Entre cazadores

Hallábanse reunidos una noche en el casucho de una hacienda situada en el camino de Sarapiquí, media docena de cazadores. La jornada había sido ruda; diez horas a caballos nada menos, por un camino endiabladamente malo: lo bastante para derrengar a cualquiera. A pesar de esto el humor de nuestros cazadores era excelente. Echados sobre los primitivos catres de tijera en que debían pasar la noche, charlaban como descosidos, mientras digerían la comilona que acababan de engullir, salida de las repletísimas alforjas de que todos ellos y sus criados venían provistos. Y aunque al día siguiente muy temprano se proponían dar principio a sus proezas cinegéticas y rato hacía que había cerrado la noche, no se apresuraban a recogerse, distrayendo el sueño con bromas y amistosas pullas. Más prácticos, los mozos roncaban a pierna suelta en un corredor con las sillas de montar por cabecera. Los perros descansaban también, sin cuidarse de la bulla que metían sus amos.

—Di, Enrique —exclamó con zumba un jovencito, dirigiéndose a otro y señalando uno de los perros—, ¿es éste el famoso Rayo, el que coge a los tigres por la cola?

El interpelado acudió al instante y con mucho calor a la defensa de su can, cuyas habilidades ponía en tela de juicio de manera tan burlona su amiguito Jorge. ¿Cuál es el cazador que no hace causa común con su perro por malo que éste sea? Parecía mentira, pero allí estaba Pedro (el criado) que lo podía atestiguar si acaso dudaban de sus palabras: Rayo había sujetado a un tigre por la cola, y qué tigre, un animalote que daba miedo verle aún después de muerto.

Rayo que se oyó nombrar abrió perezosamente un ojo y miró a su amo con ternura, como en agradecimiento del bombo que le estaba dando, aun a expensas de la verdad; cosa que, a haber disfrutado del inapreciable don de la palabra, hubiera él confesado ingenuamente, a fuer de perro de bien y cazador modesto.  Encaminada por este rumbo la conversación era de esperarse que durase hasta muy tarde, como así sucedió. Llovían las exageraciones y extravagancias, porque cada cual procuraba superar lo dicho por el compañero. Los cazadores, ya se sabe, son naturalmente inclinados a la hipérbole; y hombre hay que siendo en todo lo demás dechado de veracidad, en lo relativo a hechos cinegéticos es un cumplido tarasconense.

Las bolas subían de punto. La famosa hazaña de Rayo no valía ya un comino en comparación de las que referían de sus respectivos perros los otros cinco. Nemrods allí reunidos. Transcurrida una hora las estupendas historias de caza rayaban en lo maravilloso y sobrenatural; aquello era un verdadero torneo de mentiras y patrañas; quién aseguraba haber visto a Cadejos, ese animal fantástico semejante a un perro negro y que gasta herraduras; quién haber oído el sollozo espeluznante de la Llorona; otro juraba que una pandilla de brujas, en figura de lechuzas, le habían dado caza una noche, llenándolo de improperios.

—Pues yo, amigos míos —interrumpió el más viejo de los cazadores, el cual tenía la cabeza como un copo de algodón—, he visto la Cegua y no de mentirijillas como unos otros que lo cacarean en las veladas para asustar a las gentes timoratas; es más, la tuve entre mis brazos. La vi con estos ojos que se ha de comer la tierra, que dicen nuestros campesinos. Tenía a la sazón veintitrés años y de este tiempo datan mis canas, que son hijas del susto que pasé.

—Y de los cincuenta y pico.

—Cuarenta y nueve no cumplidos; pero en fin, esto no hace al caso. Oigan ustedes cómo fue y no echen en saco roto, sobre todo tú Jorgito, que andas siempre en malos pasos.

—Gracias por el consejo.

—Ojalá que te aproveche… Pues, tornando al asunto, han de saber ustedes que siendo aún muy joven me dominaba singularmente una pasión: me despepitaba por las mujeres casadas; el fruto del cercado ajeno tenía para mí un atractivo fascinador, irresistible; con él me pasaba lo que a las mariposas con la luz. Tanto era así, que tropezaba hoy con una mujer llena de encantos, pero soltera, y a mis ojos no lo eran; al día siguiente volvíala a mirar, casada ya, y me quedaba lelo. Yo  mismo no acertaba a explicarme esta pasión que me mortificaba a menudo. Y no sé cómo los psicólogos franceses modernos no han encontrado todavía un nombre para esta aberración de los sentidos, ahora que tenemos, entre otras cosas, el sadismo y algunas más no menos feas.

—Como que eso no es vicio, ni aberración, ni mucho menos —apuntó el propietario de Rayo.

—Sí que lo es. ¡Vaya una moral la que gastan estos pollos del día!

—La misma de siempre. Pues, ¿cuándo ha sido delito perseguir a las casadas hermosas?

—Al grano, al grano —exclamaron varias voces.

—Allá voy; y puesto que ya están ustedes enterados de mi afición, no extrañarán que estuviera por aquel entonces —me refiero al tiempo en que tenía veintitrés años— perdido por una morena que valía tanto o más que el Banco de Inglaterra.

—Un poquito menos.

—Nada; no rebajo un centavo. Era una mujer sin par… Vamos, que si el demonio astuto se la hubiese puesto por delante al bueno de San Antonio, habría un santo de menos en el almanaque. Y con esto coqueta, coqueta hasta lo indecible; sea dicho para mi disculpa. Pero esta misma coquetería era su mayor defensa. ¡Qué manera de escurrirse! Una anguila no es más lista. Cuando se me figuraba que ya la tenía en mis manos ¡zas! Se me escapaba como si fuera de jabón. Pero lo hacía cono tanto salero, se burlaba de mí con tanta gracia, que no era posible guardarle rencor; antes bien, después de cada rabieta de estas, se estrechaban más y más las mallas de la red en que tenía prisionero aquel diablillo con faldas, poseedor del más dulce y artificioso señuelo.

El carácter de Blanca, que así se llamaba, era un misterio indescifrable. Todos la tildaban de liviandad, pero ninguno podía precisar un solo hecho en apoyo de tan severa acusación. La mayor parte de sus detractores se limitaban a decir: «No hay más que verla.» Pero a cuántas mujeres se condena con solo esta frase; y ¡cuán a menudo pagan incautas por pecadoras! La sociedad quiere apariencias; saberlas guardar es lo esencial; porque el hábito sí hace al monje en la mayor de los casos. Lo cierto era que en seis meses de constante asedio, no había conseguido de Blanca más pequeño favor, a pesar de las malas lenguas que aseguraban que ya nada tenía que pedirla.

Y en realidad las apariencias nos condenaban, pues era ella tan poco precavida, que a veces se me figuraba que se complacía en hacer creer a las gentes lo que tan lejos estaba de la verdad; llegando su extraña conducta al extremo de que en público se mostraba conmigo amartelada, y cuando estábamos solos era la virtud hecha mujer.

Blanca no tenía afición marcada por ninguna de las cosas que suelen gustar a las mujeres. Los pájaros y las flores le eran indiferentes; los versos, la fastidiaban; la música, apenas la sufría con paciencia; el vals sí le gustaba un poquito, un poquito nada más y con buena pareja. En cambio se moría por los caballos; esta afición era en ella un delirio, un frenesí. Pero más que todo le gustaba galopar; parecía no tener noción del peligro, su arrojo rayaba en la temeridad. Cuando la mirábamos correr como loca, saltando fosos y vallados, a su  marido y a mí se nos ponía la carne de gallina. Ella se burlaba de nuestros sustos, animándonos a seguirla, radiante de hermosura, con los negros cabellos al viento, el pecho y la nariz palpitantes por la rapidez de la carrera. Entonces me lanzaba yo tras ella, persguiéndola con furia, pero nunca logré alcanzarla; se me escapaba como si fuera una ráfaga de viento o una ilusión dulcemente acariciada.

Sabiendo de qué pie cojeaba mi tiranuela, fácil es suponer que hacia allí iba dirigido el ataque. Todo lo volvía pretexto para cabalgar; aquello era un trotar sin descanso.

—¿Pero qué tiene que ver la Cegua con estos trotes? —observó uno de los cazadores entre los bostezos.

—Ahora lo sabrán ustedes; pero antes era necesaria esta digresión para mayor claridad del suceso.

—Vamos, no interrumpir —dijo otro—, que ya es tarde y el cuento se alarga.

—Insisto que esto que refiero non es cuento, sino la pura verdad.

—Bueno, bueno; adelante.

—Pues bien, una de tantas veces organicé un paseo a casa de un compadre mío campesino, que estrenaba un trapiche, con molienda y mazamorra. Nunca estuvo Blanca más seductora que ese día. Montaba un soberbio alazán tostado que hacía caracolear con incomparable gracia y maestría. Íbamos más o menos quince personas, todas, o casi todas jóvenes y muy dispuestas a divertirse. Llegamos para almorzar, lo que hicimos debajo de un gigantesco higuerón, arrojados sobre el césped y con hojas de plátano por mantel. Después, al trapiche donde ya estaban listas y amontonadas las cañas y los bueyes enyugados. Comenzó la molienda. Crujía el trapiche con chirrido agudo de madera nueva; entraban por un lado las cañas amoratadas y lucientes, llenas de jugo, y salían por el otro quebrantadas y secas, hechas bagazo, en tanto que el rico zumo corría por un canal hacia las pailas de cobre, debajo de cuyo vientre abultado roncaba el fuego. A poco ya hervían despidiendo un olor delicioso que ponía ganas de probar; y todos nos divertíamos lo indecible con los diversos detalles de la maniobra; bebíamos espumas y caldo; comíamos caramelo; después la emprendimos con la mazamorra que estaba exquisita. Yo hacía el oso de manera que daba grima, hociqueando en el guacal en que Blanca bebía, y haciendo otras sandeces por el estilo, propias de enamorados. Tan contentos estábamos todos que resolvimos quedarnos hasta la noche para regresar con la luna.

A eso de las ocho montamos de nuevo a caballo, después de dar las gracias a mi compadre, que se confundía en saludos y frases amables a su modo; Blanca y yo cerramos la marcha. La noche estaba hermosa y templada; arriba, en medio del cielo, resplandecía la luna, a cuya luz mate y blanquecina tomaban los objetos formas fantásticas de sombras chinescas; en torno, el gran silencio nocturno de los campos, interrumpido a ratos por el ladrido lejano de un perro o el cuarrear de las ranas en las zanjas. Llegó un momento en que desaparecieron de nuestra vista los que iban delante, por tener sin duda más prisa de llegar que nosotros. Nuestros caballos caminaban tan cerca el uno del otro, que dos o tres veces el pie de Blanca rozó con mi rodilla, y a cada una estuve próximo a caer al suelo; el contacto de su cuerpo me producía un espasmo. Pasado un rato entramos en un sendero obscuro, a causa de la bóveda que por encima formaban los árboles de los cercados; los rayos de la luna pasando a través de los follajes=, sembraban el suelo de puntos relucientes como monedas de plata; los caballos se estrecharon un poco más. De pronto Blanca inclinó rápidamente la cabeza hacia mi lado para evitar una rama baja, y sentí una oreja nacarada al alcance de mis labios por algunos segundos. Sin duda fue ilusión de mi deseo, pero me figuro que hubo en este movimiento cierta complacencia; más, de repente, con súbita resolución, partió como una flecha. Hundí las espuelas en los ijares de mi caballo que dio un relincho de dolor y salió disparado tras del compañero. Aún tiemblo al recordar aquella carrera vertiginosa; iban los pobres animales casi sin tocar el suelo, sacando chispas a las piedras del camino. En breve, estuve cerca de ella y, ebrio de gozo y sin piedad, apreté de nuevo las espuelas y me puse a su lado. Entonces sin respetar más nada, como el lobo que cae sobre la presa, la enlacé con el brazo derecho, y sacándola de la silla la puse sobre la mía… Buscan frenéticos mis labios a los suyos; balbuceo frases de amor entrecortadas y ¡horror! Me responde una carcajada infernal que me hiela la sangre en las venas. Miro, y doy un grito de espanto: lo que entre mis brazos estrechaba era un monstruo.

No me doy cuenta de lo que después me aconteció Al día siguiente fui encontrado en un foso pro unos labradores que me creyeron muerto. Mis cabellos de negros que eran se trocaron en blancos. Recuperé la salud, pero nunca más volví a codiciar el fruto del cercado ajeno.

—Basta de charla, señores —dijo Enrique—; a dormir que tenemos que madrugar.

Diez minutos después roncaban todos con la mayor tranquilidad; solamente Jorgito, que no era ningún valiente y estaba enamorado de la mujer de su zapatero, soñó toda la noche con la Cegua.