Hora de lluvia

Me pediste ayer tarde una historia, para que fuese para ti —leyendo cosas mías— menos triste esta noche en que no podíamos vernos.

Ahí te envío para que te entretengas en otra noche de llu­vias, este cuento ligero que se parece tanto a la verdad —por tu hermoso capricho nacido, y escrito velocísimamente en noche lluviosa.

Que lo leas, mi Blanca.

 

Abril, 29 de 1873


Mi Blanca: A las ocho y media empiezo a escribir para ti esta brevísima historia —feliz ya, porque nace de tu cariño y tu deseo.

Espacio estrecho es una hora, y cosa rápida y risible ha de ser todo lo que en ella precipitadamente escriba yo. Tiempo, papel —todo es estrecho para este poderoso amor que vive en mí.

Llueve copiosísimamente; llueve sin cesar. Es, Blanca mía —y no te rías—, que el cielo mismo frunce el ceño, y se pone mohíno, y llora, porque no hemos podido hablarnos hoy. Tú eres el cielo.

Mi prólogo extravagante en verdad, te dice aquí adiós.

Tú esperas un cuento; yo no puedo hacerte esperar: allá va a ti.

***

Era un hombre soberbiamente feo. De cabello rebelde, de cabeza erguida —con la boca demasiado grande, con la nariz demasiado redonda, de faz huesosa, de cejas oblicuas, de mi­rar altivo, de barba osada y puntiaguda. Así era el hombre.

Ni había en aquellos labios vestigio de sonrisa. Miraba, y parecía que gemía. Hablaba, y hacía daño su tristeza —y mi­radas y palabras brotaban de aquella fisonomía como escon­dido dolor y como lágrimas.

—¿Qué, no eres feliz? —le preguntaron un día.

—¿Lo eres tú que lo preguntas? —contestó él—. Ni Dios mismo, si Dios es hombre, es feliz.

—¿Que sufres? —le dijeron otra vez.

Y miró con cariño al que lo adivinaba, y respondió:

—No: vivo.

No era aquella una tristeza necia y vulgar, ni un dolor mo­nótono, ni una pena desconsolada y femenil. Era aquel un so­berbio dolor.

—¿Qué, nada habrá que te cure? —le dijo en diciembre uno a quien él quería como hermano.

—Si la muerte fuera morirse, me curaría la muerte. Pero como morir es volver a vivir, ni la muerte me curará. —Esto dijo.

Él era acomodado, si no rico; —joven, vigoroso, querido. ¿Qué espíritu era aquél que en estas condiciones sufría?

—¿Qué tienes? —le preguntó el que lo quería tanto.

—Ni patria ni amor. ¿Entiendes tú que un corazón lata en vano, y no sepa el miserable por qué late? ¿Entiendes tú, que un alma se sienta repleta de vigor, ardiente para amar, henchi­da con intentos generosos, y no sepa en qué ha de emplear su fortaleza, ni encuentre cosa digna de poseer sus ansias ni ha­lle dónde verter su generosidad? Así vivo yo. Yo siento en mí una viva necesidad, un potente deseo, una voluntad indoma­ble de querer: yo vivo para amar: yo muero de amores, y he querido encarnarlos en la tierra, y una fue carne y otra vani­dad, y otra mentira y otra estupidez, y entre tantas mujeres para los ojos, no hallo el alma una sola mujer.

»La patria me ha robado para sí mi juventud.

»Mi corazón se va lleno de ira de esas necias criaturas que lo usan, que lo desean, que lo aman quizás, pero que no son capaces de entenderlo. Y vivo cadáver, encerrado en extraño país; avergonzado de tanto necio amor. Y vivo muerto. Si ha­llas tú alguna vez unos ojos más claros que la luz, más puros que el primer amor, más bellos que la flor de la inocencia; para mí los guarda, para mi ansiedad los educa, dilo al instan­te, hermano mío, a esta alma enamorada que se muere por no tener a quien amar.

»Dilo; pero no la mires tú antes, que aunque me amara des­pués me atormentaría ya de celos aquella mirada suya que no fue para mí. Vivo muerto ¿qué habrá que me dé vida?

Y el amigo, sombrío ante aquellas sombras, seguro de que nada curaría aquella tristeza, superior a las comunes y monó­tonas tristezas humanas, quedó a su vez triste aquel día, por­que un amigo leal no es feliz si no ve feliz a su amigo.

Esto era en diciembre, mes frío como la indiferencia, oscu­ro como la desconfianza, negro como la culpa.


Son las nueve.

Era una virgen púdica: Toda la vida de una mujer está en sus ojos y eran aquellos ojos más claros que la luz, más puros que el amor primero, más bellos que la flor de la inocencia.

Eran aquellos ojos cuna gentil de todas las purezas, ricos en ternura y en bondad, riquísimos en arrobadoras miradas. Y eran en mirar tan abundantes, y había más flores en su alma que miradas en sus ojos.

Niña apenas, había crecido extraordinariamente; porque la naturaleza, ufana de su obra, se había dado orgullosa prisa por mostrársela pronto a la tierra.

Aquella criatura tenía la cara a la manera de los óvalos divi­nos de aquel hijo predilecto de Dios que llaman los pintores Rafael.

 

Tenía en el cutis colores que robaban celosas las flores para engalanarse los días de primavera. Tenía una boca de líneas tan puras como la celeste boca de María.

No era su belleza perfectamente terrenal; porque su hermo­sura, poca quizás para la tierra, es la hermosura que necesitan las almas ávidas de cielo.

 

Son las nueve y diez.

—¿Amas? —le preguntaron un día a la niña. Y encendió sus mejillas un color más vivo que una amapola de las dehesas castellanas.

—¿A quién amas? —le preguntaron otra vez; y ella, alta la frente, serenísimos los ojos, inundada de alegría la faz, dijo clara y distintamente, dijo con orgullo candoroso:

—A él. A él.

—¿Quién es él? —Nada había más puro que aquella cria­tura. Nada habría más feliz que el hombre amado de ella—. ¿Quién es él?


Era ya abril.

—¿Que vives? ¿que despiertas? —decía abrazando a aquel hombre de cabello rebelde y faz huesosa el que como herma­no lo quería—: ¿que ya vives?

—Amo, por eso vivo. Ya hallé a quien amar. Criatura de ojos más claros que la luz, más puros que el primer amor, más bellos que la flor de la inocencia.

—Y ¿la patria?

—La amo. Para los deberes, la vida. Para mi amada, el co­razón.

—¿Y si mueres?

—No muero. Morir es empezar a vivir.

Si muriera, vendría todas las tardes a besarla mil veces en la frente —y ella, que me conocería, me besaría.

—¿Tanto amas?

—Tanto amo. Me regocija, me resucita, me alimenta, me despierta. Jesús salvó a la tierra: ella es mi Jesús. —¿Que redime tus dolores? —Sí los redime. —Nunca te olvide. ¡Bendito amor!

 

¡Bendito amor! No hay ya para aquel hombre de la faz huesosa ni instantes de agonía, ni horas de ira, ni rudo do­lor—. Ve el cielo siempre azul, la noche siempre clara, las al­mas siempre nobles y serenas, su alma misma iluminada por la paz.


Era abril.

¿Quién era el hombre?

¿Quién será, Blanca mía, la divina mujer, de óvalo de vir­gen, de colores que robaban las rosas, de boca de líneas tan puras como la boca de María?

—Nunca te olvidé —dijo al hombre su amigo—. ¡Bendito amor! Bendito amor, Blanca mía. No me olvides jamás.

 

Son las nueve y veinticinco minutos. Ya acaba mi brevísi­ma historia—. Aún llueve. Aún esperas. Salgo a llevártela. ¿Me quieres, Blanca mía?