Agua fuerte

Media noche. Desde la cúpula negra del firmamento, de brillante negrura de terciopelo, donde no blanquea el encaje de una nube, ni chispea el diamante de una estrella, desciende hasta la tierra, por los poros de la atmósfera, la sombra densa, calurosa y húmeda de las noches lluviosas de los países tropicales, sombra que lleva las visiones de la pesadilla a la cabecera de los lechos, que inspira el temor de los enterramientos prematuros, que interpone el hastío entre los cuerpos enlazados por el amor, que irrita el sistema nervioso de los seres melancólicos, que ahuyenta las ideas rosadas del cerebro de las vírgenes y que va dejando, por todas partes, cansancio, miedo, tristeza e inquietud.

Al fulgor plateado de ardiente lámpara eléctrica, colgada de grueso hilo de acero, cuya luz produce, en ciertos momentos, sordo rumor semejante al zumbido de un enjambre de moscas aprisionadas en fina urna de cristal; se ven surgir sobre el pavimento inmundo, fangoso y encharcado del lugar, en el sitio de reciente incendio, los escombros amontonados del edificio destruido por las llamas. Unos quedan a la sombra y otros a la luz. Diríase que ocultan los gérmenes de futura epidemia, porque de ellos se desprenden emanaciones de tierra húmeda, de madera carbonizada, de hierro oxidado, de gases inflamados, de sangre coagulada y de cadáveres en descomposición.

En medio de la calma de la noche, numerosos grupos de soldados, con las espaldas inclinadas hacia el suelo y con los pies hundidos entre el fango, bajo la inspección de sus vigilantes, se ocupan en remover los escombros, bajo los cuales yacen sepultados los restos de seres desconocidos. Sólo se escuchan, en el silencio nocturno, el rodar de un coche lejano, el ladrido de un perro encadenado, el golpe de la azada contra una piedra, el desmoronamiento de los montículos y el graznido de las aves nocturnas que revolotean en el aire. Además del fulgor del foco eléctrico, esparcen tonos diversos, en la negrura del cuadro, el azul de los uniformes, el dorado de los galones, el rojo de los escarapelas, el plateado de las espadas y el blanquecino de los huesos.

Lejos del grupo de escombreadores, hay seres enlutados que aguardan, con el semblante lívido y los ojos fuera de las órbitas, la extracción de nuevos cadáveres. De cuando en cuando avanzan algunos pasos. Entonces el temor les aumenta, porque surgen de los escombros, por diversos— puntos, rostros triturados por enormes piedras, brazos desprendidos de sus hombros, en actitud defensiva, pechos amoratados, roídos ya por gusanos, cráneos agrietados de los que cuelgan racimos de sesos, todos los fragmentos, en fin, de la obra de la Fatalidad.

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La lluvia empieza a caer. A través de los resplandores del foco eléctrico, parece que las gotas forman ancha cortina de hilos de cristal, invisible en la sombra e irisada en la luz. Los soldados suspenden las faenas, por orden superior, marchando a guarecerse bajo los balcones de las casas inmediatas. Y al verlos descender de los escombros, sucias las ropas, jadeantes de fatiga, las frentes bajas y las narices dilatadas, se nota que están dominados por el espanto de los hallazgos y por el respeto a los cadáveres, pero que sienten al mismo tiempo el asco que provoca la más abominable de todas las podredumbres: la podredumbre humana.


(La Habana Elegante, 9 de abril de 1893)