Noche y mañana

Durante la noche del martes último, se ha celebrado la fiesta de Navidad. Nuestra población presentaba un aspecto verdaderamente encantador. Tal parece que, olvidada de su cruenta miseria y des­pierta de su mortal letargo, surgía rejuvenecida ante los ojos, mos­trando el entusiasmo juvenil y la estruendosa animación de pa­sados días.

Los hombres del pueblo, cuyos corazones laten al unísono y cuyos cerebros abrigan las mismas ideas, han sido los héroes de la noche. En el parque central, donde la luz eléctrica difundía sus fulgores; en las calles céntricas, donde las tiendas se hallaban abier­tas y deslumbradoramente engalanadas; en el interior de los cafés, donde el perfume de los manjares y el color de los licores prome­tían la devolución de las fuerzas perdidas; los grupos eran más numerosos, las carcajadas más sonoras y la alegría más comunica­tiva. De cuando en cuando se presenciaban algunas disensiones, camorristas se ponían de pie, se arrojaban los vasos, se cubrían de insultos y hasta se iban a las manos; pero todo se arreglaba de seguida, terminando pacíficamente la querella por medio de frases cambiadas, abrazos fraternales y repetidas libaciones. Entonces redoblaba el júbilo, resonaban los aplausos y la algarabía era más infernal.

La fiesta más importante de la noche fue la misa del gallo y templo más concurrido el de la Merced. Antes de sonar la pri­mera campanada de las doce, las anchas naves de la aristócrata iglesia estaban invadidas por una muchedumbre abigarrada, mitad creyente y mitad incrédula, que ocupaba los asientos, se apoyaba en los pilares o circulaba impaciente por el interior. De esa masa compacta, luminosa y ondeante brotaba sordo murmullo de voces, entrecortado por la explosión de una carcajada o el silbido de un pito, que hacía volver los ojos y tomar actitudes severas a los en­cargados de mantener el orden y el respeto debidos.

Al fin, empezó la misa. Los sacerdotes, con sus casullas de seda blanca, rameadas de flores y galoneadas de oro, aparecieron en el altar, donde la imagen sagrada, desde el hueco de su nicho mar­móreo envuelta en manto de armiño y aureolada de estrellas, mos­traba su sonrisa virginal y abría amorosamente sus brazos. Largos cirios chisporroteaban en el ara y guirnaldas de rosas esparcían sus perfumes. Los labios sacerdotales prorrumpieron en frases latinas, el órgano estalló en notas armónicas, voces angélicas entonaron los villancicos y el incienso se difundió en azules espirales.

Oída la misa la concurrencia se dispersó por las calles. Las casas estaban interiormente iluminadas. Detrás de los vidrios de las ven­tanas, no empañados por el hálito de la noche, se veían las familias agrupadas a las mesas cubiertas de ricos manjares; se oía la deto­nación de las botellas destapadas, donde espumeaba el rubio cham­pagne; y se percibía el alegre rumor de voces confundidas, entre el chocar de las copas y el sonido argentino de los cubiertos.

Así transcurrió la noche. Las primeras blancuras del alba em­pezaron a disipar las sombras nocturnas. El sol tardó en aparecer, como si hubiera andado de juerga y no hubiera podido desprenderse de sus sábanas de nieblas. Algo tarde mostró su pupila de oro e iluminó la ciudad. Ésta parecía un campo de batalla en el que los combatientes lucharon con botellas, huesos y latas.

Hoy todo ha cambiado. El árbol de Navidad está deshojado y todavía saboreamos sus ricos frutos. El obrero ha vuelto al taller, el dependiente al mostrador, el empleado a la oficina, el periodista a la redacción y el aristócrata a la ciudad. Al sonido de las copas ha sustituido el golpe del martillo. A los templos en que se reza, los talleres en que se trabaja. Al humo de los incensarios, el humo de las chimeneas. A la noche, el día. ¡A la ilusión, la realidad!