La tristeza del alcohol

¿Qué enfermedad es comparable al alcohol?

E. A. Poe


I

—¿No te parece, —dijo Gustavo a su amigo Adolfo, después de terminar la comida, una de esas comidas fraternales, en que los amigos íntimos se cuentan sus proyectos, sus amoríos, sus goces, sus tristezas y hasta sus miserias desconocidas—, no te parece que debemos pedir una botella de Champaña?

—No, no, de ninguna manera.

—¿Por qué?

—Porque he bebido demasiado Borgoña y temo que se me suba a la cabeza.

—¿Qué dices?

—Lo que oyes.

—¿Te has vuelto sobrio al cabo de tus años?

—No; pero no tomo más.

—Y ¿a qué se debe ese cambio repentino?

—A nada: a que he resuelto no tomar más alcohol.

—Ya lo supongo; pero esa resolución obedece a alguna causa.

—¡Ahora no tengo ganas de hablar de eso! ¡Vámonos a la calle!

—Espérate. Además, ¿a dónde vamos a ir? Hoy es víspera de fiesta y no se encuentran más que tenderos, zapateros, bodegueros y una multitud de desconocidos que, como una legión de insectos de una piedra levantada, salen de sus guaridas en días como éste y se esparcen por todas partes.

—Prefiero codearme con esa gente a estar respirando el olor de los manjares que hay en los gabinetes inmediatos.

—Bueno; vámonos donde quieras, pero con una condición.

—¿Cuál?

—La de que me prometas contarme la causa que te ha obligado a dejar el alcohol.

—Te lo prometo.

Y, cogidos del brazo, los dos amigos salieron del restaurant, resueltos a dar un largo paseo, después de tomar de la mesa un par de rosas encarnadas que agonizaban en un búcaro japonés.


II

Apenas echaron a andar, Adolfo preguntó a Gustavo:

—¿Conoces las obras de Edgardo Poe?

—Casi todas.

—¿Recuerdas la historia del Gato Negro!

—Sí.

Hay allí una pregunta suelta, misteriosa y sutilmente ligada a la narración, que encierra un mundo de ideas y que a muchos habrá hecho sonreír. ¿Qué enfermedad es comparable al Alcohol? dice el autor. Pregunta de borracho, exclamarán algunos, que no tiene respuesta. Yo mismo, yo que te hablo, que te la recuerdo y que trato de explicártela, yo mismo la he pasado por alto, sin darle importancia alguna, muchas veces.

Pero ahora comprendo perfectamente y te digo que no hay tristeza, sí, que no hay tristeza mayor que la engendrada por el alcohol. Ésa es la enfermedad de que habla Poe y voy a describírtela de la mejor manera posible. No sé si acertaré.

Tú me conoces demasiado hace ya muchos años. Tú sabes que yo he sentido siempre, desde la infancia, una tristeza inmensa, desoladora y cruel. Esto no es extraño. Se nace triste o alegre, como se nace enfermo o sano, bueno o malo, inteligente o estúpido. Esa tristeza desesperaba a mi madre, porque no la encontraba justificada. Ella hacía esfuerzos inconcebibles para distraerme, sin lograr su objeto. Si me divertía un momento, la tristeza en que luego me abismaba era mucho mayor. Y no sólo me encontraba siempre triste sino que me era imposible ver a algún ser alegre a mi alrededor.

A medida que iba creciendo, mi estado de ánimo se agravaba más. Y, sin embargo, nadie descubría la causa, porque yo era un niño mimado, rodeado de ternuras y de todo lo que hace alegre y fácil de soportar. Se me colmaba de besos, de caricias y de juguetes. Pero yo me aburría de todo al momento. Yo estaba hastiado de lo que conocía y prehastiado de lo que no conocía, de lo que no quería conocer.

Queriendo disipar mi tristeza, porque la vida se me hacía insoportable, me arrojé desenfrenadamente en brazos de los placeres. A los dieciocho años, estaba hastiado de todos. Entonces comencé a viajar. Durante mi permanencia en Inglaterra, aprendí a tomar el alcohol. Para combatir la nostalgia que me seguía por todas partes, como un lobo hambriento detrás de un cordero, empleaba dos medios momentáneamente eficaces: poseer el mayor número posible de mujeres, hasta aniquilar mis fuerzas o tomar el mayor número posible de licores, hasta sentir las primeras náuseas. Después de ambos excesos, yo caía en un sueño profundo, pesado y brutal, del que tardaba muchas horas en salir.

Tengo ya treinta y dos años. Yo he visto morir a mis padres, víctimas de crueles enfermedades; tras largos años de indecibles sufrimientos morales he sentido desplomarse mi hogar sobre mis hombros, como pulverizado por una descarga formidable, sin que me quedase el consuelo de pasearme sobre sus ruinas; he sido el esclavo de cien mujeres, que han ejercido contra mí la triple tiranía de la belleza, del amor y de la debilidad; he llegado a los últimos límites de la miseria, en países extranjeros, casi hasta llamar a la puerta del hospital; he estado cuatro años en la guerra, sin esperar más que la derrota; he vivido esperando la muerte, por espacio de cuarenta horas, en el medio del mar, bajo la influencia de pavorosa tempestad; he experimentado en fin los mayores sufrimientos que el corazón humano puede experimentar, pero yo te aseguro, con la mano puesta sobre el corazón y con toda la sinceridad de que soy capaz, que ninguna de esas desgracias me ha abatido tanto, me ha inoculado una tristeza tan honda como la que me inoculaba el alcohol.

Yo no he dejado de tomarlo, porque me deformara el rostro, me debilitara las piernas, me hinchara el vientre, me ensangrentara las pupilas, me abrasara el hígado, me embotara la inteligencia, me agriara el carácter y me arrojara en pasto a la burla de los extraños, sino porque, después de absorber una dosis de alcohol, por pequeña que fuese, me sentía invadido de una tristeza opresora, tan opresora como difícil de sacudir. La mañana que sigue a la noche de la embriaguez es más horrible que la mañana que brilla tras la noche de amor. Cuando se abren los ojos, se siente un malestar que nada puede vencer. El ruido y la luz se hacen insoportables. Cualquiera frase escuchada, por inofensiva que sea, nos causa una herida mortal. Amanece uno pálido, sudoroso, malhumorado, áspero y deseoso de reñir con los demás. El espíritu de contradicción se desarrolla de una manera alarmante en los alcoholistas. Y ¿qué te diré de las noches en que, por efecto, de la excitación nerviosa, no se pueden cerrar los párpados? Hay que estar echado en el lecho, boca—arriba, sin poder dar vueltas, como si se tuviera un cañón colgado del cuello, porque el cerebro pesa demasiado, sujeto a un número infinito de alucinaciones. Las del oído son terribles, mucho más terribles que las de la vista. En mis noches de insomnio alcohólico, he percibido siempre un ruido tan sordo, tan lejano, tan extraño y tan grandioso a la vez, que he acabado por creer que era el ruido del eje de rotación del planeta en que habitamos. Y lo peor es que siempre he conocido mi estado. Como hay en mí dos entidades opuestas, una soñadora y otra analítica, unidas estrechamente las dos, he tenido siempre conciencia de mis actos, hasta de los cometidos bajo la influencia del alcohol.

La tristeza alcohólica, como el suplicio de Tántalo, está formada por el deseo de poseer una cosa que tenemos a la vista y sentirnos sin fuerzas para poderla alcanzar. Así por ejemplo, si uno tiene un vaso de agua al lado, no puede extender la mano, porque el brazo se le desprende de los hombros; si uno se sienta en una butaca, se pega materialmente a ella, sin poderse levantar, porque le flaquean las piernas; si uno desea hablar, la palabra se enreda en la garganta, sin aceptar a traducir fielmente las ideas. Muchas veces, en mis crisis agudas, he sentido el deseo de echarme de bruces sobre el suelo, para ver si me deshacía, como una botella de vidrio, en cien mil pedazos.

¿Comprendes ahora, después de esta ligera explicación, que yo haya desistido de tomar alcohol y, sobre todo, no te explicas el alcance de la frase de Poe: ¿qué enfermedad es comparable al Alcohol?

—Sí, exclama Gustavo, echando una mirada compasiva sobre su interlocutor.


III

Cambiadas estas palabras, anduvieron en silencio algunos momentos.

—¿Qué hora tienes? —preguntó Adolfo a su acompañante.

—Las doce y cuarto.

—Me voy a casa.

—Yo también.

Y, estrechándose cordialmente las manos, los héroes de esta narración se encaminaron por rumbos opuestos, alumbrados por la luz de la luna, cuyo disco ambarino, inmóvil contra una nube blanca, parecía el rostro de una princesa oriental, dormida sobre un cojín de armiño y con el cuerpo oculto entre los pliegues de ancha sábana de terciopelo azul, recamada de diamantes.


(La Habana Elegante, 31 de agosto de 1890)