Semana Santa

Sensaciones personales

—Hay días del año, como los dos últimos, en que se experimenta el deseo de ser muy rico o de estar muy enfermo, para evitar muchas cosas desagradables, muchas cosas repugnantes y muchas cosas enfermizas. Siendo muy rico, no se llevan cadenas al pie o el fardo del deber sobre la conciencia, y se puede huir de la ciudad, por ejemplo, al fondo de un bosque o al centro del mar, con una mujer al lado o un libro entre las manos; y estando muy enfermo, los amigos rodean el lecho, cierran las ventanas de la alcoba para que el ruido de las calles o la luz de los espacios —esos dos enemigos implacables de los nervios—, no perturben nuestro reposo, y, lo que es mejor todavía, el director del periódico, si estamos en Semana Santa, se abstiene de enviarnos a presenciar los oficios, a recorrer las estaciones o a oír la música de la retreta, para hacer una crónica como ésta donde trataré de pintar, en cuadros pequeños, las sensaciones experimentadas en esos lugares.

Los oficios 

Las nueve de la mañana.

Ante el altar mayor, donde la imagen sagrada, con su amplio manto de seda color de salmón, recamado de estrellas, con su aureola mística, prendida entre su negra cabellera, y con su niño divino alzado entre los brazos, se levanta en el fondo de su nicho de mármol, embutido entre columnas salomónicas, cuyos intersticios se llenan de búcaros de porcelana ornados de flores y de candelabros de metal, cuajados de cirios; los sacerdotes, revestidos de ricas casullas, bordadas de oro, celebran el sacrificio de la misa, entre el humo del incienso, las notas del órgano y las oraciones de los fieles.

Terminada la ceremonia, seis miembros de la religión, encorvados bajo el peso de los ornamentos de sus capas pluviales que la luz de los hachones hace fulgurar, recorren la iglesia, bajo palio de seda, franjeado de oro, acompañando al preste que lleva la Eucaristía entre las manos y la coloca, recorrida las naves, en un tabernáculo de plata, donde queda expuesta a la adoración.

Entonces se difunde, por el interior del templo, profundo recogimiento que hace doblegar las rodillas, inclinar las frentes y balbucear oraciones. Y entre el humo del incensario que finge el desplome de las columnas, el canto del órgano que parece bajar de las alturas celestes, el ruido de las campanillas que perturba los deleites del éxtasis y el perfume capitoso que emana de los trajes de las mujeres y que, por encima de todo, perciben mis sentidos embriagados, siento brotar, en el fondo de mi alma —como el último aroma de hojas caídas entre el cieno de un lago—, la tristeza, dulce y amarga a la vez, de los recuerdos de mi infancia que trae a mi memoria estos dos versos de Baudelaire. 

¡Cuán melancólicas son
todas las cosas muy bellas...