Los pintores

(Fragmentos)

El señor Collazo. Asuntos de sus cuadros. Su amor al arte. Su escuela. Colores predominantes en sus lienzos y cualidades sobresalientes en los mismos. Su estudio. Ligera descripción de este lugar. Sus retratos. Sus paisajes. Rasgos distintivos de ellos.

El señor Collazo es el pintor de las grandes damas y de encantadores paisajes. También pinta, con mano maestra, tipos del siglo pasado: bellas pecadoras, con flores en el pecho y abanicos en las manos; caballeros galantes, en traje de corte, sonriendo a hermosas duquesas; viejos volterianos, de sonrisa burlona y ojos chispeantes, narrando historietas picarescas; abates licenciosos, calado el solideo de raso negro, bajo el cual se escapan sus finas mechas de cabellos blancos; bufones grotescos, con trajes abigarrados, ostentando rostros contraídos por las risas y las muecas. Nunca busquéis, en sus lienzos magníficos, las fregonas desgreñadas, los mendigos harapientos y los rufianes insolentes que se admiran en las telas de algunos maestros. Todo lo que brota de su pincel es refinado, exquisito y primoroso.

Pocos artistas habrá, como el señor Collazo, tan poseído del ideal. El arte es para él una especie de religión. Ni la política, que brinda extenso campo a las ambiciones humanas; ni el mercantilismo, que se dilata como letra asquerosa por nuestro cuerpo social; ni su cuantiosa fortuna, que hubiera podido transformarlo en un dorado inútil; nada basta a hacerle apartar sus ojos, deslumbrados por el fulgor de los ensueños, de las cimas ideales, donde se alcanza, al término de la ascensión, el lauro de oro de la inmortalidad.

Aunque el señor Collazo estudia concienzudamente las diversas escuelas pictóricas, no está afiliado a ninguna de ellas, perteneciendo a la que siguen los grandes pintores contemporáneos: la del buen gusto. Predominan generalmente en sus retratos y paisajes, los colores delicados: el gris perla, el rosado de flamenco, el blanco opalino, el verde aterciopelado y el azul de claro de luna. Sus cualidades sobresalientes son la templanza, la claridad, el dibujo correcto y la intención filosófica, que dan a sus pinturas un carácter particular, nuevo y extraño.

El estudio del señor Collazo es el más completo que conocemos. Situado en el último piso de una casa de aspecto severo, encierra tesoros artísticos de inestimable valor. Todo brinda al recogimiento y a la meditación. Parece la morada de un soñador de la Grecia antigua, desterrado del mundo moderno, que se ha escondido para soñar y producir. Siempre el artista busca, a la manera del enamorado, el silencio y la soledad; porque la inspiración aguarda que el mundo se aleje para poder entrar.

Desde que se penetra en el estudio, no se tienen ojos suficientes para contemplar los objetos que atraen nuestras miradas. Ancha panoplia colosal, forrada de paño verde, sostiene un arnés completo, rodeado de toda clase de armas antiguas y modernas. Al lado de la panoplia, suntuosas colgaduras rosadas, artísticamente prendidas, ocultan la desnudez de las paredes. Jarrones chinescos, ornados de figuras y animales fantásticos; porcelanas antiguas, de diversos tamaños y variados colores; grupos escultóricos, ya en mármol, ya en barro, inspirados en asuntos mitológicos; lámparas maravillosas, primorosamente labradas, suspendidas del techo; muebles antiguos, forrados de viejas telas riquísimas; alfombras pérsicas, con flores grandes y diversidad de matices; todo lo más precioso que el gusto cosmopolita ha producido se encuentra diseminado, como por manos de hada, en los rincones.

Además de los objetos enumerados, posee el señor Collazo una magnífica colección de trajes, auténticos y suntuosos, de los tres últimos siglos. Acompañan a los trajes, todos los accesorios indispensables: pelucas empolvadas, medias de seda, puños de encajes, zapatos elegantes y cinturones primorosos.

Hecha esta ligera descripción, pasemos a los cuadros. Frente a la puerta de entrada, se destaca, en su marco negro, incrustado de bronce, el retrato de una de las grandes damas de nuestra sociedad: la señora Emelina Collazo de Ferrán. Vestida de rico traje de color lila, ornado de encajes blancos, descansa sobre blando diván rosado, donde hay esparcidos algunos cojines del mismo color. Su pie diminuto, oculto en elegante zapatito de raso negro, asoma, bajo los pliegues del vestido, apoyándose en suntuoso almohadón. Una atmósfera ideal, que parece estar hecha de perlas vaporizadas, flota en torno de aquella figura. No se puede pedir más arte, ni más gracia, ni más naturalidad. Puede aplicarse al señor Collazo, sin rayar en lo hiperbólico, la siguiente frase de Rubens acerca de Holbein: es el pintor de la verdad que habla y piensa.

Otro de sus mejores retratos es el de la señora de Malpica. Este cuadro, que estuvo expuesto en el establecimiento del señor Quintín Valdés ha merecido la aprobación general. Sobre el fondo violeta del lienzo, el cuerpo de la hermosa dama, ceñido delicadamente por regio vestido de raso crema, bordada la delantera de flores, se destaca en pie, majestuoso y altivo, mostrando su arrogancia y su gallardía. ¡Qué expresión la de aquel rostro! ¡Qué mirada la de aquellos ojos! ¡Qué bien marcados los contornos de aquel cuerpo escultural! ¡Qué aire de majestad en la figura! Parece que es la reina Isabel de Inglaterra, en el momento de recibir el homenaje de sus cortesanos.

Pero no es en los retratos, sino en los paisajes donde más se le puede admirar. Todos se recomiendan por la verdad del tono, la fineza del pincel y un sentimiento delicado de la vida campestre. Las figuras sólo intervienen como agradables manchas de color y no tienen más importancia que la de ser humano perdido en el seno de la naturaleza.

El primer paisaje, que se encuentra en el estudio, tiene detalles encantadores. Es la hora del mediodía. No hay ni mucha luz, ni mucha sombra. Las plantas tropicales, desmayadas de calor, doblegan sus hojas. Ligera bruma, dorada por el sol, flota sobre los campos. Una niña angelical, en la que parece haberse encarnado el sueño de un poeta, se reclina fatigada en el grueso tronco derribado del árbol secular. En el suelo, alfombrado de hojas secas, descansa un lebrel, fijos los ojos en su dueña, como dispuesto a defenderla. ¡Qué actitud la del noble animal! ¡Con qué gracia apoya la niña su adorable cabecita, aureolada de cabellos rubios, en el centro de su brazo izquierdo! ¡Cuán bien se precisa el arco que forma su cuerpecito estatuario al reclinarse en el árbol! ¡Cómo se notan los diversos matices de las plantas!

Otro de los cuadros notables, es el que trataremos de describir. Una pareja amorosa, sentada a la sombra de verdes árboles, cargados de ricos frutos, saborea las dulzuras de la luna de miel. Los trajes de los jóvenes esposos son de colores alegres –ella está vestida de rosado y él de azul, a la moda del siglo dieciocho–, como conviene a su situación feliz. Al lado del mancebo, hay una mesita elegante, ornada de un juego de café. Un periódico no leído se ha deslizado al suelo, sin que lo adviertan los enamorados. Alrededor de estos, se encuentran lindas macetas, sembradas de flores primaverales. Más lejos, a la derecha, se levanta un palomar, en torno del cual revolotean las palomas. Mientras el joven, ensimismado y tranquilo, revuelve con la mano izquierda el azucarillo de la taza; estrecha, con el brazo derecho el talle de su compañera, la cual parece, lánguida y sonriente, reclamarle un beso de amor. En el fondo del cuadro, dos viejos están sentados a una mesa de comer, servida por un mozo que destapa una botella. Uno de los viejos, glotón y despreocupado, sigue comiendo tranquilamente; el otro, dejando el cubierto, se vuelve de medio lado, para contemplar la pareja amorosa. Ésta continúa distraída, sin ocuparse de que la observan. Hay un contraste saliente entre los dos grupos, digno de fijar la atención del espectador. Humanidad, poesía, idealismo, todo se encuentra en esta obra maestra.

Hay también, en el estudio, numerosas marinas, acuarelas, paisajes y bocetos que desafían la pluma más hábil y rechazan toda descripción. A pesar de esto, los mejores cuadros del señor Collazo están en Nueva York donde se exponen y se venden a precios elevados.

Al salir del estudio, para entrar de nuevo en el mundo, el ánimo se siente dolorosamente impresionado por la realidad. Tal parece que hemos descendido, desde un palacio italiano, poblado de maravillas artísticas, hasta un subterráneo, lóbrego y húmedo, donde resuenan lamentaciones, de esos que se contemplan en las aguas fuertes de Piranése. Pero el ánimo pronto se consuela, con el recuerdo de lo que ha visto y de lo que ha admirado, porque el arte proporciona todos los goces... ¡hasta el de olvidar!


La Habana Elegante, 24 de junio de 1888.