Bocetos habaneros

Un café


Apenas el disco amarañuelado del sol, envuelto en nubes opalinas, traspasa la línea del horizonte, dejando al mundo sumido en los pliegues de ancho sudario de vapores nacarados que la noche empieza a ennegrecer, los mozos, vestidos de trajes blancos y con un paño plegado bajo el brazo, se colocan de pie junto a las mesas respectivas, aguardando la llegada de los parroquianos o hablando a distancia unos con otros.


Al poco tiempo encienden las luces. Dentro de los bombillos de lechosa porcelana, las llamas doradas del gas, como pájaros fantásticos, preludian una sinfonía extraña, donde se perciben claramente sonidos semejantes a borbollones de agua, a silbidos de máquinas, a estertores de náufragos y a zumbidos de moscas aprisionadas entre los cristales de las ventanas.


Pronto cesa la sinfonía. El café toma un aspecto distinto. A los reflejos amarillos de los mecheros se incendian las lunas venecianas de los espejos, se alentejuelan de chispas de oro los vidrios de las botellas, se satinan las maderas de los asientos, se congestionan los rostros de los mozos y se les emperlan las frentes de sudor. Las mesas empiezan a ser ocupadas. Detrás del mostrador, los dependientes se ocupan en destapar botellas, dentro de las cuales fulguran el oro quemado del cognac, el ambarino de la cerveza, el nevado del anís, el rosado del curazao que, al caer en los vasos, esparcen sus perfumes en la sala, formando una atmósfera en la que flota incesantemente el humo de los tabacos.


Los concurrentes se pueden dividir en tres grupos; los que permanecen de siete a diez, los que no se estacionan más de cinco minutos y los que entran y salen a todas horas.


Entre los primeros, se encuentran burócratas que hablan de sus protectores que les han prometido enviarles el ascenso por el primer vapor; actores que no trabajan en aquella noche; que aguardan la primera crisis ministerial para ser repuestos en sus destinos; imbéciles que comentan los últimos discursos pronunciados en las cortes, alcoholistas que se extasían ante el vaso de cognac; y padres de familia que están hartos de la mujer, de los hijos y hasta de ellos mismos.


Entre los segundos figuran los espectadores de los teatros inmediatos que aprovechan los intermedios para respirar aire y apagar la sed, elegantes que se han citado allí para ir juntos a alguna recepción, extranjeros que penetran en todos los lugares y una multitud de desconocidos que tienen el buen gusto de no permanecer más que el tiempo necesario.


Entre los terceros, están los rentistas que acaban de comer en los restaurantes a la moda y acuden a hacer frecuentes libaciones; los sportmen que se cuentan sus últimas proezas, los estudiantes que empiezan a salir al mundo y los jóvenes que viven entregados al culto de Baco y al de Venus.

Así transcurre la noche. Después de la última campanada de las doce, empieza a decaer la animación. Las mesas se desocupan poco a poco y los mozos permanecen quietos detrás de ellas. La atmósfera se purifica de vapores alcohólicos. No se oye más que el ruido de una silla o el estallido del corcho de una botella. Hay algunos detenidos al borde del mostrador. Pero desde que algunos sirvientes, en mangas de camisa, aparecen por el fondo, con bandejas, de serrín unos y con escobas en la mano otros, dispuestos a la limpieza del marmóreo pavimento negro y blanco, los últimos concurrentes se echan a la calle, donde sólo se respira el olor de las inmundicias amontonadas al pie de las aceras, entrecortado por el que se desprende de los cuerpos de las mendigas de amor que vagan por algunos sitios a esas horas acechando la salida de los clubmen generosos o buscando a sus amantes desagradecidos o infieles.