José Asunción Silva
(1865 - 1896)

José Asunción Silva fue un poeta colombiano. Parte de su importancia para la literatura estriba, esencialmente, en haber sido uno de los más importantes precursores del Modernismo, y, según otro sector de la crítica, uno de los más importantes escritores de la primera generación de modernistas.

A los doce meses y diecinueve días de la boda entre Ricardo Bartolomé Silva y María Josefa Feliciana Amelia Gómez, conocida familiarmente como "Vicenta", nació de su unión un niño, al que bautizaron a los cuarenta y tres días de nacido, como José Asunción Salustiano Facundo Silva Gómez. Nacido en una de las familias de clase alta más prominentes de Bogotá, fue considerado un poeta aristócrata.

José Asunción Silva Gómez nació en una casa situada en la Plaza de San Francisco (Parque Santander, desde 1876.). Fue bautizado con los nombres de José Asunción, en memoria de su abuelo, José Asunción Silva Fortoul; de Salustiano, por su padrino, Salustiano Villar de la Torre, esposo de Ursula, la hermana gemela de Vicenta; y de Facundo, porque el 27 de noviembre era el día de San Facundo. Doña Mercedes Diago aseguraba que veía en el semblante de su nieto retratado el rostro noble del abuelo difunto, Vicente Antonio Gómez Restrepo. Ricardo Silva, el padre, opinaba, in pectore, que en José Asunción se marcaban con fuerza los rasgos admirables de María de Jesús Frade, su abuela paterna.

José Asunción heredó, aumentadas y mejoradas con la sustancia del genio, las cualidades literarias de su padre, quien había escrito y publicado algunos artículos y "cuadros de costumbres" en periódicos locales. Nacido en el seno de una familia adinerada y de rancia alcurnia, su niñez transcurrió entre los libros y las veladas literarias de los escritores del grupo El Mosaico, realizadas con frecuencia en su casa, y de la que era integrante su padre Ricardo Silva. Crece con los cuidados de su madre y de sus abuelas, y desde entonces se le inculcan los valores propios de su clase: el cultivo de las buenas relaciones, la finura en los modales y la elegancia en la presentación. Estudio en los mejores colegios capitalinos (el Liceo de la Infancia, el Colegio de San José y el Alemán), destacándose como alumno aventajado; no comparte, sin embargo, los entretenimientos habituales de sus compañeros de aula. Se inclina por la lectura y la compañía de sus autores preferidos -Perrault, Andersen, Swift, Pombo, los hermanos Grimm-, concentrándose al tiempo en sus primeros ejercicios de escritura. Posteriormente a esta etapa escolar, su formación fue básicamente autodidacta.

Cuenta con diez años cuando muere su hermano Andrés Guillermo a causa de una epidemia de sarampión. Un año más tarde, en 1875, fallece su hermano Alfonso, a los 52 días de nacido y, coincidencialmente, un 24 de mayo, fecha en la que veinte años después él mismo se desojaría de la vida. Y faltaría todavía el deceso de la tercera hija del matrimonio Silva-Gómez, Inés Soledad, quien desaparece cuando el poeta está cercano a cumplir sus trece años de edad. En el hogar nacerían, además, otras dos niñas: Elvira, el 2 de marzo de 1872, y Julia, el 10 de octubre de 1877. A esta racha trágica se sumarían otros sucesos perturbadores. El abuelo del poeta, quien se desempeñó como comerciante y tuvo inclinación por la lectura, había sido asesinado en 1864 por ladrones que asaltaron la hacienda Hatogrande, de su propiedad, dejando también herido a su hermano Antonio María Silva Fortoul, quien después del insuceso prefirió residenciarse en París, donde moriría en 1884, días antes de la llegada de José Asunción.

De otro lado, el poeta comienza a percibir el recelo y la inquina que despierta entre sus compañeros de edad, quienes lo ven como un niño fastidioso y presumido; este tipo de rechazo lo sentirá luego, ya mayor, por parte de escritores y de comerciantes, que le señalarán con apodos tales como «José Presunción», «Niño Bonito» o «La Casta Susana». Mientras tanto, dedica su tiempo libre a la lectura de poetas como Gustavo Adolfo Bécquer, Víctor Hugo, Manuel Gutiérrez Nájera, José Martí y otros que descubre en la prensa bogotana o en libros. Comienza, igualmente, sus primeros ensayos en la traducción de textos de Víctor Hugo, de Pierre-Jean de Béranger, de Maurice de Guérin, de Théophile Gautier, y la escritura de sus poemas juveniles, que reuniría bajo el título de Intimidades. Al mismo tiempo, le colabora a su padre en la atención del almacén, iniciándose en el aprendizaje de los asuntos comerciales.

Su estadía en París, a donde viaja en 1884, será definitiva en la formación de su sensibilidad como escritor y hombre. La Ciudad Luz es el centro de la exquisitez, la duda y el pesimismo. Lee a los autores renombrados del momento, llamando su atención Charles Baudelaire, Anatole France, Guy de Maupassant, Paúl Régnard, Emile Zola, Stéphane Mallarmé, Paul Verlaine, Marie Bashkirtseff y Arthur Schopenhauer. Lee también sobre filosofía, política y sociología. Adquiriendo modales y costumbres de dandy, asiste con frecuencia a los mejores restaurantes, salones, galerías, museos y salas de concierto, entregándose al disfrute del lujo, hasta donde su peculio le permite. Desde París viaja a Londres y a Suiza, y cuando regresa a Colombia, en 1885 presume de su experiencia parisina y vive como un europeo en medio de la pequeña Bogotá de entonces, lo que lo hace ser blanco de la mofa de sus coterráneos. Trae también el propósito de subvertir los moldes literarios, intención que su colegas de oficio verán como un acto de vanidad y prepotencia. El remoquete de «José Presunción» corre de boca en boca para referirse a quien ha regresado con ambas «chifladuras»: la de ser un gentleman en Bogotá y la de renovar la poesía.

La guerra perjudicó los negocios familiares y, a su vuelta de Europa, se hizo cargo del negocio que terminó en quiebra. Cuando era secretario de la legación en Caracas, en 1895, sufrió un naufragio donde perdió gran parte de su obra. Fue encontrado muerto la mañana del 24 de mayo de 1896, debido a varios sucesos: la muerte de su hermana Elvira de quien era gran amigo y que fuera el amor de su vida; la quiebra del negocio de su familia y las presiones de los acreedores; la muerte de su abuelo; y la pérdida inevitable de la mayoría de su obra.

Entre sus planes, a pesar de todo, siempre tiene presente la escritura: avanza en la composición de la colección de poemas Gotas Amargas y de El Libro de Versos, y en la redacción de los Cuentos Negros. Publica, además, textos en prosa y notas literarias en revistas y en periódicos bogotanos. Escribe, también, cartas a sus mejores amigos, entre éstos, a Rufino José Cuervo en París, en las que le comenta acerca de sus trabajos intelectuales.

Agobiado por las deudas y la falta de respaldo de los fiadores de su firma, en especial el de su principal apoyo, Guillermo Uribe, su quiebra comercial se hace definitiva a finales de 1892. Se le abren 52 ejecuciones judiciales, entre éstas la de su abuela, doña Mercedas Diago. La noticia de su ruina corre por toda la ciudad. Publica en la prensa bogotana anuncios en los cuales solicita a sus deudores le cancelen las obligaciones pendientes, amenazando con publicar la lista de ellos, advertencia que no cumple. Sin salida, acepta un proyecto de cesión de sus bienes comerciales presentado por sus acreedores, retirándose luego del comercio, sin un peso y tan sólo con «la cabeza y las manos para trabajar».

El 28 de enero de 1895, el barco a vapor Amérique, que lo trae desde Venezuela, naufraga frente a Barranquilla. Se hunden con él los manuscritos de su obra. El Libro de Versos y los Cuentos Negros, que pensaba publicar. No continúa su viaje a Bogotá; regresa a Caracas para cumplir con su período diplomático, pero las fricciones con el ministro de la Legación y su iliquidez frustran su deseo de reiniciar un nuevo período en el cargo; dos meses más tarde está de nuevo en Colombia. Ha fracasado como diplomático y pone entonces sus esperanzas en la instalación de una fábrica de baldosines, con una fórmula química patentada por él, consiguiendo el concurso de varios socios capitalistas, pero en esta empresa también fracasa.

Antes de suicidarse le pidió a un doctor que le indicara donde tenía el corazón, y este se lo señalo marcándolo. Justo donde estaba esa marca, se dio un disparo.  
Los últimos días de su vida los dedica a la reescritura de su obra. En abril de 1896, en carta a Eduardo Gutiérrez, comenta:«Vivo una vida inverosímil. No veo a nadie: trabajo el día entero y la mitad de la noche...» Deja completos y ordenados los manuscritos de El libro de versos y su novela De sobremesa. Para esa época, sus amigos son escasos, la familia de su abuela materna le ha dado la espalda, la sociedad bogotana lo ignora, y sus pocos bienes personales tiene que entregarlos a sus acreedores u ofrecerlos a cambio del pago de un arriendo atrasado o de alguna emergencia. Días antes de su última voluntad, comentaba a su amigo Baldomero Sanín Cano, citando a Maurice Barrés: «Los suicidas se matan por falta de imaginación»

Su obra poética es escasa y muy innovadora e influyente; arranca con un romanticismo de tono becqueriano para terminar presagiando el Modernismo. Sus poesías se publicaron por primera vez en Barcelona en 1908, conociéndose una edición póstuma con el título El libro de versos, al igual que la novela De sobremesa (1925). Se recuerdan especialmente sus alucinantes Nocturnos, que han pasado a todas las antologías de poesía hispanoamericana como clásicos de la literatura en lengua española.