Esbozo de mujer

Apenas entreabre los párpados, rodeado de violáceas aureolas, bajo el pabellón de seda roja, flordelisado de oro, que cuelga de la cabecera de su lecho imperial, donde su cuerpo oculta entre ondas de encajes, su ligereza nerviosa, su corrección estatuaria y su frescura de rosa; espárcese los cabellos por las espaldas, álzase las hombreras de su camisa y salta rápidamente sobre la alfombra, aplicando el dedo al botón amarfilado del próximo timbre eléctrico que produce un sonido agudo, lejano, estremecedor.

Al oír el retintín, acude la doncella.

Y mientras la envuelve en su bata de felpa malva, para conducirla al baño; mientras la sumerge en la bañera de jaspe, donde recobra las fuerzas perdidas en sus noches de placer; mientras le unge la piel con perfumes capitosos; y mientras le retiene ante la luna veneciana de su tocador, para peinarle la cabellera, ceñirle un nuevo traje y colocarle diversas joyas, hasta convertirla en una de esas deidades que, al encontrarlas en la calle, nos hacen volver el rostro, lanzar un grito de asombro, temblar de arriba abajo y abandonarlo todo por seguir tras sus pasos; ella combina interiormente el programa del día, pensando en las tarjetas que ha de enviar, en las visitas que ha de devolver, en las fiestas que ha de asistir y, sobre todo, en los objetos que ha de comprar.

Esperando el almuerzo, hojea los diarios, dicta órdenes, se arroja en su butaca, levántase de seguida, corre a mirarse al espejo y se sienta a la mesa al fin. Nada lo encuentra a su gusto. Todo le parece insípido, frío o mal sazonado. Hasta el ramo de flores que acaban de subir del jardín para colocarlo en el búcaro que se levanta al centro de la mesa, se le antoja que está marchito, deshojado, sin olor. Es la gran descontentadiza. Sólo parece que se anima al tomar el café. Sorbida la última gota, su cuerpo se yergue, sus mejillas se encienden, sus pupilas chispean y una sonrisa entreabre sus labios de carmín, dejando ver una sarta de dientes pequeños, nacarados y puntiagudos.

Colocada la capota, echado el velillo sobre la faz y con el quitasol de seda entre las manos, emprende entonces sus peregrinaciones a través de los primeros establecimientos de la capital. Nunca va en coche, sino a pie. El movimiento del carruaje excita su sistema nervioso. Y en cada tienda, halla algo nuevo que comprar. Ya es un brazalete de oro, cuajado de pedrería digna del brazo de una Leonor de Este; ya un abanico ínfimo, con paisaje grotesco, todo hecho con tintas de relumbrón; ya una estatua de mármol, obra maestra de un artista desconocido, pero que firmaría un Falguiere; ya un cromo americano, propio para decorar la sala de una sirviente. En su ignorancia artística, lo mismo que en su mal gusto, revela por completo su femineidad. Jamás discute los precios, ni se detiene a investigar el mérito de las cosas. Desde que penetra en un establecimiento, siente algo semejante a un vértigo que la arrastra de un extremo a otro, le oscurece la razón y le infunde el deseo de llevarse todo lo que mira, palpa o percibe a su alrededor.

Y, al regresar a su casa, entretiénese en abrir los paquetes, extraer los objetos y colocarlos en sus respectivos sitios, sustituyendo los de ayer por los de hoy, adorando unos, odiando otros, hasta que la pieza decorada toma nuevo aspecto siquiera sea por algunas horas, puesto que al día siguiente ha de recomenzar la misma peregrinación y la misma faena, sin que se interponga jamás ante su razón el espectro de la miseria que se puede aproximar, el de la vejez que vendrá detrás y el de la muerte en un lecho de caridad, sin mano amiga que cierre sus párpados, ni ojos amantes que la despidan con lágrimas de dolor.

Aunque su médico reconozca, en esta fiebre del derroche, uno de los síntomas de la neurosis moderna, su vida privada no ofrece ningún rasgo alarmante, salvo el de su perenne hastío que, como un velo de color gris, se despliega al poco tiempo sobre esos mismos objetos que se complace en buscar, en poseer y hasta en destruir.

Pero ¿quién está libre de esta última dolencia?

¿Será tal vez la causa de su prodigalidad el deseo que experimenta de distraer el pesar de alguna pasión contrariada, de esas que nadie sospecha, de esas que a nadie se revelan, pero que se llevan siempre como gotas de plomo, en lo más profundo del corazón? Tal vez. Pero cuando se habla delante de ella de los goces supremos del amor, hay tal ironía en la sonrisa aprobatoria de sus labios y tanta lástima en la mirada de sus ojos, que cualquiera creería que exclama en su interior: 

¡Desdichados! ¿Todavía creéis en eso?

(La Habana Elegante, 12 de marzo de 1893)