Una novelita

Capítulo I
Amor

Era una mañana de invierno, pero de ese benigno invierno de Cuba que reúne a los encantos de la más hermosa primavera, la frescura y suavidad de la temperatura que se hace entonces menos ardiente. El sol inundaba en torrentes de luz los campos, siempre verdes; y en aquellos instantes espléndidos, como si hubiesen mudado o retocado por la noche su vestidura de esmeralda. Había llovido mucho los días anteriores, y las hojas, limpias, tersas y brillantes, se dejaban acariciar por el hábito tibio de un hermoso y deseado día de sol.

El aire, diáfano; azul y puro el cielo; olía el campo a flores recién abiertas, y se respiraba ese vapor cálido y reparador que se desprende después de la lluvia, de las praderas en donde crecen plantas aromáticas.

Respiraba el pecho con avidez aquel aire puro, y con él se sentía penetrar en la sangre y en el espíritu como una ola de vida nueva y ardiente. Los sabios han descubierto que se forma en ciertas ocasiones en la atmósfera un gas que cuando se respira, convida a la alegría y al contento.

Desvelado desde la madrugada, salió temprano al campo el soñador Enrique, y atento al espectáculo que hemos bosquejado, participaba de su belleza con esa fruición con que saben comprender y sentir la naturaleza los poetas. Recogía en su alma toda aquella luz y aspiraba, embriagándose, las emanaciones de que estaba impregnado el ambiente. Pero él llevaba otra luz en el alma, y sentía más dulce embriaguez: la luz y la embriaguez del amor. Enrique amaba; amaba quizá por vez primera y, como si la naturaleza celebrara con aquella fiesta matinal el amor que él sentía en su pecho, se desbordaba de él el sentimiento que se desborda siempre de nosotros en los momentos de las grandes emociones estéticas, como si nuestra personalidad se derramase sobre el mundo para compenetrarlo y confundirse en él.

¡Oh, amada mía, pensó, si pudiera compartir contigo las emociones de mi alma! ¡Si pudiera compartir contigo las que me dominan en este momento; si pudieran confundirse nuestras almas en el sentimiento de una misma belleza! Y requiriendo las riendas del caballo que montaba, y que había detenido por algunos segundos, le dejó el libertad, excitándole al correr por la calzada que se ofrecía a su vista. ¡Corre! En aquellos instantes se sentía animado de la necesidad de moverse; su espíritu, que vagaba en las regiones del ensueño, hubiera querido devorar el espacio, escalar en vertiginosa carrera una montaña alta, alta como su anhelo; ¡y correr de nuevo; siempre adelante, como el joven viajero de Longfellow! El hombre ha hecho del caballo un auxiliar poderoso, no sólo de su cuerpo, sino de su espíritu; si el vigor del uno no se ve acrecentado empleando en su servicio las fuerzas del bruto, el espíritu sabe asociarlo también a sus pasiones, pedirle movimiento y energía; y el corcel siente a veces la espuela del jinete, como éste el acicate de la pasión que lo domina.

Pocos minutos después descubría Enrique, con el corazón antes que con los ojos, una casa medio perdida en medio del camino entre los árboles que crecen a la orilla de éste. ¡Qué emoción! ¡Allí, bajo aquel techo, ella, Emelina, piensa tal vez en él! ¡Quisiera descubrirla, adivinarla, verla, mandarle en un movimiento todos sus pensamientos, toda su alma, la expresión más cariñosa de su amor!

* * *

A la vuelta, cuando sus ojos envolvían, ya sin esperanza de ver el objeto de su anhelo, la casa aquella, un lienzo blanco ondea en el aire por entre una reja. ¡Es ella! ¡Ah!, si has amado, tu corazón ha vivido esta vida llena de encantos, de temores, de alegrías súbitas, de hermosas y santas puerilidades del enamorado, tú, lector, comprenderás la emoción dichosa con que vio tremolar Enrique, con todas las palpitaciones de la pasión, el blanco pañuelo; tú sabrás por qué, en aquel momento, como tiende el vuelo el ave que se siente contenta con su presa, se alejó a toda rienda el caballero… ¡Oh, amor!, inspirador de los hechos generosos; divino revelador de la existencia: tú das luz a las tinieblas, tú pueblas de risueñas visiones los desiertos: tú animas con tu exuberante vida a la naturaleza y operas en el mundo como en el alma del hombre, metamorfosis imposibles a toda otra pasión. Tú haces que el filósofo llore sobre una flor seca, reliquia de su primera pasión; y guardas y das a beber a raudales a tus elegidos el agua que devuelve la juventud y el sentimiento al corazón más árido.

Era la tarde: una tarde digna hija de aquella mañana; un jinete cruzaba el camino, el mismo camino que recorrió Enrique cuando asomaba el sol. Enrique era también el caballero; pero sus ojos no se atrevieron a mirar esta vez hacia la pintada casita; sabía que estaba allí, de pie en la puerta, y saboreaba con ruboroso placer el encanto de adivinarla sin ser osado a fijar en ella descubierta la mirada. ¿Por qué en los momentos del goce de un bien codiciado se experimenta casi siempre una timidez que retarda voluntariamente su posesión? Díganlo todos aquellos que hayan sentido el rubor de la dicha cumplida. El día tiene su albor que lo precede y prepara; la dicha no hace tampoco su irrupción en el alma de un modo súbito; hay siempre en ella ese momento de vacilación que es como su aurora. Enrique atendía sólo a refrenar el corcel que se encabritaba. De súbito, y de un recodo del camino, se adelanta una mujer que deja ver de intento un papel blanco plegado entre sus manos. Enrique se aproxima a ella; no cruzaron los dos una palabra, y un instante después la carta, oprimida por la mano trémula de Enrique, no hubiera podido ser visible en aquellos contornos: el caballo corría, volaba por el campo.

—Aquí, se dijo Enrique deteniéndose bajo un grupo de acacias, aquí podré leerla; y paseó en torno una mirada inquieta y recelosa; sentía como si lo persiguieran, como si alguno le disputara el blanco pliego. El camino estaba desierto; pero Enrique no leyó allí la carta. Después, allá, a lo lejos, donde estaré más solo; allá la leeré, pensó: y castigando sin saber por qué al caballo, corrieron y corrieron, incierto siempre el jinete, cubierto ya de sudor el bruto.

El camino conduce a una quinta, lugar un tiempo de recreo, hoy ruinosa, que dejan entrever las ramas de álamos y laureles de rica y salvaje vegetación. Mucho tiempo hace que está inhabitada aquella casa; por doquiera crecen altas y tupidas las yerbas que borran los senderos. En este lugar había detenido el caballo su carrera. Enrique, soltando las riendas, se dispuso a romper el sobre, que oprimía entre sus manos como si sintiera bajo la cubierta los estremecimientos de la mano de su amada. Temblaba y no acertaba a rasgar el papel; echó pie a tierra y abrió al cabo la carta. «¡Amado mío!». Esta frase, no más, pudo leer; palpitaba con violencia su corazón: creyó oír en aquellos instantes el sonido melodioso de cien instrumentos que hubieran estallado de súbito en un concierto de indecible armonía. «¡Amado! ¿Conque soy amado? ¡Alma mía!», dijo con voz penetrante y acercando a sus labios la carta, la beso una y muchas veces en la efusión de su contento. Así, absorto en la contemplación de su propia alma, cuyas potencias se exhalaban, dominado por venturosa alucinación, se creyó transportado a un mundo nuevo, todo luz, todo belleza, todo suavísima paz; y entregó su espíritu al feliz deslumbramiento de la dicha que alcanza su plenitud.

El sol había desparecido ya del horizonte, y comenzaban a lucir las primeras estrellas, cuando tornó Enrique en su acuerdo: aún estaban húmedos de lágrimas sus ojos. Miró en torno, y se aproximó a pasos lentos, casi maquinalmente, al lugar en donde el caballo, libre, pacía la abundante grama.

Una hora después penetraba en su morada el caballero, se encerraba en su habitación y se recogía.

—Debe de estar malo Enrique, decía su hermana; ha venido tarde; le he interrogado y no me ha contestado una palabra; pero tenía las manos ardiendo al llegar.