El cuarto de hora

En una habitación apartada, adonde apenas llegaba el rumor de las cadencias de la orquesta, habían buscado refugio varias personas, que ya por su edad, ya por fastidio, huían del baile. La conversación era general en los grupos de las mamás, que procuraban por este medio engañar al sueño. Hablaban de casamientos, de males, del último escándalo de la fulanita, de la carestía de los víveres y otras banalidades por el estilo, base y fundamento de la charla de nuestras burguesas americanas. En uno solo de los corrillos parecía reinar verdadero buen humor, según eran de frecuentes las risas discretas de las personas que lo formaban, siendo de notarse que todas ellas eran por lo menos cuarentonas.

La conversación rodaba alegremente sobre lo del cuarto de hora de las mujeres; tema viejísimo, rebatido de generación en generación, pero siempre nuevo y picante.

—El cuarto de hora no lo padecen más que las mujeres casquivanas —sostenía doña Soledad de Arleguí, viejecita enjuta y de mucho palique. —Una mujer honrada y cristiana no tiene cuartos de hora.

—No, que no —replicaba con viveza el general Pérez. —Todas, doña Soledad, todas ustedes pasan por ese momento crítico, aunque no sea más que una vez en la vida. El todo consiste en que la suerte les sea adversa o propicia en ese lance delicado.

—De manera que según usted, general, la mujer que no ha faltado, es por mera casualidad, porque la ocasión no ha favorecido su caída, o bien porque el seductor no ha sabido aprovechar el momento; en fin, por mil razones, menos por virtud.

—Pues, casi, casi. Descartad, por supuesto, a las que por su fealdad no han estado expuestas a tentaciones.

—¿Qué atrocidad, general! Tiene usted unas cosas y una moral verdaderamente militares.

—No tal; esta manera de pensar no es solamente mía; mis opiniones sobre este cuarto de hora de las mujeres son en lo general compartidas por todos los hombres que han corrido un poco y visto el mundo. Y no me cabe duda que si se pusiera a votación secreta entre las mujeres mi teoría y la de usted, habría de triunfar la mía por gran número de votos.

—No pienso yo así— repuso doña Soledad. —Usted, como todos los hombres que han calaverado mucho— y no creo ofenderlo al decir esto (sonrisa del general) —se imagina que todas las mujeres son iguales a las que han tenido la debilidad de ceder a sus caprichos, sin tomar en cuenta que de esas han triunfado, en la mayoría de los casos, porque ellas mismas deseaban ser vencidas. La mujer que nace débil lleva en sí un no sé qué indefinible, pero que se conoce a la legua; un cierto airecito de liviandad que va diciendo: «Tómame; yo soy de las que tienen cuarto de hora.» ¿No opina usted lo mismo que yo, María? —añadió dirigiéndose a una señora bastante jamona, pero que parecía haber sido muy hermosa.

La interpelada contestó con uno de esos gestos vagos, que tanto quieren decir que sí como lo contrario. El general la miró de cierta manera maliciosa; y ella, visiblemente turbada por esto, trató de marcharse.

—No se vaya usted, María —dijo el militar con cierto retintín disimulado. —Quiero que sea usted testigo de la derrota de mi terrible adversario. Me propongo probarle ahora que no sólo las mujeres que tienen el airecito aquél, son accesibles a las traidoras embestidas del temido cuarto de hora. Voy a referir a ustedes —agregó dirigiéndose a todos— un lance amoroso de que fue protagonista un amigo mío querido, hace ya más de veinte años. El asunto tuvo por cuadro el lindo puerto de Puntarenas, el cual se hallaba por ese tiempo en todo su esplendor comercial. Ese amigo mío, a quien llamaré Carlos, y yo vivíamos en aquel entonces allí, con la esperanza de hacer fortuna. No la pasábamos del todo mal, trabajando mucho y divirtiéndonos como Dios manda, sobre todo en la temporada de los baños, allá por los meses de febrero y marzo. El año 65, si mal no recuerdo, fueron muchos bañistas que acudieron del interior de la República, a secar al amor de aquel sol de fuego sus miembros entumecidos por la humedad de seis meses de lluvias. Apenas nos alcanzaba el tiempo para gozar; un día era un baile, otro una gira o una expedición por el Golfo de Nicoya de sin rival belleza, con sus verdes islas y su mar de zafiro, todo poblado de alegres y juguetones delfines.

—General, está usted poetizando —interrumpió doña Soledad.

—Siempre que hablo del Golfo de Nicoya me sucede lo mismo —replicó el militar. —Aquello es una maravilla. Pero vuelvo a mi aventura, o mejor dicho a la de mi amigo Carlos. Sucedió que entre las muchas hermosas bañistas que concurrieron aquel año a Puntarenas, había una que era un portento. ¡Qué mujer, doña Soledad, ¡qué mujer! Un talle así (y el general formó un círculo con los dedos índice y pulgar de sus manos); unos dientes más lindos que las perlas del golfo; y unos ojos…. no halló cómo pintarlos; en fin, grandísimos, negros como dos cajas de betún.

—Vaya una comparación —exclamó doña Soledad.

—Qué quiere decir usted, así me lo parecieron, y a mi amigo Carlos también, que todo fue verlos y enamorarse locamente de… ya no recuerdo cómo se llamaba su dueña. La pasión de Carlos era criminal, como se dice en los dramas, porque la bella era casada; sí, señores, casada con un caballero gordo, rico, de muy buen apetito, en fin toda una persona decente, pero a mi juicio indigna de poseer semejante alhaja.

A pesar de esto era ella tan recatada, su porte revelaba tanta modestia y virtud, que bastaba a descorazonar al mismo Lovelace. Carlos, no pudiendo hacer cosa mejor, se limitó a adorarla en secreto, sin dejar por esto de enderezarle sus baterías. Bien pronto, merced a sus delicadas atenciones, logró captarse la buena voluntad del marido y un poco también la de ella. El pobre muchacho se desvivía zanqueando la ciudad a caza de frutas, flores y conchas para obsequiar a su amada; y era completamente feliz cuando ella le decía, ahuecando en una sonrisa los divinos camanances[1] que tenía en la boca: —Mil gracias por los marañones que nos mandó usted ayer. Estaban ricos.— O si no: —Qué amable es usted. No se puede imaginar cuanto le agradeció mi marido los cocos. Cuatro se ha comido hoy; temo que se enferme.

Cualquier frase de estas ponía a Carlos de buen humor por veinticuatro horas lo menos. Sin embargo, durante sus largas noches de vigilia se reprochaba amargamente su tontería, su ridícula timidez, apenas propia de un adolescente. Entonces hacía grandes y arriesgados proyectos. Sí, él le hablaría resueltamente, declarándole su loca pasión; y con tales colores se la iba a pintar, que a menos de ser ella insensible como una piedra, habría de ablandarse. Pero todo era encontrarse a su lado que sus planes se desvanecían como el humo azul de un cigarro. Su resolución se estrellaba contra aquella carita de madona que respiraba honradez y virtud; le temblaban las piernas, se le entumía la lengua... vamos, que el muchacho tenía menos ánimo que una colegiala.

Así las cosas, llegó el día señalado para una excursión por el Estero. A las cuatro de la tarde, calmados en parte los rayos de sol, nos embarcamos en cinco lanchas de buen tamaño. Atravesamos rápidamente la parte ancha del Estero; pero al llegar a los canales continuamos bogando con mucha lentitud. Yo no he estado nunca en Venecia, pero dudo mucho que sus canales famosos superen a los del Estero de Puntarenas; porque si bien es cierto que estos carecen de palacios, reemplazándolos con ventaja los más ricos dones de la naturaleza. Juncos, palmeras y helechos crecen allí con extraordinario vigor, en los árboles, frondosos y corpulentos, se anidan orquídeas multicolores, y los arbustos se pliegan en busca de frescura, metiendo las ramas dentro del agua.

Cada vez que dábamos vuelta a un recodo, hacíamos huir una bandada de garzas; blancas como algodón las unas, grises o color de rosa las otras, que luego se iban más allá a continuar la pesca interrumpida. El sol se había hecho inofensivo por la espesura de los follajes. De repente vibró en el aire una nota clara, penetrante, pero al propio tiempo llena de dulzura y voluptuosidad; era la voz sonora de la marimba, compañera indispensable en las fiestas puntarenense. Un grito espontáneo de alegría saludó al popular y bullicioso instrumento; habíamos llegado al término de nuestro viaje: un precioso rinconcito cubierto de césped y entoldado por una enramada de palmas y hojas de bananero. Saltamos a tierra y luego comenzaron a estallar los corchos de champaña.

Pasamos una tarde deliciosa, pareciéndonos más a una tropa de niños, que a gente seria. Carlos se aprovechó de lo muy ocupado que estaba cada cual en divertirse, para cortejar a su adorada, confiando en que no sería notada su asiduidad. Ella parecía mucho más comunicativa que de costumbre, haciendo mil mohines cada vez que mi amigo se empeñaba en hacerla beber otra copa de champaña, ese vino pérfido, enemigo encarnizado de la virtud, y cuyos efectos son diabólicos en las mujeres. Llegó la hora del regreso con verdadera pena para todos. Nadie quería poner punto final a tan linda fiesta; pero al fin fue preciso resignarse, porque la oscuridad se nos venía encima, con esa rapidez con que se oculta y aparece el sol en los trópicos. Carlos tomó asiento al lado de ella en la última lancha, mientras el marido, muy chispo, se empeñaba en quitar el remo a uno de los bogas. Alborotó un rato por la negativa del hombre, quedándose después profundamente dormido.

A la bulla y algazara de la fiesta sucedió el silencio. Todos callaban, adormecidos por el suave golpear de los remos, que hacían brotar placas azulosas cada vez que herían el agua. De las orillas llegaban a bocanadas efluvios preñados de aromas tropicales, entre los que dominaba el voluptuoso perfume de las resedas. Apenas podían distinguirse ya en la penumbra las manchas negras de las embarcaciones que iban delante; los sonidos de la marimba se oían cada vez más distantes. Carlos contemplaba a su hermosa compañera que perecía absorta y cerraba de vez en cuando los ojos como persiguiendo una visión. Pasado un gran rato, ella se puso a mirar las luces que ponían los remos en el agua, y curiosa de probar el efecto por sí misma, intentó golpearla con la mano. Carlos se la arrebató diciéndole en voz baja y apasionada: «Es mucha imprudencia; estas aguas están llenas de tiburones.» Ella no contestó nada, ni tampoco retiró la mano que Carlos conservaba entre las suyas. Entonces de sopetón, sin preámbulo alguno, Carlos se lo dijo todo: su amor insensato, sus penas, sus esperanzas. Ella temblaba, mirándole con sus ojazos negros que resplandecían en la noche con un destello aterciopelado y lleno de caricias. Un sacudimiento de la lancha les anunció que habían llegado. Carlos, ebrio de pasión, murmuró una súplica a su oído; ella procuraba resistir, negar lo que su amante le pedía, no sé qué de ventana abierta a media noche; pero en el momento de saltar a tierra, contestó que si con voz desfallecida, casi angustiada.

Pero veo —continuó el general— que esta historia se ha hecho demasiado larga y voy a procurar abreviarla. El resultado fue que mi amigo Carlos obtuvo una cita para aquella noche. Ya supondréis si estuvo puntual a la hora convenida; pero el pobre se encontró con la ventana cerrada. Tocó discretamente para anunciar su presencia, y por toda respuesta obtuvo los vigorosos ronquidos del dichosísimo marido. «Vamos, pensó el burlado seductor, el cuarto de hora ha pasado ya.» A la mañana siguiente la bella había desaparecido. Ahora bien, mi querida doña Soledad, ¿no cree que usted que si el dichoso momento dura un poco más, o en vez de ocurrir en una embarcación…

—Esa historia que acaba de contar el general —interrumpió con sorpresa de todas las señoras que había intentando marcharse al principio de ella ya la cual llamaban María— me fue referida en aquella misma época por la persona a quien ocurrió y que ya no existe. De manera que la conozco tan bien como el general y tal vez mejor. Voy, pues, a rectificar su desenlace, que ha sido un tanto alterado por el narrador, el cual en todo lo demás se ha ceñido a la más estricta verdad. Ese pobre amiga mía que estuvo en un tris de dar un mal paso, llevó su locura al extremo de dejar su ventana abierta como lo había prometido; pero el seductor, a no dudarlo, compadecido de su debilidad e inexperiencia, pues apenas tenía veinte años, no acudió a la cita. Después de este lance desgraciado, arrepentida y abochornada de su conducta, mi amiga fue siempre modelo de honradez.

—No estoy convencida, no estoy convencida —repetía doña Soledad.

—Si fuéramos a cenar, son las dos de la madrugada —dijo alguien.

—Buena idea —respondió el general poniéndose de pie.

Todos hicieron lo mismo, encaminándose al salón donde estaba dispuesta la cena. El general cerró la marcha, dando el brazo a la señora que le había interrumpido. Cuando se convenció de que nadie los podría escuchar, le preguntó al oído:

—Dígame la verdad, María; ¿es cierto que dejara usted la ventaba abierta?

—Sí, general; y toda la vida he de agradecerle su generoso proceder.

—Pues no me agradezca usted nada, porque las cosas pasaron como las he referido. Sin duda equivoqué la ventana. ¿No era la segunda yendo hacia el mar?

—No, general, la tercera; esta otra era la del cuarto de mi marido.

—Lo siento, María, lo siento muy de veras —murmuró el general, retorciéndose el bigote cano con un gesto de conquistador.



[1] Camanance llamamos en Costa Rica a los hoyuelos que tienen a los lados de la boca algunas personas, y se hacen visibles al reír. La palabra es bonita, y como no existe en castellano otra que exprese lo mismo, me he permitido usarla.