La perla negra

La primera persona con quien tropecé al entrar en la venta de la famosa colección Samuel fue con Vilers. Andaba husmeando, según él mismo me dijo; asistía como tantos otros allí presentes, a la batalla de billetes de banco empeñada entre algunos barones de la alta finanza y media docena de yankis, tan ricos como entendidos en el negocio de tocino y carnes saladas.

—Dime si no es una lástima —exclamó Vilers, tuteándome como lo tenía de costumbre con los pollos del club— que estos alcornoques se lleven semejantes maravillas a sus ridículos homes de ultramar; que este admirable esmalte de Limoges verbigracia, vaya a ser colocado en el salón de Mr. Jonathn, junto a un pajarraco disecado. Yo he visto en mi viaje por los Estados Unidos, visto con mis propios ojos, cuadro auténtico de Meissonier haciendo pendant al retrato de un enano célebre…

—¿Y cree V. que todas estas preciosidades estarán mejor en las manos de los hijos de Israel?

—Sí; a pesar de la antipatía que por ellos tengo, los prefiero mil veces a los yankis. Porque el judío —me refiero al judío culto— es muy sensible al arte, y algunos de ellos han despuntado en él; díganlo Meyerbeer, Heme y otros más. Mientras que un yanki compra tan sólo por fachenda, por mostrar que tiene dinero.

Vilers era tremendo en su odio por los hijos de la América del Norte. Los detestaba cordialmente, más que a los ingleses, casi tanto como a los alemanes. Era uno de esos entusiastas que creen en la superioridad incontestable de la raza latina: un convencido. Cada vez que se enteraba de la salida de algún cuadro con destino a las playas de la gran república, su cólera era tan grande que le producía una recrudecencia de la gota. Vílers era lo que se ha convenido en llamar un tipo. Sus ideas estaban muy lejos de ser las del común de las gentes. Dotado de una agudeza de espíritu muy original, tenía una manera de ver y juzgar las cosas esencialmente suya. Lo que a Vilers se le ocurría a propósito de este o de otro asunto, con seguridad que nadie más lo pensaba igual. No se le conoció más que una manía: el continuo lamentarse de la desaparición del tiempo viejo, que siempre juzgaba superior al presente; y así esmaltaba de continuo su conversación con frases como éstas: «uno de aquellos pintores como ya no se encuentran»; «un hombre de esos que ya no se ven». Por lo demás un buen vividor: jovial, escéptico y basta con sus ribetes de calavera, con todo y los sesenta años que frisaba. Tenía Vilers otra cualidad por la cual era muy rebuscado donde quiera que se hallase: era un causeur admirable. A un caudal inagotable de anécdotas preciosas, añadía un decir encantador y lleno de seducción que embelesaba al auditorio. Físicamente era Vilers un viejecito coquet6u y regordete. Acostumbraba afeitarse coda la cara a usanza añeja, y sus trajes tenían cierto corte que recordaba vagamente las modas del tiempo del rey burgués Luis Felipe de Orleans.

Vilers sabía de todo un poquito, pero ci arte era su fuerte, fundándose en este conocimiento que todos en él reconocían su mayor vanidad. Era un verdadero pontífice en materias artísticas y sus juicios lleno de inteligencia y fina penetración, habían decidido en más de un caso del porvenir de jóvenes principiantes.

Charla charlando habíamos ido recorriendo las diversas piezas en que se hallaba expuesta la famosa cotecci6n Samuel, sacada en venta por la súbita ruina de su dueño, uno de los príncipes de la Banca, barón israelita cien veces millonario. Al llegar al sitio donde estaban expuestas las alhajas me dijo Vilers:

Voy a confiarte el verdadero motivo que me ha hecho venir aquí, porque ya sabes que aborrezco estas almonedas vergonzosas… No puedo con ellas, me enferman.

—En efecto, había extrañado verle usted aquí.

—La curiosidad, más poderosa que mis nervios, es la que me ha traído. He venido tan sólo por ver una perla que ha de hallarse en esta maravillosa colección; una perla negra... Mírala allí, justamente; allí, en medio de esas dos esmeraldas... No cabe duda, es la misma.

—¡Qué linda es!

—Tan linda que no creo exista otra igual.

—¿Y desea Ud. adquirida?

—Dios me guarde de cometer semejante locura. Si me la regalasen no la admitiría.

—Pues yo no vacilaría un instante.

—Fiarías una barbaridad imperdonable.

—¿Cómo así?

—Esa perla está maldita.

—Bah, qué disparate.... ¿Habla Ud. en serio?

—Más de lo que te imaginas. Entre las muchas catástrofes de que ha sido causa esa perla, se cuenta la muerte de dos de las mujeres más guapas que yo he conocido.

—Como no me ponga Ud. los puntos sobre las íes no le creeré.

—Tienes razón, porque el caso es extraordinario… Acompáñame a comer y te lo contaré.

Convidar a comer a sus amigos era uno de los mayores placeres de Vilers, que en su calidad de solterón experimentaba a menudo el horrib1e tedio de la soledad en la mesa.

Nos encaminamos a casa de Voisin. Mi anfitrión, dictado que hubo la lista, abundante y suculenta, comenzó a decir:

—Si hubieras conocido a Blanca Raymond, comprenderías mejor la suma de fatalidad y desgracia que encierra esta preciosa joya. ¡Blanca Raymond! ¡qué muchacha tan soberanamente bella! Una mujer de lo que ya no hay. Aun me parece estar viendo aquellos ojos azules, húmedos y resplandecientes; dos zafiros dignos de la corona de un rey oriental. ¿Y los dientes? Imagínate dos hilos de perlas hechos para el brazo de una muñeca y puestos en un estuche encarnado, y tendrás una débil ficción de lo que eran aquellos dientes que hubiera envidiado un cachorro. Pero lo mejor era la cabellera, rubia como los trigos, ondulante y sedosa, que al desprenderse del peine bajaba hasta las corvas como una cascada de hebras doradas.

Blanca fue la más hermosa de todas esas grandes sacerdotisas del amor que brillaron durante los mejores días del Segundo Imperio. ¿Qué deseó que no lo tuviera en abundancia? Diamantes, caballos, palacios, cuadros soberbios, todo lo más rico y espléndido de este mundo lo llevaba ante sus altares una turbamulta de adoradores regios. Y ella nada agradecía, todo lo menospreciaba: era de raza… Un corazón de pedernal.

Rara vez tuvo algún capricho, porque sus esclavos no le daban tiempo para ello. Sin embargo, la noche de un estreno famoso en la Opera sintió uno tan vivo, que estuvo en un tris de caer en síncope por la violencia del deseo unida al enervamiento que le causaba los aplausos de los unos y los pitidos de los otros.

Había visto, pendiente del cuello de lady M… un collar de siete hilos de perlas, diez veces más rico que todos los suyos juntos. ¡Virgen santa, qué perlas! La negra sobre todo, la negra. ¡Y qué contraste tan encantador hacía en medio de sus compañeras blancas! Eso sí que era espléndido… El collar valía una fortuna, ciertamente; pero no faltaría quien se lo quisiera comprar. ¡Vaya si no faltaría! Lo arduo del asunto no estribaba en el precio; eso lo menos. La dificultad estaba en que la noble lady se resolviese a vender una alhaja que a más de ser espléndida, tal vez única, era el regalo de bodas de su marido… Vamos, un imposible.

Pero es de creerse que Blanca había venido al mundo con el sino de no tropezar con ninguno. Si hubiese deseado una corona no habría faltado un monarca que a sus pies depositara la suya. Quiso que lord M… la amase y así fue; que por ella faltara a las conveniencias, a la dignidad, la honor, a todo en fin, y lo consiguió también. Un día le dijo: «Quiero el collar de perlas de tu mujer», y aquel duque y par de Inglaterra, por cuyas venas corría sangre de reyes, se convirtió en ladrón por complacerla. La pobre duquesita que adoraba a su marido, no pudo sobrellevar este último golpe y se tomó un veneno. Conque ve apuntando desgracias.

—¿Qué clase de mujer era lady M…?

—Un ángel y  muy hermosa además; eso sí en extremo romántica y apasionada; su muerte lo prueba. Excuso decirte que el marido tuvo que dejar inmediatamente el puesto que ocupaba en la Embajada Inglesa y desde entonces no se le ha vuelto a ver en ninguna parte. Por lo que hace a Blanca no le impresionó poco ni mucho la catástrofe causada por su insano capricho. Más enamorada que nunca de la famosa perla, se echó a buscar una igual para hacerse un par de zarcillos.

—Y la encontró, por supuesto.

—Pues, como se hubiera empeñado mucho, de fijo que la consigue; pero el sucesor de lord M…, un marqués italiano, asustado por la dificultad de la empresa, diplomático y artero como lo saben ser sus compatriotas, logró convencerla de que sería mucho más original y bonito llevar en una oreja la negra y en la otra una blanca de iguales dimensiones. Seducida por la idea, Blanca siguió el consejo. Por donde puedes ver que lo de más vale maña que fuerza es una verdad como un templo.

No pasó mucho tiempo sin que la influencia de la maldita perla se manifestara de nuevo; y esta vez de la manera más extravagante. Blanca, la del corazón de hielo, se enamoró locamente. ¿De quién me preguntarás? ¿De un buen mozo, de un nabab, de un tenor, de un artista? Esto era casi lo natural; pues nada, amigo mío; le dio la ventolera de chiflarse por un arqueólogo, hombre sapientísimo, con su mezcla de explorador y aventurero; sujeto raro que gastaba levita verde y gafas azules.

—¡Qué atrocidad!

—Ahí verás. Pero lo más gracioso del caso fue el azoramiento del grave académico de la de Ciencias, cuando se vio perseguido y asediado por la hermosa impura, como él solía llamarla. De la noche a la mañana puso tierra de por medio, agregándose a una expedición científica que por esos días salía en busca de las fuentes del Nilo… ¡Pobrecillo! En su ignorancia de sabio se imaginaba que esto sería lo bastante para escapar de las garras de una mujer encaprichada. El día que zarpó el barco en que los expedicionarios se proponían remontar el Nilo hasta donde fuera posible, se apareció Blanca ante los ojos espantados de su arqueólogo, vestida con un lindo traje de explorador africano. Nada le faltaba; ni la carabina de repetición ni el revólver de fuerte calibre.

—¿Y la perla?

—En la oreja derecha, como siempre.

—Los detalles de esa expedición deben ser divertidísimos. Supongo que el sabio arqueólogo concluiría por dejarse querer.

—Sólo Dios sabe lo que allí pasó, porque a la expedición se la llevó el diablo. Nadie ha vuelto a saber más de ella. En algún periódico se dijo al cabo de mucho tiempo que los exploradores habían sido devorados por ciertos negros antropófagos. ¡Pobre Blanca!... ¡qué buen bocado sería!

—¡Es posible! ¿Y cómo se explica que la perla negra se haya vuelto a encontrar?

—Lo ignoro. Lo único que he podido averiguar a fuerza de indagaciones es que fue vendida hace algunos años en El Cairo por un traficante de esclavos que sin duda la trajo del centro de África. La compró entonces un poderoso bajá, que poco tiempo después moría envenenado por una de sus mujeres. Luego aseguran que vino a manos del Jedive… Estando aún en su poder ocuparon los ingleses la tierra de Egipto.

—¡Diablo! Voy creyendo ya que tenía usted razón al asegurar que está maldita.

—No lo dudes. Aquí donde me ves, gracias al conocimiento que tengo de la dichosa perlita, pude salvar no ha mucho a un antiguo amigo de la desgracia inevitable que le aguardaba. Tú debes conocerlo, el barón de N…

—Perfectamente.

—Recordarás entonces que él era nuestro plenipotenciario ante el Jedive durante los días aciagos del bombardeo de Alejandría. Pues tan agradecido quedó aquel soberano de sus buenos oficios, que entre otras cosas lo obsequió…

—¿La perla negra?

—Justo. Dichosamente pronto regresó a París, y enterado yo del regalo del Jedive me entró una sospecha, manifesté deseos de ver la perla y la reconocí en el instante. El barón de N… es un hombre juicioso y prudente; oyó mi consejo y se deshizo de tan peligrosa alhaja. Por último, después de haber pasado por diversas manos le echó la zarpa este judío Samuel para su colección. De esto no hace aún dos años y ya tienes al judío Samuel arruinado, que es lo peor que le puede suceder a un judío… Ahora voy a referirte antecedentes de esa perla. Perteneció a uno de los más opulentos rajás de la India, destronado y muerto por los ingleses. Luego fue vendida en Bombay a un general escocés que pereció en un accidente de ferrocarril al llegar a su casa después de veinte años de ausencia. Y por fin a los herederos de este general la compró en una suma lord M… para su regalo de bodas.

—Todas estas cosas son verdaderamente extraordinarias. ¿Por qué no publica usted esta relación interesantísima?

—Me guardaré muy bien de semejante pecado. Nadie daría crédito a mi relato; y sin embargo, nada más verdadero… Además ahora medito una venganza… Lo probable es que alguno de esos mineros enriquecidos, a quienes detesto, compre la perla, y entonces, ruina segura. ¡El arte tendrá un enemigo de menos!

***

La esperanza de Vilers salió fallida. Ninguno de los yanquis ofreció nada por la perla negra. La compró un desconocido que, según me han asegurado después, era el hombre de negocios de un príncipe que acaba de perder la corona.