El velo de gasa

Primera versión

Frente a un lecho de sándalo, cuyas cortinas blancas, ornadas de cintas azules ondeaban al soplo de la brisa, como banderas vencedoras; un poeta, que llevaba siempre los ensueños más hermosos en la mente y las canciones más dulces en los labios, tenía prendido, con alfileres de oro, coronados de perlas, largo velo de gasa pálida guarnecido de encajes.

Un día, al entrar en su habitación, le pregunté:

—¿De quién es ese velo?

—Es de la mujer, de la única mujer que he amado en el mundo.

Viendo que el silencio plegaba sus labios y que una lágrima pendía de sus párpados, como una gota del cáliz de una flor, me atreví a decirle.

—¿Es que no os amaba?

—Algo peor que eso.

—¿Ha muerto acaso?

—Hace dos años.

Fijando mis ojos en el largo velo de gasa pálida, guarnecido de encajes, que el poeta tenía prendido, con alfileres de oro, coronados de perlas, frente a su lecho solitario, me pareció entonces, más que bandera triunfante, el sudario de un pobre moribundo, ansioso de amortajarse entre sus pliegues fríos, transparente y sedosos.


Segunda versión

Frente a un lecho de sándalo, cuyas cortinas blancas, ornadas de cintas azules ondeaban al soplo de la brisa, como banderas vencedoras; un poeta, que llevaba siempre los ensueños más hermosos en la mente y las canciones más dulces en los labios, tenía prendido, con alfileres de oro, coronados de perlas, largo velo de gasa pálida guarnecido de encajes.

Un día, al entrar en su habitación, le pregunté:

—¿De quién es ese velo?

—Es de la mujer, de la única mujer que he amado en el mundo.

Tras corto silencio, clavando en mí sus ojos, donde temblaban gruesas lágrimas, como gotas de rocío en botones entreabiertos, exclamó:

—Hace tiempo que la conocí al salir de la iglesia, cuya torre se divisa a lo lejos —añadió dirigiéndose al balcón—detrás del ramaje de aquellos laureles.

»Como yo estaba en la miseria, sus padres se negaron a casarla conmigo. Pero ella, vacía la mente de preocupaciones vulgares, rebosante el corazón de ternuras amorosas, se alejó, en noche tormentosa, al fulgor de los relámpagos y al ruido de los truenos, del hogar paterno.

»Largo tiempo anduvimos errantes por los campos, entre las aguas que corren, las abejas que zumban y las flores que embalsaman el ambiente. Aunque éramos pobres, siempre estábamos contentos. Teníamos perennemente el amor en nuestras almas y el beso en nuestros labios. «Pero las dichas del hombre, como las flores, sólo duran el espacio de una alborada.

«Una mañana al abrir los ojos, la encontré muerta. Su cabeza, coronada de rosas amarillas, descansaba sobre ancha piedra del camino; sus brazos, abiertos en cruz, parecían guardar la ansiada caricia; sus ojos, entornados tristemente, semejaban flores marchitas; sus pies, al sentir el frío de la muerte, se habían ocultado entre las hojas secas.

»Yo, desde aquel instante, tengo siempre ante mis ojos, ante mis ojos que la lloran, el velo que cubría su rostro, su pálido rostro de madonna, el día en que la vi al salir del templo, por primera vez.

Y alejándose del balcón, cuyos blancos hierros estaban tapizados de verde enredadera, estrellada de flores moradas, me dijo el poeta, con triste voz, con voz más triste que la del viento al pasar por entre las ramas de los pinos solitarios, estas palabras

—Cuando yo muera, amigo mío, haced que me sirva de mortaja el largo velo de gasa pálida, guarnecido de encajes, que perteneció a la mujer, a la única mujer que he amado en este mundo.


(La Habana Elegante, 30 de octubre de 1887)