Japonería

Dentro del escaparate de una tienda lleno de brazaletes de oro, esmaltados de zafiros y rubíes, que fulguraban en sus estuches de terciopelo azul; de rosarios de coral engarzados en plata, que se enroscaban en sus conchas nacaradas; y de lámparas de alabastro con pantallas de seda rosada; que aguardaban la noche para abrir sus pupilas amarillas; he vis­to esta mañana, al salir de paseo, un búcaro japonés, digno de figurar en tu alcoba blanca ¡oh, espiritual María! donde no se han oído nunca las pisadas de tus admiradores o el eco sonoro de los besos sensuales.

Sobre el esmalte verde Nilo, fileteado de oro, que cubría el barro del búcaro japonés, se destacaba una Quimera de ojazos garzos, iluminados por el deseo de lo prohibido; de ca­bellera rubia destrenzada, por las espaldas; de alas de pedre­ría, ansiosas de remontarse; y de dedos de uñas largas, enrojecidas de carmín, deseando alcanzar, con el impulso de la desesperación, una florecilla azul de corazón de oro, abierta en la cumbre de un monte nevado sin poderlo conse­guir.

Y al mirar el búcaro japonés, he sentido el deseo de ofre­cértelo, para que lo coloques en tu alcoba blanca ¡oh, lánguida María! donde no se han oído nunca las pisadas de tus adoradores o el eco sonoro de los besos sensuales; porque tu destino, como el de esa Quimera, te ha condenado a perse­guir un ideal, tan alto y tan bello, que no lo podrás alcanzar jamás.