Machito pichón

Fui siempre grande aficionado a los pájaros, pero me dominaba, a tal punto, en mi niñez, esta afición, que llenaba por entero mi alma: era en mí y fue una verdadera pasión con todos sus anhelos, con sus fruiciones todas; con sus amarguras y dolores también.

El canto de un pájaro, de una de nuestras aves canoras, sobre todo, me embelesaba: la emoción que en mí producía era tan intensa, tan dulce, tan misteriosa, que tenía mucho del arrobamiento: comparándola con otras emociones, de que todos somos por igual capaces, y que experimenté en otra edad, conserva para mí el recuerdo de aquélla un carácter de profundidad y de dulzura tal, tan inefable, que supera en mucho a todas las demás. Fue mi primera pasión; el primer aspectos del amor que había de inspirarme más tarde la Naturaleza, y que comenzaba a sentir así, dentro de mi condición psíquica, embellecido por el candor de la infancia, lleno de vagas presciencias de panteísmo, el carácter indiscutible y absoluto de lo fatal.

Muchas veces después, ya hombre, pretendí descubrir en mí la génesis de aquellos sentimientos; y los encontré siempre en lo más remoto, como fundamento de mi personalidad consciente: mi primer recuerdo puede ascender hasta ellos: nada más allá. No se hace, en vedad, sin cierto sentimiento de amarga fruición mezclada de enternecimiento esta pesquisa; ni es dable tampoco hacerla en todas ocasiones.

Vivía en el campo y me criaba al suave calor de las costumbres patriarcales del Camagüey; mi mayor goce consistía en vagar por la huerta entre ellas un frondoso limonero que me atraía con el misterio de su sombra, y allí me sentaba de ordinario, dominado por la sensación de la soledad y me dejaba penetrar de no sé qué vago sentimiento de prematura melancolía lleno para mí de deleite: bajo aquel árbol vi muchas veces un pajarillo que me fascinaba: no estaba solo, me emocionaba al verlo: mi alma comunicaba con la chispa de vida que bullía en él: era para mí como una revelación de los secretos de la selva distante de donde venía: el alma del bosque umbrío y rumoroso hasta donde yo no había podido ir solo todavía. Todo esto, que se rememora mal, podrá parecerte, lector, quizás demasiado lírico, enfadosamente subjetivo acaso… Siéntelo por ti: yo sólo me duelo de no poder reproducir en toda su sinceridad y su intensidad virginales aquellas primeras emociones de mi espíritu. Recordando aquellas escenas quise pintar mis sentimientos de entonces en estos versos, fragmento de una larga composición inédita:

¡O la emoción dichosa de mi alma

Cuando en un tiempo fatigué la selva

Tras el brillante tocoloro, al seno

Con efusión dulcísima volvieras!

Bien lo recuerdo: a veces tembloroso,

Reprimido el aliento, oí las quejas,

Del viento al susurrar, absorto y mudo

Bajo las lianas, en ardiente siesta;

O el cercano piar del pajarillo

Latir hizo mis sienes con violencia,

Y oí sobresaltado el ruido leve

Que forma el pie sobre las hojas secas.

Por corrientes ocultas y sutiles

Penetraba en mi ser la viva esencia,

El cálido vapor, el suave aroma,

El alma de la gran Naturaleza;

Y todo en mi redor se estremecía

Y se animaba con la llama inquieta

De la vida inmortal, y oía voces

Como de amigos labios por doquier.

De vuelta a la ciudad me acompañaba el recuerdo, melancólico siempre, de mi vida en el campo: parecíame entonces que había logrado los goces mejores, que no había sabido disfrutar de todos ellos: que había dormido mucho la mañana cierto día; que puede tal vez visitar cierto sitio agreste y no lo hice… ¡qué sé yo! Todo eso que deja tras sí siempre el bien perdido. Sentía en mí, además, como si se hubiesen roto los lazos que me unían a la vida, a aquella vida casi cósmica en que se desarrollaba contemplativa a mi alma, y a la cual ha tendido después siempre con todas sus secretas energías; y así me apartaba confuso en la ciudad de toda diversión objetiva: huía del ruido y gustaba de los sitios agrestes que en medio de la población, en nuestros grandes patios arbolados se hallaban a la veces: la intensa luz solar obraba seguramente sobre mi cerebro imprimiendo en él movimientos febriles de embriaguez y de ensueño, en medio de los cuales, viviendo al unísono con el medio ambiente, creía oía como el suspiro vago de la tierra en el hervor de su eterna germinación tropical: el canto del tomeguín mil veces oído en medio de aquellas contemplaciones las reproducía en mi espíritu: ansiaba tener uno como ansiaba reproducir a voluntad aquel ensueño, como hubiera querido poseer encarnado, más cerca de mí, hablándome a través de una forma viva, con todos sus misterios todavía, el espíritu de la agreste soledad, teatro de mi vida.

Lo codicié tanto, deliré tanto con ello, como después, adulto, con mi primera pasión amorosa; y es cierto que no tuve antes el pajarillo, porque la emoción misma con que lo codiciaba me cohibía en cierto modo y no me dejaba libertad para procurármelo: el alma vacila así muchas veces ante la realización de uno de sus sueños, y, la turbación que precede al goce anticipado de la posesión real, la paraliza en el éxtasis ruboroso de la posesión puramente espiritual. Hay en ese estado psíquico pasional punzantes y secretas fruiciones que bien pudieran ser la raíz del ascetismo. Pero ¿a qué ahondar más en la esencia de estos sentimientos?

En sazón ya, seguramente, en su forma más humana, mi deseo, supe adquirir una jaula para el pajarillo, y más tarde, merced a la solicitud de mi excelente madre, pude salir un día, un sábado por la tarde, a comprar mi pájaro y me dirigí a casa del maestro Marcelino, gran pajarero que vivía en el Barrio de Santa Ana en un callejón próximo a la Iglesia; no estaba lejos de casa: alguna vez había pasado yo por allí y había oído las voces de tanto pájaro como tenía. Era este hombre un mulato de hasta cincuenta años de edad, alto y grueso, de voz y ademán reposados, hombre muy conocido y objeto de envidia de todos los que como yo amaban los pájaros; porque poseía a la verdad los mejores: su casa estaba atestada de jaulas, de todo forma y tamaño, y en ellas se movían y cantaban representantes de todas las especies de pájaros cubanos capaces de domesticidad: era fama que había logrado tener un tocororo, ave delicadísima que pocos han visto en jaula: él sabía en qué época había de dar caza a cada especie codiciada; cuándo llegaba de la Florida la mariposa; en qué estación bajaba el chambergo; si tal especie se cogía en trampas, con señuelos o con liga; dónde anidaba el tomeguín o el negrito; era entre nosotros el árbitro supremo de todas estas cosas, y tenía a nuestros ojos de niños un carácter casi sobrenatural. No sin emoción, pues, entré en casa del maestro Marcelino. ¿Qué quiere el niñito?, me dijo. Yo no acerté a hablar en el primer momento, medio aturdido por el ruido que hacían cien pájaros distintos cantanto a la vez, y turbado por el sentimiento de codicia que en mí despertaba su vista. ¿Viene a comprar su pajarito, verdad?, agregó viéndome callado.

—Sí, señor, yo quiero un tomeguín cantador, le dije, ya más repuesto.

—¿Del pinar o de la tierra?

—De la tierra.

—Pues aquí tengo lo que usted necesita, añadió descolgando una jaula en que había un pájaro de la especie que yo buscaba; aquí tiene usted su tomeguín.

—Lo quiero macho y que cante bien; repetí yo muy emocionado.

—Ya lo creo, niño; y que puede servirle hasta señuelo, dijo, ya con el pájaro en la mano y disponiéndose a echarlo en mi jaula: él mismo abrió la jaula y lo soltó en ella.

No sabía yo entonces distinguir el macho de la hembra; pero me pareció demasiado pálido el color del cuello del pajarillo y no sin cierta ansiedad ya, le dije:

—¿Pero es macho, maestro Marcelino?

—Ya lo creo, niño; machito, pichón, me contestón con tono insinuante; machito, pichón, vaya usted tranquilo; y diciendo esto me cobró el valor estipulado y me acompañó hasta la puerta de la calle. Miré a la luz mejor el pájaro, y me pareció más pálido que nunca, y muy arisco además, pero como yo no estaba del todo seguro de mí mismo y aquel hombre y aquel hombre me inspiraba cierto temeroso respeto, emprendí con mi pájaro, mi irresolución y mis dudas, el camino de mi casa. Cerraba, ya, cuando llegué, la noche; y pensé sólo en buscar sitio en la pared a mi jaula y en esperar el día para oír cantar mi tomeguín. Muy develado al principio, me dormí tarde hasta despertar antes del alba: cuando apuntaron los claros del día estaba yo en pie y vestido ya: salí al comedor en donde había dejado mi jaula; el tomeguín saltaba en ella; pero estaba mudo; en vano procuré excitarlo al canto llevándolo al patio entre los sembrados y flores del arriate: no pio siquiera aquel día. Vi, como era natural, al maestro Marcelino, dile mis quejas que no conmovieron seguramente, y lo explicó todo diciéndome que el pajarito extrañaba la jaula y la casa; no quiso cambiármelo por otro.

Como esperé aquél, esperé muchos días, entre ansiedades que llegaban a la angustia, el canto del tomeguín; no cantó nunca; era hembra y las hembras de esta especie son mudas: me habían engañado, abusando de mi inocencia: fue la primera burla y burla bien cruel por cierto, que me hizo otro hombre: el eterno conflicto de los intereses humanos en que el campo escabroso del egoísmo se reveló así a mi corazón de niño: al primer contacto de mi personalidad con el mundo sufrí un roce tan áspero que me dolió como una desgarradura; aquel hombre había envenenado, por pura malicia, la fuente del goce inocente y sereno que tanto codicié y cuya satisfacción le había comprado: el dolor del placer frustrado se unía en mi pecho el punzante sentimiento de la burla de que había sido objeto. ¡Cuánto goce sencillo y candoroso malogrado en un instante! ¡Machito, pichón!… Debajo de aquellas palabras cínicamente tranquilizadoras había oculta toda la bajeza de que es capaz el alma humana degradada. Muchas veces, después, en los momentos de las grandes decepciones y de las humillaciones que nos impone la vida, he sonreído amargamente recordándolas. La verdad es que yo no estaba preparado para tanto: había vivido demasiado en la naturaleza, y sabía, quizás, reconocer la zarza, pero no conocía al hombre…