Trasposiciones

Señora:

Hace dos años, en una larga temporada que pasó usted en el campo, llevando una vida apacible y tranquila, consagrada a la pintura, me hizo usted el honor de invitarme a almorzar una vez en su casa. Las horas que pasé allí me parecieron breves, como nos parece breve todo lo que es muy grato. Antes de que nos sentáramos a la mesa nos mostró usted su último estudio de pintura en pleno aire, acabado en la semana anterior; era aquella figura la de una muchacha campesina, perdida en un trigal y que lleva en las manos unos manojos de yerba y unas flores; un cuadro lleno de luz y de aire de campo. Después del almuerzo, a tiempo del champaña que hervía en las copas, y del café negro aromático como una esencia, nos propuso usted que diéramos una vuelta por las cercanías y todos aceptamos alborozados su idea.

Adelante íbamos usted y yo, y nuestra conversación fue una larga confidencia mutua de nuestra adoración a la Belleza. Me hablaba usted de los incomparables goces que el arte le ha proporcionado en su vida; de la serenidad que esparció en su alma la contemplación de los mármoles antiguos; de la fascinación que ejercen sobre usted la ingenuidad inefable de las Vírgenes de los Primitivos, la sonrisa misteriosa de las figura de Vinci, la claridad que dora las tinieblas rojizas de Rembrandt, la diáfana luz extraterrestre en que baña Murillo sus aspiraciones; me contaba usted que la música de algunos maestros, la hace a usted olvidarse de sí misma y sentir la tristeza, la alegría, los matices de sentimiento que interpretan las sinfonías inmortales. Con frases ardientes, y sin dominar mi entusiasmo de fanático, le decía a usted que en las obras de los grandes sacerdotes de la palabra, ésta acumula todos los medios de que disponen las otras partes para recrear la vida, agregándole el alma de artista; le contaba cómo me desvanece el olor de los cadáveres, de aquella ciudad que agoniza en el último canto del poema de Lucrecio; le contaba que de entre la muchedumbre que gesticula y ama y odia y mata y muere en los dramas de Shakespeare, salen a veces a hablar conmigo, el pálido príncipe que conversa con los sepultureros y el judío ávido que reclama su libra de carne; le decía a usted que los poetas son compasivos con los que los aman, que Musset les da a beber a sus íntimos el champaña ardiente de su sensualismo gozador; que Vigny, un brebaje negro que procura la resignación; Shelley, un haschich sutil que lo hace sentirse a uno hermano de las plantas que florecen en el jardín encantado; Longfellow, el agua de las fuentes campesinas en que se mojan los helechos y se refleja el cielo, y Baudelaire y Poe, un opio enervante que puebla el cerebro de sombras alucinadoras, entre cuya oscuridad brillan los ojos de Lady Ligeia y vibran unas campanas fantásticas, y aletea el cuervo y suenan quejidos de inexplicable angustia.

En los silencios de nuestros diálogos oíamos atrás las voces de nuestros compañeros que discutían el alza de las acciones de un ferrocarril en construcción; que ponderaban la honradez y la habilidad de un ministro recién posesionado, de quien se prometí maravillas; que pronosticaban la cosecha venidera como muy abundante y calculaban en coro el alza segura del papel moneda. Nosotros, perdidos en nuestra conversación, ellos, discutiendo sus graves cuestiones económicas, y sin que ninguno sintiera la distancia al caminar paso entre paso por la vereda sombreada de salvios oscuros y de lánguidos sauces, fuimos a dar al pueblecito vecino.

Para mí se fundieron en una sola, penetrante, fina y sutilmente voluptuosa, las impresiones del paseo, la temperatura tibia del aire y la claridad de la hora, la expresión aristocrática de la fisonomía de usted y los detalles exquisitos de su vestido; la quietud adormecida del paisaje y el olor de White Rose que emanaba del pañuelo de batista que tenía usted en la mano enguantada de piel de Suecia; la luz sonrosada en que la envolvía a usted, al tamizar los rayos verticales del sol, su sombrilla de crespón rojo; la sonrisa desencantada que asomaba a sus labios y la música de su voz al contarme las dificultades con que había luchado al pintar su último cuadro.

Hoy en unas horas perdidas, mientras que la llovizna monótona extiende sus cortinas grises por el horizonte y enloda las calles y lo entenebrece todo, como un pianista desconfiado que antes de preludia una sinfonía toca interminables escalas para adueñarse de los secretos de la práctica y dominar el teclado sonoro, me he entretenido en hacer ejercicios de estilo, para lograr que las palabras digan ciertas impresiones visuales. Es así como he escrito estas Transposiciones. Mientras las escribía recordaba las horas que pasé aquel día en casa de usted y se me impuso la idea de suplicarle que aceptara estas páginas en recuerdo de ellas y de nuestra plática de Arte.

Nuestros compañeros que conversaban esa mañana del ferrocarril en construcción, de la habilidad del ministro, de la cosecha mirífica y de la baja del cambio, han tenido después decepciones crueles y han renegado de sus entusiasmos de entonces; el ferrocarril está inconcluso y las acciones no tienen cotización; el ministro resulto un imbécil, las sementeras se perdieron y el papel moneda bajó veinte por ciento.

Usted y yo no hemos tenido desengaños acerca de los entusiasmos que motivaron nuestro diálogo de ese día; sigue usted con más amor que nunca, fijando en sus cuadros las poesía eterna del color, de la luz y de la sombra; sigo yo leyendo mis poetas y tratando de dominar las frases indóciles para hacer que sugieran los aspectos precisos de la Realidad y las formas vagas del Sueño; cuando se sienta usted a su piano Weber y pasa los dedos ágiles y finos sobre el teclado de marfil, las sonatas de Beethoven la hacen entristecerse más suavemente que entonces; cuando abro yo mi ejemplar de los poemas de Bourget, tirado en papel de la China y empastado por Thibaron en pasta llana de marroquí rojo de Levante, con filetes de oro, siento una emoción más profunda al releer la Meditación sobre una calavera, o las estrofas penetrantes y musicales de la Noche de estío; cuando los ojos de usted, fatigados por la policromía de la paleta, se detienen en la Ninfa de Clodión, aprecian mejor el moldeado blando del seno y las curvas armoniosas de las piernas gráciles; cuando vuelve usted a mirar la copia del Angelus hecha por sus manos, siente más a fondo la poesía sencilla y grandiosa del lienzo magistral, y se deja invadir lentamente por la melancolía que flota en la claridad moribunda de aquel cielo de crepúsculo y que cae con la sombra sobre la tierra ennegrecida y sobre las figuras de los labriegos.

Es que usted y yo, más felices que los otros que pusieron sus esperanzas en el ferrocarril inconcluso, en el ministro incapaz, en la sementera malograda o en el papel moneda que pierde su valor, en todo eso que interesa a los espíritus prácticos, tenemos la llave de oro con que se abre la puerta de un mundo que muchos no sospechan y que desprecian otros; de un mundo donde no hay desilusiones ni existe el tiempo; es que usted y yo preferimos al atravesar el desierto, los mirajes del cielo a las movedizas arenas, donde no se puede construir nada perdurable; en una palabra, es que usted y yo tenemos la chifladura del arte, como dicen los profanos, y con esa chifladura moriremos.

Señora, déjelos usted que nos llamen chiflados, que se burlen de nuestra inocente manía. Ya ve usted cómo al cabo de dos años nosotros adoramos con más fervor lo que queríamos entonces, y ellos han perdido sus ilusiones. Ríase usted de ellos, señora, si su bondad inefable se lo permite, y si no, compadézcalos. Los dos hemos escogido en la vida la mejor parte, la parte del ideal, la parte de María, y mientras que Marta prepara el banquete y lava las ánforas, nosotros, sentados a los pies del Maestro, nos embelesamos oyendo las parábolas.

Es fácil que algunos instantes de desabrimiento y de acedía le impidan gozar de éxtasis de las fruiciones estéticas; que las tentaciones del mundo vengan a turbar la paz del espíritu de usted, y que la muselina de Siriganor de un vestido de baile salido de las manos de Worth, o el oriente rosado de las perlas de un collar que tengan en el estuche de raso negro la marca de Braugrand Rivir le parezcan a usted más deseables que el claro oscuro exacto de un esbozo difícil o que la interpretación sincera de una mediatinta fugitiva; yo he tenido días de esos en que desesperado de lograr la armonía de un período o la música de una estrofa, y olvidado de mis poetas, he pecado gravemente, y he perdido mi fervor, sin fuerzas para resistir las tentaciones vertiginosas del oro. Aconsejado en esas horas de aridez espiritual por mi confesor laico, un viejo psicólogo que tiene en su celda, por todo adorno, una copia de la Melancolía, de Alberto Durero, y que posee a fondo los secretos sutiles de la dirección de las almas, he alcanzado grandes consuelos y he restablecido la paz interior leyendo y meditando mucho aquellos versículos suavísimos de la imitación: Excedunt enim spintuales consolationes, omnes mundi delicias et carnis voluptatis.
Nam omnes mundance aut vanae sunt turpes
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(De Imitat, Lib. II, cap. X).

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Que al leer Ud. estas páginas sienta algo del encanto que tuve al escribirlas, y al recordar la mañana clara y tibia en que caminamos juntos por la vereda que lleva a la casa de campo donde pasó ud. horas tan apacibles retirada del mundo y distraída de las preocupaciones mezquinas del diario, por el sortilegio misterioso del Arte.

Suspiros

Si fuera poeta y pudiese fijar el revoloteo de las ideas en rimas brillantes y ágiles como una bandada de mariposas blancas de primavera con alfileres sutiles de oro; si pudiera cristalizar los sueños en raras estrofas, haría un maravilloso poema en que hablara de los suspiros, de ese aire que vuelve al aire, llevándose consigo algo de las esperanzas, de los cansancios y de las melancolías de los hombres.

* * *

Y para huir de los suspiros de convención, de las romanzas sentimentales, llenas de luna de pacotilla y de ruiseñores triviales, hablaría de los suspiros angustiosos que flotan en el aire espeso e impregnado de olor de ácido fénico, en la luz dorada de los cirios, entre el aroma vago de las flores mortuorias, cerca de aquellos cuyos ojos, cerrados para siempre, guardan las huellas violáceas de los últimos insomnios, y cuyos labios se ajaron con el frío de la muerte...

* * *

¡Ah no! Ese suspiro sería demasiado triste para hablar de él; su recuerdo haría nublarse los ojos nuevos de las lectoras, los ojos oscuros unas veces como noches de invierno, azules y claros otras, como el agua de los lagos quietos.

* * *

Para que no se nublaran, hablaría del suspiro de voluptuosidad y de cansancio que flota en el aire tibio de una sala de baile, iluminada como el día, reflejada por espejos venecianos; del suspiro de una mujer hermosa y joven agitada por el valse, cuya piel de durazno se sonrosa, y cuyos dedos de hada estrechan febrilmente el abanico de plumas flexibles que le besan la falda; del suspiro sensual y vago que se pierde entre las blancuras rosadas en el aire donde palpita el iris de los diamantes, donde la luz se quiebra en el aire de los rubíes, en el azul misterioso de los zafiros, en el aire que arrastra tentaciones de ternuras y de besos...

* * *

¡Ah, no! Ese suspiro sería demasiado dulce para hablar de él; su recuerdo haría arrugarse la frente cansada, y blanquearía las canas de los filósofos, por cuyas venas no corre, en oleada ardiente, la sangre de la juventud. Para que pudieran leerme, hablaría más bien del suspiro de cansancio de un viejo, de un suspiro oído una tarde de otoño, en el camino que va del pueblo al cementerio, un camino donde rodaba la hojarasca empujada por el viento; donde un hilo de agua dejaba oír su queja monótona; donde los árboles, envueltos en niebla, tomaban extraños aspectos, y en cuyo horizonte entre las nubes frías y húmedas, se ponía el sol. ¡Oh! Aquel suspiro parecía salir, más que de un pecho humano, cansado de la vida, del paisaje mismo, del cementerio donde duermen los huesos bajo la yerba, de la vegetación quemada por el frío, de las oscuridades vagas del horizonte; parecía ser una queja de la naturaleza deseosa de dormir en definitivo descanso, fatigada de su tarea eterna, de la sucesión infinita de los veranos y de los inviernos, de la luz y de la sombra...

* * *

¡Si fuera poeta y pudiese fijar el revoloteo de las ideas en rimas brillantes y ágiles como una bandada de mariposas blancas de primavera con clavos sutiles de oro; si pudiera cristalizar los sueños; si pudiera encerrar las ideas, como perfumes, en estrofas cinceladas, haría un maravilloso poema en que hablara de los suspiros, de ese aire que vuelve al aire, llevándose algo de los cansancios, de las esperanzas y de las melancolías de los hombres!

* * *

Aun siendo poeta y haciendo el poema maravilloso, no podría hablar de otro suspiro... del suspiro que viene a todos los pechos humanos cuando comparan la felicidad obtenida, el sabor conocido, el paisaje visto, el amor feliz, con las felicidades que soñaron, que no se realizan jamás, que no ofrece nunca la realidad, y que todos nos forjamos, en inútiles ensueños.

El paraguas del Padre León

Muchas veces lo he visto de cerca y muchas de lejos, y en cada una de ellas lo he mirado y remirado con el empeño con que un semiescritor enamorado de la teoría del documento humano, observa a los tipos que se apartan de la humanidad corriente, de la humanidad de pacotilla... Me he complacido en estudiar los pormenores de su extraña figura, mescolanza de líneas purísimas y de detalles grotescos; aquel perfil regular y noble de la cabeza amplia, aquellos largos cabellos blancos, aquellos ojos verdosos de expresión alocada, aquella nariz aguileña, aquellos paraguas inverosímiles que lo abrigan en los días lluviosos, aquel lente forjado como para el ojo de un cíclope, que carga en el bolsillo, aquel cuerpecito de gnomo, aquella voz chillona unas veces, cavernosa otras, con que alarga hasta lo infinito las sonoras sílabas latinas de las liturgias diarias...

Lo he visto oficiar, vestido con una casulla lila, tramada de oro, cayéndole sobre las canas ensortijadas un rayo de sol matinal, envuelto en la nube aromática del incienso que sube hacia el tabernáculo, y en esos momentos la figura toda, el perfil de filósofo romano, los ojos verdosos, el cuerpo deforme, tomaban una expresión de rara nobleza aumentada por el prestigio de los movimientos lentos y hieráticos... Lo he visto en el tendido de la plaza de toros, vestido con una sotana raída y polvorienta, la fisonomía vulgarizada por el entusiasmo de la corrida, la cara congestionada por el calor del mediodía, sacudiéndose como un energúmeno, limpiándose las gotas del sudor que le perlaba en la frente, con un pañuelo enorme de seda amarilla, que estrujaba con las manos, ridículamente pequeñas...

Sin embargo, cuando pasen muchos años y haya muerto él y lo oiga nombrar y al oír su nombre vuelva yo los ojos hacia los días de hoy, perdidos para siempre en el fondo del tiempo, no lo recordaré ni hermoseado ni ennoblecido por las lujosas vestiduras sacerdotales ni vulgarizado por el ambiente cálido del circo...

El Padre León... el paraguas del Padre León... Las misas del Padre León... Las imágenes que entonces, al vibrar en mis oídos, suscitarán esas sílabas, no serán las evocadas antes, sino otra—tan precisa, tan neta y al mismo tiempo tan sugestiva—que no resisto al deseo de convertirla en unas líneas para esta primera página del álbum que has tenido la peregrina idea de dedicarle.

La esquina de una calle central; el cielo y los lejos negros como boca de lobo, rayados por los hilos de plata de una llovizna fina; el piso húmedo y brillante por la lluvia; allá arriba, entre lo oscuro de la noche, la irradiación fantasmagórica, la claridad deslumbrante e incolora de un foco de luz eléctrica, que hace más intensa la sombra alrededor; abajo, en la calle, diez pasos adelante de la lámpara incandescente, esta silueta inverosímil: abajo un paraguas enorme, un paraguas rojo de colosales dimensiones, un duende negro, de un metro de alto, con vestido talar y sombrero planísimo de anchísimas alas, que lleva en la mano una linterna de vidrios verdes... Sobre el empedrado brillante por la lluvia, la sombra del duende; la cabeza enorme, el cuerpo pequeñísimo, los reflejos rojizos del paraguas, los reflejos Verde esmeralda de la linterna, se proyectaban fantásticos.

El primer instante de verlo así fue delicioso para los ojos que deseaban color, mucho color, fatigados por lo gris del lluvioso crepúsculo... Aquello daba impresión de una cosa no cierta, irreal...

¿De dónde venía, a dónde iba el Padre León protegido por el enorme paraguas rojo, alumbrado por la diminuta linterna verde?... De fijo había tomado el chocolate en casa de unas buenas amigas suyas, dos viejecitas que viven en la calle de Béjares, en una sala que olía a papayas, sentado en un viejo sillón de cuero labrado, de vaqueta cordobesa, teniendo al frente un cuadrito desteñido de Gregorio Vásquez... y conversando de las profecías del doctor Margallo y del próximo fin del mundo. Después del chocolate le habían dado dulce de uchuvas o de cabellos de ángel, después un tabaco que olía a vainilla... Aquello era el Santafé dormilón, inocente y plácido de 1700, un pedazo de la vieja ciudad de la mula herrada, del espanto de la calle del Arco y de la luz de San Victorino...

En ese instante un coupé negro y brillante, tirado por un soberbio tronco de alazanes, un coupé que parecía una joya de ónix, manejado por un cochero inglés correcto y rígido bajo su casacón de paño blanco cruzó bajo el foco de luz eléctrica... Era el coche salido de los talleres de Million Cuet, del Ministro X, que vendió por seis mil libras esterlinas sus influencias para lograr tal contrato escandaloso... Alcancé a ver por la portezuela abierta el perfil borbónico del magnate y la cabecita rubia, constelada de diamantes, de su mujer, aquella fin de siècle neurasténica que lee a Bourguet y a Marcel Prevost, y que se ha hecho famosa por haber comprado todas las joyas que, en su postrer viaje a Europa, trajo el último de los Monteverdes... ¿A dónde iba la elegante pareja?... A oír el segundo acto de Aida en el Teatro Nuevo, lujo de la Bogotá de hoy, de la ciudad de las emisiones clandestinas, del Petit Panamá y de los veintiséis millones de papel moneda...

El siglo diez y ocho encarnado en el Padre León; el siglo veinte encarnado en el omnipotente X, vistos ambos, en menos tiempo del que había gastado en convertirse en humo aromático el tabaco dorado del cigarrillo turco que tenía en los labios, vistos ambos a la luz de la lámpara Thomson-Houston, que irradiaba allá arriba entre lo negro profundo su luz descolorida y fantasmagórica...

¿No vienen siendo las dos figuras como una viva imagen de la época de transición que atravesamos, como los dos polos de la ciudad que guarda en sus antiguos rincones restos de la placidez deliciosa de Santafé y en sus nuevos salones aristocráticos y cosmopolitas la corrupción honda que hace pensar en un diminuto París?...