La felicidad y el arte
Fantasía

Que no importa vivir como un mendigo
Por morir como Píndaro y Hornero

ZORRILLA


El sol brillaba en el azul del firmamento. La yerba espesa, salpicaba de gotas de rocío —semejante a inmensa alfombra de terciopelo verde, donde las hadas nocturnas parecían haber dejado los innumerables diamantes que adornaban sus cabelleras— recibía la ceniza dorada del disco solar; las aguas del río, corriendo entre nenúfares que flotaban enlazados, formando archipiélagos, mostraban otro cielo en sus profundidades transparentes; los mangos maduros, como corazones de oro, brillaban entre el ramaje que se inclinaba a la tierra, agobiado por el peso de los frutos; los pájaros, desde el borde de los nidos, abrían sus alas largo tiempo cerradas, mezclando su voz a la de la selva que agitaba sus matorrales de flores silvestres y a la del viento que vagaba locamente por los campos olorosos.

Tendido al pie de un granado, cuyos abiertos frutos, parecidos a verdes cofres llenos de rubíes, colgaban de las ramas; vi llegar a la mujer más hermosa de la tierra, que comenzó a hablarme de este modo:

—¡Oh, joven!, tiempo es ya de que pienses en el porvenir. Dos sendas hallarás para llegar al fin de tu vida; la primera está llena de flores y la segunda de abrojos. Si me amas, te llevaré por la primera y serás feliz. Tendrás castillos de mármol, a orillas de los lagos, para pasar los días de tu existencia; mantos de púrpura, tachonados de estrellas de oro, para cubrir tus espaldas; coronas de ricos metales, esmaltadas de piedras preciosas, para ornar tu frente; navecillas de nácar, con velas de seda, para cruzar los mares; vírgenes circasianas, impregnadas de perfumes, para colmarte de pla­ceres; histriones numerosos sacados de las mejores cortes, para ahu­yentar el hastío de tu alma. ¿Quieres seguirme? Piensa en que todo lo puedo, porque me llamo la Felicidad.

Yo, sin vacilar un instante, volví la espalda a la Felicidad.

Pasado algún tiempo, veía caer el agua de espumoso torrente, irisada por los rayos del sol, y encontré un peregrino que comenzó a ha­blarme de esta manera:

—¡Oh, joven!, desde que naciste he seguido tus pasos. Aunque me creen pobre, poseo inmensos tesoros. Tengo un templo indestructible, alejado de la tierra, donde sólo penetran mis elegidos. Si tienes fuerzas, llegarás a él. Pero antes de emprender la marcha, recuerda los que han perecido en la jornada.

»Piensa en que, para llegar al templo, hay que cruzar por larga senda de abrojos. ¿Has oído hablar de ella? Nada es tan espantoso. Un cielo plomizo, despoblado de astros, aparece en la altura; el suelo, alfombrado de polvo y lodo, se hunde bajo los pies; los árboles, des­nudos de hojas, ostentan punzantes espinas; el agua de los arroyos, manchada de sangre, permanece estancada; las flores, salpicadas de oscuros matices, exhalan perfumes venenosos; las víboras, ocultas entre las zarzas, se enroscan al caminante; las fieras, hambrientas de carne humana, muestran sus blancos dientes puntiagudos en la oscuridad; los insectos, esparcidos en el aire, inoculan la muerte al pasajero; el mar, que brama a lo lejos, ahoga los gemidos del alma humana. Si tienes hambre, tendrás que devorar tu propio cuerpo; si tienes sed, tendrás que beber tus lágrimas. El mundo, tirano in­mortal, te cubrirá de baldón; la soledad, sudario de los vivos, te rodeará por todas partes; la miseria, única compañera de tu vida, te seguirá hasta el último instante. «Cuando tu cuerpo, lleno de heridas, caiga sangrando sobre las piedras del camino; cuando tus labios, descoloridos por la fiebre, exhalen el último suspiro de tu pecho; cuando tus ojos, vueltos hacia lo infinito, se cierren para siempre; ceñiré a tu frente el lauro de la inmortalidad, grabaré tu nombre en las páginas de la historia y te abriré las puertas de mi templo. ¿Quieres seguirme? Soy el Arte.

Yo, sin vacilar un instante, comencé a andar por la senda de abrojos que guía al templo del Arte.

(La Habana Elegante, 1886)