El primer pesar

I

Armando Morel uno de los amigos que el tiempo me ha arrebatado .en sus ondas negras, sin dejarme el consuelo de ir a derramar una lágrima o a echar un puñado de flores sobre la tierra que oculta sus despojos, porque está enterrado muy lejos, en la brumosa Alemania, país en el que soñábamos vivir juntos, él para entregarse al estudio de la música de Wagner y yo para engolfarme en las especulaciones de la filosofía alemana, ambas cosas muy adecuadas a nuestro carácter, a nuestros gustos, a nuestros temperamentos y hasta a nuestras facultades, era un ser puro, bueno y cándido, es decir, un ser excepcional, de esos que, al recordarlos, después de cierto número de años, nos hacen dudar de si han existido tal como los recordamos o si nuestra fantasía es la que los ha dotado de cualidades que les atribuimos y echamos de menos en las personas que sentimos a nuestro alrededor.

Habiendo vivido siempre a la sombra de su familia, ignoraba todavía, en la época a que me refiero, los tormentos que el destino reserva a cada mortal. En él cáliz áureo de su dicha ninguna mano había derramado una sola gota de hiel. Las mujeres le parecían ángeles que veraneaban en la tierra y los hombres unos santos bajados de sus altares. Raras veces advertía una falta en los demás. Todo lo veía a través de una especie de monóculo róseo, hecho de grueso rubí y montado en fino aro de oro, tal como lo soñaba su imaginación.

Era imposible encontrarlo sin sentirse atraído por él. Tenía los cabellos rubios, de un rubio sedoso y blanquecino, que le daban el aspecto, al caer en bucles sobre sus espaldas, de un príncipe de la dinastía de los merovingios. Sus labios eran rojos, carnosos y sensuales. Detrás de sus ojos azulados, de un azul de turquesa enferma, su alma estaba asomada constantemente, esparciendo un relente de ternura sobre los objetos próximos. El color de sus mejillas era semejante al de las rosas-reinas. La expresión de su rostro sólo podía compararse a la de las figuras angélicas que circulan por las páginas de las leyendas cristianas.

Viéndolo echado sobre el regazo de su madre, se pensaba en Adonis adormecido en las rodillas de una Venus. Las mujeres de alguna edad lo sentaban sobre sus piernas, le cubrían la frente de besos y experimentaban cierta voluptuosidad en acariciarle los rizos o en sentir el cosquilleo que el bozo del adolescente les hacía en las mejillas. De haber vivido en la época de Enrique III de Francia, hubiera sido el paje favorito de las damas de la corte. Tenía el tipo verdadero del mignon y la femeneidad propia de los niños que se hacen hombres entre las paredes de su hogar, respirando un ambiente saturado de cariño, de pureza y de bondad.

Así llegó a los veintidós años, soñando siempre y admirándolo todo, sin saber que la vida a semejanza de la flor roja y negra, de que hablan los poetas asiáticos, oculta en su seno un olor deletéreo que, si se percibe una vez, no se aleja del olfato jamás.


II

Al cabo de algún tiempo se internó en el mundo. Terminados sus estudios elementales, bajo la dirección de reputados profesores, su familia pensó en hacerle seguir una carrera, tal como convenía a su rango y como se acostumbra a hacer. Consultada su vocación, manifestó que iba a ser abogado. Pero eligió esta carrera, no porque le gustara, sino porque le parecía la menos repugnante de todas. Dotado de verdadero temperamento musical, no encontraba más placer que el de entregarse, al estudio de las grandes composiciones de sus maestros predilectos Sólo por complacer a su madre se decidió a penetrar en las aulas universitarias, donde empezó a conocer la vida, aprendiendo también muchas cosas que ignoraba hasta entonces.

Aunque había visto, en los salones de su casa, mujeres hermosas de todas las edades, su corazón no había latido por ninguna de ellas. Como todos los artistas del; corazón, experimentaba ante la belleza una sensación inmaterial que se convertía en un éxtasis largo, silencioso y sagrado, que le absorbía por espacio de muchos días. Después de haber visto una verdadera hermosura, se quedaba aletargado, como el que toma una fuerte dosis de morfina, sin que la carne participara de tal estado de ánimo que le imposibilitaba para hacer otra cosa que soñar. Todo lo contrario le ocurría a la vista de las mujeres de baja condición social. Delante de ellas, una agitación intensa despertaba sus sentidos, excitándolos hasta la congestión, porque la ley del contraste es la única que domina ciertos temperamentos, por más exquisitos y delicados que sean. En los últimos vástagos, como Armando Morel, de una familia de raza fina, nerviosa y degenerada, suelen manifestarse siempre tan inexplicables preferencias.

Una tarde que vagábamos juntos, por magnífico paseo, bajo las ramas de los laureles, donde los gorriones acudían, gozosos y ligeros, a esconderse de la sombra de la noche, vimos pasar, en magnífica victoria, tirada por cuatro parejas de caballos, montadas por lacayos de cabellos empolvados, una mujer hermosísima, una de esas diosas a la moda, seguida por numerosos jinetes entre dobles filas de carruajes. Tenía la belleza alocada de las Cleopatras, de las Faustinas, y de toda esa legión femenina que vive todavía en el recuerdo de la humanidad. Viéndola en su coche magnífico, traía a la memoria la figura trazada por los historiadores de Mme. Recamier, cuando se presentaba vestida de Aspasia en Longchamp, dentro de una carroza dorada, envuelta en un peplo, calzada con sandalias que dejaban ver su pie rosado sobre una piel de tigre, sueltos los rizos por la espalda y encadenado el brazo desnudo de magníficos camafeos, recibiendo los homenajes de más de veinte mil admiradores.

Desde esa tarde, mi amigo se enamoró locamente de aquella mujer que, como una visión de otro siglo, había pasado ante sus ojos, dejando en ellos el deslumbramiento que produce la contemplación de alguno de nuestros ideales más acariciados. Vanos fueron los medios empleados para curarle de su pasión. Nada le distraía. Hasta la música le hastiaba. Vivía sumergido perennemente en ese estado de somnolencia estúpida que el amor engendra en ciertos caracteres y esquivaba la compañía de los amigos que se atrevían a darle consejos.

¡Pobre Armando! ¡Cuán pronto se convenció de que todos tenían razón, menos él!


III

Era una noche de Carnaval. Las calles estaban llenas de grupos numerosos de gentes alegres que invadían las aceras, se aglomeraban en las esquinas y se introducían en los cafés, donde se atiborraban de alcohol, yendo luego a desaguar, como inmundicias de la cloaca social, al primer teatro de la población, lugar en que se confundían, bajo diversos disfraces, todas las clases de la sociedad.

En la sala reinaba gran animación. Bajo la araña central, rodeada de triple cordón de bombillos de cristal cuajado, como el cuello de una mujer de triple sarta de perlas, las parejas se deslizaban, por el pavimento de madera, a los acordes de la danza. El gas hacía resplandecer los trajes caprichosos. Ya pasaba una reina, con su manto de púrpura y su corona esmaltada de pedrería; ya un trovador antiguo, con el arpa al hombro y la canción entre los labios; ya una dama del siglo pasado, con su peluca blanca y su rostro carmíneo estrellado de lunares; ya una juglaresca, con su traje de muselina y ornada de ajorcas, brazaletes y collares; ya una ondina de traje blanco cubierto de algas y cabellera rubia nevada de perlas; ya en fin, una multitud de dominóes azules, negros, verdes, rojos y amarillos.

Arrastrado por la muchedumbre, el héroe de esta historia se había refugiado en el teatro, donde no hacía más que andar de un extremo a otro de la sala, paseando su mirada melancólica sobre el rebaño humano que se divertía y experimentando la sensación de aislamiento entre la multitud. El dolor de su alma se acrecentaba entre la alegría de los demás. Su rostro, donde se veía tanta nobleza de raza y tanta amargura comprimida, formaba un contraste singular con el de los hombres que, despojados del antifaz, vagaban alrededor de las parejas danzantes, aspirando el olor de aquellos cuerpos unidos, frotados y mal olientes.

Ya se disponía a retirarse, cuando se le ocurrió dar una vuelta por el salón de cenar. Allí el bullicio era mayor que en la sala. Del fondo de los gabinetes salían cantos, gritos, risotadas, taponazos, besos y fermentos de alcoholes. Muchas parejas aguardaban que se desocuparan las meses para abalanzarse de seguida sobre ellas.

Ansioso de contemplar lo que pasaba en el interior de los gabinetes, Armando introdujo su mirada por los intersticios de las maderas, satisfaciendo su curiosidad. De pronto retrocedió al llegar a uno de ellos. Dentro de la pieza había una pareja sentada a la mesa, cuajada de flores, frutas y licores. Al asomarse mi amigo, vio a la mujer de sus sueños, vestida de Salambó, que se levantaba gradualmente de su asiento para alcanzar con sus dientes pequeños, perlados y puntiagudos, un racimo de uvas que, como un ramillete de perlas verdes, temblaba en la boca desdentada de un viejo banquero que la acompañaba y que, con la faz congestionada y con los ojos desencajados, se inclinaba fuera de su sitio estirando el brazo derecho para estrechar la cintura de aquella mujer.

Entonces se retiró, lívido, jadeante, sin poder sostenerse de pie, buscando el apoyo de las paredes, como un hombre ebrio, para no caer al suelo. Y, al salir a la calle, ciego de cólera y transido de dolor, después de exhalar un fuerte sollozo que le comprimía la garganta, se alejó de las calles ruidosas, infernándose en las avenidas oscuras y desiertas y alzando frecuentemente los ojos enrojecidos hacia el espacio azulado, como si buscara su dolor, a través de los encajes verdes de las hojas de los árboles, la mirada consoladora de las estrellas.


(La Habana Elegante, 10 de agosto de 1890)