La antigua nobleza

La condesa de Fernandina. Su persona. Anécdotas de su vida. Sus hijas. El conde de Fernandina. Recuerdo de Marie Colombier. La marquesa de Calderón. Su existencia. La condesa de Casa Bayona. Su retiro. El conde de Casa Bayona. Dotes personales. Sus dos hijos. El conde de Romero. Su señora madre. Fiestas de Guanabacoa. Hospedaje del general Martínez Campos. Candidatura. Aspecto del conde. Su esposa. Sus fiestas y carrozas. Recuerdo del tiempo pasado. Sus hijas. El marqués de Santa Lucía. Su carácter. Sacrificio de su bienestar. Su hermana y sobrinas. Permanencia de éstas en la guerra. Muerte del cuñado del marqués. Posición actual de esta familia. Residencia del marqués. La marquesa del Real Socorro. Su ilustración. Sus poetas favoritos. Su buen sentido práctico. El marqués del Real Socorro. Su enfermedad. Su muerte. Su carácter. Triunfos de otros días. Origen del título. El marquesito. Sus aventuras. La marquesita. El marqués Du-Quesne. Su descendencia. Muerte de su hermano. Sus antepasados. Cargos del marqués. Su esposa. Fiesta memorable. El conde de Lagunillas. Su nieta. Belleza de ésta. Sus favoritos. Elogio de éstos. El conde de la Reunión. Semejanza. Su aspecto. Triunfos mundanos. Su arte. Su esposa.

Una noche inolvidable, mientras Sarah Bernhardt, la idolatrada trágica, prendido el manto imperial, recamado de gruesos zafiros, caracterizaba magistralmente, en nuestro gran teatro, a la emperatriz Teodora; vimos entrar, en palco inmediato a nuestra butaca, una dama de noble presencia, acompañada de dos señoritas. Aquella señora de rostro blanco, ligeramente sonrosado, semejante a nieve ensolecida; de ojos azules, de un azul desvanecido, velados por leves sombras de tristeza; y de cabellos blondos, artísticamente rizados, como el de las antiguas damas venecianas; llevaba un rico traje de seda negro, con lujosos adornos, que hacía resaltar sus naturales encantos. Algunas joyas centelleaban en su cuello torneado y en sus mórbidos brazos. Benévola sonrisa vagaba por sus labios encarnados. Al verla por primera vez, nos hizo recordar la augusta matrona en quien Coppée, el aplaudido poeta parisiense, personificó la imagen de la Francia, para descubrirnos “Un idilio durante el sitio”.

–¿Quién es la dama que acaba de entrar? –preguntamos al amigo inmediato.

–Es la condesa de Fernandina. Ha pasado la mayor parte de su vida en París, donde adquirió rápida celebridad. Se cuentan varias anécdotas de su estancia en las grandes capitales. Un día, en Londres, gastó veinticinco mil pesos, en una pareja de caballos, para rivalizar con el príncipe de Gales. Otra vez, en memorable concierto, obsequió a la estudiantina húngara con mayor suma que el barón de Rotschild. La condesa se ha distinguido también por su hermosura. Una noche, al verla entrar en las Tullerías, el emperador Napoleón III se arrojó a sus pies y le dijo:

–Saludo a la mujer más hermosa de las Américas.

La condesa, no sólo arroja fortunas, sino prodiga su bondad a manos llenas. Es la reina de la benevolencia. Siempre tiene frases halagadoras, hasta para los que nada merecen. Sus hijas, que son las dos señoritas que la acompañan, le preguntaron, en cierta ocasión, al oír los elogios que hacía de ridículo personaje:

–¿También le encuentras algo bueno a Fulano?

–¡Es tan raro! –respondió la condesa.

Durante la representación, aquella dama distinguida no apartó sus ojos de la escena. ¡Tal vez se imaginaba que oía a Sarah, la gran fascinadora, en el teatro de la Porte de Saint Martin! Al caer el telón, nos pareció que la condesa sentía la nostalgia de París.

–¿Y el conde de Fernandina? –preguntamos a nuestro amigo.

–Es un buen señor. Habrá ido a saludar a Sarah, su amiga predilecta de otros días, según afirma Marie Colombier. La marquesa de Calderón, venerable señora, vive consagrada a los deberes religiosos. Inspira la más profunda veneración. El óvalo de su rostro, coronado de cabellos blancos, recuerda al de María Antonieta, en sus postrimerías. Su hija, la condesa de Casa Bayona, es una de las señoras más respetables de nuestra sociedad. Desde la muerte de su primogénita, la condesa se ha retirado al desierto de su dolor. La pérdida de su ángel adorado le ha abierto una herida profunda que no se puede cicatrizar. Ejercita la primera de las virtudes: la caridad. Su esposo, el conde de Casa Bayona, divide con ella su pesar. Es un excelente causeur. Se distingue por su aristocrática figura y sus refinados modales. Posee una vasta ilustración. ¡Lástima que haya abandonado su carrera diplomática, donde hubiera podido recoger numerosos laureles! De este matrimonio, quedan dos hijos. El mayor, que lleva el título de vizconde de Santibáñez, sigue la carrera de abogado, cultiva la literatura y tiene buenas dotes oratorias. Ha pronunciado discursos políticos, en Guanabacoa y en el Mariel, que han sido muy aplaudidos. El menor, que es niño todavía, asombra por su precocidad. Tiene profundos conocimientos históricos. Se le llama el futuro Cantú cubano. Ambos brindan a sus padres la esperanza de glorioso porvenir.

El conde de Romero se ha distinguido mucho en pasados tiempos. Su señora madre en cumplimiento de una promesa hecha por la salvación de la vida de su hijo, hacía celebrar anualmente, en la Villa de Guanabacoa, fiestas religiosas, en honor de Santa Filomena. Durante las ceremonias, la piadosa señora adornaba la imagen sagrada, con sus mejores joyas, y hacía que sus domésticos repartiesen estampas. El general Martínez Campos, al regresar de la guerra, se albergó la primera noche en casa del conde de Romero. Este señor tiene un tipo bastante criollo. Viste elegantemente, aunque con mucha sencillez. Sabe ocultar sus años. Ha sido candidato en estos tiempos para la Alcaldía Municipal de La Habana. Su esposa, hermana de nuestra generala, ha dado notables recepciones. Sus carrozas han llamado mucho la atención. Durante el gobierno del general Serrano, los condes de Romero, que estaban recién casados, se presentaron en un baile de trajes de la Capitanía General, vestidos de reyes. Aún nos parece ver a la hermosa condesa, con su regio manto carmesí, estrellado de brillantes. Esta señora despierta vivamente la atención del que tiene la dicha de contemplarla. Hace tres años, en Aguas Buenas, donde fue a curar a una de sus hijas, atraía las miradas de todos. Los condes han vivido siempre fuera de la capital. Sus dos hijas figuran en nuestro gran mundo. Han heredado mucho de la belleza materna. Una se ha casado recientemente y la otra permanece soltera aún.

El marqués de Santa Lucía, uno de los supervivientes de la revolución cubana, es el más demócrata de los aristócratas y el más aristócrata de los demócratas. Se ocupa de todo, menos de su título. Sacrificando su bienestar, se lanzó a la defensa de la Patria y logró reemplazar a Carlos Manuel de Céspedes, en el puesto de Presidente de la República Cubana. La señora doña Ciriaca Cisneros de Velasco, hermana del marqués, acompañada de sus hijas, también se arrojó a los campos de batalla. Cuando estalló la revolución, esta familia se dividió en tres grupos. Durante el espacio de un año, anduvieron errantes, sin saber unas de otras. Ocultas en miserables harapos, iban por el escenario de la guerra, asordadas por el estruendo de las balas y ennegrecidas por el humo del combate, enardeciendo a los valientes y llorando sobre los despojos de los muertos. Sufrieron indecibles privaciones. Todo buen cubano debe venerarlas. La hermana del marqués tuvo la valentía de presenciar la ejecución de su esposo que cayó prisionero. ¡Qué adiós tan triste debieron darse ambos consortes!, ¡qué cosas debieron decirse con los ojos!, ¡qué escena tan magnífica para Alejandro Parodi!, ¡el primer trágico del teatro griego de nuestros días! Antes de ser fusilado, el reo de amor patrio pidió que se le hiciera un cigarro, el cual se le compuso con hojas secas, suplicando al mismo tiempo que no vertieran lágrimas por su muerte. Esta familia, que perdió su fortuna por la Patria, estaría en la mayor miseria, si no tuviera la virtud del trabajo. La venerable señora Cisneros de Velasco se encuentra en Puerto Príncipe, trabajando por la reconstrucción de la provincia y el establecimiento del gran ferrocarril central.

La marquesa del Real Socorro, honra de su sexo, digna de figurar en la serie de damas ilustres de un Brantome del porvenir, vive oculta en las nieblas de su viudez. La lectura de los grandes escritores aminora la intensidad de su dolor. Byron y Musset son sus poetas favoritos. Además de su vastísima ilustración, posee grandes dotes para la dirección de los negocios. Conoce tan bien el precio del azúcar como el de la última obra publicada. Su esposo, el Marqués del Real Socorro, atormentado por la gota, “...enfermedad que sólo ataca a los pocos felices de este mundo”, se despojó de la vida. Era un cumplido caballero, excesivamente galante con las damas. Montado a caballo, parecía un centauro. Fue uno de los mejores ecuestres habaneros. Aleo, su rival, figura actualmente en el Reading Club de Nueva York. Nada consolaba al marqués, en sus últimos días, “del inmenso dolor de hacerse viejo”.

Este título fue dado por haber ayudado al gobierno en la construcción de las murallas de La Habana. El marquesito se ha distinguido por sus aventuras amorosas. Hoy la marquesita, nacida Murias, posee entero el corazón del marquesito.

El marqués Du-Quesne, descendiente del gran almirante francés, a cuya memoria se han erigido tantas estatuas en Francia, es uno de los antiguos nobles que no están empobrecidos. Un hermano suyo murió en la guerra franco-prusiana, durante la batalla de Champigny. Sus antepasados tenían la costumbre de dedicar un hijo a Francia y otro a España. A pesar de ser muy joven, el marqués ha sido electo diputado a Cortes, es consejero de Administración y presidente del Amillaramiento. Por ser algo más se hizo conservador; pero hemos visto, en su gabinete, un retrato de don José de la Luz. Su esposa, la señora Concepción Montalvo, surnommée Cotón, sobresale en nuestra buena sociedad. Hace poco tiempo, con motivo de la celebración de sus días, dio una espléndida fiesta que ha dejado recuerdos imperecederos. Frecuenta mucho los teatros y las recepciones del general Marín.

El conde de Lagunillas, ilustrado miembro de la familia del poeta Zequeira, se ha distinguido por los diversos cargos que ha desempeñado en el Casino Español. El Austria cubana lo cuenta entre los suyos. Cultiva discretamente la poesía; pero administra mejor sus bienes. Su nieta, la señora Rosario Armenteros, hoy esposa del hijo de los condes de Fernandina, ha figurado mucho en nuestros salones. Reúne las cualidades que se exigen para la posesión de la belleza; el colorido; la proporción de los rasgos, la expresión y las gracias. Los gatos son sus favoritos. Piensa, como Baudelaire, que son los mejores confidentes de los dolores solitarios. El amor a los gatos es propio de las almas superiores. El gran Lamartine, mientras escribía, acariciaba la cola de uno de estos animales, el cual descansaba en sus rodillas. Los gatos eran adorados por los egipcios. Hay pocos matrimonios europeos, sobre todo en el mediodía de Francia, que no tenga un hermoso gato negro como emblema de perpetua felicidad.

El conde de la Reunión ha sido uno de nuestros elegantes. Parece un héroe de las novelas de Feuillet. Alto, de gallarda presencia, correctamente vestido, marcha de tal manera, que es imposible notarlo sin preguntar quién es. Ha obtenido grandes triunfos mundanos. Como D’Orsay, que hacía llevar su efigie hasta los hombres, cosa que no le perdonaron nunca las mujeres, el conde agrada naturalmente. Es un gran artista a su manera. Admira con su persona, como otros admiran con sus obras. Ha sido uno de los mejores drivers habaneros. Llamó la atención en el Hipódromo de Marianao, su mailcoach con trompetas. Merecía haber sido enteramente poderoso, porque sabe llevar la corona condal. Su esposa, muerta recientemente, era una reina de la belleza. Su alma, al salir del mundo, debe haberse refugiado en el cielo azul, dentro del lucero de Venus, esa isla luminosa de amor, hecha de piedras preciosas, donde nos aguardan, según la leyenda, las bellas muertas adoradas.


La Habana Elegante, 1o de abril de 1888.


(Continuación)

El conde de Mopox y de Jaruco. Su descendencia. Acción meritoria. Su residencia actual. La condesa de Merlín. Su nacimiento. Su entrada en el convento. Su rápida salida. Su viaje a Madrid. Su educación y sus conocimientos. Grandes hombres españoles. Matrimonio de la condesa. Fuga a París. Su permanencia en la capital de Francia. Salones célebres. El salón de la condesa. Sus triunfos. Recuerdo de un concierto. Viaje a La Habana. Su muerte. Sus obras. El conde de Jibacoa. Su aspecto. La condesa de Jibacoa. Su semejanza. Alhajas célebres. Recuerdos del carnaval. El marqués de Prado Ameno. Su probable celebridad. Su espectáculo favorito. El conde de Casa Barreto. Sus aspiraciones. Su prole. Su casa. Anécdota del viejo conde. El marqués de la Gratitud. Sus grandes trenes. Su mejor título. El marqués de la Real Proclamación. Su patriotismo. Su capital. Sus amores. El marqués de la Real Campiña. Su existencia. La marquesa de la Real Proclamación. Sobrenombre. Digresión sobre las viejas mujeres.

El conde de Mopox y de Jaruco, descendiente del infante don Alonso de Aragón, por lo que ostenta, en un cuartel de su escudo, las armas del famoso reino citado, es el decano de los antiguos nobles cubanos. Habiendo heredado de su padre el señor don Joaquín de Santa Cruz y Cárdenas, gran benefactor de su país, la crecida suma de siete millones y medio de pesos, reconoció caballerosamente, por no ver manchado su ilustre nombre, la cantidad de nueve millones en deudas. Después de haber llevado una vida laboriosa, consagrada estrictamente al cumplimiento del deber, se ha retirado, con su hija mayor, apreciable poetisa, a una de sus posesiones. Aunque sienta llegar la muerte, la esperará resignado, como el filósofo pagano, con la conciencia tranquila al lado suyo.

Por más que nos habíamos propuesto ocuparnos sólo de los antiguos nobles vivientes, no podemos omitir los nombres de algunos muertos ilustres. Tratándose del conde de Mopox y de Jaruco, asalta nuestra memoria el recuerdo de su insigne hermana. Nuestros lectores habrán pronunciado mentalmente el nombre de la condesa de Merlín.

Esta hija de Cuba, tan famosa por su talento como por su belleza, es una de las glorias femeninas de nuestro país. Nacida en 1789, pasó a educarse, después de algún tiempo, al Monasterio de Santa Clara, fundado por el capitán general don Pedro Valdés, quien gobernó desde el año 1602 hasta el 1608. Allí encontró la condesa dos tías suyas, una de las cuales era la abadesa. No pudiendo resignarse a vivir en el convento, se alejó secretamente a casa de su abuela materna, donde estuvo hasta que su padre la llevó a Madrid. Durante su permanencia en España, recibió una brillantísima educación y conoció la buena sociedad. La casa de sus padres estaba siempre abierta a los grandes hombres españoles. Quintana, Moratín y Maury iban todas las noches. Goya expuso sus mejores cuadros en los salones de aquella elegante mansión.

Habiendo contraído matrimonio en el año 1810, con el conde de Merlín, general francés, la hija de los condes de Jaruco se vio obligada a huir a París. Allí se dio pronto a conocer. Su casa estaba siempre invadida por lo más selecto del mundo parisiense. Sólo se mencionaban en aquella época, cinco salones célebres: el de la baronesa de Staël, el de la actriz mademoiselle Contat, el del barón Gérard, el de la emperatriz Josefina y el de la condesa de Merlín. Este último, según madame Sophie Gay, era un paraíso armonioso. La condesa ejercía su influencia sobre los artistas. Además de sus cualidades de escritora, poseía condiciones para ser una gran cantatriz. Todavía recuerdan los parisienses, el triunfo de la condesa, al cantar públicamente en compañía de madame Dubignon, ante un parterre numeroso, en la sala de Wauxhall, el día del concierto dirigido y dado por ella a beneficio de los griegos. Después de haber hecho un viaje a La Habana, regresó nuevamente a Europa. Murió en París, en el año 1852, dejando escritas algunas obras que son muy conocidas.

El conde de Jibacoa, notable sportsman, hércules famoso, no tiene las costumbres de sus antecesores. Parece, a primera vista, un burgeois. La embonpoint, ese monstruo devorador, tan temido de Byron, se va apoderando de sus formas.

La condesa de Jibacoa, madre del conde, parecía una dama de la corte de Luis XV. Encantadora mujer de mundo, hermosa, espiritualmente galante, dominada por todos los gustos y todos los refinamientos, sabía encantar a los que los trataban. Era dueña de magníficas alhajas. Se han hecho célebres su deslumbrante cinturón de diamantes y sus valiosos grilletes de oro, esmaltados de piedras preciosas. Aún nos parece verla, con sus ojos verde mar y sus cabellos rubios, recorrer triunfalmente, en soberbia carroza, tirada por ocho parejas a la gran Dumont, el paseo de carnaval. Al pasar entre las filas enmascaradas, precedida de un séquito de numerosos amigos, hacía pensar en las antiguas reinas que entraban, por primera vez, en el país conquistado.

El marqués de Prado Ameno es la antítesis del conde de la Reunión. Viste decentemente, pero sin elegancia. Contrasta notablemente su figura con la de su mujer. Brillaría en la historia, como rival de Lúculo, si hubiera vivido en la Roma antigua. Es uno de los más decididos protectores de los bufos cubanos. Aplaude estrepitosamente. Hace repetir, para él sólo, en algunas ocasiones, escenas enteras. Se ha distinguido en el cuerpo de bomberos.

El conde de Casa Barreto, a quien corresponde el título de marqués de Almendares, se dedica solamente a la agricultura. Prefiere la gloria de tener dinero a la de ostentar sus blasones. Recuerda, por su prole numerosa, al patriarca Jacob. Todo en él revela al hombre de campo y no al noble que vive en sociedad. Su casa es de las más abigarradas que conocemos. Desde que se llega al umbral, hasta que se penetra interiormente, todo revela el mal gusto de su dueño. Se cuenta que un viejo conde de Barreto, poco querido de sus familiares, no fue velado en la noche de su muerte. Al tratar de conducir el cadáver al cementerio, llamó la atención el excesivo peso del ataúd. Destapáronlo cuidadosamente y vieron sorprendidos que estaba lleno de guijarros. Nunca se ha podido saber, al decir de algunos, la verdad del suceso.

El marqués de la Gratitud, poseedor, en un tiempo, de inmensa fortuna, vive retirado de la sociedad. Ha tenido siempre, como la difunta condesa de Jibacoa, magníficos trenes que ostentaba en el carnaval. Su mejor título es el de ser nieto del gran Arango, una de las glorias verdaderas de Cuba.

El marqués de la Real Proclamación, como la mayor parte de los miembros de su familia, se ha distinguido por su acendrado patriotismo. Durante las épocas más temibles de la política, cuando hasta los olvidos involuntarios, según la célebre frase de un amigo nuestro, eran calificados de infidentes, el marqués no dejó de poner su firma al pie de los mensajes que se remitían al Gobierno, pidiendo reformas en sentido liberal. Es el más fuerte capitalista, en tierra y censos. Posee uno de los mejores vínculos, pero no se dedica, a explotarlos. A pesar de sus años, el marqués tiene la dicha de amar y ser amado por las mujeres.

El marqués de la Real Campiña, hermano del anterior, esposo de una hija de Bachiller y Morales, vegeta retirado, ocupándose solamente de sus bienes.

La marquesa de la Real Proclamación, que lleva el sobrenombre de la linda, figuraría en nuestros salones, si aquí se observaran las costumbres francesas. Sabido es que en París, tanto en el siglo pasado como en los tiempos actuales, se hace la corte a las viejas damas. Ellas son las verdaderas emperatrices de la sociedad. Cuando las mujeres, afirma un elegante cronista parisiense, han pasado sus años de galantería, fundan su partido orgullosamente, cumpliendo una misión importante y tutelar para todas las edades. Ellas presiden círculos famosos, distribuyen las reputaciones, ponen a la moda ciertos adornos y ciertos libros, protegen relaciones amorosas, hacen matrimonios, tienen escuelas de flirtation y son tan buscadas como las jóvenes de quince años. ¿Quién mejor que la marquesa de la Real Proclamación, tan conocida por su belleza, como por su esprit, pudiera llevar el cetro de las viejas damas en nuestra sociedad?


La Habana Elegante, 8 de abril de 1888.


(Conclusión)

La condesa de Buena Vista. Otros títulos. Su físico. Dotes morales. Su único defecto. El conde de Lombillo. Su vida en las grandes capitales. Su existencia actual. El marqués de Aguas Claras. Otros títulos. Frase célebre. La condesita de Santa María de Loreto. Sus cualidades. Su descendencia. Concepto erróneo de ella. El conde de Cañongo. Sus grandes méritos. El marqués del Real Tesoro. Concesión del título. La hermana del marqués. El marqués de Almeyras. Sus grandes virtudes. Puestos en la masonería. El marqués de Villalba. Antigüedad de su título. Duelo reciente. Su retraimiento. Simpatías. La condesa de Vallellano. Vida pasada y presente. El marqués de Villalta. Semejanza. Despreocupación del título. Su diletantismo. Otra cualidad. El marqués de Montelo. Su juventud. Estudios posteriores. Su hermano. Celebridad de éste. Profecía paterna. Duelo con Rochefor. Las hermanas del marqués. Matrimonio de éstas. La madre del marqués. Su elegancia. Traje usual. El conde de Casa Pedroso y Garro. Su descendencia. Exigencia del título. La esposa del conde. Su naturalidad. Sus gustos. Sus hijas. El marqués Cárdenas de Monte Hermoso. Don Martín Calvo de la Puerta. La marquesa Viuda de Campo Florido. Su carácter. Su belleza. Títulos caducos y oscurecidos.

La condesa de Buena Vista, heredera del condado de O’Reilly y del marquesado de San Felipe y Santiago, es la flor más hermosa de nuestro parterre aristrocrático. Alta, de rostro blanco, teñido de rosa por el pudor ligeramente azulado por la sangre pura de sus venas, posee todos los encantos, y todas las seducciones. Su voz es de una dulzura penetrante y sus modales son refinados. Cuando se presenta, vestida suntuosamente, con su perfil de diosa y su marcha olímpica, en algún palco de nuestro gran teatro o en alguna fiesta de alta aristocracia, nos hace pensar que la raza de las mujeres de otros tiempos no se ha extinguido todavía. Además de su hermosura, posee una inteligencia superior. Tiene también las generosidades espontáneas de las grandes almas. Ha dado pruebas de generosidad legendaria y de su delicadeza natural, que están por encima de todos nuestros elogios. Sólo le encontramos un defecto: su excesiva modestia.

El conde de Lombillo, notable gentleman, ha sido un príncipe de la galantería. Después de haber pasado algunos años en las grandes capitales, ora siendo el cortesano de grandes damas, ora de famosas actrices, ha vuelto a La Habana donde sólo se ocupa de la administración de los bienes paternos.

El marqués de Aguas Claras, que lleva el título de conde de Villanueva, sólo se distingue en las filas austriacantes. También es Jefe de Voluntarios. Aunque mira mucho, ve muy poco. Un día, al verlo bajar de su coche, en la acera del Louvre, le dijeron a un periodista muy conocido:

–¡Ahí tenéis un Grande de España!

–¡También su cochero es grande de África!

La condesita de Santa María de Loreto, despojada del luto materno, se ha vuelto a presentar en nuestros salones. Es una joven simpática, muy discreta, amiga de los espectáculos teatrales. Desciende de la condesa de Merlín. Aunque se la cree altiva, no merece este concepto. Encontramos, en su manera de sentir, una bella cosa de los tiempos pasados: el orgullo en el respeto de su raza. Es el mismo sentimiento de la grande Mademoiselle, la enamorada de Lauzun, más Borbona que mujer, la cual se enorgullecía de tener los dientes negros porque así los tenían los miembros de su casa.

El conde del Cañongo es uno de los más activos propagandistas de las doctrinas automáticas. Ha organizado, en Vuelta Abajo, el partido liberal. También ha contribuido poderosamente a la fundación del Círculo Autonomista. Ha sido el heredero de un gran título, pero no ha heredado bienes.

El marqués del Real Tesoro, venerable caballero, figura poco en nuestra sociedad. Le fue concedido el título, en la época de la toma del Morro, por haber ayudado al Gobierno en la fabricación de cañones. Una hermana del marqués llora oculta, en el fondo de un claustro de Francia, las tristezas de su prematura viudez.

El marqués de Almeyras es uno de los mejores representantes de la antigua nobleza cubana. Su amor a la patria, su compasión por los desgraciados y su esplendidez para sus amigos, son verdaderamente admirables. Figura mucho en la Masonería, donde ha obtenido los más altos grados. Pertenece al mayor de sus hijos el título de marqués de Rendón.

El marqués de Villalba, esposo de una hermana del malogrado Cortina, reside fuera de La Habana. Lleva un título que fue otorgado en 1662. Ha tenido recientemente un duelo. De tiempo en tiempo, los periódicos nos recuerdan que existe –tanto es su retraimiento–, publicando su traslación de una a otra Promotoría Fiscal. Durante el desempeño de sus cargos, se ha captado las simpatías de los que han tenido ocasión de conocerlo.

La condesa de Vallellano, anciana señora, pasa tristemente, en apacible retiro, sus últimos días. Alma generosa, ha dado siempre muchas limosnas, católica ferviente, sólo encuentra consuelos en la religión.

El marqués de Villalta es el más joven de los antiguos nobles. Cuando llega de sus fincas, donde pasa largas temporadas, nos parece ver al hijo de un lord, que regresa a sus castillos. Tan poco se ocupa de su título, que pocos lo conocen por él. Es un gran voluptuoso en materias de arte musical. Podemos decir del marqués, lo que Théophile Gautier decía de Boissard: “el dilettanti ha matado al artista; la administración le roba mucho tiempo y se agota en entusiasmos; pero no es dudoso que si la necesidad lo hubiera obligado, con su mano de hierro, sería un músico excelente”. También se distingue en el manejo de las armas, siendo el discípulo predilecto de uno de nuestros mejores tiradores.

El marqués de Montelo es uno de nuestros más cumplidos caballeros. Durante su juventud estuvo dedicado a la vida sportiva. Después se consagró al fomento de la agricultura, haciendo un viaje a la Martinica para estudiar los grandes ingenios centrales. Su hermano, residente en París, es un virtuoso de la espada. Posee una de las más fines lames del Universo. Cuando vino al mundo, su padre le dijo a don José de la Luz:

–Ha nacido un émulo de Bolívar.

Pero no se cumplió la profecía. El hermano del marqués ha tenido muchos duelos; siendo el primero el que tuvo con Rochefort por defender la honra de Isabel II, atacada por el célebre republicano. Tanto en este duelo, como en otros muchos, salió victorioso nuestro compatriota. Las hermanas del marqués, Blanca y Celina, se han casado, la primera, con el conde de Castelbajac, chambelán del emperador Napoleón III, y la segunda, con Enrique Saavedra, actual duque de Rivas, jefe de una de las más distinguidas familias de la vieja nobleza castellana. La madre del marqués, que figuró mucho en París, bajo el imperio napoleónico, era una reina de la elegancia. Sabía asociar en su toilette el extremado refinamiento y la verdadera sencillez. Iba siempre vestida de negro, ostentaba artísticamente, en los cabellos empolvados, una rosa de color rojo de sangre.

El conde de Casa Pedroso y Garro, que lleva uno de los títulos más antiguos de la nobleza cubana, vive retirado en el campo, donde se ocupa de la explotación de su vínculo. Ostenta, orgullosamente, en el segundo cuartel de su escudo, las cuatro barras de Aragón, como legítimo descendiente, por la línea de los Zayas, del infante don Alfonso. Todo el que lleve este título tiene que casarse antes de cumplir los treinta años, bajo la pena de perderlo. La fundadora, dama de alta virtud, dominada por la teocracia, procedió de esta manera, porque consideraba inmoral el celibato. La esposa del conde, señora Andrea Chappotin, miembro de una de nuestras mejores familias, reside en esta capital. Es una señora de gran naturalidad. Amiga de los placeres mundanos, guarda los sentimientos de su juventud, atemperados por la prudencia de la edad madura. Ha tenido dos hijas, una de las cuales se ha casado con el señor Martínez Aguiar, miembro de la Casa de Austria, y que hizo una pingüe fortuna rápidamente. Este señor fue declarado inocente en el Supremo Tribunal y en una ruidosa causa que todos recuerdan.

El marqués Cárdenas de Monte-Hermoso, muy joven todavía, es el patrono de la Obrapía, fundada por don Martín Calvo de la Puerta, que fue uno de los grandes benefactores de Cuba, hasta el extremo que el doctor Romay pidió que se le erigiese una estatua, cuyo pedestal llevase la inscripción siguiente: “Martín Calvo de la Puerta. Dio cien mil pesos para dotar anualmente, con sus réditos, cinco huérfanos pobres. Ricos, imitadle; indigentes, bendecidle”.

La marquesa, viuda de Campo-Florido, es el tipo acabado de la gran dama cubana. De carácter jovial, muy bondadosa, exquisitamente amable, ejerce una mistificación irresistible. Habiendo sido muy hermosa, tuvo muchos adoradores. Todavía conserva la regularidad de sus líneas y los gustos de antiguos tiempos.

La lista de los antiguos nobles cubanos, que es tan larga como la de los archiduques de Austria, va disminuyendo de día en día. Algunos herederos, como el conde de Macurijes, el barón de Kessel, el conde de Ricla y algunos más han dejado caducar sus títulos. Otros varios, como el marqués de Monte Corto, el conde de Casa Ponce de León y Maroto, el marqués del Real Agrado, el marqués de la Cañada de Tirry y el conde de Revillagigedo viven, hace tiempo, oscurecidos, por lo cual nos limitamos solamente a citar sus nombres.

La antigua nobleza de Cuba, compuesta de familias cubanas, está condenada, desde hace algún tiempo, ya por su posición actual, ya por razones políticas, a ver elevarse al lado suyo, otra nueva nobleza formada de ricos burgueses, sin más títulos que su fortuna, salvo honrosas excepciones; como las palmeras de nuestros fértiles campos, hondamente arraigadas en la tierra, ven levantarse rápidamente bajo la sombra de sus penachos verdes, innumerables yerbas parásitas, trasplantadas de otros climas por el viento tempestuoso de las altas regiones.


La Habana Elegante, 15 de abril de 1888.