Dos encuentros

I

El sol brillaba, como globo de fuego, en el firmamento. La yerba espesa, salpicada de gotas de rocío —semejante a inmensa alfombra de terciopelo verde, donde las hadas nocturnas parecían haber dejado los diamantes que adornaban sus cabelleras—, recibía las cenizas doradas del disco solar; las aguas del río, corriendo entre nenúfares, que flotaban entre las aguas, formando archipiélagos perfumados, mostraban otro cielo en sus profundidades; los mangos maduros brillaban como corazones de oro» entre el ramaje; y los pájaros, desde el borde de los nidos, mezclaban su voz a la de la selva que agitaba sus matorrales de flores silvestres y a la del viento que vagaba locamente por los campos olorosos.

Tendido al pie de un granado cuyos abiertos frutos, parecidos a verdes cofres repletos de rubíes, colgaban de las ramas abatidas, un adolescente, hermoso como Adonis y robusto como Hércules, vio llegar hasta él, envuelta en un manto de gasa, estrellado de piedras preciosas, a la mujer más seductora de la tierra, la cual empezó a hablarle de este modo:

—Tiempo es ya de que pienses en tu porvenir. Dos sendas hallarás para llegar al fin de tu destino: la primera está cubierta de flores y la segunda de abrojos. Si me amas, te llevaré por la primera y serás feliz. Tendrás castillos de jaspe, suntuosamente decorados, para pasar tu existencia; mantos de púrpura, flordelisados de oro, para cubrir tus espaldas; coronas de ricos metales, esmaltadas de piedras preciosas, para ornar tu frente; navecillas de nácar, con velas de seda, para surcar los lagos; vírgenes circasianas, impregnadas de perfume, para ahuyentar el hastío que devora tu corazón. ¿Quieres seguirme? Piensa en que todo lo puedo porque me llamó La Felicidad.

Pero el adolescente, hermoso como Adonis y robusto como Hércules, volvió la espalda por toda respuesta a La Felicidad.


II

Pasados algunos momentos, el bello adolescente, contemplando el descenso de las aguas de hervorosa catarata, irisada por los rayos del sol, encontró un peregrino cubierto de harapos y rendido de fatiga, que le habló de esta manera:

—Desde que naciste, he seguido tus pasos. Aunque me creen pobre, poseo muchos tesoros desconocidos. Tengo un templo indescriptible, alejado de la tierra, donde sólo penetran mis elegidos. Si tienes fuerza llegarás hasta él. Pero antes de emprender la marcha recuerda a los que han perecido en la mitad del camino.

—Es preciso atravesar, para ir al templo, ancho sendero de abrojos. Nada hay tan espantoso. Un cielo plomizo, despoblado de astros, aparece en la altura; el suelo, alfombrado de lodo, se hunde bajo los pies; los árboles desnudos de hojas, ostentan punzantes espinas; el agua de los arroyos, manchada de sangre, permanece estancada; las flores, salpicadas de oscuros matices, exhalan perfumes venenosos; las víboras, ocultas entre las zarzas, se enroscan en el cuerpo del caminante; las fieras, hambrientas de carne humana, muestran sus dientes afilados entre el ramaje; el mar, furioso en torno, ahoga todos los gemidos.

—Cuando tu cuerpo, acribillado de heridas, caiga sangrando sobre las piedras del camino; cuando tus labios, cerrados para siempre, exhalen el último suspiro; ceñiré a tu frente el lauro de los inmortales y te abriré las puertas de mi templo. ¿Quieres seguirme? Piensa en que me aborrecen las muchedumbres, porque soy El Arte.

Y el adolescente, hermoso como Adonis y robusto como Hércules, comenzó a internarse, sin vacilar un instante, por la senda del Arte.


(El Fígaro, 10 de febrero de 1889)