El derviche

En un valle tan ameno que solo con el paraíso terrenal pudiera compararse, vivía un derviche viejo y feo. Sus correrías al través de las selvas habíanle llevado hasta aquel sitio maravilloso y lleno de luz. Las flores más perfumadas y lindas esmaltaban como rica pedrería los mil verdes del suelo; y todas ellas, en abigarrada confusión, erguían sus corolas multicolores y aromosas.

Con los jacintos y amarantos rivalizaban las petunias y clemátides; los tulipanes orgullosos parecían desafiar a los claveles reventones, gala de las manolas; más modestas las margaritas fraternizaban con los crisantemos, y las violetas con los heliotropos y las mimosas. En variados grupos veíanse caléndulas y balsaminas, anémonas y azaleas. Los iris y amapolas, amarilis e ixias se mezclaban en inmensa orgía de colorido, y los geranios palidecían de envidia al ver sus corimbos eclipsados por la esplendidez de los racimos floridos de los rododendros; en cambio, el tomillo hermanaba su fresco aroma con el de las verbenas y albahacas. Los pensamientos de ricos matices semejaban aterciopeladas alfombras, en medio de las cuales destacábase de trecho en trecho la cara frailuna de un girasol, balanceándose sobre su largo tallo junto a las dalias. Las azucenas daban la nota pura y delicada; y entrelazadas sus ramas, como en amoroso abrazo, florecían lilas, ojaranzos y arrayanes, entremezclados de hortensias y madreselvas. Hacia otro lado brillaban los corilopsos cerca de las camelias y gardenias cuya blancura hacía contraste con el color encendido de las adelfas. Las rosas, hijas de la eglantina, entreabrían sus corolas para recibir la cálida caricia del sol, húmedos aún sus pétalos por los besos del rocío. En fin, todas ellas, las preciosas flores, delicia de las mujeres y las mariposas, se habían dado cita en aquel valle sin igual; desde la raftlesia arnoldi, la flor gigante de Sumatra, hasta el miosotis pequeñito y azulado.

También los árboles más frondosos y los que prohíjan las flores bellas y los frutos más dulces, habían acudido a tomar parte en el torneo. Allí los álamos luchaban en gracia y esbeltez con las palmeras y araucarias; los sicomoros y encinas en tamaño con el baobad; y las acacias oponían la delicada fragancia de sus racimos a la regia hermosura de las magnolias. Con los limoneros y naranjos confundíanse higueras y cerezos, con los bananeros y tamarindos, perales y almendros.

Las orquídeas, soberbias hijas del trópico, campeaban sobre las ramas más elevadas, eclipsando a todas las flores con la sin rival belleza de las suyas; al par que, estrechamente enlazados a los troncos, subían por ellos evónimas, volubilis y capuchinas. Buscando sombra y humedad al abrigo de los follajes, desplegaban sus anchas hojas de verde y plata las begonias reales, al revés de las piñas suculentas, que en compañía de los cactos, agavos y áloes, se complacían en las ardientes fogatas del sol.

Un mundo de animales habitaba en medio de tantas maravillas. Arriba en la arboleda las aves del paraíso lucían su espléndido plumaje sin poder eclipsar el de los quetzales y cacatoyes. El canto dulcísimo de los cenzontles, jilgueros y calandrias, unido al armonioso gorjeo de toda la gentecilla alada, formaba un suave concierto de trinos, interrumpido a ratos por las notas guerreras del turpial. Abajo, sobre el césped de esmeralda, hacían la rueda los pavos reales, y los faisanes de oro y plata corrían de aquí para allí, cubiertos del rico y resplandeciente esmalte de sus plumas. Cruzaban por la pradera gacelas ligerísimas, y, ebrios de libertad, iban saltando, enarcado el cuello y alta la cola, magníficos corceles al través de los campos de alfalfa.

Un lago azuloso refrescaba el ambiente apagando la sed de las raíces y los animales. En sus orillas vivían flexibles bambúes y helechos arborescentes, cerca de los cuales florecían narcisos y ranúnculos. Codeándose con los nenúfares veíanse flotar sobre las aguas las hojas redondas y relucientes de los nelumbos, en tanto que sus flores, los lotos místicos, abrían sus cálices a la extremidad de los tallos esbeltos y largos. Sobre la superficie unida y tranquila nadaban majestuosamente los cisnes, mientras que debajo de ella, rápidos y silenciosos, partían como flechas los pececillos de brillantes escamas, que luego se paraban, abriendo y cerrando las agallas con un movimiento de fuelle. De vez en cuando una garza real se iba de una orilla a la otra con graciosos y lentos aletazos de abanico, poniendo en fuga a las libélulas, o pasaba algún pájaro acuático rasando las aguas, como la china que lanza un niño sobre la onda y va rebotando sin hundirse. Graves y pensativos contemplaban los ibis la escena, enclavados sobre una pata, con su impasibilidad de aves sagradas.

Todos los habitantes de aquel lugar encantado vivían en paz unos con otros. No había allí ningún malhechor ni sabandija alguna; las serpientes y las fieras estaban excluidas del número de los elegidos, y por consiguiente el hombre que participa de ambas alimañas. El genio tutelar del sitio, para la conservación de su obra, habíala puesto en amparo de formidable defensa: un abismo profundo y escarpado rodeaba el valle como los fosos de los castillos medioevales. Más allá el espectáculo cambiaba por completo. Era la selva virgen con sus árboles gigantescos, sus jarales enmarañados y sus robustas lianas. Rugían las fieras sanguinarias y silbaban las serpientes en el ansia de una víctima.

¿Cómo había penetrado hasta el valle el derviche sin perder cien veces la vida? Sin duda por la virtud de misteriosos encantamientos y sortilegios. Es lo cierto que allí habitaba, lejos del mundanal bullicio, feliz y entregado a la contemplación. El hueco de un cedro le servía de albergue, algunas hojas secas de lecho. Si llegaba el hambre no faltaba un panal bien repleto de miel, abandonado por las abejas que se habían marchado a otra parte con sus bordoneos y su actividad febril; o si no, allí estaban las parras, doblegadas al peso de sus racimos monstruosos, como los de la tierra de promisión. Y así iban corriendo los meses y los años, dulces y tranquilos, verdaderamente paradisíacos.

Un día, estando el derviche poseído de éxtasis, el sonido bélico de un cuerno de cazador que tocaban en la llanura le hizo estremecer dolorosamente. Sacudió el sopor del ensueño y se fue encaramando por el cedro con la agilidad de un felino para ver lo que pasaba. Un grito de angustia salió de su garganta. Allá, cerca de lago, divisó una lucida tropa de cazadores, ladraba furiosa la jauría en torno de una gacela próxima a expirar sobre el césped, herida por una flecha de aljaba del príncipe Alí, señor de aquella corte y el más poderoso de los magnates de Oriente. A lo lejos retumbaban aún los hachazos de los que construían el puente que en adelante iba a unir el paraíso con los restantes de la tierra. Dos lágrimas de fuego rodaron por las mejillas tostadas del derviche. Lloraba su felicidad perdida.

***

—Quiero —había dicho el príncipe Alí— levantar en este sitio el más soberbio de los alcázares que hayan visto los hijos del Islam. —Y a su voz acudieron los más afamados y diestros artífices desde Estambul hasta Granada. El sándalo, el marfil y los mármoles más preciados; las más ricas alcatifas y alahilcas de Persia; el oro, las perlas y zafiros, fueron llegando en portentosos cargamentos, al lado de los cuales eran acémilas miserables los del templo de Salomón. La Alhambra misma hubiera parecido una pobre choza comparada con el alcázar de Alí, el más soberbio que han visto los hijos del Islan.

El infeliz derviche estaba reducido a vivir como las fieras. Durante el día no le era dado  moverse de su tronco por temor de ser descubierto. Pero llegada la noche y apagados los fuegos del alcázar, a la hora que mudos los panderos y las ajabebas que marcan las danzas voluptuosas de las odaliscas, brillaban las lucecillas de carbuncos y luciérnagas, salía de su escondite a respirar el perfume embriagador de las tuberosas y los nardos, escuchando embelesado el canto melodioso de los bengalíes y ruiseñores, al que se unía el grito metálico y discordante de los grillos y el chirrido de las chicharras. En estas horas de contemplativo noctambulismo solía olvidar en parte su desventura.

Sin embargo, el hado negro no estaba harto de perseguirle. El príncipe Alí se aburría mortalmente; nada lograba sacarlo de la profunda tristeza que se había adueñado de su espíritu desde que el más loco de los deseos se había trocado en realidad; era el más desdichado de los príncipes.

—¿Qué es la felicidad? —exclamaba con profundo abatimiento—. Decidme dónde se ha halla, vosotros cortesanos, para comprarla al precio de mis tesoros y de mi alcázar.

—Señor —contestóle una vez el más prudente—, ¿por qué no consultáis con los sabios? Ellos quizás os lo dirán, ya que ninguno de nosotros ha podido hacerlo.

—Que vengan aquí todos —gritó Alí iluminado.

Un momento después salían expediciones hacia los cuatro vientos en busca de sabios, derviches y faquires. Y el desgraciado que se ocultaba en el tronco de un cedro fue sorprendido y lo llevaron junto con los demás al espléndido y aborrecido alcázar.

—¿Qué es la felicidad, vosotros que todo los sabéis? —preguntó el príncipe.

Y fueron diciendo mil cosas distintas aquellos viejos de barbas luengas y piel mugrienta.

—La felicidad es la ciencia —decía uno; —el oro —replicaba otro; —la pobreza —aseguraba un terceo. —No hay más felicidad que el trabajo —gritó un velludo y desdentado santón que nunca había trabajado.

—¿Y tú, por qué no hablas? —interrogó Alí dirigiéndose al derviche.

—Señor —respondió éste con una inflexión de voz extraña y profunda—, permitid que escriba mi pensamiento en un pergamino, el cual no abriréis hasta que hayáis agotado todos los medios que nos aconsejan para hallar la felicidad.

—Hazlo como deseas —dijo Alí—. Y ahora pida cada cual lo que quiera obtener de mi magnificencia.

Y a todos fue otorgando con creces lo que desearon. El derviche sólo pidió que le dejaran vivir tranquilo en su tronco.

***

—¡Miserable embustero! —exclamaba el príncipe cada vez que lleno de hastío y desesperación reconocía la inutilidad de alguno de los consejos que le habían dado los sabios para hallar la ventura suspirada. Pero no desmayaba en su tenaz empeño; desechado un medio, recurría en el instante a otro. Y así sucesivamente fue alquimista, labrador, derviche, alfarero, nigromante, faquir y cien cosas más, sin que la dicha penetrara en su corazón. Una vez creyó haberla encontrado.

—Sí —decía con alborozo—, ésta es la verdadera y única felicidad. El amor y sólo el amor es capaz de proporcionarme el placer, el completo y deleitoso olvido de nuestras penas. Ven a mi lado, mujer, la más hermosa de cuantas alumbra el sol, mi favorita, ante cuya belleza inclinarían abochornadas las frentes las más lindas huríes del Profeta—. Y lleno de loca alegría enlazaba el talle estrecho de Sara, la judía de Badgad de resplandeciente hermosura, cuya boca comparaban los poetas a una granada entreabierta.

Volvió la dicha al alcázar y con ella la algazara de las panderetas. Sucedíanse las fiestas en honor de la favorita. Ya eran fantásticas zambras en que alternaban las guzlas herzegovinas con las guitarras que tañían graciosas esclavas venidas de Ishbiliah, o bien cacerías por entre la gran selva, en busca de tigres y paneras, cuyas blandas pieles se convertían luego en alfombras para que las hollasen los piececitos de la predilecta. Haciendo resonar las ajorcas. Otras veces, a la puesta del sol, se iban los amantes por el lago azuloso sobre una gran concha tirada por cuatro cisnes negros.

—Esto es el paraíso —murmuraba la hermosa judía, sobrecogida por la divina belleza del paisaje.

—No; es mejor aún —replicaba Alí besando en los labios a su bien amada—; mil veces mejor; porque en el paraíso no existía la felicidad, a pesar de todo lo que allí puso Dios: faltaba el amor. En cambio, todo lo que aquí se agita, todo lo que respira en este sitio maravilloso solo sirve para él. Escucha cómo se arrullan los pájaros en la arboleda; esos trinos son frases de amor. Mira el revoloteo de las mariposas y los colibríes, batallando por la posesión de una flor azucarada. Aquel cervatillo que rápido cruza la llanura va a una cita de amor; ese lirio que se inclina bajo la caricia del viento, tiembla de placer. Y tú, mi Sara, mi favorita, me enajenas con la mirada de tus ojos de esmeralda.

***

—Traedme el pergamino que dejó el derviche que vive en el cedro —dijo una mañana, sombrío y taciturno, el príncipe Alí, el más poderoso de los magnates de Oriente—. Leedlo —añadió cuando se lo hubieron traído.

—¡La felicidad es la muerte!

Estas palabras resonaron lúgubres y aterradoras en medio del silencio.

—¡La muerte! ¡La muert5e! —repetía el monarca con terrible expresión—. ¡Si está cuerdo ese loco!... Preparad una gran cacería para la noche. Vendréis todos, cortesanos.

  

***

¿Qué calamidad horrible es la que azota el más tranquilo de los rincones de la tierra? ¿Qué llamas son ésas, y cuáles esos gritos de pavor? Todo el valle se estremece de espanto. El alcázar de Alí arde por los cuatro costados, y los alaridos que llegan hasta la selva en alas del viento, salen de las bocas encarnadas de las sultanas, próximas a morir por orden de su señor. De pronto pasó una fantástica cacería; corrían desenfrenados los caballos, locos de terror y desgarrados los ijares por el acicate que les precipita en infernal galope. Centelleaban a la luz del incendio las cimitarras y los regios alcafares con fatídicos reflejos. Al frente de la tropa venía el príncipe Alí, extraviados los ojos y demudado el semblante. Ya el abismo está próximo y no se detiene la cabalgata… ¿A dónde vais así, mentecatos? Ved que la muerte os espera… Un paso más y… ¡Teneos!... Ya es tarde, todos ruedan a la profundidad en pos de su amor, con sordo bramido de torrente que se despeña. Cortesanos hasta el fin.

Avanzó entonces el derviche hacia el abismo, de cuya hondura salían aún rumores de muerte, y lanzando una inmensa carcajada que sacudió su largo y enflaquecido cuerpo como es una convulsión histérica:

—¡Miserable imbécil, la felicidad es el egoísmo!

***

Y el derviche fue otra vez feliz, y las ruinas del alcázar se cubrieron de líquenes y yedra, y por entre las grietas de las paredes brotaron alhelíes amarillos.