideal de lo bello bajo otra forma en el mármol como Fidias; dadme la paleta y pintaré como Apeles; dadme la clave de esta música que yo escucho en dulce arrobamiento al nacer el día o al morir la tarde y llenaré el mundo con una melodía infinita.

Y en otras ocasiones:

Yo amo al hombre —prorrumpía—, yo no vivo en mí, soy solidario de todo lo humano, yo me siento noble y grande con la ajena grandeza, y pequeño, débil y pecador con el que peca. No hay un dolor que no me pertenezca, no han derramado los hombres una lágrima que no haya caldeado mis mejillas.

Así pensaba, así sentía Calófilo, diré mejor.


II

Había perdido de vista por espacio de dos años a mi amigo, cuando en cierta ocasión di con él y le vi tan cambiado físicamente que estuve a punto de no reconocerle. Estaba, además, serio, grave, taciturno, y había en la expresión de su semblante algo de eso que debió verse en la cara del viajero sorprendido por la Esfinge. En medio de esa multitud de confidencias que se hacen siempre los amigos cuando han estado largo tiempo separados, descubrí en él sentimientos que me eran desconocidos y una exaltación tal de ideas que me sorprendió dolorosamente. Había en su espíritu un fondo de amargura bastante a envenenar toda una existencia; pero la exageración de su dolor era terriblemente lógica, abrumadora, contagiosa. Había sufrido, había sufrido mucho, y era necesario sufrir con él.

Cuando, como mi amigo, se ha nacido con una imaginación ardiente; cuando se tiene un corazón puro y bastante vigor moral para justificar, santificándolos, todos los afectos que se sienten; cuando por desgracia el mundo no da ejemplo ni de justicia ni de bondad, el que así siente se prepara sin sospecharlo a recibir muy duras lecciones de la experiencia. Hay entre estos seres y la sociedad un antagonismo latente que tarde o temprano ha de provocar grandes conflictos entre ambos. Esos conflictos no se hacen esperar y el individuo que choca contra el muro inquebrantable de la opinión y la costumbre se hace pedazos sin que llegue siquiera a conmoverlo; entonces los desgarramientos de esas almas puras, entonces las agonías de un espíritu que naufraga, que se ahoga falto de medio apropiado en que desarrollarse convenientemente. En este combate sucumbe casi siempre el individuo, no sin que antes lance su amarga protesta al rostro de aquéllos por quienes fue anonadado.

Sucumbe casi siempre, dije, porque no sucumben todos. Espíritus vigorosos hay que dotados de una suma prodigiosa de vitalidad moral o artística se imponen al mundo y le imponen su ideal. Estos espíritus se apoderan de las fuerzas ocultas de la sociedad en que se desarrollan y le dan su propio carácter, su fisonomía, tiranizándolo todo con ese elemento poderosísimo de fascinación y tiranía que se llama genio. Pero Calófilo no era un genio; sus fuerzas eran todas, por decirlo así, subjetivas, no era hombre de acción; alma sensitiva que se replegaba sobre sí misma al primer choque con lo exterior y que gastaba en el dolor toda su vitalidad. La fuerza que hubiera podido descargar sobre el mundo reaccionaba descargándose sobre su propio ser. Por un fenómeno análogo convierten ciertos espíritus las faltas ajenas en propias, y se empapan con morbosa avidez de cuanto dolor hay en torno suyo.

Calófilo había sucumbido o estaba a punto de sucumbir después de uno de aquellos conflictos. Ésta es una de las formas en que se ejerce la lucha por la existencia, the struggle for life se verifica en el orden moral y en el campo de la inteligencia como en el orden físico, los mismos antagonismos, la misma ley de acomodación al medio, todo.

—¿Qué haces ahora? —pregunté a Calófilo al despedirnos.

—Estudio —me respondió—, estudio filosofía, se ha abierto con ella un campo más vasto a mi inteligencia y empleo más provechosamente sus actividades.

—¿Y la poesía?, tu poesía —interrumpí yo.

—¿La poesía? ¡Abandonada! No escribo versos ya, sino a pesar mío, no quiero pasar la vida en estéril contemplación.

Aquello me admiraba, no sabía qué pensar de un cambio al parecer tan radical.

—¿A qué escuela perteneces? —pregunté.

—A ninguna —me contestó—, busco la verdad dondequiera, sin que crea que ésta se halla vinculada en ciertos sistemas mejor que en otros, pero si a alguna parte hubiera de inclinarse mi espíritu, seguiría la corriente de las ideas modernas. Las escuelas han muerto para siempre en filosofía. Hoy existen sólo direcciones individuales y todas ellas caben y huelgan dentro de la tolerancia de la época, dentro de la duda filosófica que todo lo invade.

Nos fue forzoso interrumpir aquella conversación y nos despedimos prometiéndonos que nos veríamos en breve.

Este joven, pensaba yo (y no te extrañe que así pensara, pues siempre fui hombre de más calma y de menos pasiones que mi amigo), este joven no tiene todavía esa madurez que alcanza el espíritu cuando llega a ser espectador de sus propios fenómenos. Todo este ardor filosófico no es sino una mera forma de su entusiasmo lírico. Había observado yo cambios semejantes en mi ser moral e intelectual; pero estos cambios se habían operado sin sacudidas. Evoluciones y no revoluciones, ni turbaron mi inteligencia ni oprimieron nunca mi corazón.

Lector, quienquiera que seas, tú habrás pasado también por ellas. Se cambia incesantemente, y al hombre del pasado sucede el hombre del presente en esa necesaria mutabilidad del sentimiento humano, que quizás sea su condición indispensable de progreso. Tú no extrañarás ese cambio no menos natural en mi amigo por ser más rápido; y si te extrañan todavía esos matices de conciencia en un mismo ser, ve, yo te lo encarezco, a buscar su causa y razón en la ciencia del alma, y de paso aprende por qué pueden existir en un mismo individuo dos conciencias opuestas que se excluyan tal vez sin que rompan la unidad del sentimiento de la personalidad en el individuo en que se manifiestan. Tú dirás que esto es patológico. Bien, yo hablo de un alma apasionada y tú sabes que pasión es casi enfermedad, si no lo es por entero. Repito, sin embargo, que yo no experimenté nunca esas pasiones; bien que yo soy de temperamento linfático y mi amigo era todo nervios. ¡Qué de consideraciones no apuntaría aquí sobre materia tan fecunda, si no me entretuviese el cuento de esta historia!


III

Amaneció un día en que me acordé de la promesa hecha a Calófilo y me encaminé a casa de mi amigo. Le hallé inclinado sobre su bufete, en actitud preocupada y rodeado de libros. Tan absorto estaba que no había oído el ruido de mis pasos. Puse mis manos sobre sus hombros y sólo entonces fijó la vista en mí.

—¿Estás enfermo? —pregunté.

—No —contestóme, después de un momento de silencio—, me había despedido del mundo y me sorprende verte, hubiera preferido estar solo.

Diciendo esto trató de recoger algunos manuscritos dispersos sobre la mesa por sustraerlos quizás a mi curiosidad.

No sabía qué pensar de la actitud de mi amigo, ni podía explicarme aquella irregularidad de su conducta. ¡Qué estupefacción dolorosa se marcaba en toda su fisonomía! Pensó por un comenté que acariciaba la idea del suicidio, y, con esa autoridad que dan las viejas amistades, tomé la hoja de papel que tenía bajo la mano, y leí en ella estos versos:

Poeta: cuando rendida

La fatigosa jornada

Vuelvas el cuerpo a la nada

De donde tomaste vida

¿Qué musa compadecida

Hará durable tu historia,

Ni tu fenecida gloria

Con dolor recordará?

¿Quién piadoso guardará

De tu vida la memoria?

—¡Oh! —exclamé interrumpiendo la lectura—; temía algo peor, y no encuentro más que tus viejas melancolías. Pero ¿a qué esa declamación eterna, a qué ese anticiparte a sufrir un dolor que sólo existe en tu imaginación? Te creía curado ya de estas pequeñeces, amigo mío.

—¡Curado! ¿Curado de qué? Yo quiero —dijo exaltándose— concederte que mi temperamento me condene al dolor, quiero concederte que el dolor es una ilusión; pero, dime, ¿por qué he de ser responsable de ello? ¿Qué cordura es la de esa opinión que me hace un delito de mi propia desgracia? Vosotros, tú y tu mundo de seres indiferentes y fríos, egoístas y calculadores, no concebís que exista una verdad fuera de lo que declaráis por tal; vosotros quisierais vaciar todas las almas en el molde de la vuestra, negar todo lo que no sea vuestro, condenar todo lo que no haya salido de vosotros. Ésa es la filosofía que me propones como modelo. Cuentas con dos grandes elementos de consuelo y de vigor en el dolor: el desprecio, el desprecio por todo aquello que no te conviene, y el odio hacia todo lo que te contraría. Con estos dos elementos rehaces tu personalidad cuando ha sido trastornada por lo exterior. Eso me aconsejas, ¿no? Que odie, que desprecie, que cierre los ojos, voluntario ciego, a la verdad, cuando es dolorosa para no confesármela nunca; que cuando vacila el espíritu sin una creencia, porque nada puede creerse, elija una afirmación, una afirmación cualquiera que sirva de punto de apoyo a las fuerzas efectivas o intelectuales que de otro modo se dispersarían esterilizándose; quieres que tenga un fanatismo para combatir el fanatismo de los demás; quieres… pero escucha, deja que te hable, tú has venido a despertar mi alma adormecida en el dolor, deja que te cuente mi vida por entero y sabe de una vez qué ha pasado por mí desde que dejamos de vernos. Óyeme, y júzgame.

Y me habló de esta manera:

—Tú conoces mi vida de adolescente, sabes que sólo había vivido para amar, para creer; mi corazón se daba su sustento de ilusiones, de ensueños y de esperanzas; yo no conocía los grandes dolores de la vida, sino de nombre. Cuando nos separamos aún no había salido de aquel paraíso. Pero llegó un día en que pedí al mundo la realización de tanto dulce sueño, y el mundo, amigo mío, no tiene sino tormentos para los que aman, e indiferencia para los que sufren; me hirió en mitad del corazón y se burló de mi dolor. Las mujeres sí las amé, los hombres sí busqué su amistad, los hechos sí quise estudiarlos en sus primeros móviles; mi propia alma, si analizar quise sus pasiones, se encargaron de infiltrar en mi corazón el veneno de la desconfianza. Yo soñaba con el amor puro, con el amor eterno: ése era mi ideal, y ¿qué encontró fuera de mí mismo? La indiferencia, y una gran ley preconizada por los filósofos y puesta en práctica por el mundo: la ley del olvido. La posesión embota el deseo y toda pasión con serlo lleva en sí misma el germen de su muerte; así todo bien es un mal en el fondo. ¿Por qué me enseñaron a creer en un amor que no podía satisfacer? Decídelo tú, concilia esto con la idea Providencia que nos imbuyen desde los primeros pasos de la vida.

La amistad, yo era capaz de sentirla; yo me sacrifiqué cien veces por ella, yo fui generoso, casi pródigo, pródigo de todo, de mi fortuna, de mi amor. ¿Y qué tuve en cambio? El egoísmo más frío y descarnado; el egoísmo en toda su horrible fealdad; la ingratitud y la traición. Entonces me dijo un profundo pensador: “Ése es el hombre y ha sido siempre así, la culpa es tuya que te lo figuraste mejor”. ¿Verdad que esto es muy bello? ¿No tenía yo derecho para pedir cuenta de mi dolor a los que me inculcaron tales creencias? Y si las tuve porque nacieron en mí naturalmente, ¿por qué condenarme al dolor sin que yo pudiera huir de él? ¡Ésa es también tu Providencia! ¿Ésta es mi culpa, verdad? Luego, ¿qué decirte?

Yo sentía que una gran ley moral regía todos los actos humanos, la veía en mi corazón presidiendo la vida de las sociedades y me bastaba sentirme bueno y puro, para creer que tenía derecho a la vida. ¡Ay! La fuerza, la fuerza, ésa es la única ley moral que se desarrolló a mis ojos; esa fuerza me excluyó de la vida. Me hubiera negado la luz del sol y el aire; me hubiera hecho pedazos la gran rueda del egoísmo, antes que pudiera verla y descubrir la horrible máquina.

Todavía encontró consuelo a este dolor en la reacción de todo mi ser y en la protesta que hacía mi alma engañada y herida; pero era necesario vivir, yo no estaba ejercitado como los que me rodeaban en aquella vida condicional, mi espíritu no había sido disciplinado por el egoísmo y todos los días volvía a luchar para sucumbir de nuevo. Aquí verás tú mi culpabilidad también, y aún te maravillará que no me hayan lapidado para contentar la vindicta humana.

Sí, yo tuve la culpa, y la sociedad se vengó dignamente.

Y yo mismo, cuando pude analizar mis afectos y pasiones, yo me encontré débil, casi miserable, lleno de vanos deseos, de pequeñeces a que estaba condenado por mi organización. ¡Qué de dolores, qué de rubor, qué de desesperación! Luchaba conmigo mismo, era yo quien me condenaba. Sabes tú cuán amarga es esta convicción de la propia flaqueza. ¿Ves cuánta piedad hay en que nos condene la naturaleza a un ideal irrealizable dentro de nosotros mismos? ¿Ves qué refinada bondad en hacernos verdugos de nuestro propio ser, en darnos la sed insaciable en medio de la linfa que huye de nuestros labios?

¡Oh, tu Providencia! Lo único que hay en el fondo de todo esto es mi falta, mi error. Así raciocinas tú y así raciocina el mundo.

Ya ves —prosiguió— cómo fui arrojado del paraíso de mis sueños por la más amarga de las realidades.

Después, a pesar mío, iba a rondar el huerto encantado y miraba, por entre los abrojos que me impedían volver a entrar en él, todo lo que había perdido. No tenía valor para convencerme de una vez, quería creer y soñar de nuevo. En ocasiones, en medio de una de estas contemplaciones retrospectivas, oía una carcajada que me volvía al sentimiento de la realidad, nueva Adán sorprendido por la mirada del arcángel.

Busqué refugio en el estudio, comencé a estudiar ciencias naturales.

Esto me consolará, pensaba; me identificaré con la naturaleza, me forjaré otro mundo, no tan risueño como el que he perdido, pero menos borrascoso. El sol de la ciencia con sus majestuosos resplandores iluminará mi alma; pensaré, no sentiré más, esto servirá de contrapeso a mi sensibilidad aún no domada.

Así iba persuadiéndome de que me consolaba, pero a medida que penetraba en estos estudios surgía en mi espíritu la pasión par los estudios filosóficos.

La verdad, la verdad suprema, era el fin que me proponía ya alcanzar; soñaba con una fórmula única, compendiosa de todas las verdades. En más de una ocasión creí sentir que se deslizaba par entre mis manos el hilo de aquel laberinto, y creí también haber resuelto la gran ecuación. ¡Qué problemas tan pavorosos planteó mi espíritu, qué verdades tan desconsoladoras había llegado a entrever en estas especulaciones!

Pero esto no me desanimaba; la verdad debe buscarse a todo trance y hallaba un placer acre y punzante en saber algo más aún, comparando la noción con un dolor, y nada me desalentaba. Saltaba par encima de todo y, poseído de extraño vértigo, me lanzaba por en medio de las sombras que rodean a ciertos problemas filosóficos, sin volver la vista atrás. ¿Qué había logrado ver ya distintamente? No lo sé, pero, con uno solo de mis pensamientos, creía que se podía llenar un mundo.

—Pero ha pocos días —prosiguió, bajando la voz— mi inteligencia ha recibido un golpe terrible, una sacudida de muerte, y hoy se pierde mi espíritu en un mar de vacilaciones y temores, en el mayor desconcierto y turbación.

—¿Sabes qué siento ahora? La duda de la duda —dijo, y dejó caer la cabeza entre las manos.

Se encontraba Calófilo en uno de aquellos momentos de crisis tan frecuentes en él, comunes en los que viven poseídos de una pasión cualquiera, pero que en su naturaleza exaltada dejaban honda huella. Estas crisis preparan casi siempre un cambio saludable en las organizaciones vigorosas; mas, no sé por qué fenómeno en ciertos individuos no tienen este carácter decisivo, y una crisis prepara otra o se repite constantemente, como si para ellas fuera imposible desprenderse de cierto orden de ideas con las cuales están identificados por una especie de compenetración de la idea en la sustancia sensorial.

En estos seres las ideas tienen, por decirlo así, un carácter personal; despojarlos de ellas es como arrancarles las carnes fibra a fibra; para éstos toda transición es una mutilación mortal; cambian, sí, pero mueren. A veces, sin embargo, resucitan, pero esta resurrección se opera a pesar suyo, son casi extrañas a ella, y sólo más tarde toman sus impresiones la forma consciente y siguen viviendo para los demás; para sí mismos acaban de nacer. Esta intermitencia de la vida de la conciencia es hija, quizá, de las intermitencias de nutrición a que obedece su sistema nervioso sobreexcitado y que cae de tarde en tarde en un estado de sopor o de estupefacción. Se suspende la vida intelectual como pudiera suspenderse la vegetación en un campo privado a intervalos de su riego natural y del calor. No siempre las fuerzas vitales reaccionan favorablemente; y el campo de la inteligencia queda estéril.

Largo tiempo permaneció Calófilo sumido en una especie de abatimiento físico y, reanimándose al fin, prosiguió:

—¡Hace dos semanas que velaba aquí, en este aposento! Estudiaba, era ya más de medianoche, mi cabeza ardía, buscaba con afán en la meditación de lo que había leído una verdad que se burlaba de mí; una conclusión de cierto orden de fenómenos psicológicos y morales juntamente. ¿Qué es la razón?, me preguntaba; y maquinalmente comencé a recitar estos versos del mejor de mis amigos:

Ven, oh, Verdad, un corazón ardiente

No a adormecer con pócima calmante

Entre nimbos de luz muestra a mi mente

La austera majestad de tu semblante.

Suma Razón: en la vedada lumbre

Voy a encender tus lámparas divinas,

Aunque en velado resplandor se alumbre

Una inmensa necrópolis de ruinas.

De súbito sentí como si crujiera bajo un peso enorme el techo de mi cuarto; y, sin que tuviera tiempo de darme cuenta de mis impresiones, vi en uno de los ángulos de esta habitación un monstruo entre sátiro y hombre con grandes alas de vampiro; sus pequeños ojos grises se clavaban en mí; ejerciendo extraña fascinación sobre mi espíritu, y de entre sus labios salía una carcajada seca y estridente que me despedazaba los nervios. Estaba el monstruo rodeado de un resplandor lívido que me permitía verlo en toda su horrible fealdad. No tenía mi aparición el aspecto augusto de la aparición de Volney en las ruinas de Palmira, no; era algo parecido a los fantasmas que debieron visitar a Voltaire en sus noches de insomnio.

—Insensato —me dijo—, que malgastas las fuerzas de tu espíritu en inútiles o ridículas especulaciones. ¿Sabes tú qué verdad es esa que invocas ni qué viene a ser esa razón que con tanto empeño llamas en tu auxilio? ¡Cuántas recriminaciones pudiera hacerte! Poeta un día, soñaste que la vida era toda ella un idilio, y no quisiste aceptar como bueno ningún sentimiento, ninguna pasión que no fueran tu sentimiento y tu pasión. Renegaste de los demás hombres porque no entonaban contigo el himno que tú cantabas a tus ídolos, y te hiciste misántropo porque amabas demasiado a la humanidad como tú la soñabas para que te fuera aceptable como ella es en sí. Olvidaste que el hombre no es un ángel ni una bestia; pero que se hace bestia cuando quiere hacerse ángel. Te separaste del mundo y te encerraste aquí, a estudiar la naturaleza en los libros; pasabas los días buscando cuál había sido el principio del mundo, como si positivamente supieras que el mundo ha tenido principio. No supiste huir de este raquítico orden de fenómenos que los sabios de la Tierra llaman lógica, y por lo mismo te diste a averiguar la filiación del primer hombre. ¡Tú sabes cuán brillantes resultados te dieron esos estudios! A estas especulaciones siguieron en tu mente otras no menos importantes como son las de creación y trasmutación. No pudiste hallar esas verdades; pediste socorros a la filosofía, y ella vino armada de punta en blanco a dártelo cumplido. Te proporcionó generosa su método inductivo, sus conclusiones a priori y posteriori con todas las armas antiguas y modernas de su nutrido arsenal. Aristóteles y Pitágoras, Descartes y Kant, con toda la turba de las gentes del silogismo y de la razón pura, los espiritualistas y los materialistas, hicieron en este cuarto la ronda contigo. ¿Y qué has sabido después de todo eso? Nada, mi querido filósofo, nada. ¿Has mejorado tu condición física, has resuelto el problema del equilibrio de las pasiones humanas? En el orden físico te han hablado con más cordura tal vez los filósofos modernos; pero todavía distingues con ellos tres reinos en la naturaleza, y yo río muy a mi sabor cuando los oigo hablar del animal, del vegetal y del mineral, estableciendo sabias divisiones y señalando los caracteres por que se distinguen los tres reinos. ¡Bah, bah! Encastillado en esta noción a priori perderás tu tiempo y tu vida en inútiles trabajos. Y en el orden moral veamos lo que tú sabes. Ya no crees en las causas finales; pero todavía necesitas la noción de una Providencia y del libre albedrío para contentar a los timoratos y para explicarte la responsabilidad del hombre. Sin estas bellas cosas se te desquicia la sociedad. ¡Adelantas! Ahora andas a vueltas con la razón y con la suma razón. Vaya, dime, pues, ¿qué entiendes por estas cosas? ¿Qué arrogante e ilimitada potencia es ésa capaz de verlo todo, de dominarlo todo, de incluirlo todo, y de suplir a todos? Supongo que para ti será un criterio universal de bondad y de verdad y que quieres hacer de ella el estado permanente del alma humana; sé que la han erigido ustedes en facultad. No es pequeña vanidad la de creerse dotado de razón en todos los instantes de la miserable vida que llevan ustedes sobre los hombros; y es no menor locura pretender vivir sin pasiones. ¡Ah!, desgraciado. ¿Concibes a los mártires de la ciencia, a Servet o a Giordano Bruno, sin pasiones? ¿Concibes a los grandes poetas, a los que crearon con la palabra, con los colores o con el cincel, sin una pasión? ¿Qué hubiera sido Alejandro sin la pasión, sin el fanatismo guerrero, sin esa sed insaciable de conquista que tú reprobarías, que tu razón reprueba? Ahora niégame, si te atreves, que la ciencia debe mucho, que el arte también debe mucho o lo debe todo a esos hombres que no siguieron al sentir, al pensar y al obrar, los fríos preceptos de ese tirano cuyas leyes quieres imponer al mundo. Sí, sujeta al genio a la pauta de tu razón, ahoga la inteligencia creadora en el raquítico molde de tu crítica. Después de esto gime, llora, declama por qué no has alcanzado la codiciada paz del alma, la ataraxia o el nirvana.

Aquí se detuvo Calófilo y hará bien el lector en imitarlo conmigo unos instantes.


IV

Entre grave y risueño había escuchado aquella relación sin perder uno solo de los ademanes de mi amigo, de cuya integridad de razón dudaba por momentos. No sabía explicarme aquel tránsito de la pasión exaltada a la alucinación más completa. No sabía que razonara la locura, ni que hablara tan cuerdamente un visionario.

Mudo, y como si fuera hecho de piedra, se mantuvo mi amigo un buen espacio de tiempo, hasta que, por sacarle de sus cavilaciones y para contentar también mi curiosidad, le pregunté:

—Y tú, entretanto, ¿qué sentías, qué pensaste, qué dijiste a aquel demonio de aparecido?

—Yo —dijo Calófilo—, horrorizado al principio, no pude darme cuenta exacta de todas sus palabras, pero el prestigio que en mí ejercía fue desvaneciéndose gradualmente y tuve valor para interrumpirle:

—¿Quién eres —dije—, que así blasfemas de todo lo verdadero y que anulas la razón con tus fallos soberanos?

—Quien sea yo no te importa. Quizá sea la ignorancia, quizá sea el fanatismo bajo una de las formas que reviste, quizá sea la duda, quizá sea un engendro de todos ellos —me replicó—, pero escúchame, que aún me resta algo que decirte.

Prosiguió Calófilo su cuento, o si quieres, el cuento de lo que su diablo le dijo, y es como verás en esta última parte de mi historia:

—Esa verdad, que tan a ciegas persigues, es no más que un sueño de tu mente, porque de que cada orden de fenómenos tenga su verdad, no se deduce que haya una cosa que sea y se llame verdad en absoluto, como no se deduce, sino torpemente, que porque haya cosas de limitada duración exista la eternidad; como de que existen cosas finitas, limitadas, no se deducirá que exista un infinito como no sea dentro de ti mismo. ¿Ni qué fe puedes dar a esas verdades que viven tanto como una escuela filosófica o, si más quieres, tanto como una civilización? ¿Cuántas veces has cambiado tú mismo de criterio, por no preguntarte cuántas veces le mudaron los hombres? Y cuando tuviste o cuando tuvieron uno por cierto, ¿a qué referían las verdades adquiridas, sino a ese mismo criterio que más tarde había de ser declarado mentiroso o torpe? Así, cada escuela ha tenido realmente su verdad o no la tuvo ninguna. Paréceme que giráis vosotros los hombres dentro de un círculo de hierro que no os da ni consiente salida alguna. ¿No has visto allí en esos libracos cómo los más sanos de juicio de entre los hombres que llamáis filósofos se preguntaron: será la verdad de hoy la mentira de mañana? ¿Y no te lo ha enseñado la historia también? Así, pues, presuntuoso, no tendrás nunca otro criterio de verdad que el que tú mismo te forjes y sustentes con el calor de la pasión, de esa pasión que condenas y proscribes.

Al llegar a este punto, observó Calófilo que el diablo lo miraba con cierto interés compasivo y su voz se había hecho menos áspera.

—Animado por aquel cambio, me disponía a hacer a las fatídicas conclusiones de aquel Mefistófeles algunos reparos, que ya tomaban en mi mente la forma de la argumentación; y volviendo la cabeza al lugar en que se encontraba:

—¡Oh! Tú —le dije.

Pero las palabras se helaron en mis labios; mi demonio había desaparecido. Quedé solo, se apagó la luz, tuve miedo, no sé qué infernal influencia ejercieron en mi espíritu aquellas palabras, aquel sarcasmo, aquella figura de mi aparición; pero desde entonces me siento mal, muy mal.

—Oh, porque esto es horrible —continuó, exaltándose—. Decir que el corazón engaña y miente el sentimiento; que la ciencia es toda ella una mentira; la lógica un instrumento y a la vez una ciencia falaz; la razón un sueño; ¡un sueño la razón!

Y prorrumpió en una carcajada en que se traslucían, a la vez, el dolor y la duda.

—Calófilo, amigo mío —le decía yo entonces—, ¿qué es esto? ¿Así te dejas dominar por una preocupación tan absurda? Ni aquí ha habido diablo alguno ni cuanto has creído oír es una verdad tan desconsoladora que te arrastre a la desesperación. Y supón que todo ello sea mentira; toma las cosas como son en sí, acéptalas con esa sana filosofía que sabe contentarse con lo que le dan y no exige más de la naturaleza o del hombre.

—¡Nunca, nunca! —me replicó indignado— no seré yo quien se venda tan cobardemente, no me ocultaré una duda, no me negaré una verdad por huir del dolor. Conténtense norabuena los falsos apóstoles del sentimiento o de la ciencia con la posesión de sus verdades truncas o mentirosas; yo lo quiero todo o nada; en la moral, como yo la concibo, no hay una mancha; en la ciencia, como yo la quiero, no hay una laguna.

Dejé a mi amigo entregado a sus imaginaciones, y me retiré compadeciéndolo, pero bastante dueño de mí mismo para prometerme y jurarme mil veces no tomar las cosas con tanto calor y exageración como él. Verdad es que yo contaba con mi razón. Ya en mi casa abrí y hojeé la Summa de Santo Tomás, y antes de recogerme aquella noche era dueño ya de mi albedrío.

Murió Calófilo en un manicomio sin tener siquiera, como Cándido, el consuelo de labrar su huerta.