Pedro Balmaceda Toro
(1868-1889)

La vida y obra de Pedro Balmaceda Toro estuvo rodeada de un aura de decadente belleza, propia del simbolismo que lo inspiró: amaba los libros clásicos y las revistas francesas, Nouvelle Revue y la Revue de deux mondes, las obras de arte originales, la seda y los biombos chinos así como la lengua griega y sus diosas; había leído la crítica de Gautier, Musset y Saint Victor; conocía en detalle la pintura francesa, sin haber estado jamás en Francia; su músico predilecto era Chopin. “Balmaceda quiso mantener su estilo y su persona en la cúspide del refinamiento parisiense, y no sólo leyó mucho más en francés que en cualquier otra lengua, sino que además dio semblanzas francesas a sus dos principales seudónimos, A. de Gilbert, el más famoso e ilustre y Jean de Luçon, que firmaba ciertos artículos de La Época recibidos de París”, apuntó Raúl Silva Castro en su archivo personal.

Tuvo un espíritu delicado en un cuerpo afectado de una grave deformación física y con una contextura enfermiza, que lo llevó a la muerte a los veintiún años. Lamentablemente, tan temprana partida dejaría inconcluso otros valiosos proyectos literarios: un volumen titulado Cuentos de Primavera y una investigación crítica de las principales galerías de pintura existentes en Santiago.

Curiosamente, su herencia más valiosa no se reconoce en los innumerables artículos de prensa firmados como A. de Gilbert, algunos de ellos recopilados póstumamente por Manuel Rodríguez Mendoza a solicitud de su padre, el ex presidente José Manuel Balmaceda en Estudios y ensayos literarios, sino más bien en su capacidad de reconocer los nuevos talentos artísticos - tanto plásticos como literarios- que emergían y convocarlos a las apasionadas tertulias que realizaba en su casa, que era por ese entonces la Moneda, la casa de gobierno. Asimismo, otro de sus legados fue la fundación del antiguo Ateneo de Santiago.

El caso más emblemático fue, sin duda, el respaldo que dio a Rubén Darío desde el momento que lo conoció en la redacción del diario La Época. Le presentó a los autores parnasianos y simbolistas franceses que tenía en su biblioteca, Laconte Lisle, Catulle Mendes, Gautier, Beaudelaire, Verlaine; publicó su libro Abrojos (1887); lo convocó a participar en el certamen Varela, donde ganó un primer premio, además de solucionar sus problemas económicos encontrándole trabajo. Testimonio de ello dejó el poeta nicaragüense en A. de Gilbert, biografía de Pedro Balmaceda, escrito en homenaje a su amigo tempranamente muerto. Sin proponérselo, Pedro Balmaceda Toro impulsó el Modernismo literario latinoamericano desde Chile
Relatos
Cuentos de primavera

Ensayos - Artículos - Crónicas
Estudios y ensayos literarios