Dedicatoria a Madame Juliette Lambert

Señora:

Desde el lejano París, esa Atenas moderna, hasta nuestra Cuba, esta Irlanda americana, han venido, impulsados por las ondas azules del océano y los vientos favorables del aplauso, los volúmenes encantadores que, bajo el seudónimo de El conde Paul de Valisi, habéis publicado en los últimos tiempos, acerca de las sociedades más notables del mundo civilizado. Aquí se han leído esas obras, escritas por vuestra pluma fina –tan fina que a veces parece rozar el papel– con el mismo deleite que se leen las producciones de vuestros inmortales compatriotas. Hemos sentido, al devorar cada página, la misma impresión que siente el navegante, perdido entre los hielos del polo, condenado a fría noche perpetua, al respirar, en fúlgido rayo de sol, efluvios perfumados de rosas primaverales. Habéis dejado en nuestros labios la miel de vuestro estilo galano y el sabor picante de vuestras deliciosas historietas.

Impulsado por la lectura de vuestros trabajos, me he atrevido, desde el rincón sombrío de mi vivienda de bohemio, a levantar mi voz –mi humilde voz nunca escuchada de vuestros oídos– hasta el pedestal gigante de vuestra gloria, donde aparecéis, a los del universo, como la Aspasia de los tiempos modernos, para presentaros, con desusado atrevimiento, aunque no sin cierta timidez, a la sociedad cubana de nuestros días. Algunos de los personajes que veréis desfilar en estas páginas, si vuestros hermosos ojos se dignan fijarse en ellas, os serán conocidos por haberlos encontrado muchas veces en el Bosque de Bolonia, en los Campos Elíseos, en los espectáculos de la Ópera Cómica y en las recepciones públicas. ¡Quizás alguno haya tenido la dicha de besar vuestras lindas manos de mundana y artista!

A vos, que habéis nacido en una comarca donde las mujeres poseen el don supremo de agradar, a vos, que representáis la doble majestad del talento y la belleza; a vos, que habéis sabido combatir noblemente, ya por la causa de vuestra patria ultrajada, ya por los derechos de vuestro sexo adorable; a vos, que fuisteis la humana inspiradora del ilustre Gambeta, como la famosa cortesana griega lo fue del sabio Pericles; a vos, que habéis empuñado las riendas doradas del salvaje corcel de la fortuna; a vos, que sabéis guardar en el alma el culto de vuestras viejas amistades, como lo habéis probado recientemente, abriendo las puertas de vuestra opulenta mansión, para congregar las notabilidades europeas y reivindicar la memoria del calumniado Tourguéniev; a vos, dedico estas páginas, inspiradas en la lectura de vuestras últimas publicaciones, no sin antes besar respetuosamente, aunque con el pensamiento, vuestros rosados piececitos de refinada parisiense.