La viudez eterna

Alrededor de la mesa de mármol de un café, donde se hallaban colocadas, en ancha bandeja de plata, altas copas de cristal, llenas de ambarina cerveza que se evaporaba en espumas blancas; estaban sentados varios amigos íntimos, hablando de diversos asuntos. Aunque eran jóvenes por la edad, habían perdido la verdadera juventud: la del corazón. Cualquier observador, por ligero que fuese, hubiera podido leer en sus rostros demacrados, tanto por el libertinaje, como por el estudio, el hastío prematuro de la vida, la desilusión completa del placer y el anhelo insaciable de otra existencia mejor. Todos habían exigido de la vida más de lo que puede dar. Cada uno parecía que llevaba por divisa este verso del adorado Bourget:

«Je songe qu’aucun but ne vaut aucun effort.»

Absortos se hallaban, en sus propios pensamientos, después de haber agotado el tema de la conversación, cuando vieron entrar a un hombre alto, elegantemente vestido, con una camelia blanca en la solapa de la levita y un bastón elegante en la mano derecha.

—¿Quién es ese caballero? —preguntó uno de los jóvenes.

—El marqués de B.

—¿Es casado?

—Viudo.

—Y ¿tiene dinero?

—Es millonario.

—Y buen mozo —agregó uno.

—Y también imbécil —replicó otro.

—Y con esas condiciones ¿no ha vuelto a casarse?

—Ni se casará —exclamó una voz.

—¿Por qué? —dijeron todos.

—Escuchad una historia.

Hace algunos años que conocí al Marqués, en una de sus fincas, donde estaba gozando de los esplendores de su luna de miel. Su esposa era una de las mujeres más hermosas que he conocido. Fue casada, en edad temprana, por unos padres ambiciosos que no consultaron su corazón, pía aceptó, con júbilo, la idea del matrimonio, pensando solamente, al oír la proposición, en lo bien que estaría en la hora nupcial, con su traje de seda blanco, enguirnaldado de flores con sus bolitas de raso, bordadas de oro y con sus cabellos rubios, estrellados de azahares.

Durante los primeros meses, todo anunciaba que iba a ser un matrimonio feliz. Parecía estar enamorada de su marido. Hasta fue envidiada de sus amigas. Nunca se veía al Marqués sin su esposa. Juntos frecuentaban los paseos, teatros y salones. Algunas noches se iban, en suntuoso carruaje, fuera de la población, deseosos de estar solos, saboreando su dicha, como buenos enamorados, bajo la mirada de las estrellas.

Pasados algunos meses, ella empezó a darse cuenta de su situación. Observó después, en sus frecuentes relaciones sociales, que otros hombres hubieran podido hacerla más dichosa. Aunque su marido la adoraba, no satisfacía plenamente sus deseos. Ella hubiera deseado un esposo más inteligente, aunque con menos dinero. Y el Marqués era un hombre demasiado vulgar para ella. Por más que era astuto para los negocios, carecía de cultura intelectual. No sabía hablar más que del azúcar o de asuntos financieros. Nunca se le vio tomar un libro entre las manos. Sólo leía algunos periódicos para enterarse de la situación del mercado y del alza o baja de los valores públicos. Y no se limitaba a esto su ignorancia. Cuando la llevaba al teatro, más bien para exhibirla que para gozar de los placeres de la representación, salía frecuentemente del palco, con el pretexto de fumar, y al regresar bostezaba, mientras una trágica notable, arrojaba al oído del público, como ramillete de flores, las estrofas soberbias de una tragedia antigua o un tenor aplaudido lanzaba en la atmósfera de la sala, como bandada de ruiseñores, las notas de oro de su garganta excepcional.

Frecuentaba la casa del Marqués, en aquella época, un joven pintor, cuyos primeros cuadros revelaban una fantasía poderosa y un vigor raro en la ejecución. La esposa del Marqués experimentaba por él una simpatía análoga a la de la gran duquesa de Castiglionne por el genio dantesco de Delacroix. Ella lo protegía, con delicadeza sin igual, lo mismo que una princesa del Renacimiento, sin dejarle sentir la tiranía de la gratitud.

Aunque el pintor no era bello, en el sentido recto de la frase, poseía una belleza superior a la de las líneas: la que imprimen en el rostro un corazón ardiente y una inteligencia nada vulgar. Y la Marquesa, algo artista, como toda mujer, se fue enamorando de él. Primero escondía su amor, como una cosa repugnante, hasta que arrastrada fatalmente por la pasión se arrojó en brazos del pintor, lo mismo que un desesperado en la onda azul que sonríe a sus pies, llegando a despertar los celos de su marido, cuya venganza fue tan rápida como feroz.

Un día que ella, vestida de Diana, con la media luna de brillantes en la cabeza y un manto de armiño echado sobre su cuerpo, envuelto en una tela de color de carne, se disponía a que el pintor la retratara de tan caprichosa manera; el Marqués fingió que salía a la calle, volviendo de seguida y encerrándose en la habitación inmediata para convencerse de lo que le decían sus celos. Apenas se había colocado en observación, oyó frases incoherentes, pronunciadas en voz baja, cuyo sentido no pudo comprender. Aguardó un instante la percepción de nuevas palabras y sintió luego, como un pistoletazo, el eco sonoro de un beso. Entonces se precipitó, revólver en mano, sobre la amante pareja, cuyas figuras cayeron, bañadas en sangre sobre el marmóreo pavimento de la habitación.

Y ¿por qué no ha vuelto a casarse el Marqués?

—Porqué las mujeres lo han condenado a la eterna viudez, temiendo que haga con ellas, en la hora de la infidelidad, de la cual no están exentas —pues no son muchas las mujeres que se resignan a amar a un solo hombre, como no son muchos los hombres que se resignan a amar a una sola mujer—, lo que hizo con la otra que hoy duerme olvidada en su tumba solitaria, bajo pesada losa de mármol, donde sólo un árbol piadoso deja caer, en la verde primavera, la lluvia perfumada de sus flores amarillas.


(La Discusión, 20 de junio de 1890)