Julián del Casal y de la Lastra
"El Conde de Camors" - "Hernani"
(1863 - 1893)

Poeta cubano, de temperamento tímido, triste, nostálgico, ensimismado, escéptico y esencialmente artístico. Perdió a su madre al nacer, y a su padre cuando era solamente un adolescente. Cursó estudios en el Real Colegio de Belén, donde ingresó en 1870. Se graduó de bachiller en 1880.

Comenzó la carrera de derecho, pero no llegó a concluirla. Fundó con varios compañeros el periódico clandestino y manuscrito «El Estudio» (semanario de ciencias, artes y literatura), en el que publicó sus primeros versos. Visitó el Nuevo Liceo gracias a su amistad con Nicolás Azcárate. Allí conoció a Ramón Meza y se puso en contacto con los principales autores extranjeros del momento. Trabajó como escribiente de la Intendencia General de Hacienda.

Casal estudió por su cuenta a los clásicos latinos y españoles; se enamoró de los románticos, y muy especialmente de Leopardi, y en sus últimos diez años sintió la influencia de los parnasianos, los simbolistas y los decadentes europeos -Heredia, Moréas, Huysmans, Wilde-, y muy especialmente de Baudelaire y el pintor Gustave Moreau, que lo fascinaron, pues creyó hallar en los dos el arte supremo, expresión de la belleza "fría como las vírgenes" y "más blanca que los cisnes", como decía.

Mantuvo una cordial amistad con el escritor y patrón de las artes Esteban Borrero Echeverría. Atendía a las tertulias en casa de este señor donde encontró apoyo, cariño, y un grupo de jóvenes discípulos. Brotó una fervorosa intimidad platónica con una de las hijas de la familia, Juana Borrero. Algunos estudiantes de literatura consideran que del Casal y esta muchacha eran pareja espiritual. Tal pasión dio lugar al poema que él le dedicó a ella.

Sin emabargo, Casal vivió casi siempre aislado. En 1888 se trasladó a España y poco después regresó a La Habana en precaria situación económica, refugiándose como antes en su cuarto decorado de chinerías y japonerías -muy novedosas entonces en la América-, donde recibía de cuando en cuando a sus amigos íntimos, vestido de mandarín, y ofreciéndoles té junto a la imagen de Buda y entreespirales de sándalo e incienso. Murió de repente, al lado de amigos y admiradores, sentado a la mesa durante una cena, debido a un ataque de aneurisma.

Después de su regreso de España, comenzó a trabajar en «La Discusión» como corrector de pruebas y periodista. Por esos días estrechó relaciones con la familia Borrero. Fue redactor del semanario «La Familia Cristiana» (1891-1892). Colaboró en La Habana Elegante, periódico que le pagaba mal sus crónicas sociales, publicó una serie de artículos entre ellos el titulado «La sociedad de la Habana» (el primero de ellos, sobre el Capitán General Sabás Marín y su familia, le costó su puesto en la Intendencia General de Hacienda), «El Fígaro», «La Habana Literaria», «El Hogar», «El País», «La Caricatura», «Diario de la Familia», «Ecos de las Damas», «La Lucha», «EL Pueblo», «El Triunfo», «La Unión Constitucional».

Era el escapista, dedicado a la lectura, la meditación y la contemplación de lo exótico, y pudo crearse un mundo de ensueños, que expresó en musicales kakemonos y sourimonos de encanto japonés, en sonetos de deslumbrantes coloridos y sobria intensidad lírica, y en rondeles y rimas de hondo simbolismo y primorosos diseños. Vivió en su torre de marfil, entre sombras, sin otro afán que el de crear.
Junto con Gutiérrez Nájera y José Asunción Silva fue uno de los iniciadores del movimiento Modernista. Tradujo poemas en prosa de Baudelaire. Parte de su prosa fue traducida al inglés. Utilizó los pseudónimos El Conde de Camors, Hernani y Alceste.

Casals representa el neorromanticismo decadente que marcó la sensibilidad fin de siècle. Su obra, en verso y prosa, estuvo signada así por la presencia del dolor y la muerte, el hastío y la inadaptación, la amargura y la impotencia, el ansia insaciable de evasión. Su verso dio cabida a los motivos aparentemente más exteriores del decadentismo: el amor a los climas artificiales, lujosos y hasta enfermizos; la recreación de situaciones o personajes ambiguos y exquisitos; variaciones sobre temas esteticistas y exóticos; y aun el regusto en lo sórdido, tétrico y sepulcral, que es aún más visible en sus narraciones.

Dada su visión decadente del mundo, parecida a la de un poeta maldito, se dio siempre en él la voluntad de un arte extremadamente refinado y brillante. Esa voluntad se sostenía en la perfección plástica lograda por la línea precisa y los colores prestigiosos; el uso y abuso de materiales nobles; las descripciones impecables y distanciadas de realidades exteriores que le habían llegado por vías de la cultura y el arte; y muy especialmente, el sometimiento riguroso a las formas más estrictas. Todo esto, lo abrevó el cubano en el Parnaso francés.

En protesta contra la mezquindad espiritual de su tiempo, sustituyó la realidad esta por la realidad otra de la vivencia y las palabras artísticas, sustitución que no puede realizarse sin su cuota humana de sufrimiento.

La conjunción o dualidad que en Casal se da con mayor dramatismo tal vez que en sus contemporáneos de América –dualidad de dolor y belleza, de angustia del espíritu y hermosura del lenguaje– la resumió Martí al hablar de los versos tristes y joyantes" de su compatriota. Sin embargo, a través de las opciones más característicamente decimonónicas que arriba han quedado apuntadas, se puede ir trazando en él algo de mayor potencialidad y futuridad estética: "el camino simbolista de Julián del Casal".

Casal logra que su intrínseca cosmovisión decadente- simbolista llegue incluso a conformarse expresivamente en un modo afín o asimilable al simbolismo. Tratando temas históricos, típicos del Parnaso, o desarrollando asuntos paisajísticos, el poeta los convierte en correlatos objetivadores de sus estados anímicos, dominados por aquellos sentimientos dolorosos antes mencionados.

En lo formal, avanzó mucho en aquella renovación del verso castellano que señaló uno de los esfuerzos mayores del modernismo: flexibilización acentual del endecasílabo, empleo del terceto monorrimo, maestría en el uso del decasílabo y sobre todo del eneasílabo. Su poesía -de tonos casi siempre elegíacos, y de música muy íntima y penetrante -es ora romántica, ora parnasiana, ora simbolista, y se compone de ritmos e imágenes y temas que encierran en germen casi todo el modernismo hispanoamericano. «Por su poder de innovación y de asimiliación de la poesía francesa -dice Federico de Onís-, Casal significa el mayor avance hacia la poesía nueva hecho antes de Rubén Darío.»

Los mismos elementos plásticos que caracterizan la poesía modernista de Casal, predominan en su prosa, con la precisión y naturalidad que le son propias. Cuando describe a una persona, logra un retrato fiel por el vigor, brillantez y colorido de los rasgos, así como los toques necesarios sugeridos por la psicología del personaje. Cada adjetivo es un brochazo del tono requerido en cada caso. Hay justificado regodeo sensual en la descripción de la belleza femenina, pero también cuando describe interiores de mansiones lujosas, joyas y piedras preciosas, y en general las cosas raras y exquisitas, como cuadraba a todo “decadente” o modernista que permaneciera fiel a sus credos artísticos.

El escaso conocimiento de la prosa de Casal dispersa en las publicaciones de su época –y que no se compilaron en libros sino hasta 1963, año del centenario de su nacimiento– justifica que no sean numerosos los estudios sobre este aspecto de su obra literaria, según se evidencia en la bibliografía pasiva del autor. En ella hemos anotado dos trabajos, uno sobre elementos decadentes en la prensa casaliana y otro acerca de las ideas y teorías sobre arte y literatura en la prosa de Casal. Ninguno sobre sus cuentos, específicamente. Aunque reducida, esta parcela narrativa en Casal es importante dentro del conjunto de su quehacer artístico y como una manifestación más de la nueva manera de contar asumida por las jóvenes generaciones literarias hispanoamericanas finiseculares.

"Cuentos amargos" llamó Casal a algunos de los que escribió, pero todos los suyos merecen ese calificativo porque son tristes episodios de seres desgraciados, salvo una que otra excepción. Su poder descriptivo, su capacidad pictórica, permite a Casal la creación de personajes y ambientes sugestivos desde el inicio; una vez conquistada la atención del lector y empleando los recursos artísticos idóneos para lograr la apariencia natural de lo vivido, con gracia y soltura singulares traza la parábola del drama.

Casal estuvo consciente de sus dotes de narrador y llegó a concebir la hazaña de escribir novelas. En una de ellas se proponía reflejar la tragedia de su inadaptabilidad al mundo en que le tocó vivir. Así comunicó su proyecto a Esteban Borrero, el 19 de marzo de 1891. Es posible que Casal no llegara a iniciar la proyectada novela, pero que no abandonara el proyecto al preparar Bustos y rimas, su último libro que apareciera póstumamente, pues incluyó entre sus obras “en preparación” una novela titulada Puah, que parece expresión más de asco que de hastío.

Casal ejerció la crítica literaria en no pocos de sus artículos, con el carácter impresionista de su época, sin pretensiones teóricas determinadas, pero con plena conciencia de los requisitos exigibles a la creación artística perfecta. Es natural que mostrara preferencia por obras y autores con los que compartía sus gustos estéticos, juzgándoles desde el plano renovador donde lo situó su fervor creativo, y que defendiera con pasión “lo moderno” frente a expresiones literarias y artísticas obsoletas. Sin embargo, tuvo suficiente amplitud de criterio para apreciar la autenticidad y los méritos de obras no adscritas a su credo poético, sin dejar dudas de sus convicciones ni de llevar a la “picota literaria” a aquellas obras que lo merecieran.
Novelas
Puah (en preparación desaparecida)

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Traducciones
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