La casa del poeta

I

Atardecía. El disco rojo del sol, como redonda mancha de sangre caída en manto de terciopelo azul, rodaba por la bóveda celeste hacia el fondo del mar. El aire estaba impregnado de aromas suaves, sutiles y embriagadores. La niebla envolvía entre sus pliegues, a manera de sudario de gasa, agujereado a trechos, las verdes cumbres de las montañas lejanas. Se oía a lo lejos, entre el ruido de los carruajes, el mugido imponente del mar, cuyas ondas verdinegras, franjeadas de espumas blancas, se hinchaban monstruosamente, se erguían coléricas y se estrellaban contra las rocas puntiagudas.

Deseoso de hacer ejercicio, yo había salido, en la tarde aquella, a recorrer las calles, experimentando ese bienestar que produce la ausencia de ideas en el cerebro y la terminación de las labores cotidianas. Nada me preocupaba. Distraído por el aspecto de las cosas, había andado más de una hora, sin rumbo fijo, hasta llegar a una de las alamedas centrales de la población, donde un grupo de niñas, rubias unas y morenas otras, bailaban en torno de una fuente, mientras las ayas, con sus cofias de encajes y con sus delantales blancos, permanecían alejadas a cierta distancia, dirigiendo frecuentemente sus miradas melancólicas a los transeúntes.

Ancha nube cenicienta se interpuso ante el sol. Detrás de ella, impulsado por el aire, se precipitó un ejército de nubecillas róseas, verdes, moradas, purpúreas y amarillas, fundiéndose en una sola de color gris, de un gris metálico, que se fijó, como enorme murciélago de alas abiertas, en mitad del firmamento azul. Una ráfaga de viento, salida del mar, se extendió por la ciudad, levantando un remolino de polvo que envolvió las siluetas de las torres, palacios, árboles y paseantes. La lluvia empezó a caer. A los pocos minutos no se escuchaba más que el ruido monótono del agua que descendía incierta sobre las calles tristes, lodosas, desiertas.

Antes de empezar a llover, había formado el proyecto de encaminarme a una casa próxima, donde habitaba, en compañía de sus hijos, la viuda de un compañero de colegio, poeta de fantasía poderosa y de estilo irreprochable, muerto prematuramente sin haber realizado las esperanzas que hiciera concebir. Pero la lluvia no me permitió llegar. Huyendo de ella me guarecí en un café inmediato, resuelto a hacer la visita tan pronto como acabara de llover. Mientras aguardaba que escampase, sentí surgir en mi memoria la figura del poeta, rodeada de esa bruma melancólica que el recuerdo de los muertos esparce en nuestro corazón. Recordé su carácter enigmático, sus aventuras amorosas, su s gustos aristocráticos, sus proyectos literarios, su matrimonio realizado en pocos días, sus triunfos artísticos y, más que nada, la inercia inexplicable en que cayó después de haber alcanzado esos triunfos.

Sintiendo que este enigma me torturaba demasiado el pensamiento, me levanté de la mesa y salí a la calle, porque el aguacero estaba a punto de cesar.


II

Poco después llamaba a la casa.

Era de aspecto sencillo y vulgar. Junto a la puerta pintada de color marrón, tenía una ventana alta, tras cuyos barrotes de hierro, manchados por los lunares rojizos de la oxidación, se veían dos postigos completamente cerrados. Ningún ruido interno llegaba al exterior. Al cabo de algunos momentos, una criada se asomó por uno de los postigos, lo cerró de seguida y me abrió la puerta.

Envié mi tarjeta y me senté a esperar.

La criada se alejó, reapareció de nuevo, encendió el gas y me dijo que la señora iba a venir.

Durante el tiempo que tardó en aparecer, me puse a examinar el interior, donde nunca había penetrado, poco después del matrimonio de mi amigo, yo me había ido a viajar. Conocía a su mujer porque me la había presentado en un teatro. Pero no había ido a visitarla. De vuelta de mis viajes supe que él había muerto, a los tres años de matrimonio; de una enfermedad del corazón.

Y aplazando la visita de un día para otro, no la había ido a hacer hasta entonces.

La sala era pequeña, bastante incómoda, de forma cuadrangular. Las paredes estaban sucias, húmedas y salitrosas. En las esquinas, cerca del techo, se veían manchones negros, semejantes a telarañas humedecidas. Tenía el piso de ladrillos, mitad rojos, mitad amarillentos, sobre el cual habían quedado impresas las huellas de los pies mojados de la criada que me acababa de abrir.

Frente a la ventana de la calle se alzaba un estrado vulgarísimo, compuesto de un sofá y seis butacas, bajo el cual se abría una alfombra de fondo rojo, jaspeada de flores casi descoloridas por los años. Encima del sofá colgaba un espejo oval, rodeado de marco negro, cubierto de un velo de tarlatana verde, donde un enjambre de moscas se había detenido a reposar. Debajo de éste, un retrato de mujer. Sobre la mesa del centro, dos búcaros de porcelana ordinaria, repletos de papeles hasta los bordes, cuyos filetes dorados se empezaban a descolorear. Alrededor del estrado se alineaba una docena de sillas pegadas a la pared.

De cuando en cuando llegaba hasta la sala, por una puerta lateral, un vaho repugnante de cocina que, mezclado al lloriqueo de un chiquillo, me hacía insoportable la permanencia en aquella sala donde yo buscaba vanamente algún detalle que me recordara el gusto fino, aristocrático y refinado de aquel camarada de mi juventud y que, a la par de recrearme la vista, disipara la tristeza que el recuerdo del desaparecido había amontonado en mi corazón.

Una mujer se presentó ante mis ojos. Era alta, robusta, de fisonomía estúpida, repulsiva a simple vista y más repulsiva después. Venía envuelta en peinador blanco, completamente liso, que moldeaba lo ancho .de su cintura y la redondez de sus caderas. Su rostro, manchado de pecas, carecía de expresión. Estaba algo acatarrada y se llevaba frecuentemente el pañuelo a las narices. Sus modales eran ordinarios. Hasta el timbre de su voz me repelía. Todo revelaba que era una mujer vulgar, una gallina humana, como diría un discípulo de Schopenhauer, apta sólo para cuidar la casa y dar a luz cada nueve meses.

Inútil fue que pretendiera hacerla hablar de su marido. Cada vez que trataba de llevar por ese camino la conversación, me respondía vagamente, como si nada recordara, demostrando siempre la misma calma estúpida en su espíritu y la misma sinceridad grosera en sus palabras.

Después de media hora de visita, tomé el sombrero y me despedí de ella, sabiendo solamente que mi amigo le había dejado tres hijos.


III

La lluvia había recomenzado a caer

Era una lluvia fina, monótona y silenciosa, una de esas lluvias de las tardes otoñales, que cubren de lodo el pavimento de las calles, saturan la atmósfera de humedad y engendran una melancolía intensa en los temperamentos nerviosos. A través de las gotas que formaban una especie de cortina de hilos perlados, las luces amarillas de los faroles encendidos que brillaban en las alamedas, entre filas de árboles, parecían blandones fúnebres agitados por ráfagas glaciales.

Un coche pasaba y me introduje en él. Mientras llegaba al punto de mi dirección, no pude apartar de mi memoria el interior de la casa que acababa de abandonar. Y no sólo me expliqué que mi amigo dejara de cultivar las letras, en los albores de su gloria, después de haber alcanzado triunfos ruidosos, sino que me asombré también, dados su carácter, sus gustos y sus cualidades, de que hubiera podido vivir tres años al lado de aquella bestia, de aquella mujer.


(La Habana Elegante, 17 de agosto de 1890)