Los antiguos nobles en el extranjero

Causas principales de los viajes. Enumeración de los antiguos nobles cubanos que viven en el extranjero. El conde de Santovenia. Su educación. Sus aventuras amorosas. Su casamiento. La hermana del conde. Sus dos matrimonios. El marqués de Dos Hermanas. Sus padres. Sus primeros estudios. Viaje a Madrid. Su primer matrimonio. Muerte de su primera esposa. Viajes por Europa y América. Su traducción de las obras de Shakespeare. Segundo matrimonio. Su palacio. La condesa de Casa-Montalvo. Cualidades distintivas. El marqués de Arcos y de Casa-Calvo. Su estado actual. Sus hermanas. El conde de Peñalver. Sus cargos. Su tía. Historia de los amores de ésta y su entrada en el convento. El marqués de San Carlos. Sus fiestas, etc.

Cuando la patria cubana mimada por la Fortuna, más que por la Libertad, abría su seno, pletórico de oro, a la codicia de los extranjeros y bienestar de los insulares; muchas de nuestras familias, ya por gozar de sus cuantiosos bienes, ya por temor a las persecuciones políticas, emprendieron viajes a países extranjeros. Unas han regresado tras larga ausencia, lamentando pasados extravíos; otras se han establecido, desde hace tiempo, en sus poblaciones favoritas.

De los antiguos nobles que viven en el extranjero, tanto por ambas causas mencionadas, como por otras muchas de difícil enumeración, sólo merecen citarse los siguientes:

El conde de Santovenia.

El marqués de Dos Hermanas.

Los condes de Casa-Montalvo.

El marqués de Arcos y de Casa-Calvo.

El conde Peñalver.

Los marqueses de San Carlos.

El conde de San Fernando.

El marqués de Isasi.

Los marqueses de Castell-Florite.

El conde de Santovenia, se alejó en edad temprana, de nuestras playas para recibir la conveniente educación. Después de haber pasado algunos años, en el colegio Windsor, que es uno de los mejores de Londres, se trasladó a París, donde se hizo notar por sus aventuras amorosas. Enamorado locamente, con el ardor de los primeros años, de una hermosa mundana, conocida por el sobrenombre de La Argentina, se refugió en Inglaterra para gozar libremente de sus amores. Recuperado por su familia, volvió nuevamente a París, logrando reanudar su liaison. Queriendo alejarlo de aquella Sapho, tan hermosa y temible como la de Daudet, su señora madre le propuso que hiciera un viaje a Madrid. Allí se le había preparado un matrimonio, con la hija de los duques de la Torre, la cual llegó a agradarle; pero, al poco tiempo, estando el conde en el Teatro Real, vio aparecer, en palco inmediato al suyo, a la seductora argentina, acompañada de otra bella impura del mundo parisiense. Ambas cautivaron la atención, en aquella noche, tanto por su hermosura, como por su elegancia, de la alta sociedad madrileña. Habiéndose unido nuevamente, nuestros dos amantes se escondieron en Suiza, regresando al poco tiempo a París. Después de grandes esfuerzos, logróse separar al conde de su maîtresse, haciendo que se casara, gustosamente, con la señorita antes mencionada, la cual es su compañera en la actualidad.

La señorita Mercedes Campos y Martín, hermana del conde, ha sido poco feliz. Casada primeramente, con el hermano de su cuñada, tuvo que divorciarse por causas muy conocidas. Últimamente, según la prensa, se ha verificado su matrimonio, con mister Mielvaque, un noble empobrecido al decir de algunos, un famoso aventurero al decir de otros.

El marqués de Dos Hermanas es el más ilustre de los antiguos nobles cubanos. Hijo del excelentísimo señor brigadier don Francisco de Velasco, descendiente de los condes de Haro, y de la señora de Rojas, nieta de los marqueses del Real Agrado, cuyos antecesores se distinguieron en la conquista de Granada; hizo sus primeros estudios en La Habana, llegando a recibirse de licenciado en Derecho, a la temprana edad de dieciocho años. Después de algún tiempo de permanencia en Madrid, donde se recibió de doctor y obtuvo cátedra, por rigurosa oposición, regresó a su patria, ingresando en la carrera administrativa, sin consentir que sus servicios fueran nunca remunerados. Casado en 1855 con una rica heredera, siguió desempeñando su destino, hasta la muerte de sus padres. Habiendo fallecido su esposa, en 1860, se dedicó a viajar. Ha visitado toda la Europa y la mayor parte de América. Aunque ha escrito muchas obras, según aseguran sus biógrafos, ha publicado muy pocas. Pero su excelente traducción de Shakespeare, cuyo teatro ha dado a conocer en España, bastó para conquistarle un puesto envidiable en la literatura castellana. Casado nuevamente, en 1875, con la señorita Sofía Bisso y Zulueta, sobrina de la condesa del Montijo, reside actualmente en Madrid. Su palacio, poblado de curiosidades artísticas, adquiridas en sus largos viajes, es el centro de reunión de los grandes hombres españoles, tanto de los que figuran en la política, como de los que sobresalen en las artes.

La marquesa de Casa-Montalvo es una de las damas que honran la sociedad de Madrid. Olímpicamente hermosa, elegante y espiritual, se distingue por sus refinados modales y exquisita conversación. Su espíritu viajero le hace emprender frecuentes viajes. El conde, miembro de una de nuestras más ilustres familias, es un dandy completo, que se distingue por su habilidad en el manejo de toda clase de armas. Ambos esposos tienen otro título de renombrado abolengo.

El marqués de Arcos, que lleva también el título de marqués de Casa-Calvo, ha viajado mucho, dejando extraviada su razón en los laberintos de la locura. Tiene dos hermanas solteras, consagradas estrictamente a los deberes religiosos, las cuales piensan dejar su inmensa fortuna, en la hora de la muerte al Sumo Pontífice León XIII.

El conde de Peñalver, senador por una provincia, olvidada, es concejal del Ayuntamiento de Madrid. Su tía, la señorita Leocadia Zamora, ha sepultado en el seno del claustro su alocadora hermosura y sus envidiables facultades artísticas. Víctima de una pasión amorosa engendrada por la belleza de su sobrino, el marqués de Valero de Uría, hermano del mencionado conde de Peñalver, tomó el hábito de las Hijas de Santa Clara, del cual se despojó más tarde. Hoy se encuentra esta dama en un convento de España, distinguiéndose por sus virtudes.

El marqués de San Carlos ha sido uno de los antiguos nobles cubanos que han figurado más en las capitales extranjeras. Bajo su figura burguesa, se esconde un completo caballero. Durante su residencia en París, dio magníficos saraos. Todavía se recuerda su fiesta dada en honor de la reina Isabel II. Al anunciarse la llegada de la soberana, el marqués salió a recibirla con rico traje de antigua usanza, llevando en las manos gruesas antorchas encendidas. Después inclinó sus rodillas, acompañándola a los salones. Hasta en sus épocas de mayor carestía, el marqués ha conservado siempre –como Loewe Weimars, que iba a Longchamps en carroza tirada por cuatro caballos, con lacayos empolvados, sin haber comido–, su amor al lujo y a las fiestas mundanas.


La Habana Elegante, 20 de mayo de 1888.