Irma

Vivíamos en una ciudad del norte de Alemania: fría, brumosa, tradicional, soñadora. Calles angostas y tortuosas, edificios ennegrecidos por el moho del tiempo; altos techos llenos de ventanas cubiertas de tiestos y macetas; vericuetos y pasajes misteriosos por el centro de las casas, pequeñas plazueletas formadas por edificios de raras y variadas estructuras, un trozo arquitectónico de Edad Media de soñoliento aspecto y cargado como de sombras o fantasmas. Y por esas calles y bajo esos techos y por dondequiera en ese lugar, en ese teatro cuyo escenario representaba los tiempos feudales, vivía una muchedumbre activa, se dilataba, como el mercurio dentro del vidrio frío, una generación al calor de la ciencia y del arte, que como conquistadores se habían adueñado de aquellos lugares, y tenían su altar, pues que la ciudad en que vivíamos era ciudad universitaria y como a fuente benéfica acuden a ella los sedientos de ciencia de todas partes del mundo.

Y nosotros fuimos en busca del saber y con la fe de nuestra juventud a beber en esas fuentes: veníamos de las lejanas comarcas americanas, en donde la humanidad es nueva y la tradición escasa. Después de nuestros montes cubiertos por el bosque primitivo, de nuestros ríos perezosos, que se deslizan sobre la pampa tropical y reflejan las palmeras melancólicas, aparecieron como recuerdos de un sueño ajeno, los collados y alturas, coronadas por las derruidas e ingentes formas de feudal castillo, y las aguas mansas, que en sus ondas reflejan la gótica aguja del antiguo templo. Todo fue una revelación; ese mundo muerto cuyas osamentas yacían en torno nuestro estaba lleno de encanto, y nuestra vida en esos días era grande y hermosa. Teníamos en nuestros ejes el reflejo postrero de los soles hundidos, y la fe en el día venidero; todos los tintes del crepúsculo, todas las luces de la aurora.

Y ella y yo teníamos fe en el arte y en la ciencia. Abandonamos las nativas playas en busca de nuestros ideales, que creímos hallar en el suelo que vio nacer a Goethe y a Schiller, a Humboldt y a Lessing.

En medio de esos edificios se distinguían los que formaban la universidad, en donde a la sazón aprendían todos los ramos del saber humano, más de tres mil estudiantes. Y también se hallaba no lejos de ellos el conservatorio de música, cuyos discípulos habían llevado el arte que allí aprendieron, a todos los confines del mundo, tocando en lo íntimo los corazones en todas las latitudes del globo, con las melodías de Schubert, de Mozart y de Beethoven.

Irma estudiaba música, su instrumento era el piano, el más ingrato de todos. Tenía fe en su arte y con muchos sacrificios logró abandonar su lejana patria, pues era nacida en la América del Norte, para ir a estudiarlo con los grandes maestros. Corría en sus venas sangre alemana, así que su espíritu se sintió aliviado en vez de atónito y suspenso como me había acontecido, cuando sus ojos vieron la hermosa tierra, cargada de tradiciones, en vez del suelo del lugar de su nacimiento cruzado de ferrocarriles, y cubierto de edificios monótonos en su modernismo. Para ella era aquella una vuelta a la patria, y al punto se halló en su centro, en su medio natural. Comprendió a primera vista todas aquellas inscripciones medio borradas, sintió la poesía de todas aquellas minas y entre ellas bien pronto fabricó su nido.

Me explicó el sentido íntimo de las baladas y leyendas, y comprendí, oyéndolo de sus labios, el canto de la sirena del Lorelei, la maldición del cantor de Uhland, y los melancólicos acordes del viejo trovador compañero de Mignon. Toda esa poesía le era propia, gozaba en la contemplación de una catedral gótica y estaba convencida de que Mephisto podía salir de detrás de aquel tonel inmenso de la taberna de Auerbach, en donde comíamos los días en que había unos cuartos más que de usanza, en nuestras bolsas.

Era conocida entre todos los estudiantes de piano del conservatorio, todos admiraban su talento, y el mismo Reinecke, parco en sus alabanzas, le había dicho que con constancia, podía hacer suyos los laureles de Rubinstein, de Liszt, o de Planté.

Su mano recorría las teclas como un arroyo se desliza en ondas cristalinas sobre su lecho de arena. Amaba los cantos melancólicos de Mendelssohn, los ecos del alma de Schubert, la música de Mozart, tan dulce como la italiana, y tan profunda como la alemana. Y bajo su influencia el aire se poblaba de notas danzantes de mansas ondas de rítmico movimiento y mágica cadencia, que llegaban al corazón, se apoderaban del espíritu y por escala invisible lo llevaban al mundo ideal de los sueños y de las aspiraciones infinitas.

Cercano estaba el día de su triunfo. Iba a presentar el último examen, una mera fórmula, que la corona ya era suya, y era preciso mostrar en público y ante los jueces la habilidad que ellos conocían, para que le diesen su diploma, el ideal de su vida, el fruto de sus esfuerzos y sus luchas. Lleno estaba su corazón de alegría; era una mañana fría de invierno, clara y penetrante la atmósfera hacía sentir doblemente la dicha de la vida y el calor de la sangre en las venas. Propuso que fuésemos a patinar.

El inmenso espejo helado invitaba y atraía, y sobre él nos lanzamos, y a poco, como presa del vértigo, resbalábamos sobre él rápidos como aves en el espacio. De repente tropieza, trata de sostenerse, procuro ayudarla, pero solo logro caer con ella. Levanteme al punto, y al irla a alzar, noté que se había desmayado. Pedí socorro, vino un médico y a poco descubrió que había caído sobre su mano derecha y se la había fracturado.

Al volver en sí trató de mover la mano, y al ver que no lo podía hacer prorrumpió en un llanto silencioso. Comprendió que su arte se le iba y que al tocar el premio se le escapaba y desaparecía.

–Estaba de Dios, me dijo resignada.

Triunfo, laureles, todo estaba perdido, el sueño deshecho, y sentía la infeliz la horrorosa impotencia del poder, el más satánico y cruel de los tormentos humanos. Me aparté de su lado, y al volver pocas horas después, hallé que la pobre Irma había muerto.

Hubo quien hablara de láudano y de veneno. ¡Mentira! se muere cuando se pierde el sueño adorado, la ilusión de la existencia. Aquella pobre niña no podía dar sus melodías al mundo: fue a confiarlas al cielo.