El manantial

Por el agosto sendero, todo lleno de sombra y de arrullo de pájaros, bajaban ambos lentamente, muy cerca el uno del otro. Ella, pequeña y delicada; él, alto y vigoroso como el árbol joven. En los malos pasos, él le alargaba la mano para ayudarla, mano de aristócrata, larga y nerviosa, en que ella ponía la suya chiquitina, casi infantil, apoyándose con adorable languidez, feliz de sentirse protegida, al amparo del varón en aquella soledad.

El caminillo estrecho y tortuoso, corría sobre un terreno áspero, crizado de guijarros agudos que dificultaban la marcha, a pesar de la espesa alfombra de hojas secas tendida por el suelo. La pendiente, hasta entonces suave, hacíase de pronto precipitada, y era más tupido el follaje, más obscura la bóveda de hojas que ponía una pantalla verde y fresca a la ardiente llamarada del sol. Ellos seguían bajando con mil precauciones para no resbalarse, sus manos no se soltaban ya; guardaban silencio, penetrados de esa voluptuosidad de la sombra que recuerda la de una alcoba tibia; llenos de un vago deseo de unir sus labios en interminable beso, allá sobre el césped, debajo de las lilas en flor. Un vaho fresco y húmedo anunciaba la cercanía del agua. De pronto se pararon.

—¡Oh, mira qué hermoso! —exclamó ella, señalando hacia la izquierda.

Habían llegado a una pequeña planicie, desde la cual cambiaba el espectáculo por completo, como sucede en los teatros al hacer una mutación. Por un ancho boquete que rompía bruscamente la espesura, asomaba un delicioso paisaje. A corta distancia un pequeño río, casi un riachuelo, de aguas claras y mansas, que se deslizaban por entre ranúnculos y miosotis, debajo de un toldo de copudos árboles, cuyas ramas cuajadas de parásitas se miraban en la onda. En los remansos habían buscado refugio los nenúfares, muy ufanos de la blanca hermosura de sus flores. Ni un grito, ni un aleteo, ni tan siquiera el revolotear de una libélula, turbaban la quietud que allí reinaba; y este silencio añadía particular encanto a la belleza del paisaje, vagamente impregnado de cierto aire de misterio.

Los dos jóvenes miraron un buen rato sin cambiar una palabra. Luego habló él.

—Este es el sitio adonde ofrecí traerte, hermosa prima. Dime si fue exagerado el ponderarte su belleza.

—No, por cierto —replicó ella—. Confieso que esperaba menos. Pero ¿y el manantial encantado dónde está?

—Míralo allí a tus pies —y al decir esto señaló un poco más abajo del lugar en que estaban parados una pequeña fuente.

—Qué agua tan cristalina; quiero probarla —dijo ella alegremente, abalanzándose a tomar un poco con la mano.

—No hagas tal cosa —replicó él con una seriedad que tenía algo de cómico. Escúchame antes y luego beberás si así te place.

Sentáronse junto al manantial, él sobre una piedra, ella en una mancha de césped, con la cabeza apoyada en una rama baja y los ojos puestos amorosamente en los de su primo, en ademán de escuchar.

—Se trata, comenzó él a decir— de una leyenda antiquísima que se ha perpetuado entre nuestros campesinos, dando nacimiento a una superstición que goza de mucho crédito entre todos los que nos hemos criado en este país. Para encontrar el origen de esta linda fábula, que es al propio tiempo una tierna historia de amor, es preciso remontarse a los tiempos mitológicos, cuando estos bosques solitarios eran habitados por ninfas, sátiros y faunos. Hubo entonces una pareja de enamorados pastores que eran la envidia de cuantos los conocieron por su gentileza y lo mucho que se querían. Ella se llamaba Egle; en cuanto al nombre del amante no lo guarda la tradición. Desde niños se habían jurado amor eterno, corriendo por los riscos y zarzales de la selva, cuyo silencio turbaban con las sonoridades de sus cristalinas risas infantiles. Ya adolescentes eran el mayor encanto de estos sitios. Egle cantaba mientras pacían los ganados, y su bien amado le respondía soplando las más tiernas melodías en su flauta de caña. Y era tanta la amorosa dulzura de sus tocatas y cantares, que para escucharlos las dríades interrumpían sus danzas en los encinares, y los sátiros daban tregua a sus persecuciones contra las ninfas.

Ningún rincón del bosque, por apartado que estuviese, les era desconocido, pero ellos no cesaban de buscar nuevo sitios donde esconder su dicha, por lo mucho que temían perderla. En una de tantas correrías llegaron a este lugar, y embelesados por la belleza agreste y singular quietud de que aquí goza, nunca más quisieron volver hacia otro lado.

Era en aquel entonces esa parte del río que tenemos delante el baño predilecto de las ninfas. Allí se entregaban a sus juegos favoritos, chapoteando y riéndose de los sátiros, cuyas orejas velludas se veían asomar por entre las breñas donde se ocultaban, muertos de dentera. Pero celosas como eran de conservar el misterio de sus entretenimientos, se encolerizaron mucho al saber la llegada de los dos pastores a las orillas de su amado río. Juntáronse para concertar el castigo que darían a tan tremenda osadía, mas todo su encono trocó en júbilo y benevolencia al oír los cantos de Egle y las tocatas de su compañero. Todas declararon en coro que pareja más graciosa no la había debajo del sol.

Sucedió que una ondina de ojos verdes como las algas y blanca como un lirio, no pudo escuchar las dulces melodías que el feliz amante de Elge sacaba de su siringa, sin prendarse locamente de él. Oculta entre los nenúfares, torturada por los celos y la envidia, vivía la enamorada ondina acechando al zagal. En un día de extremado calor, después de haber cantado y dicho mil ternezas a su pastorcillo, Egle se adormeció en este mismo sitio en que nos hallamos, y cuenta la tradición que estaba muy seductora, con sus cabellos de una rubio ceniciento desparramados sobre la hierba. Vínole entonces al mancebo el loco deseo de bañarse en el sitio favorito de las ninfas, y sin acordarse del peligro que corría por su atrevimiento echóse a nadar. La ondina que sólo esperaba esta ocasión, saltó alborozada de entre los nenúfares, y enlazando al incauto con frenético abrazo, lo arrastró hacia las profundidades del río, donde está el palacio estalactito que sirve de morada a las ninfas.

El despertar de la pobrecita Elge fue terrible. No volvió a comer ni a dormir, llenando el boque con sus gritos y desesperadas quejas. Los que la vieron feliz podían apenas reconocerla, tanto era el destrozo que en ella había hecho el dolor. Las ropas en jirones, sueltos los cabellos y llagados los pies, iba dando voces que lastimaban a cuantos las oían, hasta que sin aliento ni fuerzas, volvióse aquí a esperar la muerte donde tan dichosa había sido. Próxima ya a morir oyó un rumor lejano que la hizo estremecer, era un sonido ronco al que se mezclaban risas y alegre algazara. Movida de un doloroso presentimiento pudo incorporarse y mirar hacia el río. El ruido se acercaba y pronto apareció la bulliciosa banda; precedíanle varios tritones que soplaban en sus caracoles; tras ellos nadaban multitud de ninfas alrededor de una concha nacarada en que venían la ondina y el zagal.

Egle, al ver a su amado en brazos de otra, lanzó un grito salvaje, que repitieron con voz lúgubre todos los ecos del bosque. Él la miró con desdeñosa lástima. De la boca de Egle no salió una queja más. Inmóvil como una estatua y fija la vista en aquel recodo del río por donde despareció la comitiva, lloraba en silencio lágrimas de fuego que la bañaban toda; y tantas fueron las que derramó sobre este suelo en que estamos, que de ellas nació esa fuente.

Ésta es, querida prima, la leyenda que en el país se cuenta de este manantial. Fáltame ahora decirte la superstición que acerca de él tienen las gentes de estos alrededores. Creen que todos los enamorados que de sus aguas beben, son en un principio muy dichosos y logran la posesión de la persona amada; pero que luego se trueca su ventura en desgracia, y pagan cruelmente los años de felicidad. Conque dime ahora si te atreves a beber de esa agua pérfida.

Entonces ella se levantó con mucha lentitud, miró a su primo largamente con sus pupilas llenas de amor, azules y puras como un cielo tropical, y muy tranquila se fue acercando a la fuente. Sacó un poco de agua y bebió un sorbo con delicia. De nuevo hundió en ella la mano, y con un gesto lleno de gracia la tendió a su primo para convidarlo a beber. Él la tomó entre las suyas, y apoyando sus labios en la palma, pequeñina y sonrosada como un pétalo de rosa, depositó en ella un beso ardiente… pero no bebió.