Rubén Darío
Azul y A. de Gilbert

Encuéntranse en el mundo algunos espíritus que, por un error del destino, se extravían de sendero al bajar a la tierra, y llegan a encar­narse en regiones extrañas a sus gustos, a sus cualidades y a sus aspi­raciones. Son como estrellas errantes que, al cambiar de sitio, se desviasen de la bóveda celeste y fueran a perderse en el seno del mar. Desde que comienzan a desarrollarse, manifiestan una tendencia cre­ciente a fundir el círculo de hierro que los rodea, a saltar por encima de las barreras que encuentran al paso, a morder los gustos de sus coterráneos y a estrujar los prejuicios de la opinión pública, dejándola que se retuerza, pálida y agonizante, sobre el charco de sangre que forman sus propias heridas. Mas como no se ametrallan impunemente las ideas incrustadas en el cerebro de las mayorías, los que tratan de llevar a cabo esta labor, ya lo hagan conscientemente, ya obedeciendo a impulsos superiores, suelen ser víctimas de su temeridad y se quedan aislados, en la picota del desprecio público, bajo la lluvia de afrenta de las cóleras populares. Si no saben ajustarse la coraza del desdén, para dejar que sobre su centro se estrellen las flechas empozoñadas de la opinión; si no tienen fe ciega en el ideal que persiguen, hasta el punto de poder encastillarse con él en la torre de marfil; si no saben prescindir en absoluto de las sanciones de la muchedumbre, y se limitan a conquistar el aplauso de las manos fraternales; su intento resultará vano, porque tendrán que resignarse a engrosar el montón anónimo, o, si aspiran a elevarse sobre el nivel común, se verán obligados a abjurar de sus dioses, a estrangular sus creencias y a marchar en ca­ravana hacia la tierra de promisión. Pero si, por el contrario, están dotados de la fuerza misteriosa que infunde el amor a las ideas abs­tractas, fuerza que se nutre con la propia sangre, fuerza que respira en medio del bloqueo, fuerza que se acrecienta al sentir el primer ataque, fuerza que atrofia en el hombre los apetitos brutales, fuerza blancura de mármol, sino con blancura de legumbre, estilo mucilaginoso, con sabor tan insípido, como el de las pastillas de goma, es­polvoreadas de azúcar, que se expenden en las farmacias. El de Darío tiene encanto propio y verdadera originalidad. El parisianismo de sus ideas, bajo la rudeza del habla española, adquiere un carácter exótico de inestimable valor. Dijérase, al leer sus párrafos, que se tienen ante la vista tapices de estilo oriental, pero tejidos con hilos de seda y hebras de cáñamo, con plumas de faisán y crines de pantera, con pelo de marta y cerda de jabalí. El tono suele ser el de los cuadros vene­cianos. Abundan los azules del Veronés, los oros del Ticiano, los rojos del Tintoreto y los atornasolados de Giorgione. Sus retratos literarios, como el de Valero Pujol, tiene la entonación de los de Velázquez, y sus paisajes, como Álbum de Chile, las medias tintas empleadas por los modernos paisajistas franceses. Mas se observa, sin embargo, que todo ha sido escrito bajo el cielo de los trópicos. Dentro hallará el lector vahos cálidos del mediodía, espejo de aguas dormidas, reverberación de arenas, cimbrar de palmas, hervor de cataratas, explosiones de corolas y alaridos de pasión.


¿Qué es Azul? Un estudio de pintor, hecho a la pluma, donde las miradas, como mariposas inquietas, revolotean de un extremo a otro, sin acertar a detenerse. La fantasía, el hada bienhechora del artista, lo ha decorado de joyas artísticas. Trasponed la fachada blanca, donde negra golondrina al fulgurar de prismática estrella, asciende al azul; cruzad el vestíbulo alfombrado, donde hallaréis, como guardias de honor, dos veteranos literarios y penetrad luego, sin vacilación alguna, en el feérico interior. ¿Qué os agrada más? ¿Será aquella tapicería medioeval, sobre cuyo fondo ceniciento se destaca la figura del Rey Burgués, con sus esclavas desnudas, con sus galgos alígeros, con sus trompas broncíneas y con su trovador moribundo en lo jardines? ¿O es aquel fresco antiguo, a la manera de Puvis de Chavannes, en que el Sátiro Sordo, coronado de pámpanos y erizado de vellos, corre lascivamente tras las ninfas desnudas, seguidos de la alondra o del asno? ¿No ansiáis reposar en el parque de aquel castillo, enarenado de oro, oloroso a flores primaverales y poblado de estatuas marmóreas, para ver a la Ninfa emergiendo del estanque de los cisnes? ¿Qué diréis de esa marina crepuscular, donde los lancheros narran, a la caída de la tarde, la his­toria del hijo del tío Lucas, aplastado por El Fardo? ¿Preferís oír, en la calle de los palacios de mármol, sombreada de álamos, al poeta ham­briento que, con su traje haraposo y con su sombrero raído, entona la Canción del Oro, después de mordisquear un mendrugo de pan? ¿Os deleitan más los cuadros de género? Entrad en ese café parisiense, que parece dibujado por Forain, a la hora verde, donde improvisa El pájaro azul. Si nada os retiene todavía, mirad los cuadros panneaux que, bajo el rubro de El Año lírico, se encuentran en la parte central. Eugenio Delacroix hubiera firmado el que se denomina Estival. Aún os queda más que admirar. Escudriñando los rincones si queréis algo exótico, contemplad ese kakemono donde La Emperatriz de la China, bajo su quitasol nipones, con su dalmática de seda roja, bordada de dragones, muestra su sonrisa de ídolo entre un bosque de japonerías. Además encontraréis al paso, ya una estatua ecuestre de Caupolicán; ya un plato de porcelana, con una Venus moderna en el centro; ya una acuarela invernal, con brumas en el aire y nieve en la tierra; ya una serie de medallones, sobre cuyos fondos bronceados se destacan varios bustos modernos, entre ellos el de Walt Whitman,(Con su soberbio rostro de emperador.»


A. de Gilbert, título de otro libro de Darío, quien con muchos más ha enriquecido las arcas literarias de su país, es un volumen encan­tador. Allí ha trazado, con su pincel vigoroso de colorista y con sus procedimientos de fantaseador, la figura adorada de su hermano menor en letras, del Benjamín de la literatura chilena, de Pedro Balmaceda Toro, conocido en el mundo literario por el sobrenombre de A. de Gilbert. Es el poema en prosa de la amistad fraternal, engendrada por la más estrecha compenetración de ideas, de afectos y de aspiraciones. Al revés de lo que sucede en la vida real, se ve que el superviviente se esfuerza por encumbrar a su hermano desaparecido a las más altas cimas de la gloria, proyectando los resplandores de su genio sobre la obra del amigo fraternal y cubriendo su fosa de verdes lauros y dotadas siemprevivas.


Viene a la fantasía, al doblar las páginas, la idea de que se recorre un jardín sembrado de flores olorosas, entre las que se levanta, bajo dosel de hojas verdes, estrellados de eléboros, euforbos y mandragoras, una estatuita de mármol negro que representa a un adolescente, con un libro blanco en las manos y una pluma de oro caída a los pies. De­mandad la explicación a otro adolescente que se apoya melancólico en la verja del umbral. Pálido de angustia, bañadas las mejillas de lágrimas y tornadas las pupilas hacia el azul, os describirá el nido de raso en que conoció a aquel niño; os enumerará los sueños de gloria que, como pájaros heridos, bajaron con él a la tumba; os detallará el número de amigos que le rodeaban; os recitará de memoria párrafos de sus cartas íntimas; y os hablará, en fin, de cuanto se relacione con la existencia del glorioso desaparecido, basta que lo veáis como él lo sintáis como él y lo lloréis como él.

¡Ojalá que el autor de este libro nos deleite pronto con los que tiene en preparación; que conserve siempre, como dice al final del último, sueño de gloria que lo libran de ser escéptico, de sentir el vahído siniestro del mal; y que cruce pronto el camino de peregrinación, viendo su miraje, en busca de la ciudad sagrada, donde está la princesa triste, en su torre de marfil...!