Los funerales de una cortesana

Tras la cortina de terciopelo carmesí, guarnecida de flecos de oro, que ornaba el marco de un balcón de la estancia, se hallaban juntos, en fría tarde invernal, arrullados por las ráfagas heladas del viento y por las gotas de lluvia que golpeaba los cristales empañados de las ventanas, un monarca de eterna recordación y la última de sus favoritas.

Él se llamaba Luis XV y ella la condesa de Dubarry.

La favorita, envuelta en un lujoso abrigo de pieles, apoyaba el brazo en un mullido cojín de seda azul, se había tendido sobre el ancho diván de damasco, prodigando a la bella pecadora todas las ternuras y todos los anhelos de su alma enamorada.

Al cabo de algún tiempo, se incorporó el monarca —arreglándose la empolvada cabellera, cuyos rizos habían deshecho los dedos ebúrneos de la Dubarry— y se detuvo en el umbral del balcón.

Un espectáculo triste se presento ante sus ojos.

A lo lejos, entre los árboles del camino, desnudos de hojas y vestidos de escarcha, se veían pasar, al reflejo moribundo de la tarde, cuatro humildes capuchinos que llevaban pobre ataúd de madera, cubierto de paño negro y tachonado de estrellas.

Dentro del ataúd iba el cadáver de Madame de Pompadour.

Ella, había sabido elevarse desde el hogar de humilde carnicero hasta las gradas del trono; que era la diosa del bosque que Senart, donde se presentaba con un halcón en la mano, semejante a las antiguas castellanas; que para cambiar el orden de las cosas no tenía más que pronunciar una sola frase de amor; que había sido la Madona de los grandes hombres de su época, como María lo es de los cristianos; que sabía ejercer las funciones de la diplomacia tan bien como las de la galantería; que merece el nombre de Hada de la Frivolidad por haber creado un mundo de preciosidades artísticas, bajó al sepulcro, en el más bello período de su existencia, revestida del burdo traje de la tercera orden de San Francisco, con el grueso rosario a la cintura y a la cruz de madera entre las manos, siendo enterrada, por orden suya, en pobre fosa del convento de capuchinos de la plaza de Vendôme.

Cuentan que el rey, al retirarse del balcón, exclamó fríamente, besando las mejillas coloreadas de la Dubarry que se había reclinado en sus hombros:

—¡Pobre Pompadour! ¡Qué frío va a sentir esta noche en su sepulcro!


(La Habana Elegante, 20 de noviembre de 1887)