El general Sabas Marín y su familia

Su personalidad. Su carácter. Recuerdos de algunos generales. Su encumbramiento. Sus antipatías. Su aislamiento. Salones del Palacio. Remembranzas de tiempos pasados. Escenas frecuentes. La Quinta de los Molinos. Servidumbre palaciega. La generala. Sus hermanas. Rasgos distintivos. Ofrendas piadosas. Sobrenombre. Ocultas simpatías. Sus dos hijas.

De frente ancha, surcada de leves arrugas, por donde la calvicie se empieza a abrir paso; de ojos negros, luctuosamente negros, acostumbrados a presenciar los horrores de sangrientos campos de batalla; de nariz irregular, algo abierta, semejante a la de los emperadores romanos; de boca risueña, poco sensual, sombreada por luengos mostachos teñidos; de rostro agradable, bastante cárdeno, como el de toda persona que ha tomado grandes dosis de hierro; de andar lento, mitad por sus achaques, mitad por su naciente obesidad; tal es, en rápido bosquejo, la personalidad física del general Marín.

Respecto a su carácter, es altivo, no a la manera de Concha, ese gran vanidoso, que nunca se dignó estrechar la mano de sus inferiores; impetuoso, del mismo modo que Fajardo, a quien una señora parecida a Mme. Stäel, la eterna enemiga de Napoleón, se vio obligada a amenazar; arbitrario, de una arbitrariedad de monarca absoluto, según lo prueban sus disposiciones. Los que le rodean temen sus primeros arranques. Parece que firma sus decretos, no con pluma de acero, sino con la punta de la espada. Dícese que, en mejores tiempos, ha combatido en los campos de Venus. Asegúrase también que los médicos le han aconsejado la estricta observancia de las siete virtudes capitales.

Un día, al salir el sol, los habaneros se encontraron los muelles rodeados de guardias de Orden Público. Inquiriendo la causa de esta medida, supieron que había sido dictada, por orden superior, para impedir la salida de algunos contrabandos. Este acto, conocido vulgarmente por La Toma de la Aduana, contribuyó poderosamente al nombramiento del general Marín para el puesto que hoy desempeña en propiedad.

Teniendo la desdicha de estar rodeado de malos consejeros, el general se ha hecho antipático a sus subordinados. Tanto la prensa, a quien persigue tenazmente, como el comercio, a quien no ha querido escuchar, lo han dejado en el más terrible aislamiento. Todos comentan desfavorablemente sus actos gubernamentales.

Los salones del palacio, notables por sus esplendores pasados, están convertidos en amplios museos de antigüedades. Ya no se celebran, como en tiempos de Serrano, magníficas fiestas, en las cuales se encontraba lo más selecto de nuestra sociedad. La condesa de San Antonio, esa miniatura de la emperatriz Eugenia, que tanto ha figurado en las grandes poblaciones, gozaba de generales simpatías. Hay familias, que desde aquella época, no han pisado los umbrales de la Capitanía General. Tampoco se dan bailes, como los del general Blanco, el eterno adorador de las mujeres, en los cuales se gastaban algunos millares de pesos. Los burócratas son los más asiduos concurrentes de las recepciones vulgares del general Marín. Sólo algunas familias cubanas, ya por razones de alta política, ya por hacerse merecedoras de algún favor, frecuentan todavía dichos salones. Un día de besamanos, al entrar el cónsul de Francia, vestido de rigurosa etiqueta, la concurrencia palaciega se sonrió maliciosamente, tan sólo porque llevaba el traje de última moda y saludaba como el más correcto gentleman. También llama la atención, en los saraos semanales, el señor Gómez Acebo, gran protector de las fábricas de Lubin y Coudray, porque pretende trasplantar las costumbres extranjeras. El señor don Venancio Aldama, al salir de Albisu, donde sonríe a la Rusquella, se dirige al palacio y ameniza la velada tocando algunos danzones. Pocas veces se ven allí cubanos conocidos. Nuestro amigo el ilustrado Juan Federico Centellas, que maneja admirablemente toda clase de armas, hasta el arma de Cupido, asiste algunos días. Los militares, que se agrupan en torno suyo, escuchan la narración de sus maravillosas cacerías, mitad sonrientes, mitad asombrados.

La quinta de los Molinos, residencia veraniega de los capitanes generales, situada dentro de la misma población, no se halla en mejor estado que la Capitanía General. El arte está proscrito de ambos lugares. El general Calleja, su último morador, la reformó ligeramente para celebrar un acontecimiento familiar. Ya no se dan, en esta quinta, las ansiadas retretas y espléndidos conciertos de pasados días.

La servidumbre palaciega deja también mucho que desear. Además de no ser numerosa, está compuesta de individuos que nunca han desempeñado tales funciones. Ya no lucen los sirvientes, en días de gala, el calzón corto de terciopelo negro y la casaca de raso del mismo color. Tampoco los lacayos están acostumbrados a la ostentación de pomposas libreas y al adorno minucioso de los corceles que engordan en las cuadras palaciegas. El general Marín se sirve indistintamente de sus dos coches para todos los actos necesarios.

La excelentísima señora doña Matilde León, esposa del general Marín, es una de las damas notables de nuestra sociedad. Hija de Andalucía, la tierra española más semejante a la nuestra, vive hace mucho tiempo entre nosotros. Tiene tres hermanas. Una, la condesa de Romero, tan conocida de los habaneros, es un modelo de belleza. Conserva todavía, a pesar de sus años, la hermosura de otros días. Los astros, hasta en su ocaso son hermosos. Vive rodeada del amor de su familia y de las simpatías de sus semejantes. Otra, la marquesa de Casa Mantilla, verdadera dama del gran mundo, se ha distinguido, no sólo por su hermosura, sino por su elegancia. Tenía en su casa salones orientales, donde se daban espléndidos saraos. Su esposo ha sido embajador de España en Washington y en Constantinopla. La marquesa ha llamado la atención en todas partes. La otra hermana, cuyo nombre ignoramos, se nos dice que vive retirada en Málaga. Por lo que se ve, la hermosura es tradicional en esta familia.

La esposa del general ha sido dotada pródigamente por la madre naturaleza. Todo lo que le falta a su esposo, se encuentra amontonado en ella. La benevolencia, la amabilidad y la ternura con sus rasgos distintivos. Desde la altura de su posición, se digna fijar sus ojos en los que están a sus pies. Conocidas son del público sus ofrendas piadosas. Se le llama la madre de los desheredados.

Aunque no puede demostrarlas, posee maravillosas aptitudes sociales. Une a su belleza hereditaria, la más refinada elegancia. La generala sabe llevar dignamente los entorchados. Goza de ocultas simpatías, entre las familias cubanas, pero no se las demuestran, ya por su retraimiento, ya por su posición, ya por otras circunstancias. Afírmase que sus protegidos la colman de valiosos regalos.

Tiene dos hijas, bastante hermosas, siempre elegantes, que ella ostenta, en algunos sitios, como un rosal, en floridos jardines, sus entreabiertos capullos.


La Habana Elegante, 25 de marzo de 1888.