El drama
José Martí

La mujer amante —casada—, sacrificada al poeta egoísta. Ella se da a él, en alma y cuerpo: todo, a él. Él la acepta como entretenimiento. Ni siquiera como entretenimiento, sino como halago a su vanidad, como tributo a su seducción, y como estudio. Es el deber de la hermosura: sometérsele. El deber de la flor: darle su aroma. Lo del poema: Leonor, des­nuda, sin más vestidos que sus cabellos, fortalece al guerrero cansado, que llega a ella moribundo, con la fatiga de sus ar­mas; recupera las fuerzas con las de Leonor desnuda e inerme, y sigue a caballo con sus armas ligeras, rejuvenecido y ufano. Pero el drama n

o tiene por qué repetir lo del poema, ni privar­me de escribirlo, aunque concuerda en esta idea esencial.

Ella entra.

—¡Todo por él, por él...! ¡Hasta la ignominia de sufrir aque­llos besos! ¿Por qué no los estrujo? ¿por qué lo soporto? ¡Por qué pude resistirme a ellos en tiempo, y no me resistí!

Pero no, no es esa la razón. Porque si me rebelo, si aplasto esos besos, si me arranco de esos brazos, si me desenredo del cuerpo esa serpiente, si me saco del pecho, de los tejidos, de la sangre, del hueso, ese fango —él peligra, a él lo obligo. ¡No!, que él no me deba más que la felicidad. ¡Por él, hasta la ignominia! Como este paño de terciopelo negro con borda­dos de oro es él: vasto, y recamado. Arabescos de pensamien­to, de oro puro, en noche solemne. (Recuerdo de la luz de luna sobre la Bahía de La Habana.)

La escena en que, dormido él, le lee ella el pensamiento.