Una madre

Allá lejos, en el fondo de un bosque, escondida entre las hojas, como un nido en el chaparral, se encuentra una casa rústica, rodeada de árboles corpulentos y de plantas olorosas. Tiene un horizonte delicioso de contemplar. Al frente se mira el cielo azul, jaspeado de nubes blancas, cuyos extremos filetea el sol de rayas rojas, verdes, violetas, rosadas y amarillas. A la izquierda se extiende larga cadena de montañas que se rompe a trechos para dejar ver un espacio del firmamento. A la derecha se divisa la ciudad, donde los edificios se presentan apiñados, destacándose en el aire las siluetas de altos torreones y las fachadas marmóreas de aristocráticos palacios.

Dentro de la casa, todo revela orden, pobreza, pulcritud. Ningún objeto está fuera de lugar. Adivínase la mano de hacendosa mujer que barre incesantemente el pavimento de ladrillos, impide a las arañas colgar sus telas de la pared, quita el polvo de los muebles y riega las flores abiertas en las macetas. No se ve ninguna cosa superflua. Viejas estampas de santos, amarillentos por los extremos, se destacan en la blancura pálida de los muros. Ante ellas se postra, en horas de abatimiento, la piadosa mujer, cuya figura enmagrecida circula a veces como fantasma silenciosa, por aquel interior.

Desde hace mucho tiempo, esa pobre mujer de cabellos blancos, de frente rugosa, de mejillas demacradas y de miradas extinguidas, ocupa la casa en compañía de su hijo, único ser que hace latir su corazón. Fuera de este hijo, nada existe para ella. Fruto de sus primeros amores, lo colma de agasajos, lo cubre de besos y lo estrecha en sus brazos temblorosos. Ella siente por él, lo que debe sentir la concha por su primera perla, la planta por su primera flor, Nunca el más leve disgusto ha interpuesto su sombra entre los dos. Juntos soportan la vida, en aquel lugar solitario para cumplir, las prescripciones facultativas que desterraron a la pobre mujer fuera de la población. Ella pasa el día sola, porque el hijo va a trabajar a la ciudad. Al fin de la semana, éste entrega a aquélla el producto de su trabajo, pero, como es escaso, sólo, alcanza para cubrir las primeras necesidades.

* * *

Cada día que transcurre, el hijo regresa más tarde al hogar. La madre inquiere la causa de la tardanza y nunca obtiene respuestas satisfactorias. El fruto de sus entrañas encuentra siempre pretextos nuevos para calmar sus inquietudes. Unas veces lo detiene un amigo de la infancia, lo lleva al café y lo retiene largo rato; otras veces el trabajo aumenta, las horas de oficina se prolongan y los empleados no pueden salir. La pobre mujer no dice una palabra y sumía en silencio sus pesares, limitándose a prodigarle nuevas caricias.

Desde que empieza a oscurecer, apóyase de codos en el hueco de la ventana y se pone a esperarlo. Cada minuto que huye desgarra su corazón. Hay días en que tarda tanto, que ella se mesa los cabellos, vierte lágrimas copiosas y se arroja en un sillón porque le flaquean las rodillas y se siente desfallecer. Pero apenas lo divisa, entre nubes de polvo, a través del follaje de los árboles del camino, su cuerpo se reanima, sus pupilas se encienden, sus mejillas se colorean y una sonrisa de gozo recorre el arco de sus labios empalidecidos.

Apenas entra el hijo, se arroja en sus brazos. Temerosa de que le haya sucedido algo, le palpa los miembros fatigados, como si buscase el sitio en que le han herido; le clava los ojos en el rostro, para arrancarle el secreto de su demora; y lo estrecha contra su seno tembloroso, pidiéndole perdón por haber dudado de su cariño, de sus palabras, de su abnegación. Al fin la calma se restablece y se sientan a comer. Ella le sirve los mejores trozos de cada manjar; en el plato de blanca porcelana, limpio como una patena y brillante como un espejo. Durante la comida, no le quita los ojos, ansiosa de adivinar sus más recónditos deseos. Al levantarse de la mesa se dirigen abrazados al salón. Allí se entrega a sus labores femeninas y él lee, en alta voz, diversas obras.

Una noche el hijo regresa más tarde que de costumbre. Probó algunos bocados levantándose de la mesa, se echó en un sillón, cambió de postura muchas veces, encendió un cigarro tras otro y no abrió los labios más que para bostezar. Extraña inquietud agitaba sus miembros. Parecía que llevaba en el fondo de su mente, una idea negra que lo torturaba, le roía el cerebro, le paralizaba la voluntad. Antes de acostarse la madre le dirigió muchas preguntas acerca de su malestar. Respondiole estaba muy fatigado y sólo quería dormir. La madre insistió de nuevo, echándose a llorar. Al ver las lágrimas de la anciana, el hijo se levantó de su asiento y fue a estrecharla en sus brazos.

—¿Qué te pasa, le decía ella, que estás tan triste?

—No.

—¿Estás enamorado y no corresponde a tu amor?

—Tampoco.

—Vamos; dime la verdad.

—Pues bien, sí, estoy enamorado.

—Y ¿por qué no te casas?

—Porque no gano lo suficiente para el sostenimiento de tres personas.

—Eso no importa. Soy vieja y sin necesidades.

—Lo que me has dado se lo darás a tu mujer.

—De ninguna manera; mientras vivas, no me casaré jamás.

A medida que pasa el tiempo, la pasión, como llama devastadora, crece en el espíritu del joven. A pesar de sus pocos años, parece que cuenta diez o doce lustros. Tiene el rostro demacrado, las mejillas pálidas, las espaldas corbadas, las manos temblorosas y los ojos vidriados de los agonizantes. No se le ve sonreír y vive entregado a incesantes cavilaciones. El más ligero esfuerzo le fatiga. Hasta la presencia de la adorada le tortura, porque acrecienta sus deseos. Las caricias maternas le abruman y rehúye la compañía de los amigos.

Cansada la madre de verlo languidecer, se resolvió a tomar una resolución. Fue una resolución extrema, de esas que sólo pueden tomar las buenas madres para salvar a sus hijos. Tendríamos que remontarnos a la antigüedad, si quisiéramos hallar un ejemplo semejante de abnegación. El mundo moderno no está acostumbrado a tales heroísmos. Hay madres coetáneas que se avergüenzan de tener hijos. El temor de perder la belleza de las formas les preocupa más que el remordimiento de las homicidas.

Un día que nuestro héroe se hallaba más abatido que de costumbre, la madre sintió pasar por su mente un pensamiento sombrío y fascinador. Era la hora de la comida. Sentados a la mesa, cubierta de blanco mantel, sobre el que una lámpara de aceite, bajo su pantalla verde, esparcía su amarillenta claridad, los dos seres permanecían taciturnos y silenciosos. No se oía más que el ruido de los cubiertos en los platos. Parecía que se formaba, en el alma de aquellos comensales, formidable tempestad que no tardó en estallar.

Sacando un papel de sus bolsillos, la madre vertió en su copa una dosis de polvo blanco que se oyó fermentar. Antes de llevarla a los labios, la alzó en la mano, clavó los ojos en su hijo, apuró el líquido envenenado y se abalanzó hacia él, diciéndole con voz entrecortada por los sollozos y los ojos preñados de lágrimas.

—¡Ya te puedes casar!


(La Habana Elegante, 26 de enero de 1890)