La Noche Buena

—¿Cómo estás tan triste en medio de la común alegría?

—Ni podéis comprender entre vuestro nido y vuestro tumulto, lo que causa mi tormento.

—Vamos, levántate, joven. A tu edad se tienen fuerzas y valor para gozar.

—¡Ah, no, no puedo gozar! Lo que ¡falta está demasiado lejos de mi. ¡Es algo tan elevado y tan bello como las estrellas del cielo!

Los pueblos católicos conmemoran, en la noche de hoy, el naci­miento del hijo de Dios. Todo el mundo recuerda la leyenda cris­tiana, inmortalizada por la pluma de los santos padres y por el pincel de los pintores cristianos. El cuadro bíblico se dibuja con todas sus líneas y con todos sus colores en el lienzo anchuroso de la imaginación. Allí vemos surgir al blondo niño de entre la paja del pesebre; las figuras unidas, grave la una y sonriente la otra, del humilde carpintero y de la hermosa hebrea, alrededor de la mísera cuna: la masa bronceada del buey y el lomo erguido de la mula azorada, arrojando humo por las fauces entreabiertas. Después miramos avanzar, por el camino solitario, al resplandor de lumíni­ca estrella, a los tres reyes magos: Melchor, con su túnica azul y su manto de armiño; Baltasar, con su veste roja y su calzado ama­rillo; Gaspar, con su vestidura anaranjada y sus sandalias moradas, cargados respectivamente de oro, mirra e incienso para verterlos a las plantas del recién nacido.

Donde quiera que se conmemore esta fecha, se encuentran la misma alegría y las mismas diversiones. Las calles se engalanan.

Los pueblos católicos conmemoran, en la noche de hoy, el naci­miento del hijo de Dios. Todo el mundo recuerda la leyenda cris­tiana, inmortalizada por la pluma de los santos padres y por el pincel de los pintores cristianos. El cuadro bíblico se dibuja con todas sus líneas y con todos sus colores en el lienzo anchuroso de la imaginación. Allí vemos surgir al blondo niño de entre la paja del pesebre; las figuras unidas, grave la una y sonriente la otra, del humilde carpintero y de la hermosa hebrea, alrededor de la mísera cuna: la masa bronceada del buey y el lomo erguido de la mula azorada, arrojando humo por las fauces entreabiertas. Después miramos avanzar, por el camino solitario, al resplandor de lumíni­ca estrella, a los tres reyes magos: Melchor, con su túnica azul y su manto de armiño; Baltasar, con su veste roja y su calzado ama­rillo; Gaspar, con su vestidura anaranjada y sus sandalias moradas, cargados respectivamente de oro, mirra e incienso para verterlos a las plantas del recién nacido.

Donde quiera que se conmemore esta fecha, se encuentran la misma alegría y las mismas diversiones. Las calles se engalanan, los pueblos católicos conmemoran, en la noche de hoy, el nacimiento del hijo de Dios. Todo el mundo recuerda la leyenda cris­tiana, inmortalizada por la pluma de los santos padres y por el pincel de los pintores cristianos. El cuadro bíblico se dibuja con todas sus líneas y con todos sus colores en el lienzo anchuroso de la imaginación. Allí vemos surgir al blondo niño de entre la paja del pesebre; las figuras unidas, grave !a una y sonriente la otra, del humilde carpintero y de la hermosa hebrea, alrededor de la mísera cuna: la masa bronceada del buey y el lomo erguido de la mula azorada, arrojando humo por las fauces entreabiertas. Después miramos avanzar, por el camino solitario, al resplandor de lumíni­ca estrella, a los tres reyes magos: Melchor, con su túnica azul y su manto de armiño; Baltasar, con su veste roja y su calzado ama­rillo; Gaspar, con su vestidura anaranjada y sus sandalias moradas, cargados respectivamente de oro, mirra e incienso para verterlos a las plantas del recién nacido.

Donde quiera que se conmemore esta fecha, se encuentran la misma alegría y las mismas diversiones. Las calles se engalanan, ya de cortinas, ya de carteles embadurnados de colores chillones; las tiendas ostentan limpias .sus fachadas y rellenos sus anaqueles de objetos deslumbradores; las campanas se echan a vuelo, turbando con sus sonidos el silencio de las altas regiones; y los niños colocan, en el alféizar de la ventana, a la hora de dormirse, preciosos zapaticos que las madres se encargan de llenar de golosinas.

Los almacenes de comestibles son los que se ven más concurridos. Penetrando en el interior de uno de ellos, se han visto los demás. Al trasponer el umbral, lo primero que se presenta a la vista es el árbol de Navidad, hecho de ramas de laurel y ornado de cucuruchos rojos azules y verdes, con filetes de papel morado, dentro de los cuales se encuentran deliciosas confituras. Bajo la sombra de sus hojas, inclinadas al peso de sus frutos simulados, los pavos muestran sus carnes amarfiladas, bajo el pellejo color de oro quemado; los lechones grasientos, tostados al horno, nadan en su propia salsa; las barras de turrón, ya amarillentas, ya rosadas, ya de un blanco lechoso, rellenas de frutas multicolores, dividen los comestibles amontonados en el mostrador; y los largos salchichones, envueltos en papel de plomo, cuelgan de mugrientos cordeles o recortados en menudas rodajas simulan hostias rojas, embutidas de tocino y rellenas de granos de pimienta, escalonadas en las conchas de porcelana. Alrededor de los comestibles enumerados, se encuentran esparcidos, como por manos mágicas, infinitas golosinas, propias para satisfacer el gusto más exigente y deleitar el más estragado paladar.

Pero el que más se divierte, en esta noche, es el pueblo bajo de la capital. Apenas ha oscurecido, no se puede transitar a pie por las calles. Las turbas invaden las aceras, deteniéndose absortas ante las vidrieras de los establecimientos; aglomerante en las esquinas, temiendo ser atropelladas por los carruajes; penetran en las tabernas, atiborrándose de alcohol; entran en los teatros, dispuestas a interrumpir al actor en lo más culminante de su papel; y se refugian por último, en los templos católicos, donde escuchan la misa media noche, no con místico recogimiento, sino con la curiosidad silenciosa de los que van a un espectáculo que sólo presencian anualmente una sola vez. Oída la misa del gallo, el populacho se desborda, en grupos compactos por las calles de la población, lanzando al aire gritos es­tridentes, ya al sonido agudo de la guitarra, ya a los golpes secos de la pandereta. Nada más imposible que atravesar por sus filas, sin sentir el empuje de un brazo vigoroso o recibir una granizada de injurias. Enardecido por el alcohol e impulsado por sus ins­tintos, ábrese paso rápidamente, como si inspirase el mismo temor que una manada de lobos furiosos cautivos algún tiempo y libres ya de sus pesadas cadenas.

¡Feliz el hombre que puede, en noche semejante, sentarse a la mesa de su hogar, cubierta de limpio mantel, cuya blancura inma­culada sólo cortan los manjares humeantes, mientras los seres que­ridos se agrupan a su alrededor, bajo la luz ambarina de la lámpara que disipa las sombras y reanima los semblantes con su alegre cla­ridad! ¡Triste del artista solitario que, ahuyentado por la algarabía callejera y perseguido por el enjambre de sus recuerdos, se guarece temprano en su desmantelada buhardilla, sin que el estruendo de la muchedumbre hormigueante le permita hojear en silencio sus libros favoritos, concluir el poema empezado o verter sus lágrimas amargas!